Aventura – Cultura Quetzal https://culturaquetzal.com Cultura Quetzal Fri, 20 Feb 2026 03:09:49 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9.1 https://culturaquetzal.com/wp-content/uploads/2023/12/cropped-logoCQ_2-32x32.png Aventura – Cultura Quetzal https://culturaquetzal.com 32 32 El Aposento de los Muertos https://culturaquetzal.com/2026/01/18/el-aposento-de-los-muertos/ https://culturaquetzal.com/2026/01/18/el-aposento-de-los-muertos/#respond Sun, 18 Jan 2026 10:27:16 +0000 https://culturaquetzal.com/?p=1453 Read more…]]> Por: Robert E. Howard

Harto ya de la Ciudad de los Ladrones (y viceversa), Conan se dirige hacia el oeste, a Shadizar, la Ciudad del Mal, capital de Zamora, donde espera que sus beneficios sean mayores. Durante un tiempo, efectivamente, logra más éxitos en su profesión de ladrón que los obtenidos en Arenjun, si bien las mujeres de Shadizar pronto lo despojan de sus ganancias a cambio de iniciarlo en las artes amorosas. Ciertos rumores acerca de la existencia de un tesoro lo llevan a las ruinas cercanas de la antigua Larsha, donde llega poco antes que el destacamento de soldados enviado para arrestarlo.

El desfiladero estaba sumido en la oscuridad, a pesar de que el sol del atardecer había dejado una franja de color amarillo anaranjado con tintes verdosos en el horizonte. Sin embargo, un ojo agudo podía divisar aún las oscuras siluetas de las cúpulas y de las agujas de las torres de Shadizar, la Ciudad del Mal, capital de Zamora, la ciudad de las mujeres de negros cabellos y de torres llenas de embrujo y misterio.

A medida que se desvanecía la luz, comenzaban a aparecer las primeras estrellas en el firmamento. Las luces titilaban a lo lejos sobre las cúpulas y sobre las agujas de las torres como contestando a una misteriosa señal. En tanto que el fulgor de las estrellas era pálido y desvaído, las luces que brillaban en las ventanas de Shadizar eran de color ámbar intenso, como si dejaran traslucir los actos abominables que allí se cometían.

El desfiladero estaba en silencio, sólo alterado por el chirriar de los insectos nocturnos. Pero este silencio fue pronto interrumpido por el alboroto de hombres que se acercaban. Por el desfiladero avanzaba un pelotón de soldados zamorios; eran cinco hombres con sencillos cascos de acero y jubones de cuero reforzados con clavos de bronce, conducidos por un oficial de bruñida coraza de bronce y casco coronado por una enorme crin de caballo. Sus piernas cubiertas por la armadura aplastaban la densa hierba que cubría el suelo del desfiladero. Sus arneses crujían y sus armas sonaban y tintineaban con ruido metálico. Tres de ellos llevaban arcos y otros dos traían picas; a un lado tenían colgadas pequeñas espadas y de sus espaldas pendían escudos. El oficial iba armado con una enorme espada y una daga.

En determinado momento, uno de los soldados dijo en voz baja:

-Si cogemos a ese Conan vivo, ¿qué le harán?

-Lo enviarán a Yezud y se lo echarán como alimento al dios araña, estoy seguro -replicó otro-. Lo que cuenta es si vamos a estar vivos para recoger la recompensa que nos han prometido.

-¿Le tienes miedo? -inquirió un tercero.
-¿Quién, yo? -dijo enojado el soldado que había hablado en segundo término-. Yo no le tengo miedo a nada, ni siquiera a la misma muerte. La cuestión es, ¿la muerte de quién? Ese ladrón no es un hombre civilizado, sino un bárbaro salvaje, que tiene la fuerza de diez. De modo que he ido al magistrado para hacer mi testamento…

-Es alentador saber que tus herederos recibirán la recompensa -dijo otro-. Lamento no haber pensado en ello.

-Bueno… -repuso el que había hablado en primer lugar-, ya encontrarán alguna excusa para engañarnos y no darnos la re-compensa, aun cuando atrapemos a ese bribón.

-Pero lo prometió el prefecto en persona -aseguró otro-. Los ricos mercaderes y los nobles a los que Conan ha estado robando hicieron un fondo común. He visto el dinero; era una bolsa tan llena de oro que un hombre solo apenas podría levantarla. Después de esa exhibición pública, no se atreverán a dejar de cumplir la promesa.

-Pero supón que no lo cogemos -dijo el segundo-. Se ha dicho algo acerca de que lo pagaríamos con nuestras cabezas. -Y añadió levantando la voz-: ¡Capitán Néstor! ¿Qué dijeron acerca de nuestras cabezas…?

-¡Callad de una vez! -dijo bruscamente el oficial-. Se os puede oír hasta en Arenjun. Si Conan se encuentra en un radio de una legua, se pondrá sobre aviso. Dejad de parlotear, y procurad avanzar sin hacer tanto ruido.

El oficial era un hombre de estatura mediana, complexión fuerte y grandes espaldas; a la luz del día era posible ver sus ojos grises y su cabello castaño con algunas hebras canosas. Era un hombre de Gunderland, de la provincia más septentrional de Aquilonia, situada a unos dos mil quinientos kilómetros al oeste. La misión que le habían encomendado, de llevar a Conan vivo o muerto, lo tenía sumamente preocupado. El prefecto le había advertido que, en caso de fracasar, le esperaba un castigo severo, tal vez el hacha del verdugo. El mismo rey de Zamora fue quien ordenó la captura del proscrito, y el monarca era drástico con los vasallos que fracasaban en sus misiones. Una confidencia obtenida en los bajos fondos de la ciudad indicaba que habían visto a Conan dirigiéndose hacia ese desfiladero poco después del amanecer, y el comandante había enviado a Néstor rápidamente hacia allí, con los soldados que se encontraban en los cuarteles.

Néstor no confiaba en los hombres que iban detrás de él. Los consideraba unos bravucones capaces de salir corriendo en el momento de enfrentarse con el peligro, dejándolo a solas con el bárbaro. Y aunque el hombre de Gunderland era valiente, no se hacía demasiadas ilusiones acerca de las posibilidades que tenía frente a aquel feroz y gigantesco salvaje. Su armadura le serviría de muy poco.

A medida que se desvanecían por el oeste las últimas luces del día, aumentaba la oscuridad y las paredes del desfiladero se hacían cada vez más estrechas, escarpadas y rocosas. Los hombres de Néstor comenzaban a murmurar a sus espaldas una vez más.
-Esto no me gusta nada. El camino conduce a las ruinas de Larsha la Maldita, donde acechan los fantasmas de los antiguos para devorar a los que pasan por ella. Y se dice que en esa ciudad se halla el Aposento de los Muertos…

-¡Calla! -gruñó Néstor volviendo la cabeza-. Si…

En ese preciso momento, el oficial tropezó con una soga de cuero tirada en el suelo y cayó de bruces. Se oyó el chasquido de la cuerda que había cedido.

En ese instante una avalancha de rocas y escombros cayó en cascada por la ladera izquierda con un ruido atronador. Cuando Néstor consiguió ponerse en pie, una piedra del tamaño de una cabeza golpeó su coraza y lo volvió a tirar al suelo. Otra le derribó el casco, y las piedras más pequeñas lo hirieron en otras partes del cuerpo. Detrás de él se escuchaban lamentos y gritos de dolor, así como el sonido metálico de las piedras sobre los cascos y corazas. Y después reinó el silencio.

Néstor se puso de pie tambaleándose, tosió a causa del polvo que había tragado y se volvió para ver lo que había ocurrido. Detrás de él, a pocos pasos, vio una enorme roca desprendida que bloqueaba por completo el desfiladero. Se acercó y vio que de los escombros sobresalía una mano y un pie. Llamó dando voces, pero no obtuvo respuesta. Al tocar las extremidades que se asomaban, descubrió que estaban sin vida. El alud de rocas provocado por él al pisar la cuerda había aniquilado a toda su tropa.

Néstor flexionó sus brazos y piernas para ver si se había hecho daño. Daba la impresión de que no se le había roto ningún hueso, aunque su coraza estaba abollada y tenía varias magulladuras. Levantó su casco lleno de ira y emprendió la marcha solo. El hecho de no haber capturado al ladrón hubiera sido nefasto, pero si además tenía que confesar que había perdido a todos sus hombres, podía dar por seguro que le esperaba una muerte lenta y terrible. Su única posibilidad ahora era conseguir atrapar a Conan, o al menos volver con la cabeza del cimmerio.

Con la espada en la mano, Néstor ascendió cojeando por los interminables vericuetos del desfiladero. Una luz delante de él le indicó que la luna, casi llena, se elevaba sobre el horizonte. El capitán aguzó la vista, temiendo que el bárbaro lo atacara desde cualquier recodo del barranco.

La garganta del desfiladero se hizo menos profunda y las paredes menos escarpadas. Había algunos orificios a derecha e izquierda, pero la base estaba llena de piedras y era cada vez más dispareja, lo que obligaba a Néstor a trepar con dificultad por rocas y malezas. Finalmente el desfiladero desapareció por completo. Trepando por una leve cuesta, el hombre de Gunderland se encontró en el extremo de una altiplanicie rodeada por lejanas montañas. A un tiro de flecha por delante y blancas como la nieve, a la luz de la luna, se alzaban las murallas de Larsha. Justo enfrente de él había una imponente puerta de entrada a la ciudad. El tiempo había desgastado las murallas, por las que sobresalían techos y torres semiderruidas.

El capitán Néstor se detuvo. Aseguraban que Larsha era muy, muy antigua. Según cuentan las leyendas, se remontaba a la época del Cataclismo, cuando los antepasados de los zamorios, o sea los zhemri, constituían una isla semicivilizada en un océano de barbarie.
Las historias de muerte que se cernían sobre aquellas ruinas iban de boca en boca por los mercados de Shadizar. Por lo que Néstor sabía, ninguno de los muchos hombres que en el pasado invadieran las ruinas en busca del tesoro que se decía que estaba oculto allí, había regresado jamás. Nadie conocía ninguna de las múltiples formas que adoptaba el peligro, porque nadie sobrevivió para contarlo.

Diez años antes, el rey Tiridates había enviado a la ciudad una compañía formada por sus soldados más valientes, a plena luz del día, mientras él esperaba fuera de las murallas. Se oyeron gritos y ruidos de pelea, y luego… nada. Los hombres que esperaban fuera emprendieron la retirada y Tiridates se vio obligado a huir con ellos. Éste fue el último intento realizado para desvelar el misterio de Larsha por la fuerza de las armas.

Aunque Néstor tenía la habitual avidez de los mercenarios por el dinero fácil, no era imprudente. Años de servicio como soldado en los reinos que se encuentran entre Zamora y su tierra natal le habían enseñado a ser precavido. Mientras hacía una pausa sopesando sus posibilidades y los peligros que éstas entrañaban, vio algo estremecedor que lo dejó paralizado. Cerca de la muralla divisó una figura humana que entraba furtivamente por la enorme puerta. Aunque el hombre se hallaba demasiado lejos para ser reconocido a la luz de la luna, era imposible confundir aquel andar de pantera. ¡Era Conan!

Lleno de furia, Néstor se dirigió hacia allí. Avanzó rápidamente aferrando la vaina de su espada para que no hiciera ruido. Pero por muy silencioso que fuera, el agudo oído del bárbaro lo puso sobre aviso. Conan miró hacia atrás y en seguida se oyó un silbido que cortó el aire. Había desenvainado su espada. Entonces, viendo que lo perseguía un solo hombre, el cimmerio se quedó en su sitio.

A medida que Néstor se iba acercando, el capitán examinaba el aspecto del otro. Conan medía casi un metro noventa de estatura y su raída túnica dejaba ver los fuertes contornos de sus poderosos músculos. De su hombro colgaba un zurrón de cuero. Su rostro era joven, pero duro, y estaba enmarcado por una melena recortada y espesa de color negro.

Nadie dijo una palabra. Néstor se detuvo para recobrar el aliento y echó a un lado su manto. En ese preciso momento Conan se abalanzó sobre él.

Las espadas brillaron como relámpagos a la luz de la luna, y el sonido metálico de los sables cortó el silencio sepulcral que reinaba allí. Néstor tenía más experiencia en la lucha, pero la fuerza y la impresionante rapidez del bárbaro anulaban esa ventaja. El ataque de Conan era tan elemental e irresistible como un huracán. Rechazando los golpes con astucia, Néstor se vio forzado a retroceder poco a poco. Observaba detenidamente a su enemigo, esperando que su ataque amainara a causa del cansancio. Pero el cimmerio parecía infatigable.

De un rápido revés, Néstor hizo un corte en la túnica de Conan a la altura del pecho, pero no llegó a herirlo. Con fulminante rapidez, Conan esgrimió la espada y golpeó la coraza de Néstor, haciendo en ella una profunda abolladura.

Cuando el hombre de Gunderland daba unos pasos atrás ante otro violento ataque, resbaló sobre una piedra, y Conan lanzó un terrible mandoble contra el cuello del capitán. Si hubiera logrado
su propósito, la cabeza de Néstor habría volado por los aires, pero dado que éste perdió el equilibrio, el golpe dio en el casco, que resonó estrepitosamente e hizo caer a Néstor al suelo.

Respirando hondo, Conan avanzó empuñando la espada. Su perseguidor yacía inmóvil, mientras la sangre manaba de su casco partido. La excesiva confianza del bárbaro en la fuerza de sus golpes, sin duda producto de su excesiva juventud, convenció a Conan de que había dado muerte a su enemigo. Envainando la espada, el muchacho se volvió y encaminó sus pasos a la ciudad de los antiguos.

El cimmerio se acercó a la enorme puerta formada por un par de macizas hojas, dos veces más altas que un hombre, hechas de madera de casi medio metro de espesor y reforzadas con herrajes de bronce. El joven empujó las hojas refunfuñando, pero éstas no se abrieron. Sacó la espada y golpeó el bronce con la empuñadura. Por la forma en que se hundió la puerta, Conan se dio cuenta de que la madera estaba podrida, pero el bronce era demasiado grueso para horadarlo sin que se estropeara el filo de su espada. Y había una solución más fácil.

A una distancia de treinta pasos en dirección norte, la muralla se había derrumbado, de modo que su punto más bajo estaba a menos de seis metros sobre el nivel del suelo. Además, había una pila de escombros al pie de la muralla, que llegaba a una altura alrededor de dos metros del borde.

Conan se acercó a la parte derruida, retrocedió y echó a correr. Brincó sobre la pequeña montaña de escombros, saltó tomando impulso y consiguió aferrarse al borde de la muralla. Dando un gruñido y haciendo un enorme esfuerzo, sin hacer caso de arañazos y magulladuras, se encontró del otro lado del muro, desde donde lanzó una mirada a la ciudad.

Del otro lado de la muralla había un claro donde la vegetación había estado luchando durante siglos contra el antiguo empedrado. Las losas de piedra estaban resquebrajadas y desniveladas, y por ellas asomaba la hierba, unas malezas y algunos pequeños arbustos.

Más allá se divisaban las ruinas de lo que parecía haber sido uno de los barrios más pobres. Se veían casas miserables de adobe de un piso, que habían quedado reducidas a montículos de barro y escombros. Detrás de éstas, Conan divisó, a la luz de la luna, los edificios de piedra mejor conservados, entre los que destacaban los templos, los palacios y las mansiones de los nobles y de los ricos mercaderes. Como suele ocurrir en muchas ruinas antiguas, un aura maligna se cernía sobre la ciudad abandonada.

Aguzando el oído, Conan miró en todas direcciones. Nada se movía. El único sonido que se escuchaba era el chirriar de los grillos.

También el bárbaro había oído hablar de la maldición que pesaba sobre Larsha. Aunque lo sobrenatural provocaba un pánico atávico y aterrador en el espíritu del bárbaro, se sobrepuso y se dio ánimos pensando que cuando un ser sobrenatural adopta forma humana, puede ser herido o muerto con armas corrientes, como cualquier ser humano o monstruo. Se dijo que no había venido de tan lejos para que alguien, fuese hombre, animal o demonio, lo detuviera en su tentativa de conseguir el tesoro.
Según la leyenda, el fabuloso tesoro de Larsha se encontraba en el palacio real. Aferrando su espada envainada con la mano izquierda, el joven ladrón se dejó caer por el lado interior de la muralla en ruinas. Poco después, avanzaba por las sinuosas calles hacia el centro de la ciudad, sin hacer más ruido que una sombra.

Las ruinas rodeaban al bárbaro por todos lados. Aquí y allá se había derrumbado la fachada de una casa, lo que obligaba a Conan a desviarse o a saltar trepando por los montones de ladrillos y mármoles rotos. La luna creciente estaba ahora en lo alto del firmamento e inundaba las ruinas con una luz misteriosa y fantasmagórica. A la derecha del cimmerio se alzaba un templo semiderruido, cuyo pórtico, sostenido por cuatro macizas columnas de mármol, se mantenía intacto. Desde el borde superior del techo, había una fila de gárgolas de mármol; eran estatuas que representaban seres monstruosos del pasado, mitad demonios y mitad animales.

Conan trató de recordar algunas leyendas que había escuchado en las tabernas del Maul, relativas al abandono de Larsha. Recordaba algo acerca de una maldición lanzada hacía muchos siglos por un dios iracundo, como castigo por acciones tan terribles que a su lado los crímenes y vicios de Shadizar parecían virtudes…

Siguió avanzando hacia el centro de la ciudad, pero volvió a notar algo raro. Sus sandalias tendían a pegarse al destrozado empedrado, como si éste estuviera cubierto de brea caliente. Las suelas producían extraños sonidos y chapoteos cuando levantaba los pies. Luego tropezó, se tambaleó y cayó al suelo. Éste estaba cubierto por una fina capa de una sustancia incolora y pegajosa, ahora casi seca.

Con la mano sobre la empuñadura, Conan miró en derredor bajo la pálida luz de la luna. No oyó ningún ruido. Reanudó la marcha, y sus sandalias volvieron a producir el extraño chapoteo en cuanto levantaba los pies. Se detuvo y volvió la cabeza. Hubiera jurado que estaba oyendo un ruido similar a lo lejos. Por un momento pensó que podía tratarse del eco de sus propios pasos, pero ya había pasado por delante del templo semiderruido y no había muros a los lados que reflejaran el sonido y produjeran eco.

Avanzó una vez más y luego se detuvo. Volvió a oír el chapoteo, que esta vez no cesó cuando se quedó inmóvil, sino que por el contrario se hizo más audible. Sus aguzados oídos percibieron que venía de enfrente. Puesto que no veía a nadie en la calle que había delante de él, llegó a la conclusión de que el ruido provenía de alguna calle lateral o de alguno de los edificios en ruinas.

El ruido aumentó hasta convertirse en un indescriptible borboteo sibilante. Hasta los nervios de acero de Conan se estremecieron por la tensión de descubrir el origen desconocido de aquel sonido.

Finalmente, a la vuelta de la siguiente esquina apareció una enorme masa viscosa de color gris sucio a la luz de la luna, que se deslizó hacia la calle que tenía delante de él y avanzaba rápidamente y en silencio, con excepción del borboteo que producía su extraña forma de moverse. A ambos lados de la frente tenía un par de protuberancias a modo de cuernos, de más de tres metros de longitud, y un par más corto debajo. Los largos cuernos se curvaban hacia un lado y otro, y Conan vio que en cada uno de sus extremos tenía un ojo.

Ese ser vivo era, en realidad, una babosa parecida al inofensivo molusco de jardín que deja un rastro de baba en sus paseos nocturnos. Pero esta babosa medía unos quince metros de largo y era tan gruesa en su centro como lo que medía Conan de altura. Además, se movía tan rápidamente como un hombre corriendo. Se sentía un olor fétido en el aire a medida que se acercaba. Momentáneamente paralizado por el asombro, Conan se quedó mirando la gran masa de carne blancuzca que se acercaba a él. La babosa emitía un sonido similar al de un hombre escupiendo, pero mucho más alto y ensordecedor.

Decidido por fin a actuar, el cimmerio saltó hacia un lado. En ese preciso instante, un chorro de líquido atravesó el aire de la noche y fue a caer justamente en el lugar en el que él había estado. Una pequeña gotita le cayó sobre el hombro y lo quemó como una brasa ardiente.

Conan se volvió y echó a correr por donde había venido, cruzando como una flecha en la oscuridad. Tuvo que volver a saltar por encima de las montañas de escombros que había en las calles. Su oído le indicaba que la babosa lo seguía de cerca. Tal vez ésta le iba ganando terreno. No se atrevió a mirar hacia atrás, pues temía tropezar con algún trozo de mármol y caer de bruces al suelo, porque entonces el monstruo lo tendría a su merced antes de que él consiguiera levantarse.

Conan volvió a oír ese sonido similar a un escupitajo. El muchacho saltó frenéticamente hacia un lado, y una vez más el chorro líquido pasó junto a él. Aun cuando lograra mantenerse delante de la babosa hasta llegar a las murallas de la ciudad, el próximo chorro probablemente daría en el blanco.

Entonces Conan se escondió detrás de una esquina a fin de interponer obstáculos entre él y la babosa. Corrió por una calle estrecha y zigzagueante, y luego dobló por otra esquina. Sabía que estaba perdido en el laberinto de callejuelas, pero lo más importante era seguir dando vueltas a fin de evitar que su perseguidor pudiera tenerlo frente a frente y lanzara su líquido mortífero contra él. El chapoteo y el hedor indicaban que el repugnante animal le seguía el rastro. En una ocasión, cuando se detuvo un instante para recobrar el aliento, miró hacia atrás y vio que la babosa se asomaba por la última esquina por la que él había doblado.

Siguió corriendo, intentando no avanzar en línea recta por el laberinto de calles de la ciudad antigua. Aunque no lograra correr más rápido que la babosa, tal vez consiguiera cansarla. Él sabía que un hombre a la larga podía ganar la carrera a cualquier animal; pero la babosa parecía incansable.

Al joven le resultaron conocidos los edificios que veía al pasar. Entonces se dio cuenta de que se hallaba cerca del templo semiderruido que había visto antes de encontrar a la babosa. Le bastó una rápida mirada para ver que la parte superior del edificio se hallaba al alcance de cualquier persona que trepara con agilidad.

Conan saltó por encima de un montón de escombros y escaló hasta lo alto del muro semiderruido. Saltando de piedra en piedra, trepó por el destrozado perfil de la pared hasta llegar a un sector que se hallaba intacto y daba a la calle. Se encontró sobre una parte del techo que había detrás de la fila de gárgolas de mármol. Se acercó con mucha precaución por miedo a que
el techo semiderruido se desmoronara a causa de su peso, esquivando los agujeros por los cuales se podía caer a las habitaciones de abajo.

Podía oír el ruido y sentir el olor fétido de la babosa que se acercaba por la calle. Conan comprendió que el monstruo se había detenido delante del templo sin saber hacia dónde ir porque había perdido el rastro del joven. Con mucha cautela, pues estaba seguro de que la babosa podía verlo en la semioscuridad, Conan miró hacia la calle oculto entre dos estatuas.

Allí estaba la enorme masa grisácea, sobre la que se reflejaba la luna con un brillo húmedo. Los enormes cuernos con ojos se volvían en todas direcciones, tratando de encontrar a la presa. Debajo de éstos, los cuernos inferiores, más pequeños, se deslizaban hacia adelante y hacia atrás a poca distancia del suelo, como si estuviera oliendo las huellas del cimmerio.

Conan estaba seguro de que la babosa no tardaría en encontrar su rastro. No tenía la menor duda de que podría ascender deslizándose por los lados del edificio tan rápidamente como él.

El joven apoyó su mano sobre una gárgola -una estatua que parecía una pesadilla con un cuerpo humanoide, alas de murciélago y cabeza de reptil- y empujó. La estatua se balanceó levemente con un débil crujido.

Al oír este ruido, los cuernos de la babosa giraron hacia arriba en dirección al techo del templo. La cabeza del animal se asomó y el monstruo curvó su cuerpo doblándose sobre sí mismo. La cabeza se acercó a la fachada del templo y comenzó a deslizarse hacia arriba por una de las enormes columnas, justo debajo del lugar en el que se encontraba oculto Conan, en cuclillas.

La espada le serviría de muy poco contra aquel monstruo, se dijo Conan. Al igual que otros seres inferiores de la escala biológica, no resultaría afectada por las heridas que destruirían instantáneamente a seres más evolucionados.

La cabeza de la babosa asomó por detrás de la columna, con los cuernos oscilando en todas direcciones. Teniendo en cuenta la longitud del monstruo, su cabeza llegaría al borde superior del edificio mientras la mayor parte de su cuerpo estaría todavía en la calle.

En ese momento Conan intuyó lo que tenía que hacer. Se apoyó sobre la gárgola y, empujando con todas sus fuerzas, la dejó caer desde el borde superior. En lugar del estruendo que semejante masa de mármol normalmente habría producido al estrellarse contra el suelo empedrado, se oyó un sonido blando y húmedo, como viscoso, seguido de otro más fuerte, cuando la parte anterior de la babosa cayó al suelo.

Cuando Conan se atrevió a mirar por encima del parapeto, pudo comprobar que la estatua se había hundido en el cuerpo de la babosa hasta quedar casi enterrada. La enorme masa grisácea se retorcía y azotaba el aire como un gusano en el anzuelo del pescador. Con un golpe de su cola hizo temblar la fachada del templo, y en algún lugar del interior cayeron con estrépito unas piedras sueltas. Conan temió que toda la estructura estuviera a punto de venirse abajo y lo sepultara entre los escombros.

-¡Esto es para ti! -dijo el cimmerio con un gruñido.
Anduvo entre la fila de gárgolas hasta que encontró otra que estaba suelta y la arrojó directamente sobre el cuerpo de la babosa. La gárgola cayó produciendo un sonido blando. Una tercera erró el blanco y se estrelló sobre el empedrado. El muchacho levantó con sus brazos una cuarta estatua que, aunque era más pequeña, hizo que sus músculos crujieran por el esfuerzo, la arrojó sobre el monstruo y cayó en la cabeza, que se retorcía.

Cuando Conan vio que disminuían las convulsiones del animal, lanzó otras dos gárgolas, para mayor seguridad. En cuanto observó que su cuerpo dejaba de retorcerse, bajó a la calle. Se acercó con cautela a la enorme masa fétida empuñando la espada. Finalmente, haciendo acopio de valor, hundió la hoja de la espada en la carne fláccida. De ésta fluyó un licor oscuro y la piel húmeda y gris se contrajo con movimientos ondulantes. Pero aunque algunos miembros del animal mostraran aún signos de vida, la babosa estaba muerta.

Conan estaba acuchillando aún con furia al animal, cuando oyó una voz que le hizo volver la cabeza.

-¡Ahora te tengo en mis manos! -dijo alguien a sus espaldas.

Era Néstor, que se acercaba con la espada en la mano y un vendaje manchado de sangre en la cabeza, en lugar del casco. Cuando vio a la babosa se detuvo lleno de asombro y preguntó:

-¡Mitra! ¿Qué es esto?

-Es el fantasma de Larsha -dijo en lengua zamoria con acento extranjero-. Me persiguió por media ciudad hasta que la maté.

puesto que Néstor seguía mirando asombrado sin dar crédito a sus ojos, el cimmerio continuó diciendo:

-¿Qué haces aquí? ¿Cuántas veces debo matarte para que te mueras realmente?

-Ya verás lo muerto que estoy -contestó Néstor con tono amenazador desenvainando su espada.

-¿Qué ha sido de tus soldados?

-Murieron en el alud, como morirás tú en seguida.

-Escucha, necio -dijo Conan-, ¿por qué desperdicias tus energías con la espada, habiendo aquí más riquezas, según cuentan las leyendas, de lo que los dos juntos podemos llevarnos? Eres un hombre emprendedor: ¿por qué no nos unimos para robar el tesoro de Larsha?

-¡Debo cumplir con mi deber y vengar a mis hombres! ¡Defiéndete, perro bárbaro!

-¡Por Crom que pelearé si tú quieres! -gruñó Conan, desenvainando la espada-. ¡Pero recuerda esto, hombre! Si vuelves a Shadizar, te crucificarán por haber perdido a tus hombres, aun cuando lleves mi cabeza, lo que dudo que consigas. Si sólo fuera verdad una décima parte de lo que
dicen, obtendrás más con tu parte del botín de lo que puedas ganar en cien años como mercenario.

Néstor bajó la espada y retrocedió. Luego permaneció en silencio, profundamente pensativo.

-Además -agregó Conan-, nunca conseguirás que estos cobardes zamorios se conviertan en verdaderos guerreros.

El hombre de Gunderland suspiró y luego envainó lentamente su espada.

-Tienes razón, maldito seas -dijo-. Mientras dure esta aventura, lucharemos codo con codo y nos repartiremos el tesoro a partes iguales. ¿Estás de acuerdo?

Y diciendo esto, tendió la mano a Conan.

-¡Trato hecho! -repuso el muchacho envainando la espada a su vez y estrechando la mano del capitán-. Si tenemos que escapar y nos separamos en la huida, podemos encontrarnos en la fuente de Ninus.

El palacio real de Larsha se alzaba en el centro de la ciudad, en medio de una gran plaza. Era el único edificio que no había sufrido los embates del tiempo, y ello se debía a una simple razón: había sido tallado en una enorme montaña rocosa que antes sobresalía de la uniforme meseta sobre la que se asentaba Larsha.

Sin embargo, la construcción de este edificio había sido tan cuidadosa que era necesario examinarlo muy de cerca para descubrir que no se trataba de una compleja estructura arquitectónica. Había incluso unas líneas marcadas en la negra superficie basáltica imitando las uniones que existen habitualmente entre las piedras de los edificios.

Avanzando sin hacer ruido, Conan y Néstor miraron el oscuro interior del edificio.

-Necesitamos luz -dijo Néstor-. No me gustaría encontrarme con otra babosa como aquélla en la oscuridad.

-No siento su extraño hedor; no creo que haya otra babosa -respondió Conan—, aunque bien pudiera haber otro guardián cuidando el tesoro.

Se volvió y cortó un retoño de pino que crecía entre el derruido empedrado. Luego cortó sus ramas, las convirtió en astillas con la espada y encendió un pequeño fuego frotando pedernal y acero. Después recortó los extremos de dos leños y les prendió fuego. La madera resinosa ardió intensamente. Conan le entregó una antorcha a Néstor, y ambos se colocaron algunas astillas en el cinto. Luego, con las espadas en alto, se acercaron al palacio.

Dentro del arco de acceso, las vacilantes llamas doradas de las antorchas se reflejaron en los pulidos muros de piedra negra, pero el polvo acumulado en el suelo tenía varios centímetros de espesor. Algunos murciélagos que colgaban de unos salientes de piedra chillaron con furia y se alejaron en la oscuridad.
Los hombres pasaron entre estatuas de aspecto aterrador, colocadas en nichos que flanqueaban su paso. A ambos lados se abrían oscuros pasadizos. Finalmente llegaron hasta la sala del trono. Éste estaba tallado en la misma piedra negra, al igual que el resto del edificio, y todavía se mantenía en pie. Otras sillas y divanes hechos de madera, en cambio, estaban convertidos en polvo, y sólo quedaban restos de clavos, ornamentos metálicos y piedras semipreciosas desparramados por el suelo.

-Esto debe de haber estado vacío durante miles de años -susurró Néstor.

Atravesaron varios recintos, que quizá hubieran sido las habitaciones privadas del rey, pero era difícil saberlo debido a la ausencia de muebles. De repente se encontraron frente a una puerta. Conan acercó su antorcha.

Se trataba de una puerta maciza, encajada en un arco de piedra y hecha de gruesas maderas unidas entre sí con herrajes de cobre ahora cubiertos por una capa de moho verdoso. Conan hundió su espada en la madera. La hoja entró con facilidad, y cayó un polvillo de madera muy fino, que parecía casi blanco a la luz de las antorchas.

-Está podrida -gruñó Néstor dándole una patada, y su bota penetró en la madera casi con la misma facilidad que la espada de Conan, pero en ese momento cayó al suelo un herraje de cobre con un sordo ruido metálico.

En pocos minutos los hombres habían echado abajo las maderas podridas en medio de una gran nube de polvo. Luego inclinaron las antorchas y las pasaron a través del orificio. La luz, reflejada en la plata, el oro y las alhajas produjo infinitos destellos.

Néstor pasó por la abertura, y volvió a salir a tal velocidad que chocó contra Conan.

-¡Hay hombres allí! -dijo en voz baja.

-Veamos -dijo Conan asomándose por el orificio y mirando en todas direcciones-. Están muertos.
¡Entremos!

Una vez dentro, miraron detenidamente a su alrededor hasta que las antorchas casi les quemaron las manos y tuvieron que encender otras. Esparcidos por la habitación había siete guerreros gigantescos, de más de dos metros de altura, caídos sobre sillones de piedra. Sus cabezas se apoyaban contra los respaldos de los sillones y tenían la boca abierta. Estaban ataviados con ropas antiguas; sus cascos de cobre con plumas, así como las escamas de cobre de sus corazas, estaban cubiertos de cardenillo por el paso del tiempo. Su piel era de color marrón y aspecto ceroso, como la de las momias, y las barbas entrecanas les llegaban hasta la cintura. Junto a ellos había alabardas y picas con hojas de cobre apoyadas sobre las paredes o tiradas en el suelo.

En el centro de la habitación se alzaba un altar de basalto negro, como el resto del palacio. Cerca del altar, en el suelo, había varios cofres que parecían haber almacenado tesoros. La madera estaba podrida, los cofres estaban destrozados y su reluciente contenido se encontraba desparramado por el suelo.
Conan se detuvo cerca de uno de aquellos guerreros inmóviles y le tocó la pierna con la punta de la espada. El cuerpo yacía inmóvil.

-Los antiguos deben de haberlos momificado -murmuró Conan-, como me han dicho que hacen los sacerdotes de Estigia con los muertos.

Néstor miró con desasosiego los siete cuerpos inmóviles. Las débiles llamas de las antorchas no alcanzaban a iluminar las oscuras paredes ni el techo de la habitación.

El bloque de piedra negra que había en el centro de la sala le llegaba a la cintura. En su parte superior lisa y pulida había finas incrustaciones de marfil, que formaban un diagrama de círculos y triángulos entrelazados, creando una estrella de siete puntas, y en los espacios que había entre las líneas se apreciaban signos de una escritura que Conan no reconocía. Sabía leer y escribir en lengua zamoria a su manera, y tenía conocimientos rudimentarios de hirkanio y de corinthio, pero aquellos enigmáticos jeroglíficos le resultaban irreconocibles.

De todos modos, le interesaban más los objetos que se encontraban encima del altar. En cada una de las puntas de la estrella, centelleando bajo la luz rojiza e incierta de las antorchas, había una enorme gema verde del tamaño de un huevo de gallina. En el centro del diagrama había una estatuilla verde de una serpiente con la cabeza levantada, que parecía de jade.

Conan acercó la antorcha a las siete enormes y resplandecientes gemas y gruñó:

-Yo quiero esas piedras preciosas. Tú te puedes quedar con todo lo demás.

-¡De ninguna manera! -dijo Néstor tajante-. Estas piedras preciosas valen más que todos los tesoros que hay en esta habitación. ¡Me las llevaré yo!

Hubo un momento de gran tensión entre los dos hombres, y sus manos aferraron las empuñaduras de sus espadas. Se quedaron un instante en silencio, mirándose fijamente. Finalmente, dijo Néstor:

-Entonces las repartiremos, tal como habíamos convenido.

-No se pueden dividir siete gemas entre dos -dijo Conan-. Echémoslo a suertes con una de estas monedas. El que gane se llevará las siete piedras preciosas, y el otro se llevará el resto. ¿De acuerdo?

Conan cogió una moneda de uno de los montones que indicaban el lugar en el que habían estado los cofres. Aunque había visto muchas monedas en su vida de ladrón, aquélla le resultaba completamente desconocida. De un lado había una cara, pero no se sabía si era de hombre, demonio o búho. El otro lado estaba lleno de símbolos semejantes a los que había en el altar.

Conan enseñó la moneda a Néstor. Los dos buscadores de tesoros emitieron un gruñido de aprobación. El cimmerio echó la moneda al aire, la atrapó y la puso de un manotazo sobre la muñeca izquierda. Extendió la mano, con la moneda cubierta encima, y miró a Néstor.
-Cara -dijo el hombre de Gunderland.

Conan levantó la mano de la moneda. Néstor miró y gruñó:

-¡Ishtar la maldiga! Tú ganas. Sostén mi antorcha un momento.

Conan, atento a cualquier movimiento traicionero del otro, cogió la antorcha. Pero Néstor simplemente se desató el manto, lo extendió sobre el suelo polvoriento y comenzó a arrojar sobre él puñados de oro y de piedras preciosas que cogía de los montones que había en el suelo.

-No cargues demasiado; de lo contrario no podrás correr -dijo Conan-. Aún no hemos salido de aquí, y nos espera un largo viaje hasta llegar a Shadizar.

-Yo podré con ello -respondió Néstor.

Ató las esquinas del manto, se echó el bulto a la espalda y tendió la mano para coger la antorcha.

Conan se la dio, se acercó al altar y recogió una de las enormes gemas verdes, que echó en el zurrón de cuero que colgaba de su hombro.

Cuando cogió las siete piedras preciosas del altar, se detuvo frente a la serpiente de jade y dijo mirándola:

-Por esto también me pagarán bien.

La cogió rápidamente y la metió en la bolsa en la que llevaba el botín.

-¿Por qué no te llevas parte del oro y las joyas que quedan? -le preguntó Néstor-. Yo me llevaré todo lo que sea capaz de cargar.

-Has elegido las mejores piezas -contestó Conan-. Por otra parte, no necesito más. ¡Hombre, con estas joyas me puedo comprar un reino! O bien un ducado, y todo el vino que sea capaz de beber y mujeres y…

Los ladrones oyeron un ruido que los hizo volver. Se quedaron estupefactos. Los siete guerreros momificados estaban cobrando vida. Levantaron la cabeza, cerraron la boca y el aire silbó en sus antiguos y resecos pulmones. Sus articulaciones crujieron como bisagras oxidadas cuando los gigantes recogieron sus picas y sus alabardas y se pusieron de pie.

-¡Corre! -gritó Néstor arrojando su antorcha sobre el gigante que estaba más cerca de él y desenvainando la espada.

La antorcha golpeó al gigante en el pecho, cayó al suelo y se apagó. Conan siguió sosteniendo la suya mientras sacaba la espada. La llama vacilante de la antorcha iluminó débilmente los arneses verdosos de cobre a medida que los gigantes se acercaban a los hombres.

Conan esquivó el golpe de una alabarda y desvió de un manotazo una pica dirigida contra él. De pie entre el muchacho y la puerta, Néstor se enfrentaba a un gigante que trataba de bloquearle la salida. El hombre de Gunderland eludió un golpe y le dio un violento revés que alcanzó a su enemigo en un muslo. La hoja del sable se hundió en su cuerpo, pero casi no le hizo efecto; era como cortar madera. El gigante se tambaleó y Néstor golpeó a otro. La punta de una pica relució frente a su abollada coraza.

Los gigantes se movían lentamente, pues de lo contrario los buscadores de tesoros habrían caído al primer golpe. Saltando, esquivando y girando, Conan eludió varios golpes que lo habrían dejado sin sentido sobre el suelo polvoriento. La espada se hundió una y otra vez en la carne seca y leñosa de sus atacantes. Golpes capaces de decapitar a cualquier ser vivo sólo hacían tambalear a estos seres de otra era. El cimmerio hundió la espada en el cuerpo de uno de sus contrincantes y le cortó una mano, lo que hizo caer la pica al suelo.

A continuación esquivó otro golpe de pica e hizo un corte en el tobillo del enemigo presionando con todas sus fuerzas.

La hoja de la espada se hundió hasta la mitad y el gigante cayó derrumbado al suelo.

-¡Salgamos de aquí! -bramó el joven, saltando sobre el cuerpo caído.

Conan y Néstor salieron corriendo de la habitación y atravesaron varias salas y habitaciones. Por un instante, el cimmerio temió que estuvieran perdidos, pero en ese momento divisó una luz enfrente. Los dos hombres salieron precipitadamente por la puerta principal del palacio. Podía oír detrás de ellos los pesados pasos y el sonido estrepitoso de los guardianes. Al salir vieron que el cielo clareaba y las estrellas se extinguían con la llegada del alba.

-Vamos hacia la muralla -dijo Néstor jadeando-. Creo que lograremos sacarles ventaja. Cuando llegaron al extremo opuesto de la plaza, Conan miró hacia atrás.
-¡Mira! -exclamó el cimmerio.

Los gigantes iban saliendo uno a uno del palacio, y uno tras otro, a medida que se exponían a la luz del alba, caían al suelo convertidos en polvo. Al final sólo quedó una pila de cascos de cobre con plumas, corazas y armas amontonados sobre las losas de la plaza.

-Bueno, asunto terminado -dijo Néstor-. Pero ¿cómo lograremos volver a Shadizar sin que nos arresten? Será de día cuando lleguemos allí.

Conan esbozó una sonrisa burlona y afirmó:

-Hay una forma de llegar que sólo nosotros, los ladrones, conocemos. Cerca del ángulo que está al nordeste de la muralla hay un conjunto de árboles. Si apartas los matorrales que cubren el muro, verás una especie de alcantarilla, que supongo que sirve para desaguar la ciudad cuando las lluvias torrenciales inundan sus calles. Solía estar cerrada por una reja de hierro, pero está desgastada por la herrumbre. No siendo demasiado gordos, podríamos deslizarnos por ella. La salida se halla en un solar en el que se arrojan los escombros y desechos de las casas destruidas.

-Bien -repuso Néstor-. Yo…

Un terrible estruendo interrumpió sus palabras. La tierra se estremeció, se sacudió y tembló arrojando a Néstor al suelo y haciendo tambalear al cimmerio.

-¡Cuidado! -gritó Conan.

Cuando Néstor consiguió ponerse en pie, Conan lo cogió por un brazo y lo arrastró hacia el centro de la plaza. En ese momento, la pared de un edificio cercano se vino abajo estrepitosamente, desmoronándose en el preciso lugar en el que habían estado unos segundos antes. El ruido que hizo al caer quedó apagado por el estruendo del terremoto.

-¡Vámonos de aquí! -gritó Néstor.

Guiándose por la luna, que se veía a lo lejos en el horizonte, corrieron en zigzag por las calles. A ambos lados, los muros y las columnas se inclinaban y se desplomaban con estrépito, produciendo un ruido ensordecedor. Las nubes de polvo que levantaban hacían toser a los fugitivos.

Conan se deslizó, se paró y dio un salto atrás para evitar que lo aplastara la fachada del templo que se desmoronaba. Se tambaleó mientras nuevos temblores sacudían la tierra bajo sus pies. Saltó sobre las montañas de escombros, viejos y nuevos. Dio un salto desesperado cuando vio que se le venía encima una enorme columna. Recibió una avalancha de fragmentos de piedras y ladrillos, y uno de ellos le produjo un corte en la mandíbula. Otro le dio de lleno en la espinilla, lo que le hizo maldecir a los dioses de todas las tierras que había conocido.

Por fin, llegó a lo que quedaba de la muralla de la ciudad, que había sido reducida a un montón de escombros.

Cojeando, tosiendo y jadeando, Conan trepó sobre el montículo de piedras y se volvió a mirar. Néstor no estaba a su lado. Probablemente -pensó- el hombre de Gunderland había sido aplastado por una pared. El joven aguzó el oído, pero no oyó ningún grito de auxilio.

Ya no se oía el estruendo del terremoto ni de los edificios desmoronándose. La luz de la luna, muy baja ya, hacía brillar la enorme nube de polvo que cubría la ciudad. Poco después empezó a soplar la brisa del amanecer, que arrastró poco a poco el tupido velo de polvo.

Sentado sobre la pila de escombros que indicaba el antiguo emplazamiento de la muralla, Conan miró hacia Larsha. La ciudad tenía ahora un aspecto totalmente distinto del que ofrecía cuando llegó a ella. No quedaba un solo edificio en pie. Incluso el monolítico palacio de basalto negro en el que él y, Néstor habían encontrado el tesoro quedó convertido en un montón de escombros y de piedras rotas. Conan abandonó la idea de volver al palacio en otra ocasión para recoger el resto del tesoro. Sería necesario un ejército de trabajadores para quitar los escombros antes de encontrar algo de valor.

Toda la ciudad de Larsha era un montón de ruinas y de cascotes. Por lo que podía ver, ahora que había más luz, no había señales de vida. Lo único que se oía era el sonido de una piedra que caía de cuando en cuando.

Conan palpó el zurrón, en el que guardaba el tesoro, para asegurarse de que conservaba el botín, y encaminó sus pasos hacia el oeste, en dirección a Shadizar. El sol, cada vez más alto en el horizonte, arrojó un haz de luz sobre las anchas espaldas del cimmerio.

A la noche siguiente, Conan entró con gesto jactancioso en su taberna preferida, la de Abuletes, en el Maul. El antro de techos bajos y paredes manchadas de humo apestaba a sudor y a vino rancio. En las mesas abarrotadas había ladrones y asesinos bebiendo vino y cerveza, jugando a los dados, discutiendo, cantando, peleándose y dando gritos. Se consideraba que había sido una noche aburrida si al menos uno de los clientes no resultaba apuñalado en una reyerta.

Conan vio en el otro extremo de la taberna a su chica actual, Semiramis, una mujer grande, de cabellos negros y varios años mayor que el cimmerio.

-¡Hola, Semiramis! -exclamó Conan abriéndose camino entre los parroquianos-. ¡Quiero enseñarte algo! ¡Eh, Abuletes, trae una jarra de tu mejor vino de Kiria! ¡Estoy de suerte esta noche! Si no hubiera sido tan joven, Conan hubiera tenido la precaución de no hacer alarde de su botín, y mucho menos de mostrarlo en público. Sin embargo, el cimmerio se acercó a la mesa de Semiramis y abrió el zurrón de cuero en el que llevaba las siete enormes piedras preciosas.

Las gemas cayeron en cascada sobre la mesa, golpearon la madera húmeda de vino y se convirtieron al instante en montoncitos de fino polvo verde que centellearon a la luz de la vela.

Conan dejó caer el zurrón y se quedó boquiabierto, mientras los borrachos de las mesas de al lado estallaban en sonoras carcajadas.

-¡Por Crom y Mannanan! -dijo el cimmerio al fin cuando recobró el aliento-. Me parece que esta vez me pasé de listo.

Luego, recordando la serpiente de jade que tenía en el zurrón, agregó:

-Bueno, esto servirá para pagar una buena juerga.

Llevada por la curiosidad, Semiramis cogió el zurrón que estaba encima de la mesa, pero en seguida lo dejó caer lanzando un grito:

-¡Está… está viva! -exclamó.

-¿Cómo? -dijo Conan, pero una voz que se escuchó desde la puerta lo interrumpió.

-¡Ahí está, soldados! ¡Apresadlo! -ordenó el hombre.

Se trataba de un magistrado gordo que había entrado en la taberna seguido de un pelotón de soldados de la guardia nocturna, armados con alabardas. Los presentes se callaron, mirando en forma inexpresiva hacia el techo como si no conocieran a Conan ni a ninguno de los otros bribones que formaban la clientela habitual de Abuletes.

El magistrado se abrió camino hasta la mesa de Conan. Desenvainando su espada, el cimmerio se colocó de espaldas a la pared. Sus ojos azules brillaban amenazadores y se podían ver sus dientes a la luz de las velas.

-¡Apresadme si podéis, perros! -exclamó-. ¡No he violado ninguna de vuestras estúpidas leyes! Y agregó en voz baja, dirigiéndose a Semiramis:
-Coge el zurrón y sal de aquí. Si me detienen, lo que hay dentro es tuyo.

-Es que… ¡le tengo mucho miedo! -dijo la mujer lloriqueando.

-¡Ah, vaya! -dijo el magistrado riéndose-. ¿Conque no has hecho nada, eh? ¡Nada más que despojar a nuestros ciudadanos más eminentes! ¡Hay pruebas suficientes para cortarte la cabeza cien veces! ¿Acaso no mataste a los soldados de Néstor y lo convenciste para que se uniera a ti en la búsqueda del tesoro en las ruinas de Larsha? Lo encontramos al caer la noche, borracho y haciendo alarde de su hazaña. ¡El villano logró escapar, pero tú no lo conseguirás! Mientras los guardias formaban un semicírculo en torno a Conan, con sus alabardas apuntando al pecho del muchacho, el magistrado vio el zurrón que había sobre la mesa.

-¿Qué es esto? ¿El producto de tu último robo? Veamos…

El obeso individuo metió la mano en el interior del zurrón y hurgó unos instantes. De repente sus ojos se abrieron desorbitados y lanzó un grito aterrador. Sacó rápidamente la mano del zurrón, y todos pudieron ver una serpiente viva de jade verde, enroscada alrededor de su muñeca, hundiéndole los colmillos en la carne.

Los presentes lanzaron gritos de horror y de asombro. Uno de los guardias saltó hacia atrás y cayó sobre una mesa, haciendo pedazos las jarras y volcando vino y cerveza por todas partes. Otro avanzó para sostener al magistrado, que se tambaleó y cayó al suelo. Un tercero dejó caer su alabarda y, gritando histéricamente, huyó hacia la puerta.

El pánico se apoderó de los presentes, que se apretujaron cerca de la puerta intentando salir. Dos hombres sacaron sus cuchillos y se pusieron a luchar, mientras que otro ladrón, enzarzado en una pelea con un guardia, caía al suelo muerto. Alguien tiró una de las velas, y luego otra, dejando la habitación tenuemente iluminada por la pequeña lámpara de barro que había sobre el mostrador.

En la semioscuridad, Conan tomó a Semiramis de la mano y la levantó. Apartó a la espantada turba golpeándola con la hoja del sable y se abrió paso entre el gentío hasta la puerta. Una vez fuera, corrieron dando muchas vueltas para despistar a sus perseguidores. Luego se detuvieron para recobrar el aliento.

-Esta ciudad va a ser condenadamente peligrosa para mí después de esto -dijo Conan-. Me marcho. Adiós, Semiramis.
-¿No te gustaría pasar aquí la última noche conmigo? -preguntó la mujer.

-Hoy no. Tengo que encontrar al bribón de Néstor. Si ese necio no hubiera hablado demasiado, los guardianes no me hubieran encontrado tan rápidamente. Él tiene la parte del tesoro que pudo cargar, mientras que yo me he quedado sin nada. Tal vez pueda convencerlo de que me dé la mitad. De lo contrario…

El cimmerio aferró significativamente la empuñadura de su espada. Semiramis suspiró y dijo:
-Siempre encontrarás refugio en Shadizar, mientras yo viva. Dame el último beso. Se abrazaron y Conan desapareció como una sombra en la noche.
En el Camino Corinthio que conduce al oeste desde Shadizar, y tres tiros de flecha de las murallas de la ciudad, se encuentra la fuente de Ninus. Según la leyenda, Ninus era un rico mercader que sufría una enfermedad que lo consumía. Un día un dios lo visitó en sueños y prometió curarlo si construía una fuente en el camino que lleva a Shadizar desde el oeste, a fin de que los viajeros pudieran lavarse y saciar su sed antes de entrar en la ciudad. Ninus construyó la fuente, pero la leyenda no cuenta si se curó o no de su dolencia.

Media hora después de haberse escapado de la taberna de Abuletes, Conan encontró a Néstor sentado en el brocal de la fuente de Ninus.

-¿Qué has hecho con tus siete maravillosas piedras preciosas? -preguntó Néstor. Conan le contó lo que había ocurrido con su parte del botín.
-Y ahora -agregó-, dado que gracias a tu lengua larga debo abandonar Shadizar, y puesto que no me queda nada del tesoro, sería justo que compartieras conmigo lo que te llevaste.

Néstor lanzó una carcajada estruendosa y triste y replicó:

-¿Mi parte? Ten, muchacho, aquí tienes la mitad de lo que me queda. -Mientras decía esto, extrajo de su cinto dos piezas de oro y arrojó una de ellas a Conan, que la cogió-. Te la debo por haberme salvado de morir debajo de aquella pared que casi me cae encima.

-¿Qué te ocurrió? -quiso saber el cimmerio.

-Cuando los guardias me acorralaron en la taberna, conseguí tirar una mesa y hacer rodar varias más. Luego recogí el oro en mi manto, lo colgué de mi hombro y me dirigí a la puerta. Le di una estocada a uno que trató de detenerme, pero otro consiguió hacer un tajo en mi manto. Inmediatamente todo el oro y las joyas que llevaba se desparramaron por el suelo y todo el mundo, desde los guardias hasta los magistrados, pasando por los clientes, se enzarzaron en una tremenda gresca para conseguir una parte del tesoro. -El capitán extendió el manto enseñándole un corte de unos sesenta centímetros. Luego agregó-: Pensando que el tesoro no me serviría de nada si mi cabeza iba a adornar el barrote de la Puerta Occidental, me escapé a tiempo. Una vez fuera de la ciudad, miré mi manto, pero todo lo que encontré fueron estas dos monedas que quedaron cogidas en un pliegue. Una de ellas es tuya.

Conan permaneció un momento en silencio con el ceño fruncido. Luego su boca se distendió en una amplia sonrisa, y lanzó una estruendosa carcajada. Siguió riéndose con la cabeza echada hacia atrás. Y cuando pudo hablar, dijo:

-¡Vaya par de buscadores de tesoros! ¡Crom, cómo se han divertido los dioses con nosotros!
¡Vaya broma! Néstor esbozó una sonrisa forzada y dijo:

-Me alegro de que veas el lado divertido del asunto. Pero después de esto, creo que Shadizar no es un lugar seguro para ninguno de los dos.

-¿Hacia dónde vas? -inquirió Conan.

-Me marcho al este, en busca de un puesto de mercenario en Turan. Dicen que el rey Yildiz está contratando soldados para convertir esa horda de desarrapados en un verdadero ejército. ¿Por qué no vienes conmigo, muchacho? Tú tienes condiciones de soldado.

-Eso no es lo mío -contestó Conan negando con la cabeza-. No me gusta marchar todo el día de acá para allá en el campo de entrenamiento mientras algún oficial da órdenes chillando:
«¡Adelante, marchen! ¡Presenten armas!». He oído que hay buenas oportunidades en el oeste. Lo intentaré por un tiempo.

-Bueno, que tus dioses bárbaros te acompañen -dijo Néstor-. Si cambias de opinión, pregunta por mí en los cuarteles de Aghrapur. ¡Adiós y buena suerte!

-¡Buena suerte! -contestó Conan.

Y sin decir más, emprendió la marcha por el Camino Corinthio y en seguida se perdió de vista en las sombras de la noche.

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La Torre del Elefante https://culturaquetzal.com/2025/07/09/la-torre-del-elefante/ https://culturaquetzal.com/2025/07/09/la-torre-del-elefante/#respond Thu, 10 Jul 2025 04:46:14 +0000 https://culturaquetzal.com/?p=1407 Read more…]]> Por: Robert E. Howard

Siguiendo hacia el sur y pasando por las abruptas montañas que separan los pueblos hibóreos del este de las estepas turanias, Conan llega finalmente a Arenjun, la conocida « Ciudad de los Ladrones» de Zamora. Ajeno a la civilización y profundamente anárquico por naturaleza, no tarda en encontrar -o mejor dicho, en ganarse- un lugar como ladrón profesional entre gentes que consideran el robo como un arte y una ocupación respetable. Por ser muy joven aún, y más osado que hábil, sus progresos en la nueva profesión son bastante lentos al comienzo.

Las antorchas resplandecían lóbregamente en las fiestas del Maul, donde los ladrones del este celebraban el carnaval por la noche. En el Maul podían estar de juerga y hacer todo el ruido que quisieran, puesto que las personas decentes evitaban esos barrios y los guardianes, bien pagados con monedas de todas clases, no interferían en sus diversiones. A lo largo de las callejuelas tortuosas y sin empedrar, llenas de basura y de charcos fangosos, los juerguistas borrachos caminaban tambaleándose y gritando estrepitosamente. El acero relucía en las sombras de donde provenían las risas estridentes de las mujeres y los ruidos de escaramuzas y peleas. La pálida luz de las antorchas se reflejaba a través de las ventanas rotas y de las puertas abiertas de par en par, y en el exterior, el olor a rancio del vino y de los cuerpos sudorosos, el clamor de los bebedores que golpeaban las duras mesas con los puños y cantaban canciones obscenas, sorprendían como una bofetada en pleno rostro.

Las risotadas resonaban estrepitosamente en el techo bajo y manchado por el humo de uno de aquellos antros donde se reunían picaros de todo tipo luciendo toda clase de andrajos y harapos; había rateros furtivos, raptores lascivos, ladrones de dedos ágiles, bravucones jactanciosos con sus mozas, mujeres de voces estridentes vestidas con ropas no menos chillonas. Los bribones del lugar eran mayoría: zamorios de piel oscura y ojos negros, con dagas en sus cintos y astucia en los corazones. Pero también había allí lobos de varios pueblos extranjeros. Llamaba la atención un gigante hiperbóreo renegado, taciturno, peligroso, con un sable colgando de su lúgubre y feroz corpachón, puesto que los hombres llevaban el acero sin disimulo en el Maul. Había también un falsificador shemita, de nariz ganchuda y rizada barba de color negro azulado. Un poco más allá, una moza brythunia de mirada descarada sentada sobre las rodillas de un hombre de Gunderland de cabello leonado; se trataba de un mercenario errante, un desertor de algún ejército derrotado. Y el obeso y grosero bribón, cuyas bromas procaces eran motivo de regocijo general, era un secuestrador profesional que había venido de la lejana tierra de Koth para enseñar a los zamorios a raptar mujeres, si bien éstos conocían mucho mejor este arte de lo que aquel hombre pudiera saber jamás. El kothiano hizo una pausa en la descripción de los encantos de una de sus posibles víctimas y se llevó a la boca una enorme jarra de espumeante cerveza. Luego se lamió los gruesos labios y dijo:

-Por Bel, dios de los ladrones, que voy a enseñarles cómo se roba una mujer; estará del otro lado de la frontera de Zamora antes del amanecer, y allí habrá una caravana esperándola. Un conde de Ofir me prometió trescientas piezas de plata por una esbelta joven brythunia de buena familia. Estuve vagando varias semanas por las ciudades fronterizas, donde me hacía pasar por mendigo, hasta que encontré una que valiera la pena. ¡Ah, qué guapa es esta golfa!

Cuando terminó de decir esto echó al aire un beso lascivo.

-Conozco señores de Shem que darían por ella el secreto de la Torre del Elefante -dijo volviendo a su cerveza.

Alguien tiró de la manga de su túnica y el hombre volvió la cabeza, frunciendo el entrecejo por la interrupción. Vio entonces a un joven alto y corpulento que se encontraba de pie a su lado. El desconocido estaba tan fuera de lugar en ese antro como un lobo gris entre las ratas de las cloacas. Su pobre y raída túnica dejaba ver las fornidas líneas de su fuerte cuerpo, sus anchos y recios hombros, el pecho macizo, la fina cintura y los brazos fuertes y musculosos. Su piel estaba bronceada por soles remotos, sus ojos eran azules y fogosos, y una desgreñada melena negra coronaba su amplia frente. De su cinto colgaba una espada dentro de una vieja vaina de cuero.

El hombre de Koth retrocedió involuntariamente, porque el hombre no pertenecía a ninguna de las razas civilizadas que conocía.

-Has mencionado la Torre del Elefante -dijo el forastero hablando en lengua zamoria con acento extranjero-. He oído muchas cosas acerca de esa torre. ¿Cuál es su secreto?

La actitud del muchacho no parecía amenazadora, y el valor del kothiano había aumentado por efectos de la cerveza y la manifiesta aprobación del público. El hombre lo miró henchido de vanidad y dijo:

-¿El secreto de la Torre del Elefante? -exclamó-. Bueno, cualquier imbécil sabe que el sacerdote Yara vive allí con la enorme joya llamada Corazón de Elefante; ése es el secreto de su magia.

El bárbaro estuvo callado un momento asimilando estas palabras.

-Yo he visto esa torre -dijo-. Está en un enorme jardín situado en lo alto de la ciudad y rodeado de elevadas murallas. No he visto guardianes. Las murallas parecían fáciles de escalar. ¿Por qué nadie ha robado esa misteriosa piedra preciosa?

El hombre de Koth se quedó boquiabierto ante la ingenuidad del muchacho y se echó a reír con carcajadas burlonas, a las que se sumaron todos los presentes.

-¡Escuchad a este pagano salvaje! -vociferó-. ¡Pretende robar la joya de Yara! ¡Escucha, muchacho! -dijo dirigiéndole una mirada- siniestra al joven-. Vaya, supongo que eres una especie de bárbaro del norte.

-Soy cimmerio -respondió el forastero con tono poco amistoso.
La respuesta y el modo en que lo dijo no significaban casi nada para el hombre de Koth; se trataba de un remoto reino del sur, en las fronteras de Shem, y él sólo conocía vagamente a las razas del norte.

-Entonces presta atención y aprende, muchacho -dijo apuntando con su jarra de cerveza al desconcertado joven-. Debes saber que en Zamora, y especialmente en esta ciudad, hay más intrépidos ladrones que en cualquier otro lugar del mundo, incluido Koth. Si algún mortal hubiera sido capaz de robar la piedra preciosa, puedes estar seguro de que habría desaparecido hace mucho tiempo. Tú hablas de escalar las murallas, pero una vez que lo hubieras hecho, desearías irte inmediatamente. Por la noche no hay guardianes, es decir, guardianes humanos, en los jardines por una buena razón. Pero en el cuarto de guardia, en la parte inferior de la torre, hay hombres armados, y aun si lograras escabullirte entre los que rondan por los jardines de noche, tendrías que eludir a los soldados, porque la gema está guardada en algún lugar de la parte superior de la torre.

-Pero si alguien consiguiera atravesar los jardines -arguyó el cimmerio-, ¿por qué no iba a poder llegar hasta la gema por la parte superior de la torre, eludiendo de ese modo a los soldados?

El hombre de Koth lo miró atónito una vez más.

-¡Oíd lo que dice! -gritó en tono burlón-. ¡Este bárbaro debe de ser un águila capaz de volar hasta el borde enjoyado de la torre, que se halla a tan sólo cincuenta metros de altura, y que tiene las paredes más lisas y resbaladizas que el cristal pulido!

El cimmerio miró furioso a su alrededor, molesto por las carcajadas burlonas con que los presentes acogieron estas palabras. Él no veía nada gracioso en ello y era demasiado ajeno a la civilización para comprender la falta de cortesía. Los hombres civilizados son menos amables que los salvajes porque saben que pueden ser más descorteses sin correr el riesgo de que les partan la cabeza. Estaba desconcertado y contrariado y habría salido corriendo de allí, avergonzado, pero el kothiano decidió seguir mortificándole.

-¡Anda, anda! -gritó-. ¡Cuéntales a estos pobres hombres, que han sido ladrones desde antes que a ti te engendraran, diles cómo robarías tú la piedra!

-Siempre hay alguna manera de hacerlo, si el deseo está unido al valor -contestó el cimmerio en tono tajante y lleno de rabia.

El hombre de Koth lo tomó como un insulto personal y se puso rojo de ira.

-¡Cómo! -bramó-. ¿Te atreves a enseñarnos nuestro oficio, y a insinuar que somos unos cobardes? ¡Vete! ¡Fuera de mi vista!

-gritó empujando al cimmerio con violencia.

-¿Primero te burlas de mí y ahora me pones las manos encima? -dijo el bárbaro con tono crispado, sintiendo que le invadía la cólera y devolviendo el empujón con un manotazo que
hizo caer al hombre que lo molestaba de espaldas sobre la tosca mesa.

La cerveza se derramó sobre la cara del kothiano y éste desenvainó la espada hecho una furia.

-¡Perro pagano! -vociferó-. ¡Te voy a arrancar el corazón por esto!

El acero centelleó y los presentes se apartaron rápida y desordenadamente. En su desbandada tiraron la única vela que había allí, y el antro quedó a oscuras; se oyó el ruido de bancos rotos, los pasos rápidos de la gente que huía, gritos y blasfemias de individuos que tropezaban y caían encima de otros, y un estruendoso grito de agonía que cortó el alboroto como un cuchillo. Cuando volvieron a encender la vela, la mayor parte de los parroquianos habían huido por las puertas y ventanas rotas, y los demás se apretujaban detrás de los barriles de vino y debajo de las mesas. El bárbaro había desaparecido; el centro de la habitación estaba desierto, con excepción del cuerpo apuñalado del hombre de Koth. El cimmerio lo había matado en medio de la oscuridad y la confusión, con el infalible instinto de los bárbaros.

Las pálidas luces y el jolgorio de los borrachos se desvanecían detrás del cimmerio. El joven se quitó la desgarrada túnica y caminó desnudo por las callejuelas oscuras sin más atuendo que el taparrabo y las sandalias atadas con correas a sus piernas. Se movía con la suave agilidad natural de un tigre, y sus músculos acerados se marcaban como ondas bajo la piel bronceada.

Llegó al sector de la ciudad reservado a los templos. Por todas partes brillaban a la luz de las estrellas las níveas columnas de mármol, las cúpulas doradas y los arcos plateados, los altares de los innumerables y extraños dioses de Zamora. El muchacho no pensó mucho en esos dioses; sabía que la religión de los zamorios, como todo lo que se refería a un pueblo civilizado y asentado desde hace mucho tiempo en el lugar, era intrincada y compleja y había perdido en gran medida su prístina esencia original en medio de un laberinto de fórmulas y rituales. Había estado muchas horas en cuclillas en los patios de los filósofos, escuchando los razonamientos y discusiones de teólogos y maestros, y se había ido de allí confuso y perplejo y con una sola idea clara: que estaban todos locos.

Sus dioses eran simples y comprensibles; Crom era su jefe y vivía en una gran montaña, desde donde sentenciaba el destino la muerte de los hombres. Era inútil invocar a Crom, porque era un dios tenebroso y salvaje que odiaba a los débiles. Pero insuflaba valor a los hombres en el momento de nacer, así como la voluntad y el poder de matar a los enemigos, lo que, para la mentalidad del cimmerio, era lo único que cabía esperar de un dios.

Las sandalias del joven no hacían ruido al caminar por el reluciente empedrado. No había guardianes, porque hasta los ladrones del Maul evitaban los templos, pues se sabía que habían caído extrañas maldiciones sobre los violadores. Delante de él, recortada contra el cielo, Conan vio la Torre del Elefante. Se preguntó asombrado por qué le habrían dado ese nombre. Nadie parecía saberlo. Nunca había visto un elefante, pero tenía la vaga noción de que se trataba de un animal monstruoso, con una cola delante y otra detrás. Eso, al menos, es lo que le había dicho un shemita errante, que le juró que había visto miles de animales como ésos en la tierra de los hirkanios; pero era bien sabido lo mentirosos que son los hombres de Shem. De todos modos, no había elefantes en Zamora.

La torre resplandecía con un fulgor frío bajo el cielo nocturno. A la luz del sol, en cambio, su brillo era tan deslumbrante que pocas personas podían soportarlo. Se decía que estaba hecha de plata. Era redondeada y tenía la forma de un cilindro fino y perfecto, de casi cincuenta metros de altura, y su borde brillaba a la luz de las estrellas debido a las enormes joyas que lo adornaban. La torre se alzaba entre los árboles exóticos y cimbreantes de un jardín situado a gran altura. Había una gran muralla alrededor de este jardín y por fuera un terreno intermedio rodeado asimismo por un muro. No se veía ninguna luz; parecía que la torre no tuviera ventanas, al menos por encima del nivel de la muralla interior. Tan sólo las gemas de la cúpula brillaban con un resplandor helado bajo el firmamento.

Los matorrales cubrían parte de la muralla exterior, de menor altura. El cimmerio se acercó al paredón y lo midió con la mirada. Era alto, pero él podría saltar y alcanzar el borde con los dedos. Luego sería un juego de niños tomar impulso y pasar al otro lado, y no tenía ninguna duda de que podría salvar la muralla interior de la misma manera. Pero vaciló al pensar en los extraños peligros que, según se decía, le esperaban a quien entrase allí. Esa gente le resultaba extraña y misteriosa; no eran de raza y ni siquiera tenían la misma sangre que los brithunios más occidentales, los nemedios, los kothios y los aquilonios, de cuyas culturas y misterios había oído hablar. Los zamorios, en cambio, eran un pueblo muy antiguo y, por lo que pudo apreciar, muy maligno.

Pensó en Yara, el sumo sacerdote que condenaba a los hombres y lanzaba extrañas maldiciones desde su enjoyada torre, y se le pusieron los pelos de punta al recordar la leyenda que le contó un paje ebrio de la corte, según la cual Yara se había reído en la cara de un príncipe hostil y alzó delante de él una gema que brillaba con un resplandor incandescente y maligno de la que emergieron unos rayos cegadores que envolvieron al príncipe; éste cayó al suelo dando un grito y quedó reducido a un marchito bulto oscuro que se convirtió en una araña negra y, cuando ésta trató de huir frenéticamente, Yara la aplastó con el pie.

Yara no salía con frecuencia de su torre mágica, y cuando lo hacía era para lanzar una maldición y hacer el mal a algún hombre o pueblo. El rey de Zamora le temía más que a la muerte, y estaba siempre borracho porque era la única forma de soportar el miedo. Yara era muy viejo; la gente decía que tenía cientos de años y agregaba que viviría eternamente debido al poder mágico de su piedra preciosa, que los hombres llamaban Corazón de Elefante. Ésta era la única razón por la que llamaban Torre del Elefante a su morada.

El cimmerio, enfrascado en estos pensamientos, corrió rápidamente hacia la muralla. Oyó unos pasos quedos dentro del jardín y un sonido metálico de acero y se dijo que, a pesar de lo que afirmaban, un guardián rondaba por aquellos jardines. Conan esperó para ver si lo oía pasar nuevamente, pero el silencio era total en aquellos misteriosos jardines.

Finalmente la curiosidad pudo más que él. Dio un ligero salto, apoyó una mano en la muralla y de un impulso saltó hacia arriba. Se tendió de bruces sobre el ancho borde y miró hacia abajo para observar el amplio espacio que había entre las murallas. No había ningún arbusto, pero vio unas matas cuidadosamente recortadas cerca de la muralla interior. La luz de las estrellas alumbraba el cuidado césped y se oía el rumor de una fuente.

El cimmerio se dejó caer sigilosamente hacia el interior y desenvainó la espada mirando en todas direcciones. Se estremeció de miedo como todos los salvajes cuando se ven sin protección bajo la desnuda luz de las estrellas, y avanzó con paso ligero hacia la curva de la muralla, pegado a su sombra, hasta que se encontró frente al matorral que había visto antes. Entonces corrió velozmente hacia allí y casi tropezó contra un bulto que había en el suelo entre los arbustos.

Una rápida mirada en todas direcciones le aseguró que no había ningún enemigo a la vista; entonces se agachó para investigar- Sus agudos ojos le permitieron descubrir, aun en la semioscuridad, a un hombre corpulento que llevaba una armadura plateada y el casco con penacho de la guardia real zamoria Junto a él había un escudo y una lanza y se dio cuenta de inmediato de que el hombre había sido estrangulado. El bárbaro miró preocupado a su alrededor. Supo en seguida que aquel hombre debía de ser el guardia que había oído pasar desde su escondite. En ese breve intervalo de tiempo unas manos anónimas habían emergido de la oscuridad para quitarle hasta el último hálito de vida al soldado.

Aguzando la vista en la penumbra, vio que alguien se movía entre los arbustos próximos a la muralla. Se dirigió hacia allí empuñando la espada. No hizo más ruido que el que hubiera hecho una pantera acechando furtivamente en la noche, pero a pesar de ello el hombre al que seguía lo oyó. El cimmerio alcanzó a ver un enorme cuerpo cerca de la muralla y se sintió aliviado al comprobar que al menos era una figura humana; entonces el individuo giró rápidamente sobre sus talones y lanzó un grito de asombro que denotaba pánico, hizo ademán de dar un salto hacia adelante, con las manos extendidas, pero retrocedió al ver el brillo de la espada de Conan. Durante unos segundos llenos de tensión ninguno dijo una palabra, sino que esperaron atentos a lo que pudiera ocurrir.

-Tú no eres soldado -dijo finalmente el extraño en voz muy baja-. Tú eres un ladrón igual que yo.

-¿Y quién eres tú? -preguntó el cimmerio con un susurro receloso.

-Soy Taurus de Nemedia.

El joven bárbaro bajó su espada y dijo:

-He oído hablar de ti. Todos te llaman el príncipe de los ladrones.

El extraño le contestó con una risa contenida. Taurus era tan alto como el cimmerio, pero más corpulento; aunque tenía un voluminoso vientre y era gordo, cada uno de sus movimientos denotaba un magnetismo dinámico y sutil, que se reflejaba en sus penetrantes ojos que brillaban como centellas, llenos de vida, aun a la luz de las estrellas. Iba descalzo y llevaba algo que parecía una cuerda fuerte y delgada enrollada, con nudos distribuidos en forma regular.

-¿Quién eres? -susurró.

-Soy Conan el cimmerio -contestó el joven-. He venido a ver si podía robar la gema de Yara, que todos llaman Corazón de Elefante.

Conan notó que el enorme vientre se sacudía por las risas contenidas del nemedio, pero se dio cuenta de que no eran despectivas.

-¡Por Bel, dios de los ladrones! -dijo Taurus entre dientes-. Yo había pensado que era el único con valor suficiente para intentar este robo. Estos zamorios se consideran ladrones. ¡Bah! Conan, me gusta tu osadía. Nunca he compartido una aventura con nadie, pero por Bel que vamos a intentar esto juntos, si estás de acuerdo.

-Entonces, ¿tú también estás en busca de la gema?

-¿Qué otra cosa podía buscar? He estado trazando mis planes durante meses, pero me parece que tú, en cambio, has actuado en forma impulsiva, amigo.

-¿Eres tú quien ha matado al soldado?

-Por supuesto. Me arrastré por la muralla cuando él estaba en el otro extremo del jardín. Cuando me escondí entre los matorrales me oyó, o creyó haber oído algo. En el momento en que cometió el error de venir hacia mí, fue muy fácil ponerme detrás de él y apretarle el cuello por sorpresa, asfixiándolo hasta que exhalara el último suspiro de su necia vida. Era, como casi todos los hombres, medio ciego en la oscuridad.

-Pero has cometido un error -dijo Conan.

Los ojos de Taurus se encendieron de cólera cuando dijo:

-¿Un error, yo? ¡Imposible!

-Deberías haber ocultado el cadáver entre los arbustos.

-El novato pretende enseñar su arte al maestro. Debes saber que no cambian la guardia hasta pasada la medianoche. Si alguien viene a buscarlo ahora y encuentra su cuerpo, irá a comunicarle inmediatamente la noticia a Yara, lo que nos daría tiempo para escapar. Pero si no lo hallaran, rastrearán los arbustos y nos atraparán como a ratas en una trampa.

-Tienes razón -admitió Conan.

-Así es. Ahora escucha. Estamos perdiendo tiempo con esta maldita discusión. No hay guardianes en el jardín interior, quiero decir guardianes humanos, aunque hay centinelas que son mucho más peligrosos aún. Es su presencia la que me ha detenido durante tanto tiempo, pero finalmente he descubierto una forma de burlarlos.

-¿Y qué me dices de los soldados que vigilan en la parte inferior de la torre?

-El viejo Yara vive en las habitaciones superiores. Por ese camino entraremos… y saldremos, espero. No me preguntes cómo. He planeado una forma de hacerlo. Nos introduciremos furtivamente por la parte superior de la torre y estrangularemos al viejo Yara antes de que nos pueda hechizar con alguno de sus condenados maleficios. Al menos lo intentaremos; corremos el riesgo de que nos convierta en arañas o en sapos asquerosos, pero por otro lado tenemos la posibilidad de obtener toda la riqueza y el poder del mundo. Un buen ladrón debe saber correr riesgos.

-Iré hasta donde sea -dijo Conan, quitándose las sandalias.

-Entonces, sígueme.

Taurus terminó de decir esto y se volvió, tomó impulso, se aferró a la muralla y saltó. La agilidad de aquel hombre era asombrosa, teniendo en cuenta su tamaño; parecía casi deslizarse hacia el borde del muro. Conan lo siguió y cuando estaban de bruces sobre el ancho paredón, hablaron en voz baja.

-No veo ninguna luz -dijo Conan entre dientes.

La parte inferior de la torre se parecía mucho a la parte que se veía desde fuera del jardín: un cilindro perfecto y brillante, que no parecía tener ninguna abertura.

-Hay puertas y ventanas hábilmente construidas -respondió Taurus-. Pero están cerradas. Los soldados respiran el aire que viene de arriba.

El jardín era un vago conjunto de sombras cubiertas de pequeños árboles donde se balanceaban sobriamente en la oscuridad ligeros arbustos. El cauto espíritu de Conan sintió el aura amenazadora que se cernía sobre aquel lugar. Percibió la mirada ardiente de unos ojos invisibles y sintió un aroma sutil que le erizó instintivamente el pelo de la nuca como a los sabuesos cuando huelen la presencia de su antiguo enemigo.

-Sígueme -susurró Taurus-. Ven detrás de mí, si aprecias en algo tu vida.

Extrayendo de su cinto lo que parecía ser un tubo de cobre, el nemedio se dejó caer nuevamente encima del césped interior. Conan lo seguía de cerca con la espada preparada, pero Taurus lo empujó hacia atrás, contra la pared, y se quedó inmóvil. Estaba en una actitud de tensa expectación y su mirada, al igual que la de Conan, estaba fija en las sombras de los arbustos que había cerca de allí. La mata se movía a pesar de que la brisa había dejado de soplar. En ese momento vieron dos enormes ojos resplandecientes entre las ondulantes sombras y detrás de éstos pudieron ver otros destellos de fuego que centelleaban en la oscuridad.

-¡Leones! -musitó Conan.

-Sí. De día los encierran en unas cavernas subterráneas que hay debajo de la torre. Por eso no hay guardianes en este jardín. Conan contó rápidamente los ojos y dijo:

-Yo veo cinco, pero quizá haya más en los matorrales. Nos atacarán de un momento a otro.

-¡Silencio! -dijo Taurus en voz muy baja apartándose del muro con prudencia, como si estuviera caminando sobre cuchillas, y alzando el delgado tubo.
Se oían ruidos sordos provenientes de las sombras y se veía avanzar los ojos resplandecientes. Conan percibió las inmensas mandíbulas babeantes y las colas que azotaban el aire en todas direcciones. La tensión era insoportable. El cimmerio empuñó la espada, a la espera del inevitable ataque de los gigantescos cuerpos. Entonces Taurus se llevó el extremo del tubo a los labios y sopló con fuerza. Un gran chorro de polvo dorado salió por el otro extremo y se extendió instantáneamente formando una densa nube de color verde amarillento que cubrió los arbustos, ocultando los resplandecientes ojos.

Taurus corrió apresuradamente hacia el muro. Conan lo miró sin comprender. La densa nube ocultaba los matorrales y no se oía nada.

-¿Qué es ese polvo? -preguntó el joven, preocupado.

-¡Es la muerte! -dijo el nemedio con tono sibilante-. Si se levantara viento y soplara en nuestra dirección, tendríamos que huir saltando la muralla. Pero no, no se ha levantado viento y la nube se está disipando. Espera hasta que desaparezca del todo. Respirar ese polvo supone la muerte.

Finalmente quedaron flotando sólo unas tenues nubécillas amarillentas en el aire; cuando desaparecieron, Taurus indicó a su compañero con la mano que avanzara. Se dirigieron sigilosamente hacia los arbustos y Conan se quedó boquiabierto. Tendidos en el suelo entre las sombras yacían cinco cuerpos de color pardo cuya mirada feroz se había extinguido para siempre. Un olor dulzón y empalagoso persistía en el aire.

-¡Murieron sin lanzar un solo rugido! -murmuró el cimmerio-. Taurus, ¿qué era ese polvo?

-Estaba hecho con flores de loto negro, que crecen en las selvas remotas de Khitai, en la que sólo habitan los monjes de cráneo amarillo de Yun. Esas flores causan la muerte al que las huele.

Conan se arrodilló al lado de los enormes animales muertos, asegurándose de que no podían hacerle daño. Movió la cabeza pensando que la magia de las tierras exóticas era terrible y misteriosa los ojos de los bárbaros del norte.

-¿Por qué no matamos a los soldados de la torre de la misma manera? -preguntó el muchacho.
-Porque ése era todo el polvo que tenía. Su obtención fue una hazaña que por sí sola hubiera bastado para hacerme famoso entre todos los ladrones del mundo. Lo robé de una caravana que se dirigía a Estigia, y me apoderé de él, con su bolsa tejida con hilos de oro, cogiéndola entre los anillos de la inmensa serpiente que lo cuidaba, sin siquiera despertarla. ¡Pero, vamos ya, por Bel!
¿Vamos a pasarnos toda la noche hablando?

Entonces se arrastraron entre los arbustos hasta llegar a la fulgurante base de la torre, y allí, imponiendo silencio con un gesto, Taurus desenrolló la cuerda de nudos, en uno de cuyos extremos había un fuerte gancho de acero. Conan intuyó cuál era su plan y no hizo ninguna pregunta. Entre tanto, el nemedio cogió la soga a corta distancia del gancho y comenzó a hacerlo girar sobre su cabeza. Conan apoyó su oreja sobre la lisa superficie del muro para ver si escuchaba algo, pero no oyó nada. Evidentemente, los soldados que estaban dentro no sospechaban la presencia de los intrusos, que habían hecho menos ruido que el viento de la noche soplando entre los árboles. Sin embargo, el bárbaro sentía un extraño nerviosismo. Tal vez fuera por el olor de los leones, que se percibía en todas partes.

Taurus lanzó la cuerda con un movimiento uniforme y ondulante de su fuerte brazo. El gancho trazó una extraña curva, difícil de describir, y desapareció por encima del enjoyado borde. Aparentemente quedó bien sujeto, pues los cuidadosos tirones del hombre no consiguieron aflojarlo.

-Suerte al primer intento -murmuró Taurus-. Ahora…

El salvaje instinto de Conan hizo que se volviera súbitamente, porque la muerte que estaba encima de ellos era silenciosa. Un vistazo bastó para que el cimmerio viera la gigantesca sombra parda, erguida bajo el firmamento, preparándose para el ataque mortal. Ningún hombre civilizado se habría movido con la rapidez del bárbaro. Su espada centelleó helada bajo la luz de las estrellas, impulsada por la fuerza y el valor desesperado del joven, y en ese momento el hombre y la bestia rodaron juntos por el suelo.

Maldiciendo de modo incoherente para sus adentros, Taurus se agachó para observar los cuerpos y vio que las extremidades de su compañero se movían tratando de quitarse de encima el enorme peso fláccido que tenía sobre su cuerpo. El nemedio miró y vio asombrado que el león estaba muerto, con el cráneo partido en dos. Taurus sujetó el cuerpo del animal muerto y; con su ayuda, Conan lo empujó a un lado y se levantó aferrando aún su espada manchada de sangre.

-¿Estás herido, amigo? -preguntó boquiabierto Taurus, todavía perplejo por la pasmosa rapidez con la que había ocurrido todo.

-¡Por Crom, no! -respondió el bárbaro-. Pero me he librado por poco. ¿Por qué esa maldita bestia no rugió en el momento de atacar?

-Todo es extraño en este jardín -dijo Taurus-. Los leones atacan en silencio, al igual que las otras muertes. Pero sigamos; aunque hemos hecho poco ruido en la pelea, los soldados pueden haber oído algo, a menos que estén dormidos o borrachos. Esa fiera estaba en alguna otra parte del jardín y escapó a la muerte de las flores, pero seguramente ya no hay más animales. Ahora debemos trepar por esta cuerda; imagino que no es necesario preguntar a un cimmerio si puede hacerlo.

-Si resiste mi peso -dijo Conan con un gruñido, mientras limpiaba su espada en la hierba.

-Puede aguantar tres veces mi propio peso -repuso Taurus-. Está hecha con trenzas de mujeres muertas, que yo mismo cogí de sus tumbas a medianoche, y que luego sumergí en la mortífera savia del árbol de upas, para hacerlas resistentes. Yo subiré primero, y luego me seguirás tú de cerca.

El nemedio aferró la soga enganchando una rodilla en ella, y comenzó el ascenso; subió como un gato, a pesar de la aparente torpeza de su pesado cuerpo. El cimmerio fue tras él. La cuerda oscilaba y giraba sobre sí misma, pero los hombres siguieron escalando. Ambos habían trepado por lugares más difíciles en otras ocasiones. Veían el resplandor del borde enjoyado de la torre
por encima de ellos, que sobresalía un poco de la pared perpendicular, de modo que la cuerda colgaba unos cincuenta centímetros a los lados de la torre, lo que facilitaba el ascenso.

Continuaron trepando en silencio, viendo cómo las luces de la ciudad se hacían más pequeñas a medida que subían, y el brillo de las estrellas se atenuaba por el resplandor de las joyas que adornaban el borde del edificio. Por fin Taurus tendió una mano y se aferró al borde y con un impulso saltó al otro lado. Conan se detuvo un momento en el borde mismo, fascinado por las enormes y frías joyas cuyo fulgor lo deslumbraba. Había diamantes, rubíes, esmeraldas, zafiros, turquesas y piedras de la luna incrustadas como rutilantes estrellas en un cielo de plata luciente. Desde lejos su brillo se fundía en un solo resplandor blanco, pero ahora, de cerca, centelleaban con un millón de matices que cubrían todo el arco iris, hipnotizando al muchacho con sus reverberaciones.

-Aquí hay una fabulosa fortuna, Taurus -susurró el joven.

-¡Apresúrate! Si conseguimos el Corazón, esto y todo lo demás será nuestro -le contestó el nemedio con un gesto de impaciencia.

Conan trepó por el fulgurante borde. El techo de la torre estaba unos metros por debajo del saliente enjoyado. Era plano y estaba hecho de una sustancia de color azul oscuro, amalgamado en oro, de modo que el conjunto parecía un enorme zafiro salpicado de brillantes polvos de oro. Del otro lado parecía haber una especie de habitación construida sobre el techo, del mismo material que las paredes de la torre, adornada con figuras hechas con gemas más pequeñas; la única puerta que se veía era de oro macizo con paneles labrados e incrustaciones de piedras preciosas que resplandecían con un fulgor helado.

Conan lanzó una mirada hacia el rutilante océano de luces que se desplegaban a lo lejos, y miró a Taurus. El nemedio estaba recogiendo y enrollando la soga. Enseñó a Conan el lugar en el que se había enganchado el acero y pudieron ver que la punta había quedado sujeta debajo de una resplandeciente joya en el lado interior del borde.

-Tuvimos suerte una vez más -musitó el hombre-. Era de imaginar que el peso de ambos podría haber destrozado la piedra. Ahora sígueme, que los verdaderos peligros de nuestra aventura acaban de empezar. Estamos en la guarida de la serpiente, y no sabemos dónde está escondida.

Atravesaron a rastras la misteriosa y brillante terraza como tigres detrás de su presa y se detuvieron delante de la puerta de oro. Con mano cautelosa y hábil, Taurus la empujó un poco y ésta se abrió sin ofrecer resistencia; ambos miraron hacia el interior, en guardia contra lo que pudiera suceder. Por encima del hombro del nemedio, Conan vio una resplandeciente habitación, cuyas paredes, cielo raso y suelo estaban cubiertos de enormes joyas blanquecinas que la iluminaban con un brillo deslumbrante. No había señales de vida.

-Antes de cortar nuestra retirada -dijo Taurus en voz baja-, vuelve al borde de la torre y mira en todas direcciones. Si ves algún movimiento de soldados en los jardines o cualquier otra señal sospechosa, vuelve a decírmelo. Yo te espero aquí.
Conan no veía razones para ello, por lo que tuvo una leve sospecha en su cauto ánimo respecto a su compañero, pero a pesar de ello hizo lo que Taurus le pedía. En cuanto Conan se dio la vuelta, el nemedio se deslizó hacia el interior de la habitación y la cerró por dentro. Conan se arrastró hacia el borde de la torre y después de comprobar que no había ningún movimiento sospechoso en los ondulantes matorrales de abajo, regresó a la puerta de la torre, y de repente oyó un grito ahogado desde el interior.

El cimmerio, electrizado, dio un salto y la puerta se abrió de par en par, dejando ver la silueta de Taurus recortada contra el frío fulgor del fondo. El hombre se tambaleó y sus labios se entreabrieron, pero sólo se oyó un estertor seco. Aferrándose a la puerta dorada en busca de apoyo, dio unos pasos vacilantes por la terraza y luego se desplomó de bruces, apretándose la garganta. La puerta se cerró a sus espaldas.

Conan, encogido como una pantera acorralada, no vio nada detrás del nemedio herido en el breve instante en que la puerta estuvo abierta, salvo una engañosa sombra que cruzó como una flecha por el reluciente suelo. Nadie vino detrás de Taurus a la terraza, y Conan se inclinó sobre el hombre caído.

El nemedio miró hacia arriba con los ojos dilatados y vidriosos, con un desconcierto aterrador. Sus manos se clavaron en la garganta, sus labios babearon y emitieron un murmullo, y de pronto se puso rígido; el atónito cimmerio se dio cuenta de que estaba muerto. Tuvo la sensación de que Taurus había lanzado su último suspiro sin saber qué clase de muerte se había abatido sobre él. Conan miró perplejo hacia la enigmática puerta de oro. En aquel recinto vacío, de paredes llenas de deslumbrantes joyas, la muerte había sorprendido al príncipe de los ladrones tan rápida y misteriosamente como la que él había ocasionado a los leones del jardín.

El bárbaro pasó su mano con cuidado por el cuerpo semidesnudo del hombre tratando de ver si había una herida, pero las únicas señales de violencia que tenían estaban entre los hombros, en la base de su cuello de toro; eran tres heridas pequeñas como si tres uñas afiladas se hubieran hundido profundamente en su carne. Los bordes de las heridas eran negros y emanaban un leve hedor putrefacto. ¿Serían dardos envenenados? -se preguntó Conan-. Pero en ese caso, deberían estar clavados todavía en las heridas.

El cimmerio se acercó cautelosamente a la puerta dorada, la empujó y vio ante sus ojos una habitación vacía, bañada por el resplandor helado y rutilante de miríadas de piedras preciosas.

En el mismo centro del cielo raso observó distraídamente un dibujo extraño; se trataba de un diseño octogonal de color negro en cuyo centro brillaban cuatro piedras preciosas con un fulgor rojo distinto al resplandor blanco de las demás joyas. En el extremo opuesto de la habitación había otra puerta, igual a aquella en la que él se hallaba, aunque no tenía paneles tallados. ¿La muerte habría venido de allí y, una vez logrado su designio, se habría alejado por el mismo sitio?

Después de cerrar la puerta, el cimmerio dio unos pasos por la habitación. Sus pies desnudos no hacían ruido sobre el suelo cristalino. No había sillas ni mesas; se veían tan sólo tres o cuatro lechos cubiertos de seda, con extraños bordados en oro, y varios cofres de caoba con refuerzos de plata. Algunos de éstos estaban cerrados con pesados candados dorados; otros, tenían las tapas talladas abiertas, y en ellos se veían montañas de joyas en un exuberante y desordenado derroche de color para asombro del cimmerio. Conan lanzó un juramento entre dientes. Aquella noche había visto más riquezas que las que jamás hubiera imaginado que existieran en todo el mundo y sintió vértigo de sólo pensar en el valor de la joya que estaba buscando.

Se encontraba en el centro de la habitación y avanzó cautelosamente con la cabeza alta y empuñando la espada, cuando la muerte lo atacó de nuevo silenciosamente. Una sombra pasó volando por el resplandeciente suelo como única advertencia, y lo que le salvó la vida fue el instintivo salto que dio hacia un lado. Vislumbró por un instante una cosa negra y peluda que pasó por encima de él con un chasquido de colmillos, y algo que le salpicó el hombro desnudo; eran como gotas de fuego líquido. Al dar un salto hacia atrás, con la espada en alto, vio que esa cosa horrible cayó al suelo, giró y corrió hacia él con asombrosa velocidad; se trataba de una araña negra, imposible de imaginar, salvo en las pesadillas más horrendas.

Era grande como un cerdo, y sus ocho patas gruesas y peludas transportaban su monstruoso cuerpo a gran velocidad; sus cuatro ojos de brillo maligno centellearon con una expresión de una inteligencia terrible, y sus .colmillos destilaban un veneno que Conan ya conocía por las quemaduras que unas pocas gotas le habían producido en el hombro; entonces comprendió que el veneno estaba cargado de muerte, de una muerte rápida y segura. Éste era el asesino que se había dejado caer desde el centro del cielo raso y había atacado al nemedio en el cuello. ¡Qué necios habían sido, por no sospechar que las habitaciones superiores estarían tan bien cuidadas como las inferiores!

Estos pensamientos pasaron rápidamente por la cabeza de Conan mientras el monstruo se abalanzaba sobre él. Dio un gran salto y la araña pasó por debajo, giró y volvió al ataque. Esta vez el joven la eludió dando un salto hacia el costado y le asestó un golpe con la espada. Su afilada hoja le cercenó una de las patas peludas y volvió a salvarse cuando el monstruo se revolvió contra él, con los colmillos chasqueando endiabladamente. Pero la araña abandonó la persecución; se volvió, salió corriendo por el suelo cristalino y subió por la pared hasta el cielo raso, donde se encogió por un instante, mirándolo fijamente con sus demoníacos ojos rojos. Entonces, sin mediar señal alguna, se lanzó hacia el espacio, dejando tras de sí una hebra de una sustancia gris y pegajosa.

Conan retrocedió para eludir el cuerpo que caía violentamente sobre él, y luego se agachó frenéticamente justo a tiempo para no quedar atrapado en la gruesa hebra de la tela de araña. El joven vio la intención del monstruo y saltó hacia la puerta, pero la araña fue más rápida y lanzó una hebra pegajosa hacia allí, aprisionándolo. No se atrevió a cortarla, porque sabía que aquella sustancia se quedaría pegada a la hoja y, antes de que pudiera limpiarla, el monstruo endemoniado le habría clavado sus colmillos en la espalda.

Entonces comenzó un juego desesperado, en el que el ingenio y la agilidad del hombre se enfrentaban a la astucia demoníaca y a la rapidez de la gigantesca araña. Ésta no volvió a correr por el suelo atacando directamente, ni lanzó su cuerpo por el aire contra él, sino que corrió por el cielo raso y por las paredes, tratando de enredar al muchacho con los lazos que formaba la sustancia gris y pegajosa, que arrojaba con diabólico acierto. Aquellas hebras eran gruesas como sogas, y Conan se dio cuenta de que si quedaba envuelto en ellas, ni siquiera su fuerza desesperada podría librarlo del ataque del monstruo.

Aquella danza diabólica continuó por todo el recinto en medio de un silencio absoluto, sólo interrumpido por la respiración agitada del hombre y el ruido sordo de sus pies desnudos arrastrándose por el brillante suelo, y por el terrible castañeteo de los colmillos del monstruo. Las hebras grises yacían enrolladas sobre el suelo; estaban adheridas a las paredes, cubrían los cofres llenos de joyas y los lechos de seda y pendían como oscuros festones del cielo raso enjoyado. La increíble agilidad de los ojos y de los músculos de Conan lograron mantenerlo a salvo, aunque las pegajosas hebras le habían pasado tan de cerca que llegaron a lastimar su piel desnuda. El muchacho sabía que no podía eludirlas por mucho tiempo; no sólo tenía que prestar atención a las hebras que colgaban oscilantes del techo, sino también a las que estaban en el suelo. Tarde o temprano las hebras pegajosas lo envolverían como una serpiente, y entonces, envuelto como un gusano en el capullo de seda, estaría a merced del monstruo.

La araña atravesó la habitación corriendo, con la hebra gris ondulando detrás. Conan dio un gran salto y se subió a uno de los lechos; con un rápido giro el monstruo se subió por la pared y la hebra saltó del suelo como si estuviera viva, apresando el tobillo del cimmerio. Éste cayó al suelo tironeando frenéticamente para librarse de la tela de araña que lo tenía cogido como un tornillo blando o el anillado cuerpo de una serpiente. El peludo monstruo bajó corriendo por la pared para consumar su captura. En el frenesí de la batalla, Conan cogió uno de los cofres de joyas y lo arrojó con todas sus fuerzas. El imponente proyectil fue a dar en medio de las negras patas y aplastó al monstruo contra la pared con un crujido sordo y repugnante. La sangre y la baba verdosa salpicaron en todas direcciones y el destrozado cuerpo cayó al suelo junto con el cofre. La araña negra quedó aplastada entre una cantidad enorme de rutilantes joyas; las patas peludas se movieron caóticamente, los ojos moribundos de la araña lanzaron una última mirada que brilló como un rubí entre las centelleantes piedras preciosas.

Conan miró a su alrededor y al ver que no aparecía otro monstruo se aplicó a quitarse la telaraña que lo apresaba. La sustancia gris se adhería tenazmente a su tobillo y a sus manos, pero por fin consiguió liberarse. Cogió su espada y se abrió camino eludiendo los grises anillos y las hebras y se dirigió hacia la puerta interior. No podía imaginar los horrores que le esperaban allí. El cimmerio estaba enardecido y, puesto que había venido de tan lejos y superado tantos peligros, estaba resuelto a ir hasta el final de la aventura, ocurriera lo que ocurriese. Tuvo la sensación de que la joya que buscaba no se encontraba entre las que estaban desparramadas desordenadamente por la resplandeciente habitación.

Cuando hubo pasado por entre las hebras que obstruían la puerta interior, advirtió que ésta no estaba cerrada. Se preguntó si los soldados habrían descubierto su presencia. Lo cierto es que él se encontraba encima de ellos y, si era cierto lo que se decía, estaban habituados a oír ruidos extraños en la torre, sonidos siniestros y gritos de agonía y horror.

El cimmerio no dejaba de pensar en Yara, y no se sentía del todo confiado cuando abrió la puerta. Pero sólo alcanzó a ver un tramo de escalones plateados que descendían, apenas iluminados por una luz que no podía adivinar de dónde venía. Bajó silenciosamente, empuñando la espada. No oyó ningún ruido, y poco después llegó hasta una puerta de marfil con hematites incrustados. Se detuvo a escuchar, pero no oyó nada desde el interior; sólo se veían salir lentas volutas de humo por debajo de la puerta, que despedían un olor extraño y desconocido para el cimmerio. Más abajo, la escalera plateada seguía descendiendo hasta perderse en las sombras, y
del tenebroso agujero no provenía sonido alguno. Tenía la extraña sensación de que estaba solo en una torre habitada por espectros y fantasmas.

Conan empujó sigilosamente la puerta de marfil, que se abrió en silencio hacia adentro, y permaneció en el reluciente umbral mirando fijamente a su alrededor como un lobo en un lugar extraño, dispuesto a luchar o a huir en un santiamén. Se hallaba ante una amplia habitación con una enorme cúpula dorada; las paredes eran de jade verde y el suelo de marfil estaba parcialmente cubierto por gruesas alfombras. El humo y el olor exótico del incienso provenían de un brasero apoyado sobre un trípode dorado, detrás del cual había un ídolo sentado sobre una especie de altar de mármol. Conan miró horrorizado; la imagen, desnuda, tenía cuerpo de hombre y era de color verde, pero la cabeza semejaba una loca pesadilla. Era demasiado grande para el cuerpo y no tenía atributos humanos. Conan contempló las enormes orejas resplandecientes, la rizada trompa y los blancos colmillos de elefante que nacían a ambos lados de la trompa y terminaban en unas esferas de oro. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo.

He aquí, entonces, el motivo del nombre -la Torre del Elefante-, ya que la cabeza de la cosa se parecía mucho a la de los animales descritos por el shemita errante. Aquél era el dios de Yara. Pero ¿dónde podía estar la gema sino escondida en el interior del ídolo, puesto que la piedra se llamaba Corazón de Elefante?

A medida que Conan avanzaba, con los ojos fijos en el inmóvil ídolo, ¡éste abrió súbitamente los ojos! El cimmerio se quedó paralizado por la sorpresa. ¡No era una imagen, sino una cosa viva, y él estaba atrapado en su habitación!

Un indicio del terror que lo paralizaba es el hecho de que no reaccionara al instante en un arrebato de frenesí, dejando libres sus instintos homicidas. Un hombre civilizado en su situación sin duda habría, buscado refugio creyendo que estaba loco, pero a Conan no se le ocurrió dudar de sus sentidos. Sabía que se encontraba cara a cara con un demonio del antiguo mundo, y esa seguridad lo privó de todas sus facultades, salvo la de la vista. La trompa de esa cosa horrorosa se alzó como buscando algo, y los ojos de topacio miraban sin ver. Entonces Conan se dio cuenta de que el monstruo era ciego. Este pensamiento calmó sus tensos nervios, y comenzó a retroceder en silencio en dirección a la puerta. Pero el engendro oía. La trompa sensible se estiró hacia él y el muchacho quedó nuevamente helado de espanto cuando el extraño ser habló con una voz extraña y entrecortada, siempre en el mismo tono. El cimmerio comprendió que aquella boca no fue creada para hablar un lenguaje humano.

-¿Quién está ahí? -preguntó-. ¿Has venido a torturarme de nuevo, Yara? ¿No te vas a cansar nunca? ¡Oh, Yag-kosha!, ¿no tendrá fin esta agonía?

Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y Conan observó las extremidades extendidas sobre el lecho de mármol. Sabía que el monstruo no podría levantarse para atacarlo. Conocía las marcas del tormento y las quemaduras del fuego, y por más duro que fuera, no podía evitar estar impresionado por las deformidades de lo que parecía haber sido un cuerpo tan bien constituido como el suyo. Y súbitamente todo el miedo y el asco se convirtieron en una profunda compasión. Conan no sabía quién era ese monstruo, pero era tan evidente su terrible y patético sufrimiento que, sin saber por qué, le embargó una abrumadora tristeza. Sintió que estaba presenciando una tragedia cósmica y sintió vergüenza, como si la culpa de toda una raza hubiera caído sobre él.

-No soy Yara -dijo-. Soy solamente un ladrón. No te haré daño.

-Acércate para que pueda tocarte -dijo la criatura con un titubeo, y Conan se aproximó sin miedo, con la espada olvidada en su mano.

La trompa sensible se alzó y palpó su rostro y sus hombros, como hacen los ciegos. El contacto era tan suave como el de la mano de una muchacha.

-Tú no perteneces a la raza maligna de Yara -suspiró la criatura-. Llevas la marca de la fiereza pura y esbelta de las tierras desérticas. Conozco a tu gente desde antiguo. Los conocí con otro nombre hace mucho, mucho tiempo, cuando un mundo distinto alzaba sus brillantes torres hacia las estrellas. Pero… hay sangre en tus manos.

-Es de la araña que había en la habitación de arriba y de uno de los leones del jardín -musitó Conan.

-También has matado a un hombre esta noche -respondió el otro-. Y hay muerte arriba en la torre. Lo siento; lo sé.

-Sí -admitió el cimmerio-. El príncipe de los ladrones yace allí sin vida, víctima de la picadura de un bicho.

-¡Así es! -dijo con una extraña voz inhumana en una especie de canto monótono-. Un muerto en la taberna y un muerto en la terraza; lo sé; lo siento. Y el tercero producirá un efecto mágico que ni el mismo Yara imagina. ¡Oh, hechizo de la liberación, dioses verdes de Yag!

Las lágrimas rodaron nuevamente por sus mejillas mientras el torturado ser se estremecía presa de las más variadas emociones. Conan seguía mirándolo perplejo.

Entonces cesaron las convulsiones, los suaves ojos ciegos se volvieron hacia el cimmerio y le hizo una seña con la trompa.

-Escucha, hombre -dijo el extraño ser-. Te parezco repugnante y monstruoso, ¿no es cierto? No, no contestes; lo sé. Pero tú me parecerías igual de extraño si pudiera verte. Existen muchos mundos además de esta tierra, y la vida adopta diferentes formas. No soy ni un dios ni un demonio, sino que soy de carne y hueso como tú, aunque la sustancia sea en parte distinta y la forma esté creada con modelos diferentes. Soy muy viejo, hombre de la selva; he venido a este planeta hace mucho, mucho tiempo, con otros seres de mi mundo, el planeta verde Yag, que da vueltas eternamente en el límite de este universo.

«Viajamos por el espacio con poderosas alas que nos transportaron por el cosmos a mayor velocidad que la luz, porque habíamos luchado contra los reyes de Yag y fuimos derrotados y desterrados. Y jamás pudimos regresar, porque en la tierra nuestras alas se marchitaron. Aquí vivimos alejados de la vida terrenal, luchamos contra los extraños y terribles seres que en ese entonces poblaban la tierra, y por ello fuimos temidos y nadie nos molestó en las sombrías selvas del este, donde teníamos nuestra morada.

»Hemos visto cómo los monos se transformaban en hombres y los vimos construir las rutilantes ciudades de Valusia, Kamelia, Commoria y otras. Los hemos visto tambalearse ante los ataques de los paganos atlantes, pictos y lemurios. Hemos visto cómo los océanos se levantaban y sumergían a Atlantis y Lemuria, las islas de los pictos y las brillantes ciudades de la civilización. También vimos cómo los sobrevivientes de los reinos pictos y los atlantes construían su imperio de la Edad de Piedra y luego cayeron en la ruina, enzarzados en sangrientas batallas. Hemos visto cómo los pictos se hundían en los abismos del salvajismo y cómo los atlantes volvían a descender al nivel del mono. Hemos visto cómo los nuevos salvajes se dirigían hacia el sur desde el Círculo Ártico, en oleadas conquistadoras, para construir una nueva civilización con los nuevos reinos llamados Nemedia, Koth, Aquilonia y otros.

«Vimos cómo tu pueblo surgía con un nuevo nombre de las selvas de los monos que habían sido los atlantes. Hemos visto a los descendientes de los lemurios que habían sobrevivido al Cataclismo levantarse una vez más superando el salvajismo y dirigirse hacia el oeste convertidos en hirkanios. Y hemos visto cómo esta raza de seres malignos, sobrevivientes de la antigua civilización que existía antes del hundimiento de Atlantis, volvía a tener cultura y poder: se trata de este maldito reino de Zamora. Hemos visto todo esto, sin ayudar ni entorpecer las inmutables leyes del cosmos, y nos fuimos muriendo uno tras otro; porque nosotros, los hombres de Yag, no somos inmortales, si bien nuestras vidas son como las vidas de los planetas y de las constelaciones. Finalmente quedo yo solo, soñando con los tiempos pasados entre los ruinosos templos perdidos en la selva de Khitai, venerado como un dios por una antigua raza de piel amarilla. Después llegó Yara, versado en oscuros conocimientos transmitidos a través de los años de barbarie, antes del hundimiento de Atlantis. Al principio Yara se sentó a mis pies para que yo le transmitiera mi sabiduría. Pero no estaba satisfecho con lo que yo le enseñaba, porque se trataba de magia blanca y él deseaba conocer la ciencia del mal, a fin de esclavizar a los reyes y saciar su ambición demoníaca. Yo no estaba dispuesto a enseñarle ninguno de los secretos de la magia negra que había adquirido, a pesar mío, a través de los siglos. Pero su inteligencia era mayor de lo que yo había creído; con argucias aprendidas entre las polvorientas tumbas de Estigia, me engañó y me obligó a revelarle un secreto que yo nunca quise contar a nadie, y volviendo mi propio poder en contra mío, me convirtió en su esclavo. ¡Oh, dioses de Yag, qué amarga ha sido mi vida desde aquel día! Me trajo desde las remotas selvas de Khitai, donde los monos bailan al compás de la flautas de los sacerdotes amarillos y donde las ofrendas de frutos y vinos atestaban mis rotos altares. Nunca volví a ser el dios de las buenas gentes de la selva, sino que me convertí en el esclavo de un demonio con forma humana.

Sus ojos ciegos se volvieron a inundar de lágrimas.

-Me recluyó en esta torre, que construí para él por orden suya en una sola noche. Me dominó por medio del fuego y de la tortura, así como por medio de extraños tormentos sobrenaturales que tú no podrías comprender. Si pudiera, hace mucho tiempo hubiera puesto fin a esta larga agonía, quitándome la vida. Pero él me mantuvo vivo (deforme, ciego y destrozado), para que realizara sus asquerosos deseos. Y durante trescientos años he hecho su voluntad, desde este lecho de mármol, ensuciando mi alma con pecados cósmicos y mancillando mi sabiduría con crímenes, porque no podía hacer otra cosa. Pero no he revelado todos mis antiguos secretos y mi último don será el hechizo de la Sangre y la Joya porque presiento que se acerca el fin. Tú eres la mano del Destino. Te ruego que cojas la piedra preciosa que hallarás en aquel altar.

Conan se volvió hacia el altar de oro y marfil que le había señalado el extraño ser y cogió una enorme joya redonda, clara como un cristal carmesí, y en ese momento descubrió que era el Corazón del Elefante.

-Y ahora la gran magia, la poderosa magia, que nadie ha visto ni verá jamás en millones de milenios. Por mi alma y mi sangre lanzo el conjuro; por la sangre del pecho verde de Yag, que sueña a lo lejos en el inmenso y vasto Espacio Azul. Coge tu espada, hombre, y corta mi corazón, luego estrújalo de modo que la sangre fluya sobre la piedra roja. Después baja por esa escalera y entra en la habitación de ébano en la que está sentado Yara envuelto en sueños malignos. Pronuncia su nombre y despertará. En ese momento has de colocar esta gema delante de él y repetir estas palabras: «Yag-kosha te ofrece su último don y su último encantamiento». Después márchate de la torre rápidamente. No temas, que no habrá obstáculos en tu camino. La vida del hombre no es la vida de Yag, ni la muerte humana es la muerte de Yag. Libérame de esta prisión de carne ciega y volveré a ser Yogah de Yag, coronado y rutilante, con alas para volar, pies para danzar, ojos para ver y manos para tocar.

Conan se acercó con gesto vacilante y Yag-kosha, o Yogah, como si notara su indecisión, le indicó dónde debía clavar la hoja afilada. El joven apretó los dientes y hundió profundamente la espada. La sangre fluyó abundante empapando la hoja de la espada y su mano, y la extraña criatura se agitó convulsiva-mente y luego quedó completamente inmóvil. Cuando estuvo seguro de que ya no estaba vivo, al menos en el sentido que él entendía la vida, Conan se aplicó a la espantosa tarea y en seguida extrajo algo que él supuso que sería el corazón de aquel ser extraño, aunque curiosamente era distinto de cualquier corazón que él había visto. Sosteniendo la víscera, que aún latía, sobre la deslumbrante joya, la apretó con ambas manos y un río de sangre cayó sobre la piedra. Para su sorpresa, la sangre no se derramó, sino que fue absorbida por la gema, como si fuera una esponja.

Sosteniendo la joya con todo cuidado, el muchacho salió del fantástico recinto y se dirigió hacia la escalera de plata. No miró hacia atrás, pero supo instintivamente que el cuerpo que reposaba sobre el lecho de mármol estaba sufriendo algún tipo de transmutación, y también tuvo la sensación de que era algo que no debía ser presenciado por ningún ser humano.

Cerró tras de sí la puerta de marfil y bajó la escalera de plata sin vacilar. No se le ocurrió desobedecer las instrucciones que había recibido. Se detuvo ante la puerta de ébano, en cuyo centro había una sonriente calavera de plata, y la abrió. Su mirada recorrió la habitación de ébano y azabache y vio, reclinada sobre un lecho de seda negra, una figura alta y delgada. Delante de él estaba Yara, el sacerdote y brujo, con los ojos abiertos y dilatados por los vapores del loto amarillo, mirando a lo lejos, como sumido en abismos nocturnos que están más allá de la percepción humana.

-¡Yara! -exclamó Conan, como un juez que pronuncia una condena-. ¡Despierta!
Los ojos se abrieron al instante y se volvieron fríos y crueles como los de un buitre. La negra figura vestida de seda se irguió lúgubre sobre el cimmerio.

-¡Perro! -dijo con voz sibilante como la de una cobra-. ¿Qué haces aquí? Conan depositó la joya sobre la enorme mesa de ébano.
-El que envía esta gema me mandó decir: «Yag-kosha te ofrece su último don y su último encantamiento».

Yara retrocedió; su rostro era oscuro y ceniciento. La joya ya no era cristalina y pura; su turbio centro palpitaba y vibraba, y en su superficie flotaban curiosas volutas de humo de colores cambiantes. Como atraído hipnóticamente, Yara se inclinó sobre la mesa y cogió entre sus manos la gema, mirando fijamente su sombrío interior, como si se tratara de un imán que le fuera a extraer su convulsiva alma del cuerpo. Cuando Conan miró, pensó que sus ojos lo engañaban porque cuando Yara se había levantado del lecho, el sacerdote le había parecido gigantesco, y ahora vio que la cabeza de Yara apenas le llegaba al hombro. El joven parpadeó desconcertado y por primera vez en toda la noche dudó de sus sentidos. Luego, conmocionado, se dio cuenta de que el sacerdote se hacía cada vez más pequeño delante de sus propios ojos.

Conan observó con indiferencia, como quien ve una representación. Abrumado por la sensación de irrealidad, el cimmerio ya no estaba seguro de su propia identidad; sólo sabía que estaba contemplando’ las manifestaciones externas de un juego invisible de colosales fuerzas exteriores que estaban más allá de su comprensión.

Ahora Yara tenía el tamaño de un niño, y luego se tumbó sobre la mesa como un bebé, pero todavía aferraba la joya. De pronto el hechicero se dio cuenta de cuál era su destino y dando un brinco soltó la gema. Pero se hizo más pequeño aún, y Conan lo vio convertido en un cuerpo minúsculo que corría frenéticamente sobre la mesa de ébano, agitando los diminutos brazos y chillando como una rata.

Ya era tan insignificante que la gran joya parecía una montaña a su lado; Conan vio que se cubría los ojos con las manos como si quisiera protegerse del fulgor, mientras se tambaleaba como un poseído. El muchacho sintió que una fuerza magnética invisible atraía a Yara hacia la gema. Dio tres vueltas como un loco alrededor de la piedra, e intentó volverse tres veces y escapar a través de la mesa. Entonces el sacerdote lanzó un grito que sonó apagado, alzó los brazos y corrió directamente hacia la resplandeciente bola.

Inclinándose más aún, Conan vio cómo Yara trepaba por la superficie lisa y redondeada con grandes esfuerzos, como un hombre que asciende por una montaña de hielo. Por fin el sacerdote llegó a la parte superior agitando los brazos, e invocó los nombres de seres terribles que sólo los dioses conocen. Y de repente se hundió en el centro mismo de la joya, como un hombre que se hunde en el mar, y Conan vio cómo las volutas de humo se cerraban sobre su cabeza. Luego la divisó en el centro carmesí de la gema, que se volvió transparente y cristalino, como quien contempla una imagen lejana en el tiempo y en el espacio. Entonces apareció en el mismo centro otra figura de color verde, brillante y halada, con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, que ya no era ciego ni deforme. Yara extendió sus brazos y corrió como un loco, pero el vengador fue tras él. En ese momento la enorme joya desapareció, estallando como si fuera una pompa de jabón en medio de fulgores iridiscentes, y la mesa de ébano quedó vacía al igual -intuyó Conan- que el lecho de mármol de la habitación de arriba en el que había estado el cuerpo del extraño ser transcósmico llamado Yag-kosha o Yogan.

El cimmerio se volvió y huyó de la habitación descendiendo por la escalera de plata. Estaba tan perplejo que no se le ocurrió escapar de la torre por donde había entrado. Bajó corriendo por el sinuoso y sombrío agujero plateado hasta llegar a una habitación más grande al pie de la resplandeciente escalera. Allí se detuvo un instante; había llegado al cuarto de los soldados. Vio el brillo de sus plateadas corazas y de las enjoyadas empuñaduras de sus espadas. Se habían desplomado sobre la mesa de banquetes, con las plumas oscuras ondeando sobriamente sobre los cascos de las cabezas caídas; yacían entre los dados y entre las copas caídas, cuyo vino manchaba el suelo de color lapislázuli. Conan no sabía si se trataba de brujería o de magia o de la oculta influencia de las enormes alas verdes, pero su camino estaba libre de obstáculos. Había una puerta de plata abierta, recortada contra la claridad del alba.

El cimmerio salió a los verdes jardines y cuando la brisa del alba sopló inundándolo de la fresca fragancia de exuberantes plantas, se estremeció como si se despertara de un sueño. Se volvió con un gesto vacilante para mirar fijamente la enigmática torre en la que había estado hace un momento. ¿Estaba embrujado y preso de un encantamiento? ¿Había soñado todo lo que creía haber vivido? Mientras se hacía estas preguntas, vio de repente que la rutilante torre, recortada contra el cielo escarlata del alba, y la cúpula incrustada de relucientes joyas que brillaban cada vez con más intensidad por los primeros rayos del sol, se tambaleó y cayó estrepitosamente desintegrándose en minúsculas partículas resplandecientes.

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