Saki – Hector Hugh Munro

Saki es el seudónimo literario del escritor británico Hector Hugh Munro (1870-1916), conocido por sus ingeniosos cuentos de humor negro y sátira social.

Nació en Akyab, Birmania, donde su padre trabajaba para la Policía Real de Birmania. A los dos años, fue llevado a Inglaterra para ser educado por su tía y su abuela en Devon. Después de terminar sus estudios, trabajó como periodista en Londres y más tarde en el extranjero, incluyendo en Rusia y en el Imperio Austro-Húngaro.

A partir de 1900, Saki comenzó a escribir cuentos y se hizo famoso por su estilo ingenioso y mordaz. Sus historias a menudo presentan personajes excéntricos y situaciones absurdas, y se burlan de la hipocresía y la rigidez de la sociedad británica de la época. Entre sus obras más famosas se encuentran «El lobo», «La ventana abierta», «El jardín de los senderos que se bifurcan» y «El ratón». Muchos de sus cuentos están recogidos en colecciones como «Reginald» y «Los cuentos de Saki».

Durante la Primera Guerra Mundial, Saki se alistó en el ejército británico y luchó en Francia. Murió en acción en 1916, a la edad de 45 años. Aunque su carrera literaria fue breve, su legado como maestro del cuento de humor negro ha perdurado y ha influido en escritores posteriores como Roald Dahl y PG Wodehouse.

En la diestra de Dios Padre

Por: Tomás Carrasquilla

Este dizque era un hombre que se llamaba Peralta. Vivía en un pajarate muy grande y muy viejo, en el propio camino real y afuerita de un pueblo donde vivía el Rey. No era casao y vivía con una hermana soltera, algo viejona y muy aburrida.

No había en el pueblo quién no conociera a Peralta por sus muchas caridades: él lavaba los llaguientos; él asistía a los enfermos; él enterraba a los muertos; se quitaba el pan de la boca y los trapitos del cuerpo para dárselos a los pobres; y por eso era que estaba en la pura inopia; y a la hermana se la llevaba el diablo con todos los limosneros y leprosos que Peralta mantenía en la casa. «¿Qué te ganás, hombre de Dios –le decía la hermana–, con trabajar como un macho, si todo lo que conseguís lo botás jartando y vistiendo a tanto perezoso y holgazán? Casáte, hombre; casáte pa que tengás hijos a quién mantener». «Cálle la boca, hermanita, y no diga disparates. Yo no necesito de hijos, ni de mujer ni de nadie, porque tengo mi prójimo a quién servir. Mi familia son los prójimos». «¡Tus prójimos! ¡Será por tanto que te lo agradecen; será por tanto que ti han dao! ¡Ai te veo siempre más hilachento y más infeliz que los limosneros que socorrés! Bien podías comprarte una muda y comprármela a yo, que harto la necesitamos; o tan siquiera traer comida alguna vez pa que llenáramos, ya que pasamos tantos hambres. Pero vos no te afanás por lo tuyo: tenés sangre de gusano».

Esta era siempre la cantaleta de la hermana; pero como si predicara en desierto frío. Peralta seguía más pior; siempre hilachento y zarrapastroso, y el bolsico lámparo lámparo; con el fogoncito encendido tal cual vez, la despensa en las puras tablas y una pobrecía, señor, regada por aquella casa desde el chiquero hasta el corredor de afuera. Figúrese que no eran tan solamente los Peraltas, sino todos los lisiaos y leprosos, que se habían apoderao de los cuartos y de los corredores de la casa «convidaos por el sangre de gusano», como decía la hermana.

Una ocasioncita estaba Peralta muy fatigao de las afugias del día, cuando, a tiempo de largarse un aguacero, arriman dos pelegrinos a los portales de la casa y piden posada: «Con todo corazón se las doy, buenos señores –les dijo Peralta muy atencioso–; pero lo van a pasar muy mal, porqu’en esta casa no hay ni un grano de sal ni una tabla de cacao con qué hacerles una comidita. Pero prosigan pa dentro, que la buena voluntá es lo que vale».

Dentraron los pelegrinos; trajo la hermana de Peralta el candil, y pudo desaminarlos a como quiso. Parecían mismamente el taita y el hijo. El uno era un viejito con los cachetes muy sumidos, ojitriste él, de barbitas rucias y cabecipelón. El otro era muchachón, muy buen mozo, medio mono, algo zarco y con una mata de pelo en cachumbos que le caían hasta media espalda. Le lucía mucho la saya y la capita de pelegrino. Todos dos tenían sombreritos de caña, y unos bordones muy gruesos, y albarcas. Se sentaron en una banca, muy cansaos, y se pusieron a hablar una jerigonza tan bonita, que los Peraltas, sin entender jota, no se cansaban di oirla. No sabían por qué sería, pero bien veían que el viejo respetaba más al muchacho que el muchacho al viejo; ni por qué sentían una alegría muy sabrosa por dentro; ni mucho menos de dónde salía un olor que trascendía toda la casa: aquello parecía de flores de naranjo, de albahaca y de romero de Castilla; parecía de incensio y del sahumerio de alhucema que le echan a la ropita de los niños; era un olor que los Peraltas no habían sentido ni en el monte, ni en las jardineras, ni en el santo templo de Dios.

Manque estaba muy embelesao, le dijo Peralta a la hermana: «Hija, date una asomaíta por la despensa; desculcá por la cocina, a ver si encontrás alguito que darles a estos señores. Mirálos qué cansaos están; se les ve la fatiga». La hermana, sin saberse cómo, salió muy cambiada de genio y se fué derechito a la cocina. No halló más que media arepa tiesa y requemada, por allá en el asiento di una cuyabra. Confundida con la poquedá, determinó que alguna gallina forastera tal vez si había colao por un güeco del bahareque y había puesto en algún zurrón viejo di una montonera qui había en la despensa; que lo qu’era corotos y porquerías viejas sí había en la dichosa despensa hasta pa tirar pa lo alto; pero de comida, ni hebra. Abrió la puerta, y se quedó beleña y paralela: en aquel despensón, por los aparadores, por la escusa, por el granero, por los zurrones, por el suelo, había de cuanto Dios crió pa que coman sus criaturas. Del palo largo colgaban los tasajos de solomo y de falda, el tocino y la empella; de los garabatos colgaban las costillas de vaca y de cuchino; las longanizas y los chorizos se gulunguiaban y s’enroscaban que ni culebras; en la escusa había por docenas los quesitos, y las bolas de mantequilla, y las tutumadas de cacao molido con jamaica, y las hojaldras y las carisecas; los zurrones estaban rebosaos de frijol cargamanto, de papas, y de revuelto di una y otra laya; cocos de güevos había por toítas partes; en un rincón había un cerro de capachos de sal de Guaca; y por allá, junto al granero, había sobre una horqueta un bongo di arepas di arroz, tan blancas, tan esponjadas, y tan bien asaítas, que no parecían hechas de mano de cocinera d’este mundo; y muy sí señor un tercio de dulce que parecía la mismita azúcar. «Por fin le surtió a Peralta –pensó la hermana–. Esto es mi Dios pa premiale sus buenas obras. ¡Hasta ai víver! Pues, aprovechémonos».

Y dicho y hecho: trajo el cuchillo cocinero y echó a cortar por lo redondo; trajo la batea grande y la colmó; y al momentico echó a chirriar la cazuela y a regase por toda la casa aquella güelentina tan sabrosa. Como Dios li ayudó les puso el comistraje. Y nada desganao qu’era el viejito; el mozo sí no comió cosa. A Peralta ya no le quedó ni hebra de duda que aquello era un milagro patente; y con todito aquel contento que le bailaba en el cuerpo sargentió por todas partes, y con lo menos roto y menos sucio de la casa les arregló las camitas en las dos puntas de la tarima. Se dieron las buenas noches y cada cual si acostó. Peralta se levantó, escuro, escuro, y no topó ni rastros de los güéspedes; pero sí topó una muchila muy grande requintada di onzas del Rey, en la propia cabecera del mocito. Corrió muy asustao a contarle a la hermana, que al momento se levantó de muy buen humor a hacer harto cacao; corrió a contarle a los llaguientos y a los tullidos, y los topó buenos y sanos y caminando y andando, como si en su vida no hubieran tenido achaque. Salió como loco en busca de los güéspedes pa entregarles la muchila di onzas del Rey. Echó a andar y a andar, cuesta arriba, porque puallí dizque era qui habían cogido los pelegrinos. Con tamaña lengua a fuera se sentó un momentico a la sombra di un árbol, cuando los divisó por allá muy arriba, casi a punto de trastornar el alto. Casi no podía gañir el pobrecito de puro cansao qu’estaba, pero ai como pudo les gritó: «¡Hola, señores; espéremen que les trae cuenta!». Y alzaba la muchila pa que la vieran. Los pelegrinos se contuvieron a las voces que les dió Peralta. Al ratico estuvo cerca d’ellos, y desde abajo les decía: «Bueno, señores, aquí está su plata». Bajaron ellos al tope y se sentaron en un plancito, y entonces Peralta les dijo: «¡Caramba qu’el pobre siempre jiede! Miren que dejar este oral por el afán de venirse de mi casa. Cuenten y verán que no les falta ni un medio!».

El mocito lo voltió a ver con tan buen ojo, tan sumamente bueno, que Peralta, anqu’estaba muy cansao, volvió a sentir por dentro la cosa sabrosa qui había sentido por la noche; y el mocito le dijo: «Sentáte, amigo Peralta, en esa piedra, que tengo que hablarte». Y Peralta se sentó. «Nosotros –dijo el mocito con una calma y una cosa allá muy preciosa– no somos tales pelegrinos; no lo creás. Este –y señaló al viejo– es Pedro mi discípulo, el que maneja las llaves del cielo; y yo soy Jesús de Nazareno. No hemos venido a la tierra más que a probarte, y en verdá te digo, Peralta, que te lucites en la prueba. Otro que no fuera tan cristiano como vos, se guarda las onzas y si había quedao muy orondo. Voy a premiarte: los dineros son tuyos: llevátelos; y voy a darte de encima las cinco cosas que me querás pedir. ¡Conque, pedí por esa boca!».

Peralta, como era un hombre tan desentendido pa todas las cosas y tan parejo, no le dió mal ni se quedó pasmao, sino que muy tranquilo se puso a pensar a ver qué pedía. Todos tres se quedaron callaos como en misa, y a un rato dice San Pedro: «Hombre, Peralta, fijáte bien en lo que vas a pedir, no vas a salir con una buena bobada». «En eso estoy pensando, Su Mercé», contestó Peralta, sin nadita de susto. «Es que si pedís cosa mala, va y el Maestro te la concede; y, una vez concedida, te amolaste, porque la palabra del Maestro no puede faltar». «Déjeme pensar bien la cosa, Su Mercé»; y seguía pensando, con la cara pa otro lao y metiéndole uña a una barranquita. San Pedro le tosía, le aclariaba, y el tal Peralta no lo voltiaba a ver. A un ratísimo voltea a ver al Señor y le dice: «Bueno, Su Divina Majestá; lo primerito que le pido es que yo gane al juego siempre que me dé la gana». «Concedido», dijo el Señor. «Lo segundo –siguió Peralta– es que cuando me vaya a morir me mande la Muerte por delante y no a la traición». «Concedido», dijo el Señor. Peralta seguía haciendo la cuenta en los dedos, y a San Pedro se lo llevaba Judas con las bobadas de ese hombre: él se rascaba la calva, él tosía, él le mataba el ojo, él alzaba el brazo y, con el dedito parao, le señalaba a Peralta el cielo; pero Peralta no se daba por notificao. Después de mucho pensar, dice Peralta: «Pues, bueno, Su Divina Majestá; lo tercero que mi ha de conceder es que yo pueda detener al que quiera en el puesto que yo le señale y por el tiempo qui a yo me parezca». «Rara es tu petición, amigo Peralta –dice el Señor, poniendo en él aquellos ojos tan zarcos y tan lindos que parecía que limpiaban el alma de todo pecao mortal, con solamente fijarlos en los cristianos–. En verdá te digo que una petición como la tuya, jamás había oído; pero que sea lo que vos querás». A esto dió un gruñido San Pedro, y, acercándose a Peralta, lo tiró con disimulo de la ruana, y le dijo al oído, muy sofocao: «¡El cielo, hombre! ¡Pedí el cielo! ¡No sias bestia!». Ni an por eso: Peralta no aflojó un pite; y el Señor dijo: «Concedido». «La cuarta cosa –dijo Peralta sumamente fresco– es que Su Divina Majestá me dé la virtú di achiquitame a como a yo me dé la gana, hasta volveme tan chirringo com’una hormiga». Dicen los ejemplos y el misal que el Señor no se rió ni una merita vez; pero aquí sí li agarró la risa, y le dijo a Peralta: «Hombre, Peralta; ¡otro como vos no nace, y si nace, no se cría! Todos me piden grandor y vos, con ser un recorte di hombre, me pedís pequeñez. Pues, bueno…». San Pedro le arrebató la palabra a su Maestro, y le dijo en tonito bravo: «¿Pero no ve qu’esti hombre está loco?». «Pues no me arrepiento de lo pedido –dijo Peralta muy resuelto–. Lo dicho, dicho». «Concedido», dijo el Señor.

San Pedro se rascaba la saya muslo arriba, se ventiaba con el sombrero, y veía chiquito a Peralta. No pudo contenerse y le dijo: «Mirá, hombre, que no has pedido lo principal y no te falta sino una sola cosa». «Por eso lo’stoy pensando; no si apure Su Mercé». Y se volvió a quedar callao otro rato. Por allá, a las mil y quinientas, salió Peralta con esto: «Bueno, Su Divina Majestá; antes de pedile lo último, le quiero preguntar una cosa, y usté me dispense, Su Divina Majestá, por si fuere mal preguntao; pero eso sí: ¡mi ha de dar una contesta bien clara y bien patente!». «¡Loco di amarrar! –gritó San Pedro juntando las manos y voltiando a ver al cielo como el que reza el Bendito–. Va a salir con un disparate gordo. ¡Padre mío, ilumínalo!». El Señor, que volvió a ponerse muy sereno, le dijo: «Preguntá, hijo, lo que querás, que todo te lo contestaré a tu gusto». «Dios se lo pague, Su Divina Majestá… Yo quería saber si el Patas es el que manda en el alma de los condenaos, go es vusté, go el Padre Eterno». «Yo, y mi Padre y el Espíritu Santo juntos y por separao, mandamos en todas partes; pero al Diablo l’hemos largao el mando del Infierno: él es amo de sus condenaos y manda en sus almas, como mandás vos en las onzas que te he dao». «Pues bueno, Su Divina Majestá –dijo Peralta muy contento–. Si asina es, voy a hacerle el último pido: yo quiero, ultimadamente, que Su Divina Majestá me conceda la gracia de que el Patas no mi haga trampa en el juego». «Concedido», dijo el Señor. Y El y el viejito se volvieron humo en la región.

Peralta se quedó otro rato sentao en su piedra; sacó yesquero, encendió su tabaco, y se puso a bombiar muy satisfecho. ¡Valientes cosas las que iba a hacer con aquel platal! No iba a quedar pobre sin su mudita nueva, ni vieja hambrienta sin su buena pulsetilla de chocolate de canela. ¡Allá verían los del sitio quién era Peralta! Se metió las onzas debajo del brazo; se cantió la ruanita, y echó falda abajo. Parecía mismamente un limosnero: tan chiquito y tan entumido; con aquella carita tan fea, sin pizca de barba, y con aquel ojo tan grande y aquellas pestañonas que parecían de ternero.

Al otro día se fué p’al pueblo, y puso monte. ¡Cómo sería la angurria que se li abrió a tanto logrero cuando vieron en aquella mesa aquella montonera di onzas del Rey! «¿Onde te sacates ese entierro, hombre Peralta?, le decía uno. «Este se robó el correo», decían otros en secreto; y Peralta se quedaba muy desentendido. Se pusieron a jugar. La noticia del platal corrió por todo el pueblo, y aquella sala se llenó de todo el ladronicio y todos los perdidos.

Pero eso sí; no les quedó ni un chimbo partido por la mitá; por más trampas qui hacían, por más que cambiaban baraja, por más que la señalaban con la uña, les dió capote, con ser que en el juego estaban toditos los caimanes d’esos laos. «Con ésta no nos quedamos –dijo el más caliente–. A nosotros no nos come este… –y ai mentó unas palabras muy feas–. ¡Voy a idiar unas suertes, y mañana no le queda ni liendra a este sinvergüenza!». Y ai salió del garito, echando por esa boca unos reniegos y unos dichos qui aquello parecía un condenao.

Al otro día, desdi antes di almorzar, emprendieron el monte. Hubo cuchillo, hubo barbera; pero Peralta tampoco les dejó un medio. Como no era ningún bobo, se dejaba ganar en ocasiones pa empecinarlos más. Determinaron jugar dao, y montedao, y bisbís, y cachimona y roleta, a ver si con el cambio de juegos se caía Peralta; pero si se caía a raticos, era pa seguir más violento echando por lo negro y acertando en unos y en otros juegos.

Lo más particular era que Peralta con tantísimo caudal como iba consiguiendo no se daba nadita d’importancia, ni en la ropita, ni en la comida ni en nada: con su misma ruanita pastusa de listas azules, con sus mismitos calzones fundillirrotos se quedó el hombre, y con su mismita chácara de ratón di agua, pelada y hecha un cochambre.

Pero eso sí: lo qu’era limosnas ni el Rey las daba tan grandes. Su casa parecía siempre publicación de bulas, con toda la pobrecía y todos los lambisquiones del pueblo plañendo a toda hora; y no tan solamente los del pueblo, sino que también echó a venir cuanto avistrujo había en todos los pueblos de por ai y en otros del cabo del mundo. ¡Hasta de Jamaica y de Jerusalén venían los pedigüeños! Pero Peralta no reparaba: a todos les metía su peseta en la mano; y la cocina era un fogueo parejo que ni cocina de minas. Consiguió un montón de molenderas, y todo el día se lo pasaba repartiendo tutumadas de mazamorra, los plataos de frijol y las arepas de maíz sancochao. Y mantenía una maletada de plata, la mismita que vaciaba al día.

Siguió siempre lavando sus leprosos, asistiendo sus enfermos, y siempre con su sangre de gusano, como si fuera el más pobrecito y el más arrastrao de la tierra.

Pero lo que no canta el carro lo canta la carreta: ¡la Peraltona sí supo darse orgullo y meterse a señora de media y zapato! Con todo el platal que le sacó al hermano, compró casa de balcón en el pueblo, y consiguió serviciala y compró ropa muy buena y de usos muy bonitos. Cada rato se ponía en el balcón, y apenas veía gente, gritaba: «¡Maruchenga, tréme el pañuelo de tripilla, que voy a visitar a la Reina! ¡Maruchenga, tréme los frascos de perjume pa ruciar por aquí qu’está jediendo!». Y si veía pasar alguna señora, decía: «¡No pueden ver a uno de peinetón ni con usos nuevos, porqui al momento la imitan estas ñapangas asomadas!». Cuando salía a la calle, era un puro gesto y un puro melindre; y auque era tan pánfila y tan feróstica caminaba muy repechada y muy menudito, como sintiéndose muy muchachita y muy preciosa. «Maruchenga, dáca la sombrilla qui hace sol; Maruchenga, sacame la crizneja; Maruchenga, componeme el esponje, que se me tuerce»; y no dejaba en paz a la pobre Maruchenga, con tanto orgullo y tanta jullería.

La caridá de Peralta fué creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los lisiaos; y él mismo pagaba las medecinas, y él mismo con su misma mano se las daba a los enfermos. Esto llegó a oídos de su Saca Rial y lo mandó llamar. Los amigos de Peralta y la Peraltona le decían que se mudara y se engalanara hartísimo pa ir a casa del Rey; pero Peralta no hizo caso, sino que tuvo cara de presentársele con su mismito vestido y a pata limpia, lo mismo qui un montañero. El Rey y la Reina estaban tomando chocolate con bizcochuelos y quesito fresco, y pusieron a Peralta en medio de los dos, y le sirvieron vino en la copa del Rey qu’era di oro, y l’echaron un brinde con palabras tan bonitas, qui aquello parecía lo mismo que si fuera con el obispo Gómez Plata.

Peralta recorrió muchos pueblos, y en todas partes ganaba, y en todas partes socorría a los pobres; pero como en este mundo hay tanta gente mala y tan caudilla echaron a levantale testimonios. Unos decían qu’era ayudao; otros, qui ofendía a mi Dios, en secreto, con pecaos muy horribles; otros, qu’era duende y que volaba de noche por los tejaos, y qu’escupía la imagen de mi Amito y Señor. Toíto esto fué corruto en el pueblo, y los mismos qu’él protegía, los mismitos que mataron la hambre con su comida, prencipiaron a mormurar. Tan solamente el curita del pueblo lo defendía; pero nadie le creyó, como si fuera algún embustero. Toditico lo sabía Peralta, y nadita que se le daba, sino que seguía el mismito: siempre tan humilde la criatura de mi Dios. El cura le decía que compusiera la casa que se le estaba cayendo con las goteras y con los ratones y animales que si habían apoderao d’ella; y Peralta decía: «¿Pa qué, señor? La plata qu’he de gastar en eso, la gastoen mis pobres: yo no soy el Rey pa tener palacio».

Estaba un día Peralta solo en grima en dichosa la casa, haciendo los montoncitos de plata pa repartir, cuando, ¡tun, tun! en la puerta. Fué a abrir, y… ¡mi amo de mi vida! ¡Qué escarramán tan horrible! Era la Muerte, que venía por él. Traía la güesamenta muy lavada, y en la mano derecha la desjarretadera encabada en un palo negro muy largo, y tan brillosa y cortadora que s’enfriaba uno hasta el cuajo de ver aquéllo! Traía en la otra mano un manojito de pelos que parecían hebritas de bayeta, para probar el filo de la herramienta. Cada rato sacaba un pelo y lo cortaba en el aire. «Vengo por vos», le dijo a Peralta.

«¡Bueno! –le contestó éste–. Pero me tenés que dar un placito pa confesame y hacer el testamento». «Con tal que no sea mucho –contestó la Muerte, de mal humor– porqui ando di afán». «Date por ai una güeltecita –le dijo Peralta–, mientras yo mi arreglo; go, si te parece, entretenéte aquí viendo el pueblo, que tiene muy bonita divisa. Mirá aquel aguacatillo tan alto; trepáte a él pa que divisés a tu gusto».

La Muerte, que es muy ágil, dió un brinco y se montó en una horqueta del aguacatillo; se echó la desjarretadera al hombro y se puso a divisar. «¡Dáte descanso, viejita, hasta qui a yo me dé la gana –le dijo Peralta– que ni Cristo, con toda su pionada, te baja d’es’horqueta!». Peralta cerró su puerta, y tomó el tole de siempre. Pasaban las semanas y pasaban los meses y pasó un año. Vinieron las virgüelas castellanas; vino el sarampión y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el descenso, y el tabardillo, y nadie se moría. Vinieron las pestes en toítos los animales; pues tampoco se murieron.

Al comienzo de la cosa echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sabían; pero luego la gente fue colando en malicia qu’eso no pendía de los dotores sino di algotra cosa. El cura, el sacristán y el sepolturero pasaron hambres a lo perro, porque ni un entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura güelieron en esos días. Los hijos de taitas viejos y ricos se los comía la incomodidá de ver a los viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ningún lao. Lo mismito les sucedía a los sobrinos con los tíos solteros y acaudalaos; y los maridos casaos con mujer vieja y fea se revestían di una enjuria, viendo la viejorra tan morocha, ¡habiendo por ai mozas tan bonitas con qué reponerlas! De todas partes venían correos a preguntar si en el pueblo se morían los cristianos. Aquello se volvió una batajola y una confundición tan horrible, como si al mundo li hubiera entrao algún trastorno. Al fin determinaron todos qu’era que la Muerte si había muerto, y ninguno volvióa misa ni a encomendarse a mi Dios.

Mientras tanto, en el Cielo y en el Infierno estaban ofuscaos y confundidos, sin saber qué sería aquello tan particular. Ni un alma asomaba las narices por esos laos: aquello era la desocupez más triste. El Diablo determinó ponese en cura de la rasquiña que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se moría de la pura aburrición en la puerta del Cielo; se lo pasaba por ai sentaíto en un banco, dormido, bosteciando y rezando a raticos en un rosario bendecido en Jerusalén.

Pero viendo que la molienda seguía, cerró la puerta, se coló al Cielo y le dijo al Señor: «Maestro; toda la vida l’he servido con mucho gusto; pero ai l’entrego el destino; ¡esto sí no lo aguanto yo! ¡Póngame algotro oficio qui’hacer o saque algún recurso!». Cristico y San Pedro se fueron por allá a un rincón a palabriase. Después de mucho secreteo, le dijo el Señor: «Pues eso tiene que ser; no hay otra causa. Volvé vos al mundo y tratá a esi’hombre con harta mañita, pa ver si nos presta la muerte, porque si no nos embromamos».

Se puso San Pedro la muda de pelegrino, se chantó las albarcas y el sombrero y cogió el bordón. Había caminao muy poquito, cuando s’encontró con un atisba que mandaba el Diablo pa que vigiara por los laos del Cielo, a ver si era que todas las almas s’estaban salvando. «¡Qué salvación ni qué demontres! –le dijo San Pedro–. ¡Si esto s’está acabando!».

Esa misma noche, casi al amanecer, llovía agua a Dios misericordia, y Peralta dormía quieto y sosegao en su cama. De presto se recordó, y oyó que le gritaban desdi afuera: «¡Abríme, Peraltica, por la Virgen, qu’es de mucha necesidá!». Se levantó Peralta, y al abrir la puerta se topó mano a mano con el viejito, que le dijo: «Hombre; no vengo a que me des posada tan solamente; ¡vengo mandao por el Maestro a que nos largués la muerte unos días, porque vos la tenés de pata y mano en algún encierro!». «Lo que menos, su Mercé –dijo Peralta–. La tengo muy bien asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condición de qui a yo no mi’haga nada». «¡Contá conmigo!» –le dijo San Pedro.

Apenitas aclarió salieron los dos a descolgar a la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu’había padecido; el telarañero se l’enredaba por todas partes, qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro lo tomaíta qu’estaba. Pero lo que más enjuria le daba a San Pedro era que parecía tuerta, porqui’un demontres diavispa había determinao hacer la casa en la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita balda, casi tullida d’estar horquetiada tantísimo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta y San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron después una escoba y unos trapos; le sacaron el avispero, y ello más bien quedó medio decente. Apenas se vio andando recobró fuerza, y en un instantico volvió a amolar la desjarretadera… y tomó el mundo. ¡Cómo estaría di hambrienta con el ayuno! En un tris acaba con los cristianos en una semana. Los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni an los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del mundo alcanzaba a comérsela. Peralta sí era verdá que parecía ahora un duende, di aquí pa’cá, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y socorriendo a los vivos.

La Muerte si aplacó un poquito; los contaítos cristianos que quedaron volvieron a su oficio; y como los vivos heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvió a agarrarlos a todos, consiguió Peralta más plata en esos días que la qui había conseguido en tanto tiempo. ¡Hijue pucha si’staba ricachón! ¡Ya no tenía ondi acomodala!

Pero cátatelo ai qui un día amanece con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso a pensar qui harto había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morise hoy que mañana go el otro día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu’era tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del cementerio onde todos lo pisaran harto. Asina fué qui apenitas se le presentó la Pelona cerró el ojo, estiró la pata y le dijo: «¡Matáme pues!». ¡Poquito sería lo duro que li asestó el golpe, con el rincor que le tenía!

Peralta s’encontró en un paraje muy feíto, parecido a una plaza. Voltió a ver por todas partes, y por allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego casi cerrao por las zarzas y los charrascales. «Ya sé aonde se va por ese camino –pensó Peralta–. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu’el otro lao!». Y cogió. Y se fué topando con mucha gente muy blanca y di agarre, que parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían principesas. Como nunca fué amigo de metese entre la gente grande, se fué por un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de la mano. ¡María Madre si había qué ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito! Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino que parecían flores muertas.

Peralta seguía a la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un llano, alcanzó a divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las iglesias, mucho más que la Piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com’un avispero; y como toda la gente se iba colando a la cosa, Peralta se coló también. Comprendió qu’era el Infierno, por el jumero que salía de p’arriba y el candelón que salía de p’abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.

El se dentró por una gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fué a repuntar por allá a unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo’stán degollando, y si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li alzaban macho a toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao! ¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta! Y a cada golpe le gritaban los diablos a la señora: «¡Esto es pa que levantés testimonios, vieja maldita! ¡Esto es pa que metás tus mentiras, vieja lambona! ¡Esto es pa qu’enredés a las personas, vieja culebrona!». Y a Peralta le dio tanta lástima que salió de güída.

De presto se zampó por una puerta muy anchona; y cuando menos acató, se topó en un salón muy grandote y muy altísimo que tenía hornos en todas las paredes, muy pegaos y muy junticos, como los roticos de las colmenas onde se meten las abejas. No había nadie en el salón; pero por allá en la mitá se veía un trapo colgao a moda de tolda di arriero. Peralta si asomó con mucha mañita, y ai estaba el Enemigo Malo acostao en un colchón, dormido y como enfermoso y aburridón él. De presto se recordó; se enderezó, y a lo que vió a Peralta le dijo muy fanfarrón y arrogante: «¿Qué venís hacer aquí, culichupao? Vos no sos di aquí; ¡rumbati al momento!». «Pues, como nadie mi atajó, yo me fuí colando, sin saber que me iba a topar con Su Mercé», contestó Peralta con mucha moderación. «¿Quién sos vos?», le dijo el Diablo. «Yo soy un pobrecito del mundo qui ando puaquí embolatao. Me dijeron qu’estaba en carrera de salvación, pero a yo no mi han recebido indagatoria ni nadie si ha metido con yo».

Al momento le comprendió el Diablo qu’era alma del Purgatorio o del Cielo. ¡Figúresen, no entenderlo él, con toda la marrulla que tiene! Pero como los buenos modos sacan los cimarrones del monte, y la humildá agrada hasta al mismo Diablo, con ser tan soberbio, resultó que Peralta más bien le cayó en gracia, más bien le pareció sabrosito y querido. «¿Su Mercé está como enfermoso?», le preguntó Peralta. «Sí, hombre –contestó Lucifer como muy aplacao–. Se mi han alborotao en estos días los achaques; y lo pior es que nadie viene a hacerme compañía, porqu’el mayordomo, los agregaos y toda la pionada no tienen tiempo ni de comer, con todo el trabajo que nos ha caído en estos días». «Pues, si yo le puedo servir di algo a su Mercé –dijo Peralta haciéndose el lambón–, mándeme lo que quiera, qu’el gusto mío es servile a las personas».

Y ai se fueron enredando en una conversa muy rasgada, hasta qu’el Diablo dijo que quería entretenerse en algo. «Pues, si su Mercé quiere que juguemos alguna cosita –dijo Peralta muy disimulao–, yo sé jugar toda laya de juegos; y en prueba d’ello es que mantengo mis útiles en el bolsico». Y sacó la baraja y los daos. «Hombre, Peralta –dijo el Diablo–, lo malo es que vos no tenés qué ganarte, y yo no juego vicio». «¿Cómo nu he de tener –dijo Peralta– si yo tengo un alma como la de todos? Yo la juego con su Mercé, pues también soy muy vicioso. La juego contra cualquiera otra alma de la gente de su Mercé». El Enemigo Malo, que ya le tenía ganas a esa almita de Peralta, tan linda y tan buenita, li aparó la caña al momentico.

Determinaron jugar tute, y le tocó dar al Diablo. Barajó muy ligero y con modos muy bonitos; alzó Peralta y principiaron a jugar. Iba el Diablo haciendo bazas muy satisfecho, cuando Peralta tiende sus cartas, y dice: «¡Cuarenta, as y tres! ¡No la perderés por mal que la jugués!». «¡Así será! –dijo el Diablo bastante picao–. Pero sigamos a ver qué resulta». Pues, ¿qué había de resultar? Que Peralta se fué de sobra. Se puso el Diablo como la ira mala, y le dijo a Peralta, con un tonito muy maluco: «¿Vos sos culebra echada go qué demonios?». «¡Tanté, culebra! Lo que menos, su Mercé –le contestó Peralta con su humildá tan grande–. Antes en el mundo decían que yo dizque era un gusano de puro arrastrao y miserable. Pero sigamos, su Mercé, que se desquita». Siguieron; a la otra mano salió Peralta con tute de reyes. «¡Doblo!», gritó Lucifer con un vozachón que retumbó por todo el Infierno. La cola se le paró; los cachos se le abrían y se le cerraban como los di un alacrán; los ojos le bailaban, que ni un trompo zangarria, de lo más bizcornetos y horrendos; ¡y por la boca echaba aquella babaza y aquel chispero! «Doblemos», dijo Peralta muy convenido. Ganó Peralta. «¡Doblo!», gritó el Diablo.

Y doblando, doblando, jugaron diecisiete tutes. Hasta que el Patas dijo: «¡Ya no más!». Estaba tan sumamente medroso, daba unos bramidos tan espantosos, que toitica la gente del Infierno acudió a ver. ¡Cómo se quedarían de suspensos cuando vieron a su Amo y Señor llorando a moco tendido! Y aquellas lagrimonas se iban cuajando, cuajando, cachete abajo, que ni granizo. En el suelo iba blanquiando la montonera, y toda la cama del Diablo quedó tapadita. Un diablito muy metido y muy chocante que parecía recién adotorao, dijo con tonito llorón: «¡Nunca me figuré que a mi Señor le diera pataleta!». «¿Pero por qué no seguimos, su Mercé? –dijo Peralta como suplicando–. Es cierto que le he ganao más de treinta y tres mil millones de almas; pero yo veo qu’el Infierno está sin tocar». «¡Cierto! – dijo el Enemigo Malo haciendo pucheros–. Pero esas almas no las arriesgo yo: son mis almas queridas; ¡son mi familia, porque son las que más se parecen a yo!». Siguió moquiando, y a un ratico le dijo a uno de sus edecanes: «¡Andá, hombre!, sacále a este calzonsingente sus ganancias, y que se largue di aquí».

Como lo mandó el Patas, asina mismo se cumplió. Mientras qui’una vieja ñata se persina, fueron echando toditas las puertas del Infierno la churreta di almas. Aquello era churretiar y churretiar, y no si acababa. Lo qui a Peralta le parecía más particular era que, a conforme iban saliendo, s’iban poniendo más negras, más jediondas y más enjunecidas. Parecía como si a todos los cristianos del mundo les estuvieran sacando las muelas a la vez, según los bramidos y la chillería. Sin nadie mandárselos aquellas almas endemoniadas fueron haciendo en el aire un caracol que ni un remolino. Los aires se fueron escureciendo, escureciendo, con aquella gallinazada, hasta que todo quedó en la pura tiniebla.

Peralta, tan desentendido como si no hubiera hecho nada, se fué yendo muy despacio, hasta que s’encontró con los tuneros del caminito del Cielo. ¡Aquello era caminar y caminar, y no llegaba! El tuvo que pasar por puentes di un pelo que tenían muchas leguas; él tuvo que pasar la hilacha de la eternidá, que tan solamente Nuestro Señor, ¡por ser quien es, la ha podido medir! Pero a Peralta no le dió váguido, sino que siguió serenito, serenito, y muy resuelto, hasta que se topó en las puertas del Cielo. Estaba eso bastante solo, y por allá divisó a San Pedro recostao en su banco. Apenitas lo vió San Pedro, se le vino a la carrera, se le encaró y le dijo, midiéndole puño: «¡Quitá di aquí, so vagamundo! ¿Te parece que ti has portao muy bien y nos tenés muy contentos? ¡Si allá en la tierra no ti amasé fue porque no pude, pero aquí sí chupás!». «¡No se fije en yo, viejito; fíjese en lo que viene por aquel lao! Vaya a ver cómo acomoda esa gentecita, y déjese de nojase». Voltió a ver San Pedro, estiró bien la gaita y se puso la manito sobre las cejas, como pa vigiar mejor; y apenas entendió el enredo, pegó patas; abrió la puerta, la golvió a cerrar a la carrera y la trancó por dentro. Ni por ésas si agallinó Peralta, ni le coló cobardía, ni cavilosió qu’en el Cielo le fueran a meter machorrucio.

No bien se sintió San Pedro de puertas pa dentro corrió muy trabucao, y le hizo una señita al Señor. Bajó el Señor de su trono, y se toparon como en la mitá del Cielo, y agarraron a conversar en un secreto tan larguísimo que a toda la gente de la Corte Celestial le pañó la curiosidá. Bien comprendían toditos, por lo que manotiaba San Pedro y por lo desencajao qu’estaba, que la conversa era sobre cosa gorda, ¡pero muy gorda! Las santas, qui anque sea en el Cielo siempre son mujeres, pusieron los antiojos de larga vista pa ver qué sacaban en limpio. ¡Pero ni lo negro e’l’uña! El Señor, qui había estao muy sereno oyéndole las cosas a San Pedro, le dijo muy pasito a lo último: «¡En buena nos ha metido este Peralta! Pero eso no se puede de ninguna manera: los condenaos, condenaos se tienen que quedar por toda la
eternidá. Andáte a tu puesto, que yo iré a ver cómo arreglamos esto. No abrás la puerta; los que vayan viniendo los entrás por el postigo chiquito».

Se volvió el Señor pa su trono, y a un ratico le hizo señas a un santo, apersonao él, vestido de curita, y con un bonetón muy lindo. El santo se le vino muy respetoso, y hablaron dos palabras en secreto. Y bastante susto que le dio: se le veía, porque de presto se puso descolorido y principió a meniase el bonete. A ésas le hizo el Señor otra seña a una santica qu’estaba por allá muy lejos, ojo con él; y la santica se vino muy modosa y muy contenta al llamao, y entró en conversa con Cristico y el otro santo. Estaba vestida de carmelitana; también tenía bonete que le lucía mucho, y en la una mano una pluma de ganso muy grandota.

¡Esto sí fue lo que más embelecó a las otras santas! Por todos los balcones empezó a oise una bullita y unos mormullos, que la Virgen tuvo que tocar la campanita pa que se callaran. ¡Pero nada que les valió! Figúrese qu’en ese momento salió un ángel muy grande con un atril muy lindo, y más detrás un angelito de los guitarristas, con la guitarrita colgada a un lao como carriel, y que llevaba en las dos manitos un tinterón di oro y piedras preciosas; y después salieron dos santicos negros con dos tabretes de plata; y los cuatro arreglaron por allá en un campito de lo más bueno un puesto como d’escribano. El cura y la monjita se fueron derecho a los tabretes, y cada cual se sentó. El angelito se quedó muy formal teniendo el tintero.

¡Valientes criaturas las de mi Dios! En esti angelito sí s’esmeró El: tenía la cabecita com’una piña di oro; era de lo más gordito y achapao, con los ojos azulitos, azulitos, que ni dos flores de linaza, y sus alitas de garza eran más blancas qui una bretaña. Casi estaba en cueritos: tan solamente llevaba de la cinta p’abajo un faldellín coposo di un jeme di ancho, di un trapo qui unas veces era di oro y otras veces era de plata, flequiao de por abajo y con unos caracoles y unas figuras de la pura perlería. Pero lo más lindo de todo, lo que más le lucía al demontres del angelito, era la cargadera de la vigüelita, qu’era todita de topacios y esmeraldas; la guitarrita también era muy linda, toda laboriada y con clavijitas y cuerdas di oro. Dizque era el ángel de la guarda de la monjita, y por eso ‘staba tan confianzudo con ella.

La santica entró como en un alegato con el cura; pero a lo último, él se puso a relatar y ella a jalar pluma. ¡Esa sí era escribana! ¡Se le veía todo lo baquiana qu’era en esas cosas d’escribanía! Acomodada en su tabrete, iba escribiendo, escribiendo, sobre el atril; y a conforme escribía, iba colgando por detrás de los trimotriles ésos, un papelón muy tieso ya escrito, que se iba enrollando, enrollando. Sólo mi Dios sabe el tiempo que gastó escribiendo, porque en el Cielo nu’hay reló. Por allá al mucho rato la monja echó una plumada muy larga, y le hizo seña al Señor de que ya había acabao.

No bien entendió el Señor, se paró en su trono, y dijo: «¡Toquen bando y que entre Peralta!». Y principiaron a redoblar todas las tamboras del Cielo, y a desgajarse a los trompicones toda la gente de su puesto, pa oir aquello nunca oído en ese paraje: porque ni San Joaquín, el agüelito del Señor, había oído nunca leyendas de gaceta en la plaza de la Corte Celestial. Cuando todos estuvieron sosegaos en sus puestos y Peralta por allá en un rinconcito, mandó Cristo que si asilenciaran los tamboreos, y dijo: «¡Pongan harto cuidao, pa que vean que la Gloria Celestial nu’es cualquier cosa!». Y después se voltió p’onde la monjita, y muy cariñoso, le dijo: «Leé vos el escrito, hijita, que tenés tan linda pronuncia».

¡Caramba si la tenía! Esu’era como cuando los mozos montañeros agarran a tocar el capador; como cuando en las faldas echan a gotiar los rezumideros en los charquitos insolvaos. La leyenda comenzaba d’esta laya: «Nós, Tomás di Aquino y Teresa de Jesús, mayores d’edá, y del vecindario del Cielo, por mandato de Nuestro Señor, hemos venido a resolver un punto muy trabajoso…» tan trabajoso, tan sumamente trabajoso, que ni an siquiera se puede contar bien patente las retajilas tan lindas y tan bien empatadas escritas en la dichosa gaceta. ¡Hasta ai mecha la que tenían esos escribanos!

Ultimadamente el documento quería decir qu’era muy cierto que Peralta li había ganao al Enemigo Malo esa traquilada di almas con mucha legalidá y en juego muy limpio y muy decente; pero que, mas sin embargo, esas almas no podían colar al Cielo ni de chiripa, y que por eso tenían que quedasi afuera. Pero que, al mismo tiempo, como todas las cosas de Dios tenían remedio, esta cosa se podía arreglar sin que Peralta ni el Patas se llamaran a engaño. Y el arreglo era asina: que todas las glorias que debían haber ganao esas almas redimidas por Peralta si ajuntaran en una gloriona grande y se la metieran enterita a Peralta, qu’era el que l’había ganao con su puño. Y que la cosa del Infierno si arreglaba d’esta laya: qu’esos condenaos no volvían a las penas de las llamas sino a otro infierno de nuevo uso que valía lo mismo qu’el de candela. Y era este Infierno una indormia muy particular que sacaron de su cabeza el cura y la monjita. Esta indormia dizqu’era d’esta moda: que mi Dios echaba al mundo treinta y tres mil millones de cuerpos, y qu’esos cuerpos les metían adentro las almas que sacó Peralta de los profundos infiernos; y qu’estas almas, manque los taitas de los cuerpos creyeran qu’eran pal Cielo, ya’staban condenadas desde en vida; y que por eso no les alcanzaba el santo bautismo, porque ya la gracia de mi Dios no les valía, aunque el bautismo fuera de verdá; y que se morían los cuerpos, y volvían las almas a otros, y después a otros, y seguía la misma fiesta hasta el día del juicio; que di ai pendelante las ponían a voltiar en rueda en redondo del Infierno por secula seculorum amen.

Que por todo esto quizqu’es qui hay en este mundo una gente tan canóniga y tan mala, que goza tanto con el mal de los cristianos: porque ya son gente del Patas; y por eso es que se mantienen tan enjunecidos y padeciendo tantísimos tormentos sin candela. Estos quizque son los envidiosos. Y por eso quizque fue qu’el Enemigo Malo no quiso arriesgar las almas aquellas del Infierno, porqu’esas también eran d’envidiosos.

Peralta entendió muy bien entendido el relate, y muy contento que se puso, y muy verdá y muy buena que le pareció la inguandia. Pero este Peralta era tan sumamente parejo, que ni con todo el alegrón que tenía por dentro se le vio mover las pestañas de ternero: ai se quedó en su puesto como si no fuera con él. Pero de golpe se vio solo en la plaza del Cielo. ¡Hast’ai placitas!

Aquello era una cosa redonda, enladrillada con diamantes y piedras preciosas de toda color, qui hacían unas labores como los dechaos de las maestras. En redondo había una ringlera de pilas di oro que chorriaban agua florida y pachulí de la gloria; y cada una d’estas pilitas tenía su jardinera de cuantas flores Dios ha criao, pero toditas di oro y de plata. También era di oro y de plata el balconerío de la plaza; y al mismito frente de l’entrada, estaba el trono de la Santísima Trinidá. Era a modo de una custodia muy grandota, encaramada en unos escalones muy altos. En el redondel de la custoria estaban el Padre y el Hijo, y allá en la punta di arriba estaba prendido el Espíritu Santo, aliabierto y con el piquito de p’abajo.

De la punta del piquito le salía un vaho di una luz mucho más alumbradora que la del sol, y esa luz se regaba y se desparpajaba por arriba y por abajo, de frente y por todos los costaos del Cielo, y todo relumbraba, y todo se ponía brilloso con aquella luminaria. El Padre Eterno, qu’en todas las bullas de Peralta nu’había hablao palabra, se paró y dijo d’esta moda: «Peralta; escogé el puesto que querás. ¡Ninguno lu’ha ganao tan alto como vos, porque vos sos la Humildá, porque vos sos la Caridá! Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao. Escogé el puesto. ¡No ti humillés más, que ya’stás ensalzao!». Y entonaron todos los coros celestiales el trisagio d’Isaías, y Peralta, que todavía nu’había usao la virtú di achiquitase, se fue achiquitando, achiquitando, hasta volverse un Peraltica de tres pulgadas; y derechito, con la agilidá que tienen los bienaventuraos, se brincó al mundo que tiene el Padre en su diestra, si acomodó muy bien y si abrazó con la Cruz. ¡Allí está por toda l’Eternidá!

¡Botín colorao, perdone lo malo qui hubiera’stao!

Tomás Carrasquilla

Tomás Carrasquilla (1858-1940) fue un destacado escritor colombiano, considerado uno de los más importantes representantes del modernismo literario en su país. Nació en Santo Domingo, Antioquia, en el seno de una familia acomodada y cultivada.

Carrasquilla nació en Santo Domingo , un pueblo andino al noreste de Medellín , en la montaña antioqueña. Era hijo de Isaza Carrasquilla y Ecilda Naranjo Moreno. Su familia poseía algunas minas de oro, y esto le permitió vivir lo suficientemente bien y dedicarse a escribir. Uno de sus amigos, también nacido en Santo Domingo, fue el escritor Francisco de Paula Rendón.

A los 15 años, se mudó a Medellín para terminar su educación secundaria en la Universidad de Antioquia continuó su estudio de derecho allí. Tuvo que abandonar sus estudios de derecho en 1877 debido al comienzo de la guerra civil.

Regresó a Santo Domingo, donde trabajó como sastre e hizo algunos trabajos en el municipio. Carlos Eugenio Restrepo lo invitó al Café Literario , donde tuvo que escribir un cuento para ser admitido. Escribió Simón el Mago («Simón el mago «), una de sus historias más populares. Simón fue publicado en 1890 y llevado al cine por el director colombiano Víctor Gaviria en 1993.

Carrasquilla continuó escribiendo y publicando obras a lo largo de su vida, y se destacó por su habilidad para retratar la vida y las costumbres de su región natal, Antioquia. Algunas de sus obras más conocidas incluyen «La Marquesa de Yolombó» (1928), «El Padre Casafús» (1920) y «En la diestra de Dios Padre» (1897).

A lo largo de su carrera literaria, Carrasquilla recibió numerosos reconocimientos y premios, incluyendo la Orden de Boyacá, la máxima condecoración que otorga el gobierno colombiano. Su obra continúa siendo estudiada y valorada por su aporte al patrimonio literario colombiano.

  • (1896) Frutos de mi tierra
  • (1897) En la diestra de Dios padre
  • (1897) Dimitas Arias
  • (1903) Salve, Regina
  • (1906) Entrañas de niño
  • (1910) Grandeza
  • (1920) Ligia Cruz
  • (1920) El Padre Casafus
  • (1925) El Zarco
  • (1928) La Marquesa de Yolombó
  • (1935–1936) Hace tiempos
  • (1915) El Rifle

Caronte

Por: (Edward John Moreton Drax Plunkett) Lord Dunsany

Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas del mundo eran una con su infinito cansancio. Para él, la cuestión no se reducía a simples años o siglos, sino a ilimitados flujos de tiempo, y a una antigua pesadez y a un punzante dolor en los brazos, que se habían convertido en parte de un laberinto creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.

Si los dioses le hubieran enviado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan grises resultaban las cosas donde él estaba, que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla. Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma sombría. Caronte sólo se inclinaba hacia adelante, y remaba.

Entonces nadie arribó a sus costas por un tiempo. No era usual que los dioses no enviasen a nadie desde la Tierra; pero claro, los Dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote negro zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte enorme y abatido remó y remó junto al pequeño,
silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.

«Soy el último», dijo.

Nunca nadie había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie lo había hecho llorar.

El Centinela

Por: Arthur C. Clarke

La próxima vez que vean ustedes la luna llena brillar alta en el sur, examinen atentamente el borde derecho y dejen resbalar la mirada a lo largo de la curva del disco. Allá donde serían las dos si nuestro satélite fuera un reloj, observarán un minúsculo óvalo oscuro: cualquiera que posea una vista normal puede descubrirlo. En una gran llanura rodeada de montañas, una de las más hermosas de la Luna, conocida con el nombre de Mare Crisium: el Mar de las Crisis. Casi quinientos kilómetros de diámetro, rodeada por un anillo de magníficas montañas, no había sido explorada nunca hasta que nosotros penetramos en ella a finales del verano de 1996.

Nuestra expedición había sido cuidadosamente planeada. Dos grandes cargos habían transportado nuestras provisiones y nuestro equipo desde la base lunar del Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros. Disponíamos además de tres pequeños cohetes destinados al transporte a cortas distancias en regiones en las que era imposible servirse de los vehículos de superficie. Afortunadamente, la mayor parte del Mare Crisium es llana. No existen allí esas enormes grietas tan frecuentes y tan peligrosas en otras partes, y los cráteres o elevaciones de una cierta altura son bastante raros. A primera vista, nuestros potentes tractores oruga no tendrían la menor dificultad en conducirnos hasta donde quisiéramos ir.

Yo era el geólogo, o selenólogo, si quieren ser ustedes pedantes, jefe del grupo destinado a la exploración de la zona sur del Mare. Habíamos recorrido un centenar y medio de kilómetros en una semana, bordeando los contrafuertes de las montañas que dominaban la playa de lo qué, muchos millones de años atrás, había sido un antiguo mar. Cuando la vida se había iniciado en la Tierra, aquel mar estaba ya moribundo. El agua se retiraba de los flancos de aquellas maravillosas escolleras para fluir hacia el vacío corazón de la Luna. Sobre el suelo que estábamos recorriendo, el océano que no conocía mareas había alcanzado en su tiempo una profundidad de ochocientos metros, y ahora la única huella de humedad que podía hallarse era la escarcha que descubrimos a veces en las profundidades de las cavernas, donde jamás penetra la luz del sol.

Habíamos comenzado nuestro viaje al despuntar el alba lunar, y nos quedaba aún casi una semana de tiempo terrestre antes de que la noche cayera de nuevo. Descendíamos de nuestros vehículos cinco o seis veces al día, vestidos con nuestros trajes espaciales, y nos dedicábamos a la búsqueda de minerales interesantes, o plantábamos señales indicadoras para guiar a futuros viajeros. Era una rutina monótona y carente de excitación. Podíamos vivir confortablemente al menos durante un mes en el interior de nuestros tractores presurizados, y si nos ocurría algún percance siempre nos quedaba la radio para pedirayuda, tras lo cual no teníamos otra cosa que hacer más que aguardar la llegada de la nave

que acudiría a rescatarnos.

Acabo de decir que la exploración lunar es una rutina carente de excitación, y no es cierto. Uno nunca se cansa de contemplar aquellas increíbles montañas, tan distintas de las suaves colinas de la Tierra. Al doblar un cabo o un promontorio, uno nunca sabía qué nuevos esplendores nos iban a ser revelados. Toda la parte meridional del Mare Crisium es un vasto delta donde, hace mucho tiempo, algunos ríos desembocaban en el océano, quizás alimentados por las torrenciales lluvias que habían erosionado las montañas durante el corto periodo de la era volcánica, cuando la Luna era aún joven. Cada uno de aquellos antiguos valles era una tentación, un desafío a trepar hasta las desconocidas mesetas que había más allá. Pero teníamos aún un centenar y medio de kilómetros que cubrir, y todo lo que podíamos hacer era contemplar con envidia aquellas cimas que otros escalarían.

Abordo del tractor vivíamos según el tiempo terrestre, y a las 22 horas exactamente enviábamos el último mensaje por radio a la Base y terminábamos nuestro trabajo. Afuera, las rocas seguían ardiendo bajo un sol casi vertical; para nosotros era de noche hasta que nos despertábamos de nuevo, tras ocho horas de sueño. Entonces uno de nosotros preparaba el desayuno, se oía un gran zumbido de afeitadoras eléctricas, y alguien conectaba la radio que nos unía a la Tierra. Realmente, cuando el olor de las salchichas cociéndose comenzaba a llenar la cabina, a uno le resultaba difícil creer que no habíamos regresado a nuestro planeta: Todo era tan normal, tan familiar, excepto la disminución de nuestro peso y la lentitud con que caían todos los objetos.

Era mi turno de preparar el desayuno en el ángulo de la cabina principal que servía como cocina. Pese a los años transcurridos, recuerdo con extrema claridad aquel momento, porque la radio acababa de transmitir una de mis canciones preferidas, la vieja tonada gala David de las Rocas Blancas. Nuestro conductor estaba ya fuera, embutido en su traje espacial, inspeccionando los vehículos oruga. Mi asistente, Louis Garnett, en la cabina de control, escribía algo relativo al trabajo del día anterior en el diario de a bordo.

Como cualquier ama de casa terrestre mientras esperaba a que las salchichas se cocieran en la sartén dejé que mi mirada vagase sobre las montañosas paredes que cercaban el horizonte por la parte sur, prolongándose hasta perderse de vista por el este y por el oeste. Parecían no estar a más de tres kilómetros del tractor, pero sabía que la más próxima estaba a treinta kilómetros. En la Luna, por supuesto, las imágenes no pierden nitidez con la distancia, no hay ninguna atmósfera que atenúe, difumine o incluso transfigure los objetos lejanos, como ocurre en la Tierra.

Aquellas montañas se elevaban hasta tres mil metros, surgiendo abruptas de la llanura como si alguna erupción subterránea las hubiera hecho emerger a través de la corteza en fusión. No se podía ver la base ni siquiera de la más próxima, debido a la acusada curvatura de la superficie, ya que la Luna es un mundo muy pequeño y el horizonte no estaba a más de tres kilómetros del lugar donde yo me hallaba.

Levanté los ojos hacia los picos que ningún hombre había escalado nunca, aquellos picos que, antes del nacimiento de la vida sobre la Tierra, habían contemplado cómo se retiraba elocéano, llevándose hacia su tumba la esperanza y las promesas de un mundo. El sol golpeaba los farallones con un resplandor que cegaba los ojos, mientras que, un poco más arriba, las estrellas brillaban fijas en un cielo más negro que la más oscura medianoche de invierno en la Tierra.

Iba a girarme, cuando mi mirada fue atraída por un destello metálico casi en la cima de uno de los grandes promontorios que avanzaba hacia el mar, cincuenta kilómetros al oeste. Era un punto de luz pequeñísimo carente de dimensiones, como si una estrella hubiera sido arrancada del cielo por alguno de aquellos crueles picos, e imaginé que una roca excepcionalmente lisa captaba la luz del sol y me la reflejaba directamente a los ojos. Era algo que sucedía a menudo. Cuando la Luna entra en el segundo cuarto, los observadores de la Tierra pueden ver a veces las grandes cadenas montañosas del Oceanus Procellarum, el Océano de las Tormentas, arder con una iridiscencia blancoazulada debida al reflejo del

sol en sus laderas. Pero sentía la curiosidad de saber qué tipo de roca podía brillar allá arriba con tanta intensidad, de modo que subí a la torreta de observación y orienté nuestro telescopio hacia el oeste.

Lo que vi fue suficiente para despertar mi interés. Los picos montañosos, claros y nítidos en mi campo de visión, parecían no estar a más de ochocientos metros de distancia, pero el objeto que reflejaba la luz del sol era aún demasiado pequeño para poder ser identificado. Sin embargo, aunque no pudiera distinguirlo claramente, sí podía darme cuenta de que estaba provisto de una cierta simetría, y la base sobre la que se hallaba parecía extrañamente plana. Estuve observando durante un buen rato aquel brillante enigma, aguzando mi vista en el espacio, hasta que un olor a quemado proveniente de la cocina me informó que las salchichas del desayuno habían hecho un viaje de casi cuatrocientos mil kilómetros para nada.

Mientras avanzábamos a través del Mare Crisium, aquella mañana, con las montañas irguiéndose a occidente, discutimos sobre el caso, y continuamos discutiendo a través de la radio cuando salimos a realizar nuestras prospecciones. Mis compañeros sostenían que había sido probado sin la menor sombra de duda que jamás había existido ninguna forma de vida inteligente en la Luna. Las únicas cosas vivas que habían llegado a existir eran algunas plantas primitivas, y sus antecesoras, tan sólo un poco menos degeneradas. Esto lo sabía yo tan bien como todos, pero hay ocasiones en las que un científico no debe temer al ridículo.

—Escuchad —dije firmemente—, quiero subir hasta allí arriba, aunque sólo sea para tranquilizar mi conciencia. Esta montaña tiene menos de cuatro mil metros, lo que equivale a setecientos con gravedad terrestre, y puedo hacérmela en una veintena de horas. Siempre he deseado escalar una de esas colinas, y aquí tengo un buen pretexto para hacerlo.

—Si no te partes el cuello —dijo Garnett—, vas a ser el hazmerreír de la expedición cuando regresemos a la Base. De ahora en adelante, esta montaña se llamará seguramente la Locura de Wilson.

—No me partiré el cuello —dije con firmeza—. ¿Quién fue el primero que escaló Pico y Helicon?

—¿Pero no eras un poco más joven por aquel entonces? —preguntó suavemente Louis.

—Una razón de más para ir —dije muy dignamente.

Aquella noche nos acostamos pronto, tras conducir el tractor hasta unos quinientos metros del promontorio. Garnett vendría conmigo al día siguiente; era un buen escalador y había participado conmigo en otras expediciones semejantes. Nuestro conductor se sintió muy feliz de quedarse guardando el vehículo.

A primera vista, aquellas paredes parecían prácticamente inescalables, pero cualquiera que tuviera un poco de experiencia sabía que la escalada no presenta serias dificultades en un mundo donde el peso queda reducido a una sexta parte. El auténtico peligro del alpinismo lunar reside en el exceso de confianza: una caída desde cien metros en la Luna es tan mortal como una caída desde quince metros en la Tierra.

Hicimos nuestro primer alto en una cornisa a unos mil quinientos metros de la llanura. La escalada no había sido difícil, pero el esfuerzo al que no estaba acostumbrado había envarado mis miembros, y me sentía feliz de poder descansar un poco. Visto desde allí, el tractor parecía un minúsculo insecto metálico al pie de la pared. Por radio comunicamos nuestro avance al conductor antes de proseguir la escalada.

Dentro de nuestros trajes la temperatura era agradablemente fresca, puesto que el sistema de refrigeración anulaba los efectos del ardiente sol y eliminaba al exterior los desechos de nuestra transpiración. Hablábamos raramente, salvo que debiéramos intercambiar instrucciones o discutir acerca del mejor camino a seguir. No sabía lo que estaría pensando Garnett, seguramente que era la empresa más absurda en la que se había embarcado. Yo no podía dejar de darle la razón, al menos en parte, pero el placer de la escalada, la seguridad de que nunca ningún hombre había llegado antes hasta allí, y la exaltante visión del paisaje, eran para mí una recompensa suficiente.

No recuerdo haber experimentado ninguna excitación especial al hallarnos ante la pared rocosa que había examinado a través del telescopio el día antes, desde una distancia de cincuenta kilómetros. Se extendía hasta una veintena de metros por encima de nosotros y allá, en aquella explanada, se hallaba el objeto que me había atraído a través de toda aquella extensión desértica. Casi con toda seguridad no era más que un bloque de roca nacido en alguna época pasada a consecuencia del impacto de un meteorito, con los planos de estratificación pulidos y brillantes aún en la inmovilidad eterna e inmutable.

La roca no tenía apoyos, de modo que tuvimos que usar un garfio. Mis cansados brazos parecieron recuperar una nueva fuerza cuando lancé el anda de tres puntas haciéndola girar sobre mi cabeza. La primera vez falló su presa, y cayó lentamente cuando tironeamos de ella para comprobar su solidez. Al tercer intento las púas se sujetaron sólidamente, y ni siquiera el peso combinado de nuestros dos cuerpos consiguió moverla.

Garnett me lanzó una ansiosa mirada. Hubiera podido decirle que deseaba subir yo primero, pero me limité a sonreír a través del cristal del casco y agité la cabeza. Luego, lentamente, sin prisas, inicié el último tramo de la ascensión.

Aún enfundado en el traje espacial, pesaba tan sólo veinte kilos, por lo que subí a pulso, sin enroscar la cuerda entre mis piernas ni ayudarme con los pies contra la pared. Cuando alcancé el borde me detuve un instante para saludar con la mano a mi compañero, luego di el último tirón, me icé de pie sobre la plataforma, y contemplé lo que había ante mí.

Hasta aquel momento estaba casi convencido de que no iba a descubrir nada extraño o insólito allí. Casi, pero no completamente, y era esa torturante duda la que me había empujado hasta allí. Bueno, la duda había sido disipada, pero la tortura apenas acababa de empezar.

Me encontraba en una explanada de unos treinta metros de profundidad. En alguna ocasión había sido lisa, demasiado lisa para ser natural, pero los impactos de los meteoritos habían mordido y cribado su superficie a través de incontables eones. Y había sido nivelada para poder sostener una estructura translúcida, burdamente piramidal, de dos veces la altura de un hombre, encajada en la roca como una gigantesca gema facetada.

Probablemente no experimenté ninguna sensación durante los primeros segundos. Luego, inexplicablemente, sentí una extraña alegría. Porque yo amaba la Luna, y ahora sabía que el musgo que trepaba en Aristarco y Eratóstenes no era la única forma de vida que había producido cuando era joven. Los antiguos y desacreditados sueños de los primeros exploradores eran ciertos. Después de todo había existido una civilización lunar, y yo había sido el primero en descubrirla. El hecho de haber llegado con un millón de años de retraso no me preocupaba; tenía bastante con haber llegado.

Mi cerebro comenzaba a funcionar de nuevo normalmente, analizando, planteando preguntas. ¿Qué era aquella construcción? ¿Un santuario… o alguna otra cosa que en mi lengua no tenía nombre? Si era una construcción habitable, ¿por qué la habían edificado en aquel lugar casi inaccesible? Me pregunté si se trataría de un templo, e imaginé ver a los adeptos de alguna extraña religión invocando a sus divinidades para que les salvaran la vida mientras la Luna declinaba con la muerte de sus océanos.

Avancé unos pasos para examinar más de cerca el objeto, pero la cautela me impidió acercarme demasiado. Entendía un poco de arqueología, e intenté establecer el nivel de la civilización que había aplanado aquella montaña y erigido aquellas superficies resplandecientes que me cegaban aún.

Pensé que los egipcios hubieran estado en condiciones de erigir una construcción como aquélla, siempre que sus operarios dispusieran del extraño material que aquellos arquitectos aún más antiguos habían utilizado. Debido a que el objeto era relativamente pequeño, no se me ocurrió pensar que probablemente estaba examinando el producto de una raza más avanzada que la nuestra. La idea de que en la Luna hubieran existido seres inteligentes era ya bastante difícil de asimilar, y mi orgullo se negaba a dar el último y más humillante paso.

Y luego observé algo que hizo que los cabellos se me erizaran en la nuca, algo tan trivial e inocuo que quizá cualquier otro nunca lo hubiera visto. Ya he dicho que la explanada habíasido torturada por la caída de los meteoritos, de tal modo que estaba recubierta de una espesa capa de polvo cósmico, ese polvo que se extiende como un manto por la superficie de todos los mundos en los que no existen vientos que puedan turbarlo. Sin embargo, tanto el polvo como las señales dejadas por los meteoritos terminaban bruscamente en el borde de un amplio círculo en el centro del cual se hallaba la pirámide, como si un muro invisible la protegiera de las inclemencias del tiempo y del lento pero incesante bombardeo del espacio.

Sentí que alguien estaba gritando en mis auriculares, y finalmente me di cuenta de que Garnett me estaba llamando desde hacía rato. Avancé con paso vacilante hacia el borde de la explanada y le hice señas de que subiera, porque no me sentía muy seguro de ser capaz de hablar. Luego me giré de nuevo hacia el círculo en el polvo. Me incliné y tomé un fragmento de roca, y lo lancé, sin excesiva fuerza, hacia el brillante enigma. Si la piedra hubiera desaparecido al chocar contra aquella invisible barrera no me hubiera sorprendido, pero se limitó a caer al suelo, como si hubiera chocado contra una superficie curva.

Ahora sabía que el objeto que tenía ante mí no podía ser comparado con ninguna obra de mis antepasados. No era una construcción sino una máquina, que se protegía a sí misma a través de unas fuerzas que habían desafiado la eternidad. Aquellas fuerzas, cualesquiera que fuesen, seguían funcionando aún, y quizás yo me había acercado demasiado a ellas. Pensé en todas las radiaciones que el hombre había capturado y dominado en el transcurso del último siglo. Por lo que sabía, podía hallarme incluso condenado para siempre, como si hubiera penetrado en la atmósfera silenciosa y letal de una pila atómica no aislada.

Recuerdo que me giré hacia Garnett, que se había reunido conmigo y permanecía inmóvil a mi lado. Me pareció tan absorto que no quise molestarle, y me dirigí hacia el borde de la explanada esforzándome en ordenar de nuevo mis pensamientos. Allí, delante de mí, se extendía el Mare Crisium, extraño y fascinante para casi toda la humanidad, pero conocido y tranquilizador para mí. Levanté la mirada hacia la hoz de la Tierra que yacía en su cuna de estrellas, y me pregunté qué habían ocultado sus nubes cuando aquellos desconocidos constructores habían terminado su trabajo. ¿Era la humeante jungla del Carbonífero, la desierta orilla de los océanos sobre la que reptaban los primeros anfibios para conquistar la tierra firme…, o un período más anterior aún, el periodo de la soledad, antes de que la vida iniciara su desarrollo?

No me pregunten por qué no intuí antes la verdad, que ahora parece tan obvia. En la excitación del descubrimiento, me había convencido a mí mismo de que la aparición cristalina debía de haber sido construida por una raza que había vivido en el remoto pasado lunar, pero de pronto, con una terrible fuerza, me traspasó la certeza de que aquella raza era tan extranjera a la Luna como lo era yo.

En el transcurso de veinte años de exploraciones no habíamos hallado ningún otro rastro de vida a excepción de algunas plantas degeneradas. Ninguna civilización lunar, aún moribunda, podía dejar tan sólo una única prueba de su existencia.

Volví a mirar la resplandeciente pirámide, y me pareció más extraña que nunca a cualquier cosa perteneciente a la Luna. Y entonces, de golpe fue sacudido por un estallido de risa histérica, provocado por la excitación y por la excesiva fatiga. Porque me había parecido que la pirámide me dirigía la palabra y me decía: «Lo siento, pero yo tampoco soy de aquí».

Hemos necesitado veinte años para conseguir romper aquel invisible escudo y alcanzar la máquina encerrada en aquellas paredes de cristal. Lo que no hemos podido comprender lo hemos destruido finalmente con la salvaje potencia de la energía atómica, y he podido ver los fragmentos de aquel hermoso y brillante objeto que descubriera allí, en la cima de la montaña.

No significaban absolutamente nada. Los mecanismos de la pirámide, suponiendo que lo sean, son fruto de una tecnología que se halla mucho más allá de nuestro horizonte, quizás una tecnología de fuerzas parafísicas.

El misterio continúa atormentándonos cada vez más, ahora que hemos alcanzado otros planetas y sabemos que sólo la Tierra ha sido cuna de vida inteligente en nuestro Sistema. Una civilización antiquísima y desconocida perteneciente a nuestro mundo no podría haberla construido, ya que el espesor del polvo meteórico en la explanada nos ha permitido calcular su edad. Aquel polvo comenzó a posarse antes de que la vida hiciera su aparición en la Tierra.

Cuando nuestro mundo alcanzó la mitad de su edad actual, algo que venía de las estrellas pasó a través del Sistema Solar, dejó aquella huella de su paso, y prosiguió su camino. Hasta que nosotros la destruimos, aquella máquina cumplió su cometido. Y empiezo a intuir cuál era.

Alrededor de cien mil millones de estrellas giran en el círculo de la Vía Láctea, y, hace mucho tiempo, otras razas de los mundos pertenecientes a otros soles deben de haber alcanzado y superado el estadio en el que ahora nos hallamos nosotros. Piensen en una tal civilización, muy lejana en el tiempo, cuando la Creación era aún tibia, dueña de un universo tan joven que la vida había surgido tan sólo en una infinitésima parte de mundos. La soledad de aquel mundo es algo imposible de imaginar, la soledad de los dioses que miran a través del infinito y no hallan a nadie con quien compartir sus pensamientos.

Deben de haber explorado las galaxias como nosotros exploramos los mundos. Por todos lados había mundos, pero estaban vacíos, o a lo sumo poblados de cosas que se arrastraban y eran incapaces de pensar. Así debía de ser nuestra Tierra, con el humo de los volcanes ofuscando aún el cielo, cuando la primera nave de los pueblos del alba surgió de los abismos más allá de Plutón. Rebasó los planetas exteriores apresados por el hielo, sabiendo que la vida no podía formar parte de sus destinos. Alcanzó y se detuvo en los planetas interiores, que se calentaban al fuego del Sol, esperando a que comenzara su historia.

Aquellos exploradores deben de haber observado la Tierra, sobrevolando la estrecha franja entre los hielos y el fuego, llegando a la conclusión de que aquél debía de ser el hijo predilecto del Sol. Allí, en un remoto futuro, surgiría la inteligencia; pero ante ellos quedaban aún innumerables estrellas, y nunca regresarían por aquel mismo camino.

Así pues, dejaron un centinela, uno de los millones que deben de existir esparcidos por todo el universo, vigilando los mundos en los cuales vibra la promesa de la vida. Era un faro que, a través de todas las edades, señalaba pacientemente que aún nadie lo había descubierto.

Quizás ahora comprendan por qué la pirámide de cristal fue instalada en la Luna y no en la Tierra. A sus creadores no les importaban las razas que luchaban aún por salir del salvajismo. Nuestra civilización les podía interesar tan sólo si dábamos prueba de nuestra capacidad de supervivencia, lanzándonos al espacio y escapando así de la Tierra, nuestra cuna. Este es el desafío que, antes o después, se plantea a todas las razas inteligentes. Es un desafío doble, porque depende de la conquista de la energía atómica y de la decisiva elección entre la vida y la muerte.

Una vez superado este punto crítico, era tan sólo cuestión de tiempo que descubriéramos la pirámide, y la forzásemos para ver lo que había dentro. Ahora ya no emite ninguna señal, y aquellos encargados de su escucha deben de haber vuelto su atención hacia la Tierra. Quizás acudan a ayudar a nuestra civilización, aún en su infancia. Pero deben de ser viejos, muy viejos, y a menudo los viejos son morbosamente celosos de los jóvenes.

Ahora ya no puedo mirar la Vía Láctea sin preguntarme de cuál de esas nebulosas estelares están acudiendo los emisarios. Si me permiten hacer una comparación bastante vulgar, hemos tirado del aparato de alarma, y ahora no podemos hacer otra cosa más que esperar.

Y no creo que tengamos que esperar mucho.

¡Cuánto se divertían!

Por: Isaac Asimov

Margie incluso lo escribió aquella noche en su diario, en la página encabezada con la fecha 17 de mayo de 2157. «¡Hoy, Tommy ha encontrado un libro auténtico!»

Era un libro muy antiguo. El abuelo de Margie le había dicho una vez que siendo pequeño su abuelo le contó que hubo un tiempo en que todas las historias se imprimían en papel.

Volvieron las páginas, amarillas y rugosas, y se sintieron tremendamente divertidos al leer palabras que permanecían inmóviles, en vez de moverse como debieran, sobre una pantalla. Y cuando se volvía a la página anterior, en ella seguían las mismas palabras que se habían leído por primera vez.

—¡Caray! —comentó Tommy.—. ¡Vaya despilfarro! Una vez acabado el libro, sólo sirve para tirarlo, creo yo. Nuestra pantalla de televisión habrá contenido ya un millón de libros, y todavía le queda sitio para muchos más. Nunca se me ocurriría tirarla.

—Ni a mí la mía —asintió Margie.

Tenía once años y no había visto tantos libros de texto como Tommy, que ya había cumplido los trece.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó la chiquilla.

—En mi casa —respondió él sin mirarla, ocupado en leer—. En el desván.

—¿Y de qué trata?

—De la escuela.

Margie hizo una mueca de disgusto.

—¿De la escuela? ¡Mira que escribir sobre la escuela! Odio la escuela.

Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El profesor mecánico le había señalado tema tras tema de geografía, y ella había respondido cada vez peor, hasta que su madre, meneando muy preocupada la cabeza, llamó al inspector.

Se trataba de un hombrecillo rechoncho, con la cara encarnada y armado con una caja de instrumental, llena de diales y alambres. Sonrió a Margie y le dio una manzana, llevándose luego aparte al profesor. Margie había esperado que no supiera recomponerlo.

Pero sí sabía. Al cabo de una hora poco más o menos, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con su enorme pantalla, en la que se inscribían todas las lecciones y se formulaban las preguntas. Pero eso, al fin y al cabo no era tan malo. Margie detestaba sobre todo la ranura donde tenía que depositar los deberes y los ejercicios. Había que transcribirlos siempre al código de perforaciones que la obligaron a aprender cuando tenía seis años. El profesor mecánico calculaba la nota en menos tiempo que se precisa para respirar.

El inspector sonrió una vez acabada su tarea y luego, dando una palmadita en la cabeza de Margie, dijo a su madre:

—No es culpa de la niña, señora Jones. Creo que el sector geografía se había programado con demasiada rapidez. A veces ocurren estas cosas. Lo he puesto más despacio, a la medida de diez años. Realmente, el nivel general de los progresos de la pequeña resulta satisfactorio por completo…

Y volvió a dar una palmadita en la cabeza de Margie. Esta se sentía desilusionada. Pensaba que se llevarían al profesor. Así lo habían hecho con el de Tommy, por espacio de casi un mes, debido a que el sector de historia se había desajustado.

—¿Por qué iba a escribir nadie sobre la escuela? —preguntó a Tommy.

El chico la miró con aire de superioridad.

—Porque es una clase de escuela muy distinta a la nuestra, estúpida. El tipo de escuela que tenían hace cientos y cientos de años. —Y añadió con tono superior, recalcando las palabras—: Hace siglos.

Margie se ofendió.

—De acuerdo, no sé qué clase de escuela tenían hace tanto tiempo. —Leyó por un momento el libro por encima del hombro de Tommy y comentó—: De todos modos, había un profesor.

—¡Pues claro que había un profesor! Pero no se trataba de un maestro normal. Era un hombre.

—¿Un hombre? ¿Cómo podía ser profesor un hombre?

—Bueno… Les contaba cosas a los chicos y les daba deberes para casa y les hacía preguntas.

—Un hombre no es bastante listo para eso.

—Seguro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.

—No lo creo. Un hombre no puede saber tanto como un profesor.

—Apuesto a que mi padre sabe casi tanto como él.

Margie no estaba dispuesta a discutir tal afirmación. Así que dijo:

—No me gustaría tener en casa a un hombre extraño para enseñarme. Tommy lanzó una aguda carcajada.

—No tienes ni idea, Margie. Los profesores no vivían en casa de los alumnos. Trabajaban en un edificio especial, y todos los alumnos iban allí a escucharles.

—¿Y todos los alumnos aprendían lo mismo?

—Claro. Siempre que tuvieran la misma edad…

—Pues mi madre dice que un profesor debe adaptarse a la mente del chico a quien enseña y que a cada alumno hay que enseñarle de manera distinta.

—En aquella época no lo hacían así. Pero si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.

—Yo no dije que no me gustara —respondió con presteza Margie. Todo lo contrario. Ansiaba enterarse de más cosas sobre aquellas divertidas escuelas.

Apenas habían llegado a la mitad, cuando la madre de Margie llamó:

—¡Margie! ¡La hora de la escuela!

—Todavía no, mamá —suplicó Margie, alzando la vista.

—¡Ahora mismo! —ordenó la señora Jones—. Probablemente es también la hora de Tommy.

—¿Me dejarás leer un poco más del libro después de la clase? —pidió Margie a Tommy.

—Ya veremos —respondió él con desdén.

Y se marchó acto seguido, silbando y con su polvoriento libro bajo el brazo. Margie entró en la sala de clase, próxima al dormitorio. El profesor mecánico ya la estaba esperando. Era la misma hora de todos los días, excepto el sábado y el domingo, pues su madre decía que las pequeñas aprendían mejor si lo hacían a horas regulares.

Se iluminó la pantalla y una voz dijo:

—La lección de aritmética de hoy tratará de la suma de fracciones propias. Por favor, coloque los deberes señalados ayer en la ranura correspondiente.

Margie obedeció con un suspiro. Pensaba en las escuelas antiguas, cuando el abuelo del abuelo era un niño, cuando todos los chicos de la vecindad salían riendo y gritando al patio, se sentaban juntos en clase y regresaban en compañía a casa al final de la jornada. Y como aprendían las mismas cosas, podían ayudarse mutuamente en los deberes y comentarlos.

Y los maestros eran personas…

El profesor mecánico destelló sobre la pantalla:

—Cuando sumamos las fracciones una mitad y un cuarto:

Margie siguió pensando en lo mucho que tuvo que gustarles la escuela a los chicos en los tiempos antiguos. Siguió pensando en ¡cuánto se divertían!

Semana Santa en Guatemala

Semana Santa en Guatemala

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe fue un escritor, poeta, crítico y periodista estadounidense nacido en Boston, Massachusetts, el 19 de enero de 1809. Fue reconocido por sus relatos cortos de terror, misterio y macabro, así como por sus poemas líricos y melancólicos. Creció en una familia adoptiva después de que sus padres biológicos murieran. A los 18 años, se enlistó en el ejército y, posteriormente, asistió a la Universidad de Virginia. Sin embargo, debido a sus problemas de juego y deudas, tuvo que abandonar sus estudios y trabajó como periodista en varias ciudades estadounidenses.

En 1835, Poe se casó con su prima Virginia Clemm y publicó su primer libro de poemas, «Tamerlán y otros poemas». En 1845, publicó su obra más famosa, «El cuervo», que lo consolidó como uno de los escritores más destacados de la época.

A lo largo de su carrera tuvo problemas financieros y de salud mental, lo que lo llevó a abusar del alcohol y las drogas. Murió en Baltimore, Maryland, el 7 de octubre de 1849, a la edad de 40 años, bajo circunstancias misteriosas y nunca se esclareció la causa exacta de su muerte.

La obra de Poe ha influenciado a numerosos escritores y ha dejado un legado importante en la literatura estadounidense. Algunas de sus obras más conocidas son «Los crímenes de la calle Morgue», «El gato negro» y «El corazón delator».

Es considerado uno de los escritores más importantes y destacados de la literatura estadounidense, y su legado ha influido en la literatura mundial. Su estilo literario, oscuro y macabro, se convirtió en un referente para el género de terror y sus relatos cortos y poesía lírica han sido estudiados y admirados por generaciones de lectores y escritores.

Poe fue uno de los primeros escritores estadounidenses en trascender las fronteras nacionales y ser reconocido a nivel internacional. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas y ha sido adaptada al cine y la televisión en innumerables ocasiones.

Además, fue un innovador en el género de relatos cortos, introduciendo técnicas narrativas como el uso de la primera persona, el monólogo interior y el final sorprendente. También es considerado uno de los pioneros del género de la novela policíaca, con su relato «Los crímenes de la calle Morgue».

Aunque es difícil reducir o identificar sus mejores títulos, aquí hay una muestra en la que se puede denotar los temas y características de su obra:

  1. 1 «El cuervo» (The Raven)
  2. «Los crímenes de la calle Morgue» (The Murders in the Rue Morgue)
  3. «El corazón delator» (The Tell-Tale Heart)
  4. «El gato negro» (The Black Cat)
  5. «La caída de la casa Usher» (The Fall of the House of Usher)
  6. «La máscara de la muerte roja» (The Masque of the Red Death)
  7. «La narración de Arthur Gordon Pym» (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket)
  8. «Ligeia» (Ligeia)
  9. «El pozo y el péndulo» (The Pit and the Pendulum)
  10. «El hombre de la multitud» (The Man of the Crowd).

A pesar de su vida corta y tumultuosa, el legado de Poe ha perdurado a lo largo de los siglos. Su trabajo ha influido en muchos escritores, desde Arthur Conan Doyle hasta Stephen King.

Sus historias de misterio y horror siguen siendo populares en todo el mundo.

Howard Phillips Lovecraft

Howard Phillips Lovecraft nació en Providence, Rhode Island, Estados Unidos, el 20 de agosto de 1890. Fue un escritor estadounidense de ficción de terror y ciencia ficción, considerado uno de los maestros del género de horror cósmico.

Lovecraft se crió en una familia acomodada, pero su padre falleció cuando él tenía solo ocho años. Desde entonces, vivió con su madre y sus tías en una casa victoriana de estilo neogótico en el centro de Providence, donde su imaginación empezó a desarrollarse.

Aunque Lovecraft comenzó a escribir poesía en su adolescencia, no fue hasta su madurez que empezó a escribir relatos de ficción. Durante su vida, publicó una gran cantidad de cuentos y ensayos, muchos de los cuales están ambientados en una especie de universo coherente conocido como «el ciclo de Cthulhu», que incluye obras como «La llamada de Cthulhu» y «En las montañas de la locura».

A pesar de su influencia en la literatura de horror, Lovecraft tuvo poco éxito comercial en vida, y tuvo que trabajar en empleos ocasionales para sobrevivir. Sin embargo, su trabajo ha sido aclamado por muchos escritores y críticos de literatura, y ha inspirado a numerosos artistas y cineastas.

    Sus principales cuentos son:

    1. «La llamada de Cthulhu» (1928)
    2. «En las montañas de la locura» (1931)
    3. «El caso de Charles Dexter Ward» (1927)
    4. «El horror de Dunwich» (1929)
    5. «La sombra sobre Innsmouth» (1931)
    6. «El color que cayó del cielo» (1927)
    7. «La música de Erich Zann» (1922)
    8. «Los sueños en la casa de la bruja» (1932)
    9. «El que susurraba en las tinieblas» (1930)
    10. «El modelo de Pickman» (1926)

    Estos relatos abarcan algunos de los temas y elementos más icónicos de la obra de Lovecraft, como los dioses antiguos, la locura, la oscuridad en la naturaleza humana y la insignificancia de la humanidad ante los poderes cósmicos.

    Lovecraft murió el 15 de marzo de 1937, a la edad de 46 años, a causa de un cáncer intestinal. Aunque su carrera fue corta, su legado literario ha dejado una marca indeleble en la cultura popular y sigue inspirando a nuevas generaciones de escritores de terror.

    Los amados muertos

    por H. P. Lovecraft & C. M. Eddy

    Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

    Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud – terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

    De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí!

    Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y «vieja» porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

    Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

    De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

    Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

    Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.

    Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho.

    Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

    Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

    Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

    Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

    Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

    Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.

    Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

    El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

    También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardíaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

    Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande – con mucho – que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

    Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

    La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

    Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo. Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

    Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

    Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres – donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos – abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes?

    Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso! Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba…¡los muertos que me daban vida!

    Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños. Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura…resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos. Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

    Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia…mortales explosiones de histéricas granadas…el monótono silbido de balas sardónicas…humeantes frenesíes de las fuentes del Flegetón… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.

    En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

    Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un «Sucesor de» sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

    Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a la tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

    Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues…¡nada!

    Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

    Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

    Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar los arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

    Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

    Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales. El hambre raía mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito.

    A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

    Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

    Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos.

    Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño – ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta…

    Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad… las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas.

    Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.

    Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

    ¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma! Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

    ¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor – mucho mejor – que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice. ¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…