Luna menguante
septiembre 6, 2026
Por: Laura María Castaño
La escena surge en una sala de velación. Realmente es un salón bastante grande dividido por varias paredes en las cuales se pueden velar cinco personas, cinco cuerpos, cinco almas que un día fueron algo para alguien…Sentada en un sofá, Adelaida, frente a ella una gran foto, y atrás el ataúd negro brillante con dos adornos de flores, unas rosas blancas y en el centro tres rojas. Adelaida yace sentada tomando un poco de aire para seguir con las labores de limpieza. Esa noche fue bastante movida pues todas las salas estaban llenas, la limpieza y el orden en cada detalle tenía que ser impecable, las cafeteras siempre tienen que estar llenas y las galletas de chocolate y vainilla no pueden faltar en la mesa. Había terminado de limpiar la sala número uno por un reguero de café y de colocar mas galletas, pues las personas en ese lugar muertas de hambre, no dejaban colocar la tanda cuando ya tenía que ir por mas. Adelaida se sentó un momento para descansar pues ya era de madrugada y el cansancio arremetía bastante, sollozando un poco, sintió una leve respiración:
—Disculpe señorita, no la quería asustar.
—No tenga pena señor, solo estaba descansando un poco, hoy el día estuvo movido gracias a Dios. Pues quiero decir que gracias a Dios tenemos trabajo, peor fuera uno sin nada que hacer, bueno usted me entiende –ambos sonrieron y se quedaron mirando a la foto.
—Usted sabe que le pasó, en la foto se mira bastante joven.
—No sé, tengo un turno de doce horas en este lugar, entre a las seis de la noche, y a las seis y media, entró una mujer con un velo blanco, muy elegante ella, tal vez de unos 50 años le calculo, con un señor ya de edad y con esos dos arreglos de flores, se quedaron dos minutos, mientras el señor colocó los arreglos la señora se acercó al féretro lo miró, suspiró y procedió a apartarse…dos minutos. Desde esa hora nadie ha llegado y ya son las cuatro de la madrugada.
Ambos se quedaron en silencio mirando la foto de aquel joven.
—¿Le gusta trabajar aquí? veo que usted es bastante joven y este es un trabajo muy triste, no seria bueno que se le pasara la vida aquí.
—Yo estudio enfermería –dijo Adelaida. Este es el único trabajo que conseguí que se acomoda a mis clases, pero la verdad le he tomado cariño. Me gusta quedarme en alguna esquina de un salón…escucho el silencio. Aquí es maravilloso interpretar los diferentes silencios que existen. Percibo el silencio de la tristeza, el silencio de la indiferencia, el silencio de la incertidumbre, el silencio de la paz, el cual es uno de mis favoritos y aunque no lo crea a veces escucho el silencio de la alegría, ese me da un poquito de escalofrío, pero el que más me da tristeza es el sonido de la soledad.
—¿Cómo el de esta sala? —pregunto el señor.
—No necesariamente, el silencio de la soledad lo escucho aun cuando hay muchas personas alrededor del féretro, miro como las personas se quedan viendo pero sin ningún sentimiento. Como si la persona que esta ahí no tuvo ningún impacto en nada, en nadie.
El silencio de esta sala es un silencio tranquilo como de aceptación, es un silencio nuevo sabe, pero bonito.
—¿Y usted? De que sala viene. —preguntó Adelaida.
—Estoy en la cinco. Mi esposa falleció. Me gustaría que fuera al lugar he interpretara el silencio que vive mi esposa –ambos sonrieron—. Sesenta años de casados, nos conocimos cuando yo tenía veinticinco y ella veinte, desde que la vi la primera vez sentí un retorcijon en mi alma ¿usted a sentido un retorcijon en el alma?
–Pues la verdad no.
–Ay! es algo maravilloso, pero sabe que es lo triste, que no muchas personas lo sienten, mueren sin sentirlo. Pero yo lo sentí, se que ella también; desde ese momento no nos separamos, hasta hoy. Yo tome la decisión hace sesenta años de amarla y cada día de mi vida reafirmaba aquello, pero el estar sin ella no es una realidad que quiero vivir.
—Lamento mucho su perdia.
—Se que ella me está esperando y se que mis hijos no sienten su perdida, solo por pensar que van hacer con el viejo de su padre. Creo que ahorita se escucha el silencio de la incertidumbre, de saber que pasará con este pobre viejo.
En ese momento, en ese preciso momento y durante varios minutos, se sintió un silencio de paz y tranquilidad. Sin mirar el tiempo sin decir nada solo uno enfrente del otro.
—¿Usted me puede hacer un favor señorita?
—Claro que si señor cuénteme.
—Usted me puede llevar leche tibia y unas galletas de chocolate, me gusta mucho el chocolate. Acompañaré a mi esposa.
Y sin nada más que decir se levantó lentamente del sofá y con su bastón de madera en su mano derecha, se retiró de aquel salón para seguir acompañando a su amada.
Ella se levantó a buscar leche tibia para el salón cinco, no se ofrecía leche, pero ella siempre traía un poco, la calentó, tomó de las mejores galletas de chocolate y procedió a llevarlas al salón. El anciano estaba en una esquina junto al féretro de su esposa, lo miró y en sus labios se veía una ligera sonrisa, sus manos reposaban en sus piernas, tenía una cobija de color blanco bastante larga que tapaba la silla de ruedas, lentamente se fue acercando a él, a su derecha un joven arrodillado lloraba y unos segundos después, todo el mundo se acercó al señor ya sin vida. Reposando su cuerpo con su amada. En ese momento se escuchó el silencio de la tristeza. Adelaida se alejó lentamente y bajo la luna menguante de aquella madrugada se tomó la leche tibia y saboreó las galletas de chocolate… esperando que terminara su turno.