Los ojos hacen algo más que ver

Por: Isaac Asimov

Después de cientos de miles de millones de años, pensó de súbito en sí mismo como Ames. No la combinación de longitudes de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí.

Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no escuchó ni podía escuchar.

Su nuevo proyecto le aguzaba sus recuerdos más allá de lo usualmente recordable. Registró el vórtice energético que constituía la suma de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las estrellas.

La señal de respuesta de Brock llegó.

Con seguridad, pensó Ames, él podía decírselo a Brock. Sin duda, podría hablar con cualquiera.

Los modelos fluctuantes de energía enviados por Brock, comunicaron:

—¿Vienes, Ames?

—Naturalmente.

—¿Tomarás parte en el torneo?

—¡Sí! —Las líneas de fuerza de Ames fluctuaron irregularmente—. Pensé en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito.

—¡Qué despilfarro de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante pueda ser concebida tras doscientos mil millones de años? Nada puede haber que sea nuevo.

Por un momento Brock quedó fuera de fase e interrumpió la comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó el flujo de los pensamientos de otros emisores mientras lo hizo; captó la poderosa visión de la extensa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de fuerza pulsada en forma incesante por una multitudinaria vida energética, discurriendo entre las galaxias.

—Por favor, Brock —suplicó Ames—, absorbe mis pensamientos. No los evites. Estuve pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Es cierto que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo podría ser de otra forma? ¿No nos enseña esto que debemos experimentar con la Materia?

—¡Materia!

Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un claro gesto de disgusto.

—¿Por qué no? —dijo—. Nosotros mismos fuimos Materia en otros tiempos… ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no construir objetos en un medio material? O con formas abstractas, o… escucha, Brock… ¿Por qué no construir una imitación nuestra con Materia, una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal como fuimos alguna vez?

—No recuerdo cómo fuimos —dijo Brock—. Nadie lo recuerda.

—Yo lo recuerdo —dijo Ames con seguridad—. No he pensado sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime si tengo razón. Dímelo.

—No. Es ridículo. Es… repugnante.

—Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos desde los inicios cuando irradiamos juntos nuestra energía vital, desde el momento en que nos convertimos en lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock!

—De acuerdo, pero hazlo rápido.

Ames no sentía aquel temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde…

¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, se atrevería a manipular la Materia ante la Asamblea de Seres Energéticos que, durante tanto tiempo, esperaban algo novedoso.

La Materia era muy escasa entre las galaxias, pero Ames la reunió, la juntó en un radio de varios años-luz, escogiendo los átomos, dotándola de consistencia arcillosa y conformándola en sentido ovoide.

—¿No lo recuerdas, Brock? —preguntó suavemente—. ¿No era algo parecido?

El vórtice de Brock tembló al entrar en fase.

—No me obligues a recordar. No recuerdo nada.

—Existía una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. —Efectuó una pausa y luego continuó—. Mira, ¿recuerdas algo así?

Sobre la parte superior del ovoide apareció la «cabeza».

—¿Qué es eso? —preguntó Brock.

—Es la palabra que designa la cabeza. Los símbolos que representan el sonido de la palabra. Dime que lo recuerdas, Brock.

—Había algo más —dijo Brock con dudas—. Había algo en medio.

Una forma abultada surgió.

—¡Sí! —exclamó Ames—. ¡Es la nariz! —Y la palabra «nariz» apareció en su lugar—. Y también había ojos a cada lado: «Ojo izquierdo…, Ojo derecho».

Ames contempló lo que había conformado, sus líneas de fuerza palpitaban lentamente. ¿Estaba seguro que era algo así?

—La boca y la barbilla —dijo luego—, y la nuez de Adán y las clavículas. Recuerdo bien todas las palabras. —Y todas ellas aparecieron escritas junto a la figura ovoide.

—No pensaba en estas cosas desde hace cientos de millones de años —dijo Brock—. ¿Por qué me haces recordarlas? ¿Por qué? Ames permaneció sumido en sus pensamientos.

—Algo más. Órganos para oír. Algo para escuchar las ondas acústicas. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban!

—¡Olvídalo! —gritó Brock—. ¡Olvídate de los oídos y de todo lo demás! ¡No recuerdes!

—¿Qué hay de malo en recordar? —replicó Ames, desconcertado.

—Porque el exterior no era tan rugoso y frío como eso, sino cálido y suave. Los ojos miraban con ternura y estaban vivos y los labios de la boca temblaban y eran suaves sobre los míos.

Las líneas de fuerza de Brock palpitaban y se agitaban, palpitaban y se agitaban.

—¡Lo lamento! —dijo Ames—. ¡Lo lamento!

—Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar, que esos ojos hacían algo más que ver y que no había nadie que lo hiciera por mí… y ahora no tengo ojos para hacerlo.

Con violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera cabeza y dijo:

—Ahora, deja que ellos lo hagan —y desapareció.

Y Ames vio y recordó que en otro tiempo él fue un hombre. La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y partió a través de las galaxias siguiendo las huellas energéticas de Brock, de vuelta al infinito destino de la vida.

Y los ojos de la destrozada cabeza de Materia aún centelleaban con lo que Brock colocó allí en representación de las lágrimas. La cabeza de Materia hizo lo que los seres energéticos ya no podían hacer y lloró por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que abandonaron un billón de años atrás.

Exilio – Pamela Sargent

Diane Lundberg no tenía apetito, pero intentó terminar la comida que quedaba en su plato. Miró a su madre a través de la mesa, y empezó a esconder los guisantes debajo de los huesos de pollo con el tenedor.

—¿Podemos contar contigo, Diane, este sábado en la tienda? —le preguntó la señora Lundberg.

—Hum…, he de trabajar en ese proyecto de investigación botánica —murmuró la joven.

Desvió la mirada, bajándola al mantel. A los dieciséis años, Diane Lundberg era una chica alta y delgada, con el cabello obscuro y los vividos colores de su madre, y los ojos grises de su padre. Habitualmente se inclinaba un poco, sintiéndose torpe con su estatura.

—Tienes dos meses para ese proyecto —le recordó su madre, mostrando el enfado en sus ojos pardos.

—No quiero dejarlo para el último momento —replicó Diane, mirando a su padre.

—Está bien, Diane —aprobó el señor Lundberg—. Creo que nos arreglaremos sin ti.

Diane suspiró quedamente, con alivio y culpabilidad. La última vez que fue a ayudar en la tienda, la señora Lundberg la destinó al departamento de ropas juveniles. Era un departamento agradable, con dos dependientas poco mayores que Diane, y otras dos de más edad. Le enseñaron a Diane las existencias y le dijeron que pidiese ayuda si la necesitaba. Diane se puso nerviosa ante el aplomo, la seguridad de la dependencia, y aún más delante de las clientes, casi todas jóvenes o niñas. Diane se sintió torpe al tratarlas.

Cuando estaba enseñando unos jerseys a tres chicas, accidentalmente empujó unas cajas de suéters con el brazo. Los suéters se esparcieron sobre el mostrador y algunos cayeron al suelo. Las chicas rieron y a Diane se le encendieron las mejillas mientras recogía los suéters para meterlos en las cajas. Después, estuvo sin hacer nada detrás del mostrador, aguardando el momento de atender ella, o las otras dependientas, a las posibles clientes.

—Pensé que te vendría bien un poco más de dinero —observó la señora Lundberg, no queriendo, al parecer, abandonar aquel tema—. Y al menos —añadió, contemplando el plato de su hija—, deberías acabarte la comida. Estás demasiado delgada.

Diane cruzó los brazos sobre su pequeño busto. Sentía el estómago revuelto. Miró elplato, negándose silenciosamente a comer más.

—Esta tarde se comió dos barras de caramelo —la acusó Danny Lundberg.

El hermano de Diane tenía diez años, y era un chiquillo flaco con el pelo rubio. La joven le miró enojada y luego intentó darle un puntapié por debajo de la mesa, pero falló.

—Yo la vi —continuó Danny, devolviéndole la mirada—. Se comió dos barras graneles.

—No me extraña —gruñó la señora Lundberg—. Te pondrás enferma comiendo esas porquerías.

—Si pudierais dejar de discutir… —rezongó el señor Lundberg. Me gustaría tomar el postre en paz.

Se pasó una mano por su cabello ralo y gris.

—Tengo derecho a preocuparme, Eric —puntualizó su esposa—. Diane ha perdido dos kilos este mes. Si se nota con sólo mirarla.

—Por favor… —suplicó Diane.

Descruzó los brazos y los apoyó en la mesa. El derecho chocó con el vaso de vino de su padre; el vaso se tambaleó, cayó y derramó su contenido encima del mantel azul celeste. El señor Lundberg levantó el vaso calmosamente y secó la mancha con la servilleta.

—¿Por qué eres siempre tan torpe? —gruñó la señora Lundberg.

Diane se levantó. Tenía un nudo en la garganta y tuvo que esforzarse por hablar.

—Ah, dejadme tranquila… —murmuró.

Se apartó de la mesa, cruzó el salón y entró en su dormitorio, cerrando la puerta.

Se enroscó en la cama, a obscuras, desdichada y sola.

Diane se sentó al borde de la cama, mirando por la ventana la zona arbolada más allá del patio trasero de la casa. Los árboles estaban ya perdiendo sus hojas y pronto extenderían sus extremidades óseas hacia el cielo gris del otoño.

Diane odiaba Morriston. Se habían trasladado a Morriston desde Minneapolis en 1978, cuando ella tenía doce años. Se mostró tímida en la nueva escuela y esquiva con los niños que vivían en la comunidad. En Minneapolis todo era distinto. Allí tenía amiguitas. En Morriston, la única amiga era Marya Chung, y aun ésta iba pocas veces a verla a casa.

Diane fue hacia el teléfono y marcó el número de Marya. Se iluminó la pequeña pantalla situada encima del aparato y apareció la cara de su amiga.

—Hola, Di, ¿puedes esperar un momento? —la cara desapareció unos segundos y volvió a aparecer—. Mira lo que compré para Bert. —Marya enseñó un par de pendientes agujereados con diminutas M de oro balanceándose por los aros——. Esta tarde fuimos al centro, para que le atendieran las orejas, que estarán cicatrizadas el día de su cumpleaños.

Y éste es el regalo, excepto que él ya lo sabe. —Marya se acercó más a su pantalla—. El me compró éstos.

Diane apenas logró ver las B de oro que colgaban de las orejas de su amiga.

—Estupendo —exclamó Diane. Sólo quería preguntarte si deseas que el sábado nos ocupemos del proyecto de botánica.

—No puedo. Bert y yo estaremos muy ocupados; además, tenemos años para lo de la botánica. Llama a Chris Reiner; ella siempre lo hace todo de prisa.

—Sí, claro.

Diane siempre se sentía intimidada ante la fría intelectualidad y los aires de superioridad de Chris Reiner.

—Oye, Di, he de colgar. Bert ha de llamarme.

Los ojos almendrados de Marya expresaban su impaciencia.

—Claro»—repitió Diane.

—Te llamaré mañana.

La pantalla se obscureció.

Diane soltó el teléfono. No pensaba llamar a Chris Reiner, y soportar su actitud condescendiente un día entero. Se puso en pie y fue hacia su escritorio. Se sentó y abrió el libro de historia.

Llamaron a la puerta con suavidad.

—¿Puedo entrar? —preguntó la voz de su padre.

—Sí —asintió Diane.

El señor Lundberg entró y tomó asiento en el borde de la cama, extendiendo las piernas ante sí. Diane frunció el ceño y bajó la vista al suelo.

—Cariño, tu madre no está enfadada —murmuró el señor Lundberg—, sino inquieta, aunque no sepa expresarlo adecuadamente. Supongo que a causa de su temperamento italiano.

Diane no respondió.

—Le he dicho muchas veces que no se inquiete por ti. A tu edad, me llamaban «el hueso», y aquí estoy ahora con esta barriga.

El señor Lundberg se aclaró la garganta. Diane levantó la vista.

—Vamos, ¿por qué no vienes el sábado a la tienda y yo te llevaré a almorzar? Tal vez podré deslizarte un vaso de vino por debajo de la mesa.

Diane intentó sonreír.

—Además —prosiguió su padre—, quiero que ganes el dinero suficiente para un vestido nuevo. Quiero que mi hija sea la más bonita de la fiesta escolar de octubre.

—No iré a la fiesta —declaró Diane—. No tengo a nadie que me acompañe.

—Bueno, eso no importa. Muchas chicas irán solas y allí hallarán compañía. Seguro que los chicos están más nerviosos que las chicas. Recuerdo que…

—No pienso ir para dar vueltas por allí —Diane sintió un color más encendido en sus mejillas—. No quiero estar contemplándome los pies toda la velada y volver a casa llorando. Tengo cosas mejores que hacer y tampoco deseo ir a la tienda y que la gente se ría por mis torpezas.

—Cariño, allí nadie se burla de ti. ¿Por qué lo piensas?

—Se ríen —insistió Diane—. ¿No crees que puedo saberlo?

—Diane —suspiró el señor Lundberg—, has construido una muralla a tu alrededor y te ocultas detrás; no permites que nadie salte ese muro y, no obstante, te sientes defraudada cuando, pese a esto, nadie consigue llegar hasta ti —se puso en pie y agitó ambas piernas—. Oh, se me han dormido los pies —murmuró casi en son de excusa, pataleando.

Durante un segundo pareció un muchacho patoso, sólo traicionado por el pelo gris y la abultada barriga—. Bien, supongo que ya eres mayorcita para poder tener ideas propias, pero si cambias esta vez, la oferta del almuerzo sigue en pie.

El señor Lundberg se dirigió a la puerta, ligeramente encorvado, y cerró la puerta a sus espaldas.

Diane, asiéndose a su enterrada desdicha, volvió al libro de historia.

Cuando Diane se levantó el sábado, sus padres ya se habían marchado a la tienda de Minneapolis. La mayor parte de la gente de Morriston trabajaba en los comercios que rodeaban la comunidad. Iban a sus empleos a pie o en bicicleta por las calles curvadas y sinuosas de Morriston, y raras veces utilizaban el coche para ir siquiera a Minneapolis, puesto que el monorraíl les trasladaba allí en menos de una hora.

Diane se tomó una naranjada en la cocina mientras su hermano Danny miraba unas historietas cómicas en la sala de juegos. La joven fue hacia allí y se sentó.

—¿Saldrás más tarde? —preguntó.

—Iré a casa de Sam a almorzar y esta tarde jugaremos a fútbol.

—¿Tienes tus llaves?

Danny suspiró con exasperación.

—Sí, tengo mis malditas llaves —señaló la cadena de oro colgada de su cuello—. ¿Lo ves?

—Bien, voy a salir, de modo que no te olvides de cerrar las puertas. Comprobaré las ventanas antes de irme.

—No te olvides —dijo Danny haciendo una mueca.

—Lo hiciste la semana pasada; si no volviera pronto, mamá y papá te reñirían.

—No me olvidaré —prometió Danny.

Diane se puso en pie y fue a buscar su chaqueta. Recorrió rápidamente la casa comprobando las ventanas. Recientemente se habían producido varios robos; no era difícil que alguien cogiese el monorraíl en Duluth o Minneapolis y se apease en un lugar como Morriston, robase en unas cuantas casas o apartamentos y cogiese el próximo tren.

Diane salió de casa y enfiló por la calle que se curvaba ante ella. La casa de los Lundberg estaba situada en una loma con otras dos y un grupo de apartamentos. Cerca de los edificios había grandes siemprevivas, y próximos a la calle crecían unos arbustos. Diane se detuvo ante el buzón de la calle. Sólo había una carta de la abuela Tortonelli. Diane la cogió y la sostuvo contra la luz para ver si contenía dinero para ella y Danny. La abuela de Diane no creía en las cuentas corrientes ni en las tarjetas de crédito e insistía en enviar dinero por correo. En la carta no había nada. Probablemente, sólo algunas quejas por su vejiga urinaria, como siempre, pensó Diane, por lo que dejó otra vez la carta en el buzón para que Danny la llevara a la casa.

Diane descendió por la calle hasta un sendero que conducía al bosque. Morriston se hallaba rodeado por tres lados por un amplio bosque, y cuando lo construyeron, los diseñadores decidieron dejar en pie la mayor parte de aquella zona boscosa. Un par de años atrás se habló de edificar más casas en el bosque, pero algunos de los residentes más acaudalados de Morriston adquirieron aquella área del bosque. Al menos por ahora, los árboles estaban a salvo.

Diane fue hacia allí, llevando su cuaderno de botánica. Siguió un poco por el sendero hasta que oyó voces al frente. Del bosque, y en dirección a la joven, surgieron un chico y una chica. Los había visto en la escuela, pero ignoraba sus nombres.

El muchacho saludó a Diane, sonriéndole. Ella respondió al saludo y se encorvó al observar que la pareja era más baja que ella. Cuando pasaron por su lado y continuaron hacia la calle, Diane creyó oír una risita en labios de la chica.

Diane abandonó el sendero y empezó a hundirse en el bosque. Las hojas crujían bajo sus pies, mientras pasaba por entre los árboles y los matorrales. Anduvo hasta que llegó a una enorme roca, en el centro de un pequeño claro, donde se detuvo a descansar.

Diane había estado muchas veces en el bosque, pero nunca había visto aquel claro, o al menos no lo recordaba. Miró a su alrededor, tratando de orientarse. Así vio un añoso roble, y quiso calcular su edad: tenía un tronco muy grueso.

«¡Cuántas cosas habrá visto! —pensó Diane—, ¡Cuántas raíces habrá echado bajo esta tierra!»

Al fin, Diane se incorporó y abandonó el claro, en dirección, creía, a la senda que llevaba de nuevo a Morriston.

Cuando llevaba algún tiempo caminando se dio cuenta de que se estaba internando más en el bosque. Miró al cielo gris, calculando la posición del sol. El sendero que iba hacia su casa estaba al sudeste del bosque. Diane no estaba inquieta, puesto que allí era muy difícil extraviarse. Había un riachuelo que atravesaba el lugar por el norte, y cuando uno lo seguía llegaba al final del sendero que conducía a su casa. Yendo al revés, el río llevaba a los apartamentos situados cerca del centro comercial de la comunidad. Era un curso de agua sinuoso, y no podía tardar en encontrarlo.

Diane siguió avanzando hasta que llegó a una colina cubierta de arbustos espinosos. Miró hacia lo alto y pensó que debía trepar hasta allí. Una vez en la cumbre podría ver todo el bosque y saber dónde estaba. Después, se ocuparía de su proyecto.

Se metió la libreta en el bolso, y empezó a ascender. Los espinos le arañaban los téjanos. Diane fue subiendo por entre las matas, asiéndose a algunas ramas para no resbalar. Así llegó a un grupo de rocas y se escurrió sobre ellas, perdiendo casi el equilibrio. Por encima de las rocas había más arbustos. Los atravesó y llegó a la cumbre. Allí crecían diversas siemprevivas, rodeando un pequeño claro.

Diane se quedó junto a un árbol y miró a su alrededor. Divisó un arroyo que se curvaba entre los árboles, calculando que estaba a unos setenta metros del fondo de la colina.

«Puesto que estoy aquí, será mejor que dé un vistazo», pensó.

Echó a andar por el claro. Por entre las hojas de los arbustos correteaban pequeños animales.

El claro estaba extrañamente silencioso. Diane divisó un objeto grande en el centro de la zona. Sacó su libreta del cinto y fue hacia allí.

El objeto era medio metro más alto que ella. A cierta distancia, parecía una piedra cubierta de musgo, pero desde más cerca era como madera petrificada. En torno a los lados y encima del musgo había una especie de ramas retorcidas.

Diane se sentó sobre la hierba que rodeaba el objeto. Sintió una gran tristeza que parecía ir devanándose en su estómago. Contra su voluntad, se sintió tremendamente sola, con un velo como separándola del bosque.

«Estoy solo.»

Sobresaltada, Diane miró a su alrededor. No vio a nadie, pero las palabras habían sonado fuertes en sus oídos.

«Puedo ser el último.—»

No, no cerca de sus oídos, sino dentro de su mente. De repente, el bosque se desvaneció ante sus ojos y estuvo mirando a un vacío negro. Apartó rápidamente la vista.

Vio otra vez el claro y al objeto a su lado. Pero las ramas se había movido ligeramente, y no rodeaban ya el musgo tan apretadamente. Diane experimentó cierta aprensión, mas no estaba asustada. Vio cómo las ramas se extendían, dejando de rodear al musgo, en dirección al cielo.

«¿Qué eres?», preguntó Diane, y antes de poder hablar de nuevo, el bosque volvió a desaparecer. Entonces, Diane contempló unas llanuras verdes, unas pequeñas cúpulas y unas cuantas cuevas a lo lejos. Arriba, el cielo resplandecía de luz, pero no había sol.

«Mi casa. Allí no hay obscuridad, tan cerca del centro de la galaxia. Las estrellas están más juntas, millones y millones, unas al lado de otras.»

Diane no distinguía sombras, sólo colores brillantes, cúpulas rojizas contra la hierba verde, torres azuladas en lontananza apuntando hacia el iluminado cielo. Sintió cómo los bordes de un profundo pesar rozaba contra su mente, y luego una gentil súplica: «No te asustes.»

«¿Cómo he llegado aquí?», se preguntó Diane.

Vio entonces cómo las torres azuladas abandonaban la superficie verde, una a una, en unos senderos rosados.

La superficie del extraño planeta se desvaneció y ella empezó a flotar, mirando a un sol muy brillante que destelló súbitamente ante sus ojos.

«Nuestro sol tenía que estallar, convertirse en una nova. Algunos se quedaron. Los demás nos diseminamos. Teníamos que reunimos más allá del centro galáctico para decidir…»

«…Adonde ir», finalizó Diane.

Vio cómo grupos de brillantes estrellas se apartaban de su mirada, rojas y azules, enanas blancas, amarillas y anaranjadas, colores brillantes contra la negrura del espacio. Desvió la vista y divisó un grupo de seres semejantes a árboles, sin musgo en el cuerpo. Estaban junto a ella, agitando suavemente las extremidades. La aprensión se apoderó de ella.

«Fue un largo viaje. Yo envejecí y me hice joven varias veces durante el trayecto. No puedo contar cuántas.»

Diane estaba intrigada.

«Dos están juntas las mentes se funden, una es más sabia, otra es un niño, libre para volver a aprender,»

Diane sacudió la cabeza.

«¿Dónde están los otros?», preguntó en un susurro. El dolor la golpeó con su puño. Reapareció el negro vacío, cegándola con sus tinieblas.

«Desaparecieran, desaparecieron antes de llegar al borde de vuestro sistema. También envejecieron y rejuvenecieron varias veces; pero no tuvimos crías y no había nuevas mentes con las que juntarse para revigorizarse, y al final permanecieron callados en nuestra nave.»

Diane los distinguió, a la deriva en una nave sumida en el vacío, con las extremidades rodeando ligeramente sus cuerpos.

Parpadeó y miró en torno al claro. El bosque estaba más frío, más obscuro. Diane se levantó entumecida, con los músculos doloridos. Se le había dormido un pie, y pataleó.

—Debo volver a casa.

Lo dijo en voz alta. El extraño ser enrolló sus miembros en torno a su cuerpo, adoptando la misma postura de cuando lo vio Diane. Esta recogió su libreta y empezó a marcharse del claro.

«Vuelve…»

El tentáculo de pensamiento rozó levemente su mente y calló.

Diane volvió al claro de la colina el sábado siguiente, con el cerebro convertido en un cúmulo de furor y tristeza. Trepó colina arriba con excesiva rapidez y resbaló un par de veces, lastimándose la rodilla.

«Molestándome, trastornándome constantemente —le gritaba con su mente al extraño ser—, mis padres, todo el mundo.»

Una idea estaba fija en su cerebro, y Diane la reconoció con suma dificultad como la amable risa del ser. La atrapó delicadamente, y al final su propia mente también sonrió.

«¿Has visto a muchos de nosotros?», preguntó al ser silenciosamente. La joven vio el claro, pero junto a ella se hallaba un hombre cubierto de pieles, con una piedra manchada de sangre en su puño.

«Uno, un asesino de una tribu.»

El obscuro y colérico hombre desapareció, y Diane vio a tres niños indios danzando por el claro bajo el cielo de verano.

«Tres cuyas mentes no pude alcanzar.»

Los niños desaparecieron y Diane divisó un pequeño grupo de personas, envueltas en plumas y pieles, acercándose y soltando bultos de cuentas brillantes y cueros.

«Varios que me adoraban.»

El grupo se esfumó y la joven contempló un hombre iracundo, de ojos azules y helados, con las ropas raídas, que le arrojaba piedras a la cara.

«Uno que me maldijo y me gritó su locura cuando intenté aproximarme a él.»

De pronto, Diane se vio a sí misma, agachada contra un árbol, con la barbilla apoyada en las rodillas.

«Una que estaba sola y me llamó amigo.»

La imagen de Diane desapareció.

Miró al extraño ser y vio cómo extendía sus extremidades al cielo. Impulsivamente, alargó las manos y asió aquellos miembros.

«Mi único amigo», pensó. Una idea la asaltó, regañándola amablemente.

¿Con tantos de tu raza? ¿No puedes alcanzarlos?»

—No —respondió ella en voz alta—. No.

«Yo tampoco podría, sus pensamientos violentas suelen asustarme, burbujeando bajo la superficie, o estallando como un destellante sol. Y tampoco puedo alcanzar esta vida que me rodea, que deja caer sus semillas y da nacimiento a los jóvenes, recordándome los hijos que no tuve. Pero tú eres mi amiga.»

—Sí —dijo Diane.

«Ansío volver a ser joven —pensó el ser—, y abandonar mi pena.»

Diane divisó la muerta nave, cansada y vieja, deteniéndose por fin al borde del sistema solar, con los petrificados cuerpos a bordo. Se vio a sí misma dentro de la pequeña nave, sólo útil para distancias cortas.

«He de encontrar aquí un hogar. Sé mi hija, ayúdame a ser otra vez joven, a sentir la alegría de vivir.»

«Sí», pensó ella, alargando las manos hacia el extraño ser.

De pronto, Diane volvió a distinguir su extraño mundo, y sus colores vividos hirieron su retina.

«¿Vuelvo a enseñarte nuestro mundo, lo que —fue nuestra patria?»

Diane apretó sus manos sobre las extremidades del ser, y su mente se vio inundada de imágenes brillantes, con las rocas violeta de las cuevas, los edificios rojos, las plantas verdes y amarillas agolpándose a sus pies. Una serie de ideas pasó por su mente, en un complejo código de conducta enraizado en generosidad y honradez absolutas, un sistema de matemáticas, teorías científicas, todo pasó por ella, de modo borroso, combinado en un sistema mayor que los armonizaba todos. Diane asía las extremidades del ser, ardiéndole la cabeza.

Por su mente pasó otra oleada de ideas, y empezó a temblar. Esta vez vio la apasionada juventud del ser, los rápidos tránsitos del delirio a la desesperación, la desidia y la crueldad. Soltó los miembros y trastabilló hacia atrás, chocando con un árbol. Las imágenes seguían presentándose a su mente, cambiando con tanta rapidez que apenas las distinguía.

—¡Basta! —gritó, tapándose el rostro con los brazos—. ¡Basta!

Divisó ante ella una cueva violácea, trató de huir hacia allí…

…Y cayó por la ladera de la colina, rodando, mientras los espinos la arañaban, hasta que una piedra la detuvo en su caída. Continuó descendiendo de pie, tropezando de cuando en cuando hasta llegar abajo.

Diane echó a correr por el bosque y al final cayó, incapaz de seguir adelante. El cielo giró cuando lo miró.

—¡Basta, basta! —chilló varias veces. Las voces sonaron en su mente:

«¡Basta, basta!»

Divisó dos rostros inclinándose hacia ella, apartó las manos del rostro y empezó a girar en un vacío muy negro.

Diane penetró inciertamente en la cocina y se sentó a la mesita del rincón. Su madre se apartó del fogón.

—Hoy tienes mejor aspecto, querida —comentó—. Debe de ser por el buen desayuno que te di; te lo comiste todo.

—Me siento mejor —asintió Diane—. Tal vez iré a dar un paseo.

—Bueno, no sé… —rezongó su madre—. Sólo hace un par de días que te levantaste, y el amable médico del hospital dijo que deberías estar descansando al menos unos días más —la señora Lundberg hizo una pausa—. Pero quizá te convenga el aire fresco —la señora Lundberg fue hacia su hija y le puso una mano en el hombro—. Escucha, si estás cansada, detente y llámame. Entonces iré a buscarte.

—Claro —asintió Diane.

La señora Lundberg la abrazó.

—Me alegro de que estés mejor, cariño.

Cuando Diane salió de casa, echó a andar por el sendero del bosque. De pronto, divisó a alguien que recogía hierbas más adelante. La figura se enderezó y Diane vio a Chris Reiner.

Chris enrojeció al murmurar el saludo. Diane, al verle la cara, se sorprendió.

«Ignoraba que pudiera ruborizarse», pensó.

—Me alegro de que hayas mejorado —dijo Chris—. Pero estarás un poco atrasada en la escuela. Yo incluso he estudiado horas extraordinarias.

Adelantó orgullosamente la barbilla.

Pero, por una vez, Diane no se sintió intimidada por Chris. La miró fijamente a los ojos azules y distinguió en ellos una gran tristeza detrás de un muro de frialdad. Echó a andar a su lado.

—Seguro que sí —admitió Diane—. Bueno, ¿quieres venir esta noche? Trabajaremos y luego comeremos pizza.

En la cara de Chris se esbozó una sonrisa.

—Sí —su rostro se ruborizó más—. Seguro, iré después de cenar.

—Entonces, hasta luego —se despidió Diane.

Siguió por el sendero, lo abandonó y trepó por la colina, hacia el extraño ser.

Cuando llegó a la cumbre, vio que el ser estaba como la primera vez, con los miembros rodeando su musgoso cuerpo. Se acercó cautelosamente y trató de captar su mente.

Sólo vio curiosidad y una alegría infantil. La mente del ser la rozó suavemente.

«¿También te gusta esto? Creo que te conozco. ¿No habías venido antes?»

El extraño ser volvió a ser joven y exploraba el claro con sus sentidos. Era ya el niño que había deseado ser, y Diane se alegró de haber podido penetrar en su felicidad, ahuyentando así su soledad.

«Sí —pensó—, volveré, fiero ahora debo irme.»

«¿Volverás?»

«Sí, pronto.»

Intentó bucear más profundamente en la mente del ser, pero éste ya había perdido todo interés por ella.

«Volveré —pensó, contemplando al niño, extraño y solo—. Este será nuestro secreto.»

Se acordaba con tristeza del prudente ser con el que había hablado anteriormente, y que ya no existía en aquel cuerpo raro.

«Tendré que ser una madre para él —pensó Diane—, guiarlo con cuidado.»

Diane dio media vuelta, encaminándose colina abajo.

«Gracias», le agradeció mentalmente al extraño ser.

Al llegar al final de la colina descansó un poco.

Cuando se incorporó, enderezó los hombros, ahora más viejos, y regresó a Morriston.
FIN

El barril de amontillado

Por: Edgar Allan Poe

Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su inmolación.
Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte, el entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin de engañar a los millonarios ingleses y austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas; pero en lo referente a vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en este sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza todos los vinos que podía.
Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema, cuando encontré a mi amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad, pues había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado traje a rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al verle, que me pareció que no terminaría nunca de estrechar su mano.
—Mi querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo mis dudas.
—¿Cómo? —exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mitad de carnaval…!
—Tengo mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su precio sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y quiero salir de ellas.
—¡Amontillado!
—Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico, es él. Me dirá que…
—Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
—Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
—¡Ven! ¡Vamos!
—¿Adónde?
—A tu bodega.
—No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y Lucresi…
—No tengo nada que hacer; vamos.
—No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro. Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
—Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente el carnaval. Como les había dicho que no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo suelo de las catacumbas de los Montresors.
Mi amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su gorro.
—El barril —dijo.
—Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las paredes de estas cavernas.
Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de su embriaguez.
—¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
—Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
—No es nada —dijo por fin.
—Vamos —declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado, admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo contrario, te enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que…
—¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de un acceso de tos.
—Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de este Medoc nos protegerá de la humedad.
Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase colocada en el suelo.
—Bebe —agregué, presentándole el vino.
Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.
—Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
—Y yo brindo por que tengas una larga vida.
Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
—Estas criptas son enormes —observó Fortunato.
—Los Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
—He olvidado vuestras armas.
—Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante, cuyas garras se hunden en el talón.
—¿Y el lema?
—Nemo me impune lacessit.
—¡Muy bien! —dijo Fortunato.
Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado también mi fantasía. Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre los cuales aparecían también barriles y pipas, hasta llegar a la parte más recóndita de las catacumbas. Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.
—¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos… Ven, volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos…
—No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de Medoc.
Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciolo de un trago y sus ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en una forma que no entendí.
Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprendes?
—No —repuse.
—Entonces no eres de la hermandad.
—¿Cómo?
—No eres un masón.
—¡Oh, sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
—¿Tú, un masón? ¡Imposible!
—Un masón —insistí.
—Haz un signo —dijo él—. Un signo.
—Mira —repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de albañil.
—Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos a ver ese amontillado.
—Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a Fortunato, que se apoyó pesadamente. Continuamos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos, descendimos, seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.
En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes se habían apilado restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta interior aparecían ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y yacían dispersos en el suelo, formando en una parte un amontonamiento bastante grande. Dentro del muro así expuesto por la caída de los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de unos cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. No Parecía haber sido construida con algún propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que las limitaba.
Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.
—Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le seguía pegado a sus talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca interrumpía su marcha, se detuvo como atontado. Un segundo más tarde quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la otra, un candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me bastaron apenas unos segundos para aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
—Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.
—Es cierto —repliqué—. El amontillado.
Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he hablado. Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil comencé vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.
Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de Fortunato se había disipado en buena parte. La primera indicación nació de un quejido profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un borracho. Siguió un largo y obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la tercera y la cuarta; entonces oí la furiosa vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, y para poder escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando, por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre la figura allí encerrada.
Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de aquella forma encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un instante y temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el interior del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a aquel que clamaba. Fui su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus gritos acabaron por cesar.
Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba por colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué parcialmente en posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis cabellos. La sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.
—¡Ja, ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…! ¡Cómo vamos a reírnos en el palazzo… ja, ja… mientras bebamos… ja, ja!
—¡El amontillado! —dije.
—¡Ja, ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palazzo… mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
—Sí —dije—. Vámonos.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—. Por el amor de Dios.
Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
—¡Fortunato!
Silencio. Llamé otra vez.
—¡Fortunato!
No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue devuelto un tintinear de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!

Calla, enmudece,

Por: Vicenta Laparra de la Cerda

En un carro de nubes, en oriente,
Surje la luna majestuosa y leda;
Y los rayos que lanza de su frente
Se quiebran en el mar y en la arboleda;

Y cruza lenta por el ancho espacio
Con su corte de pálidas estrellas
Y su disco de nácar y topacio,
Dejando al caminar plateadas huellas.

¡Todo es hermoso en tan serena noche!
El soplo de la brisa perfumada
Columpiando los lirios en el broche
Y abriendo su corola nacarada.

Los tallados peñones de la playa
Donde revienta el espumoso oleaje;
La rama que en el árbol se desmaya,
Y los varios colores del paisaje.

Las barcas de los pobres pescadores
Regadas como banda de palomas;
El aura jugueteando entre las
flores, Y del cerrado bosque los aromas.

La profusión de conchas primorosas
Bordando el arenal de la ribera;
El conjunto de plantas olorosas
Llenando de perfumes la pradera.

El monótono canto del marino
Que vuelve á sus hogares fatigado,
Y se sienta en los bordes del camino
Descansando en sus remos apoyado.

El blanco cisne de nevada pluma
En las aguas salobres deslizando;
Los blancos copos de brillante espuma
Que el choque de las olas va formando.

Y mas allá, la rutilante estela
Que alza el empuje de gallarda nave,
Cuando hincha el viento su flotante vela
Y balancea con impulso suave.

Varios hombres á bordo del navío
Contemplan el fulgor de los luceros,
En tanto el Capitán grita: ¡al avio!
¡Levar anclas, mis bravos marineros!
Zarpa la nave y á la mar se lanza;
Y apartando las ondas con su quilla,
Por el océano turbulento avanza
Y lijera se aleja de la orilla.

Un judio de rúbia cabellera
De noble porte y de semblante grave,
Vé la estension de la celeste esfera,
De pié sobre cubierta de la nave.

¡Es su rostro mas bello que los cielos!
Vierte la luz de su mirar sereno
La dulce venturanza y los consuelos,
Dejando el corazón de encantos lleno.

El Hebreo á la popa se encamina.
Se sienta allí radiante de pureza,
Y en su torneada mano alabastrina
Lánguidamente apoya su cabeza:

Sus párpados se cierran por el sueño
Que tendiendo su mano transparente,
Coloca su corona de beleño
En su divina y majestuosa frente.

Y duérmese el bellísimo Judio,
En tanto que el oleaje va creciendo:
Y se ajitan las velas del navío
Y el espacio la sombra va cubriendo.

Agrupanse los negros nubarrones
Cual jigantes en orden de batalla;
Comienzan a silvar los aquilones,
¡Y la borrasca tremebunda estalla!

El ángel de la muerte se pasea
De tromba en tromba, ¡y blande su guadaña
Con sus alas levanta la marea,
Y su aliento resuena en la montaña.

El relámpago rasga el horizonte
Y la densa cortina de la noche:
Caen los ceibos del cercano monte.
Y el trueno rueda cual funesto coche.

¡Todo es tribulación! el remolino,
Mueve la nave en todas direcciones:
Troncha el palo mayor el torbellino,
Y el velamen desgarran los turbiones.
Rotos están los mástiles y el puente,
Y tiemblan de pavor los pasajeros:
El pobre timonel limpia la frente
Del copioso sudor: los marineros

Luchan en vano, todo está perdido!
¡Todo se ajita en convulsión violenta!
Jiran los vientos con tremendo ruido,
¡Y ruje atronadora la tormenta!

Mas al fin los discípulos del hombre
Que duerme en calma en medio del tormento,
Recuerdan la grandeza de su nombre,
Y corren á él en tan fatal momento.

¡Levántate Señor á socorrernos!
Gritan todos doblando la rodilla;
Y Pedro esclama: ¡ven á protejernos!
Y ante su Majestad el rostro humilla:

Alza el hebreo la divina frente
Donde tiene el encanto su morada,
Y entreabriendo los ojos suavemente
Lanza en torno dulcísima mirada.

Hombres de poca fé, dice sereno:
¿Por qué queréis temer cuando en su mano
Os lleva por doquier el Nazareno
Que es del cielo y la tierra soberano?

Y tranquilo á la escala se dirije
Cuando el fragor del rayo estrepitoso
Al desgraciado tripulante aflije,
Y resuena el retumbo borrascoso.

Llega á la mura en tanto que el navío
A babor y estribor jira violento,
Y el remezón del huracán bravio.
Le mueve á barlovento v sotavento.

Suelta al viento la rubia cabellera.
Fija en el Cielo los divinos ojos;
Vela nubes rodando por la esfera.
Y de la pobre nave los despojos.

Y cuando ruda la sozobra aumenta
Y tiembla de pavor el navegante,
¡Calla! ¡enmudece! dice a la tormenta,
¡Y la tormenta calla en el instante!

El ángel de la sombra se retira
Llevándose los truenos en sus alas:
El suave soplo de las auras jira,
Y de la calma tiéndense las galas.

Y descienden veloces mil querubes
De blanca frente y de flotante velo,
Recojen los crespones de la nubes,
Y queda limpio el bello azul del cielo;

Y la luna, doliente y majestuosa
En su carro de blancos reberberos,
Aparece de nuevo luminosa
Con su corte brillante de luceros.

¿Quién és este hombre? dice el navegante:
A quien el rayo humilde le obedece,
Y la dulce espresion de su semblante
Dilata el corazón y le engrandece?

¿No hay duda que es un Dios! dice el marino
Doblando reverente la rodilla,
El que domina el fiero torbellino,
Y la tremenda tempestad humilla!

¡Es Dios! repite el ángel inefable
Pulsando con delicia el plectro de oro;
Y yo gusano vil y miserable,
¡Canto a mi Dios, y con amor le adoro!

Vendrán lluvias suaves

Por Ray Bradbury

La voz del reloj cantó en la sala:

–Tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete. Como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío.

–Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!

En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de tocineta, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.

-Hoy es 4 de agosto de 2026 -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de Allendale, California -repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.

En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.

-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!

Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”. Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.

A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.

Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.

“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.

De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal.

Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.

Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.

Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios.

Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.

Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.

Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.

La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.

El mediodía.

Un perro aulló, temblando, en el balcón.

La puerta de la calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.

Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.

El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.

Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos panqueques que llenaban la casa con aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.

Las dos, cantó una voz.

Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.

Las dos y cuarto.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.

Las dos y treinta y cinco.

Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de ensalada de huevo. Sonó una música. Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.

Las cuatro y media.

Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.

Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.

De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.

Era la hora de los niños.

Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.

Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.

Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.

Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.

-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche? La casa estaba en silencio.

-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegiré un poema cualquiera. Una suave música se alzó como fondo de la voz.

-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…

Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.

El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.

A las diez la casa empezó a morir.

Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.

La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto.

-¡Fuego! -gritó una voz.

Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:

-¡Fuego, fuego, fuego!

La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.

La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.

Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.

El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.

Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.

De pronto, refuerzos.

De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.

El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.

Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce. El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.

La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corran, corran! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corran, corran, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.

En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…

Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia.

Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!

Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.

El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.

En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de tocineta, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.

El derrumbe. El desván se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.

Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.

La aurora se asomó débilmente por el Este. Entre las ruinas se levantaba solo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:

-Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…

Tetra Tridimensional

Por: Isaac Asimov
—Vamos, vamos —dijo Shapur con bastante cortesía, considerando que se trataba de un demonio—. Está usted desperdiciando mi tiempo. Y el suyo propio también, podría añadir, puesto que sólo le queda media hora.

Y su rabo se enroscó.

—¿No es desmaterialización? —preguntó caviloso Isidore Wellby.

—Ya le he dicho que no.

Por centésima vez, Wellby miró el bronce que le rodeaba por todas partes sin solución de continuidad. El demonio se había permitido el impío placer (¿de qué otra clase iba a ser?) de señalar que el piso, el techo y las cuatro paredes carecían de rasgos diferenciales, y estaban formados todos ellos por planchas de bronce de sesenta centímetros soldadas sin unión.

Era la última estancia cerrada, y Wellby disponía sólo de otra media hora para salir de ella. El demonio le contemplaba con expresión de concentrada anticipación.

Isidore Wellby había firmado diez años antes, que se cumplían aquel día.

—Pagamos de antemano —insistió Shapur en tono persuasivo—. Diez años de todo cuanto desee, dentro de lo razonable. Al final, pasará a ser un demonio. Uno de los nuestros, con un nuevo nombre de demoníaca potencia y todos los privilegios que eso incluye. Apenas se dará cuenta de que está condenado. De todos modos, aunque no firme, tal vez acabe igual en el fuego, por el simple curso de los acontecimientos. Nunca se sabe… Fíjese en mí. No lo hago tan mal. Firmé, disfruté de mis diez años, y aquí estoy. No lo hago tan mal.

—En ese caso, si puedo terminar por condenarme, ¿por qué se muestra tan ansioso de que firme? —preguntó Wellby.

—No resulta fácil reclutar directivos para el infierno —respondió el demonio con un franco encogimiento de hombros, que intensificó el débil olor a bióxido sulfúrico que se advertía en el aire—. Todo el mundo especula para llegar al cielo. Una pobre especulación, pero así es. Yo creo que usted es demasiado sensible para eso. Pero entretanto nos encontramos con más almas condenadas de las que somos capaces de atender y una creciente penuria en el plano administrativo.

Wellby, que acababa de ser licenciado del ejército con muy poco entre las manos, a excepción de una cojera y la carta de despedida de una muchacha a la que en cierto modo amaba aún, se pinchó el dedo y suspiró.

Lógicamente, leyó primero el pequeño impreso. Tras la firma con su sangre, se depositaría en su cuenta cierta cantidad de poder demoníaco. No sabía en detalle cómo se manejaban aquellos poderes, ni siquiera la naturaleza de los mismos. Sin embargo, vería colmados sus deseos de tal modo que parecerían el producto de mecanismos perfectamente normales.

Desde luego, no se cumpliría ningún deseo que interfiriese con los designios superiores y con los propósitos de la historia humana. Wellby enarcó las cejas ante esta cláusula.

Shapur carraspeó.

—Una precaución que nos ha sido impuesta por… ¡ejem!… arriba. Sea razonable. La limitación no le supondrá obstáculo alguno.

—Parece también una cláusula trampa.

—Algo de eso, sí. Después de todo, hemos de comprobar sus aptitudes para el puesto. Como ve, se establece que, al finalizar sus diez años, habrá de ejecutar una tarea para nosotros, una labor que sus poderes demoníacos le harán perfectamente posible realizar. No le diremos aún la naturaleza de esa tarea, pero dispondrá de diez años para estudiar sus poderes. Considere toda la cuestión como un examen de ingreso.

—Y si no paso la prueba, ¿qué?

—En tal caso —respondió el demonio—, será usted una vulgar alma condenada. —Y como al fin y al cabo era demonio, sus ojos fulguraron humeantes ante la idea, y sus ganchudos dedos se retorcieron como si los sintiera ya profundamente clavados en las partes vitales de su interlocutor. No obstante, añadió con suavidad—: ¡Oh, vamos! La prueba será sencilla. Preferimos tenerle como directivo que como un alma más en nuestras manos.

A Wellby, sumido en melancólicos pensamientos sobre su inasequible amada, le importaba muy poco por el momento lo que sucedería al cabo de diez años. Firmó.

Los diez años pasaron rápidamente. Como el demonio había predicho, Isidore Wellby se mostró razonable y las cosas marcharon bien. Aceptó un trabajo y, como aparecía siempre en el momento adecuado y en el lugar oportuno y siempre decía la palabra apropiada al hombre apropiado, alcanzó pronto un puesto de gran autoridad.

Las inversiones que hacía resultaban invariablemente beneficiosas. Y lo más gratificante era que su chica volvió a él con el arrepentimiento más sincero y la más satisfactoria adoración.

Su casamiento fue feliz y bendecido con cuatro criaturas, dos varones y dos hembras, todos ellos inteligentes y con un comportamiento razonable. Al final de los diez años, se hallaba en la cúspide de su autoridad, reputación y riqueza, en tanto que su mujer, al madurar, se había vuelto todavía más bella.

Y a los diez años (en el día justo, naturalmente) de establecer el pacto, se despertó para encontrarse, no en su dormitorio, sino en una horrible cámara de bronce de la más espantosa solidez, sin más compañía que la de un ávido demonio.

—Todo lo que tiene que hacer es salir de aquí y se convertirá en uno de los nuestros —le explicó Shapur—. Lo conseguirá con facilidad empleando con lógica sus poderes demoníacos, siempre que sepa cómo manejarlos. A estas alturas, debería saberlo.

—Mi mujer y mis pequeños se inquietarán mucho por mi desaparición — dijo Wellby, con un comienzo de arrepentimiento.

—Hallarán su cadáver —manifestó el demonio en tono de consuelo—. Habrá muerto al parecer de un ataque al corazón. Celebrarán unos funerales magníficos. El sacerdote anunciará su subida al cielo, y nosotros no le desilusionaremos, como tampoco a quienes le estén escuchando. Vamos, Wellby, dispone usted de tiempo hasta el mediodía.

Wellby, que se había acorazado en su inconsciente durante los diez años para este momento, se sintió menos asaltado por el pánico de lo que podía haberlo estado. Miró inquisitivo a su alrededor.

—¿Está herméticamente cerrada esta habitación? ¿No hay aberturas secretas?

—Ninguna en paredes, piso o techo —dijo el demonio con deleite profesional ante su obra—. Ni tampoco en las intersecciones de cualquiera de las superficies. ¿Va a renunciar?

—No, no. Deme tan sólo tiempo.

Wellby meditó intensamente. No había señal alguna de cierre en la estancia. Sin embargo, se notaba como una corriente de aire. Tal vez penetrase por desmaterialización a través de las paredes. Acaso también el demonio había entrado así. Cabía en lo posible que él, Wellby, pudiera desmaterializarse para salir. Lo preguntó.

El demonio le respondió con una risita entre sus dientes afilados.

—La desmaterialización no forma parte de sus poderes. Ni tampoco la empleé yo para entrar.

—¿Está seguro?

—La cámara es de mi propia creación —manifestó petulante el demonio—. La construí especialmente para usted.

—¿Y penetró desde el exterior?

—Así fue.

—¿Y yo también podría hacerlo con los poderes demoníacos que poseo?

—En efecto. Mire, seamos precisos. No puede moverse a través de la materia, pero sí en cualquier dimensión, por un simple esfuerzo de su voluntad. Arriba y abajo, a derecha e izquierda, oblicuamente, etcétera, mas no atravesar la materia en modo alguno.

Wellby siguió cavilando, mientras Shapur le señalaba la suma e inconmovible solidez de las paredes de bronce, del piso y del techo, y su inquebrantable acabado.

A Wellby le pareció obvio que Shapur, por mucho que creyera en la necesidad de reclutar directivos, estaba pura y simplemente conteniendo su demoníaco placer ante la posibilidad de ver en sus garras una vulgar alma condenada, para jugar con ella al gato y al ratón.

—Cuando menos —dijo Wellby, con afligido intento de aferrarse a la filosofía—, me quedará el consuelo de pensar en los diez felices años de que disfruté. Seguro que eso significará un alivio y un consuelo hasta para un alma condenada en el infierno.

—En absoluto —denegó el demonio—. ¿Qué clase de infierno sería si se permitiesen consolaciones? Todo cuanto uno obtiene en la Tierra por pacto con el diablo, como en su caso (o el mío), es punto por punto lo mismo que se habría logrado sin tal pacto, de haber trabajado con laboriosidad y plena confianza en… arriba. Eso es lo que transforma tales convenios en algo tan auténticamente demoníaco.

Y el demonio rió con una especie de regocijado aullido.

Wellby exclamó lleno de indignación:

—¿Quiere decir que mi mujer hubiese vuelto a mí aunque no hubiese firmado el contrato?

—Cabe en lo posible —respondió Shapur—. Todo cuanto sucede es por voluntad de arriba. Ni siquiera nosotros podemos cambiar eso.

El pesar de aquel momento debió de agudizar los sentidos de Wellby, pues fue entonces cuando se desvaneció, dejando la habitación vacía, excepto por la presencia de un sorprendido demonio. Y la sorpresa de éste se tomó furia cuando reparó en el contrato con Wellby que había estado sosteniendo en su mano hasta aquel momento para la acción final, en un sentido o en otro.

Diez años (día por día, claro) después de que Isidore Wellby hubiera firmado su pacto con Shapur, el demonio penetró en su despacho y le dijo con el mayor enojo:

—¡Mire aquí…!

Wellby alzó la vista de su trabajo, asombrado.

—¿Quién es usted?

—Sabe demasiado bien quién soy.

Y miró al hombre con ojos duros y penetrantes.

—En absoluto —respondió Wellby.

—Creo que dice la verdad, pero le refrescaré la memoria.

Y así lo hizo en el acto, detallando los acontecimientos de los últimos diez años.

—¡Ah, sí! —dijo Wellby—. Puedo explicarlo, desde luego, ¿pero está seguro de que no seremos interrumpidos?

—No, no lo seremos —respondió ceñudo el demonio.

—Bueno, pues me hallaba en aquella cámara cerrada de bronce y…

—No me interesa eso. Lo que quiero es saber…

—¡Por favor! Déjeme que lo cuente a mi modo.

El demonio contrajo las mandíbulas y exhaló tal cantidad de bióxido sulfúrico que Wellby tosió y adoptó una expresión de sufrimiento.

—Si quisiera apartarse un poco… —rogó—. Gracias… Así, pues, me hallaba en aquella cámara cerrada de bronce y recuerdo que usted me exponía la ausencia de toda solución de continuidad en las cuatro pareces, el piso y el techo. Y se me ocurrió preguntarme por qué especificaba eso. ¿Qué más había, aparte de las paredes, el piso y el techo? Definía usted un espacio tridimensional, completamente circunscrito. Y eso era, en efecto.

Tridimensional. La habitación no estaba incluida en la cuarta dimensión. No existía de forma indefinida en el pasado. Dijo que la había creado para mí.

Pensé entonces que, si uno se trasladaba al pasado, llegaría a un punto en el tiempo, en el que no existía la cámara y, por lo tanto, se hallaría fuera de la misma. Más aún, usted había dicho que podía moverme en cualquier dimensión, y el tiempo se considera sin la menor duda una dimensión. En todo caso, tan pronto como decidí moverme hacia el pasado, me retrotraje a tremenda velocidad, y de repente el bronce desapareció.

Shapur clamó acongojado.

—Ya me lo imagino. No podría haber escapado de otra manera. Es ese contrato suyo lo que me preocupa. No se ha convertido en una vulgar alma condenada. De acuerdo, eso forma parte del juego. Pero al menos debe ser uno de los nuestros, un ejecutivo. Para eso se le pagó. Si no lo entrego abajo, me veré en un enorme lío.

Wellby se encogió de hombros.

—Lo siento por usted, desde luego, pero no puedo ayudarle. Debió de haber creado la cámara de bronce inmediatamente después de que yo estampara mi firma en el documento. Como no fue así, al salir de ella me encontré justo en el momento en que establecíamos nuestro convenio. Allí estaba usted de nuevo y allí estaba yo. Usted empujando el contrato hacia mí, y una pluma con la que me había de pinchar el dedo. Sin duda, al retroceder en el tiempo, el futuro se borró de mi recuerdo, pero no del todo al parecer. Al tenderme usted el contrato, me sentí inquieto. No recordé el futuro, pero me sentí inquieto. Por lo tanto, no firmé. Le devolví el contrato en blanco.

Shapur rechinó los dientes.

—Debí darme cuenta. Si las reglas de la probabilidad afectasen a los demonios, debiera de haberme desplazado con usted a este nuevo mundo supuesto. Tal como han sucedido las cosas, todo cuanto me queda por decir es que ha perdido los diez años felices que le abonamos. Es un consuelo. Y ya le atraparemos al final. Otro consuelo.

—¿Ah, sí? —replicó Wellby—. ¿De modo que hay consolaciones en el infierno? A través de los diez años que he vivido realmente, ignoré lo que acaso hubiera obtenido. Pero ahora que me trae usted a la memoria el recuerdo de «los diez años que pudieron haber sido», recuerdo también que en la cámara de bronce me dijo que los convenios demoníacos no daban nada que no se obtuviera mediante la laboriosidad y la confianza en… arriba. He sido laborioso y he confiado.

Los ojos de Wellby se posaron sobre la fotografía de su bella esposa y los cuatro hermosos hijos. Luego, paseó la vista por el lujoso despacho, decorado con el mejor gusto.

—Puedo muy bien escapar por completo al infierno. También el decidir esto se halla fuera de su poder —añadió.

Y el demonio, lanzando un horrible chillido, se desvaneció para siempre.

Las razones de Ashavero

Por : Ruben Darío

En un país cuyo nombre no recuerdo, y que probablemente no aparece en ninguna de las cartas geográficas conocidas, quisieron los habitantes darse la mejor forma de gobierno. Fueron tan cuerdos que, para mejor obrar, aunque había en el país muchos sabios ancianos y políticos ilustres, se dirigieron a consultar con un poeta, el cual les contestó:

—No obstante de que estoy gravemente ocupado, pues tengo entre manos el epitalamio de un jazmín, la salutación a una ninfa y un epigrama para la estatua de un silvano, pensaré y os aconsejaré lo que debéis hacer. Pero os pido el plazo de tres días para daros mi respuesta.

Y como era ese poeta más poeta que el rey Salomón, hablaba y comprendía la lengua de los astros, de las plantas, de los animales y de todos los seres de la naturaleza. Fuese, pues, el primer día al campo, meditando en cuál sería la mejor forma de gobierno. Bajo un frondoso roble halló echado a un león, como Carlomagno bajo el pino de la gesta.

—Señor rey —le dijo—, bien sé que vuestra majestad pudiera ser una especie de don Pedro de Braganza con melena, ¿querría decirme cuál es para un pueblo la mejor forma de gobierno?

—Ingrato —le contestó el león—. ¡Nunca pensé que, desde que Platón os arrojó cruelmente de su república, pudieseis poner en duda las ventajas de la monarquía, vosotros, los poetas! Sin la pompa de las grandezas reales no tendríais para realzar vuestros versos ni púrpura, ni oro, ni armiño. A menos que prefirieseis el rojo de la sangre de las revoluciones, el dublé constitucional, y el blanco de la pechera de la camisa del señor Carnot, por ejemplo. El crinado Numen ha prohibido que se pronuncie la palabra «democracia» en su imperio. La república es burguesa; y alguien ha hecho observar que la democracia huele mal. Monsieur Thiers por su sequedad pondría en fuga a todas las abejas del Himeto. El honorable Jorge Washington o el honorable Abraham Lincoln sólo pueden ser cantados propiamente por un espléndido salvaje como Walt Whitman. Víctor Hugo, que tanto halagó esa inmensa y terrible hidra que se llama pueblo, ha sido, sin embargo, el espíritu más aristocrático de este siglo. Por lo que a mí toca os diré que los pueblos más felices son aquellos que son respetuosos con la tradición; y que desde que existe el mundo, no hay nada que dé mayor majestad a las florestas que el rugido de los leones. Así, pues, ya conocéis mi opinión: monarquía absoluta.

A poco rato encontró el poeta pensativo, un tigre, sobre los huesos de un buey, cuya carne acababa de engullirse.

—Yo —dijo el tigre—, os aconsejo la dictadura militar. Se agazapa uno sobre la rama de un árbol o tras una abrupta peña; cuando pasa un tropel de búfalos libres, o un rebaño de carneros, se grita ¡viva la Libertad! y se cae sobre la más rica presa, empleando lo mejor que sea posible los dientes y las uñas.

A poco vino un cuervo y se puso a despiltrafar la osamenta que había dejado el felino.

—A mí me gusta la república —exclamó—, y sobre todo la república americana, porque es la que nos da mayor número de cadáveres en los campos de batalla. Estos festines son tan frecuentes que para nosotros no hay nada mejor, a no ser las carnicerías de las tribus bárbaras. Y a fe de mâitre corbeau, que digo palabra de verdad.

Del ramaje de un laurel dijo una paloma, interrogada por el poeta:

—Yo soy teocrática. Encarnado en mi cuerpo, el Santo Espíritu desciende sobre el pontífice que es sumo sacerdote y tres veces rey, bajo la luz de Dios. El pueblo más feliz sería aquel que tuviese por guía y cabeza, como en tiempos bíblicos, al mismo Creador de todas las cosas.

La zorra contestó:

—Mi querido señor, si el pueblo elige un presidente habrá hecho muy bien. Y si proclama y corona a un monarca, merecerá mis aplausos. Tened la bondad de dar mis mejores saludos a uno u otro; y decidle que si se me envía una gallina gorda el día de la fiesta la aceptaré con gusto y me la comeré con plumas y todo.

Una abeja contestó:

—Nosotros en una ocasión quisimos derrocar a la reina del enjambre, que es algo así como la reina Victoria, pues debéis de saber que una colmena se parece mucho a la Inglaterra de hoy en su forma gubernativa. Pero dionos tan mal resultado el solo intento, que toda la miel de esa cosecha nos salió inservible. Otro sí, que tuvimos un aumento de zánganos y pasamos el rato peor de toda nuestra vida. Desde esa vez resolvimos ser cuerdas: nuestro alvéolo es siempre sexangular y nuestro jefe una hembra.

—¡Viva la república! —gritó un gorrión, picando las frutas del árbol en que estaba—. ¡Ciudadanos del bosque, atención! ¡Pido la palabra! ¿Es posible que desde el día de la creación estéis sujetos a la más abominable tiranía? ¡Animales! La hora ha llegado; el progreso os señala el derrotero que debéis seguir. Yo vengo de las ciudades que habitan los bípedos pensantes, y allí he visto las ventajas del sufragio universal y del parlamentarismo. Yo conozco un receptáculo que se llama urna electoral y puedo disertar sobre el habeas corpus. ¿Quién de vosotros negará las ventajas del self-government y del home-rule? Los leones y las águilas son sujetos que deben desaparecer. ¡Abajo las águilas! ¡Especie de pajarraco, ve! Proclamemos la república de los Estados Unidos de la montaña y del aire, proclamemos la libertad, la igualdad y la fraternidad. Establezcamos el gobierno propio, del animal y por el animal. Yo, vamos al decir, puedo ser elegido mañana primer magistrado; lo propio que el respetable señor oso, o el distinguido señor zorro. ¡Por de pronto, a las armas! ¡Guerra, guerra, guerra! y después habrá paz.

—Poeta —dijo el águila—, ¿has escuchado a ese demagogo? Yo soy monárquica, ¿y cómo no, siendo reina, y habiendo siempre acompañado a los coronados conquistadores como César y Bonaparte? He visto la grandeza de los imperios de Roma y de Francia. Mi efigie está en las armas de Rusia y del grande imperio de los alemanes. Ave Caesar, es mi mejor salutación.

A lo cual objetó el poeta que, como el ave de Júpiter, si hablaba latín en la tierra del yanqui, era para exclamar: E pluribus unum.

—La mejor forma de gobierno —dijo el buey—, es aquella que no imponga el yugo ni la mutilación.

Y el gorila:

—¿Forma de gobierno? Ninguna. Aconsejad a ese pueblo que vuelva al seno de la naturaleza; que abandone eso que llama civilización y retroceda a la primitiva vida salvaje, en la cual creo poder encontrar la verdadera libertad. Yo, en cuanto a mí, protesto de la calumnia de Darwin, pues no encuentro bueno nada de lo que hace y piensa el animal humano.

El segundo día el poeta oyó otras opiniones.

La rosa: Nosotros no sabemos de política nada más que lo que murmura don Diego de noche y el girasol de día. Yo, emperatriz, tengo mi corte, mis esplendores y mis poetas que me celebran. Admiro tanto a Nerón como a Luis XIV. Amo este hermoso apellido: Pompadour. No tengo más opinión que ésta: la belleza está sobre todo.

La flor de lis: ¡Paso a S.M. Cristianísima!

El olivo: Francamente, yo os aconsejo la república. Una buena república, he allí el ideal. Mas también he de deciros que en la mayor parte de vuestros países republicanos no hay año en que no me dejen sin ramas, para adornar con ellas el templo de la paz… después de la guerra anual.

El café: Hágase la comparación entre los millones de quintales que se exportaban en el Brasil en tiempo de don Pedro, y los que hoy se exportan; y el resultado será mi respuesta.

La caña de azúcar: Os aconsejo la república, y os pido trabajéis por la libertad de Cuba.

El clavel: ¿Y el general Boulanger?

El pensamiento: Según el traje que visto, según el color que tengo, así es mi opinión.

El maíz: República.

La fresa: Monarquía.

Por la noche consultó el poeta a las estrellas, entre las cuales existe la más luminosa de las jerarquías. Venus dijo lo mismo que la rosa.

Marte reconoció la autocracia del Sol; tan solamente turbaba la majestad de los profundos cielos la fugitiva demagogia de los aerolitos.

Al tercer día dirigióse a la ciudad a dar su respuesta a los habitantes; y en el camino iba pensando en cuál de todas aquellas distintas opiniones que había escuchado estaría más en razón y sería más a propósito para hacer la felicidad de un pueblo.

De repente vio venir un viejo encorvado como un arco, que tenía largas barbas, semejantes a un chorro de nieve, y sobre los blancos bigotes una curva nariz semítica, parecida a un perico rojo que quisiera picarle la boca.

—¡Ashavero! —exclamó el poeta.

El anciano, que venía de prisa, apoyado en un grueso bastón, se detuvo. Y al explicar el poeta el caso en que se encontraba, comenzó a decir Ashavero de la manera siguiente:

—Sabes que es verdad conocida que el diablo no sabe tanto por diablo cuanto por viejo. Yo no soy el diablo y he de entrar algún día al reino de Dios; mas he vivido tanto que mi experiencia es mayor que el caudal de agua del océano. ¡Así también es de amarga! Mas he de decirte que en lo que respecta al modo mejor de regir las naciones, no sabría con toda exactitud señalarte éste o el otro. Porque desde que recorro la Tierra he visto los mismos males en repúblicas, imperios y reinados, cuando los hombres que han estado en el trono, o en el poder por elección del pueblo, no se han guiado por principios sanos de justicia y de bien. He visto reyes buenos, como padres de sus súbditos y presidentes que han sido para el Estado suma de todas las plagas. El lugar común de que cada pueblo tiene el gobierno que merece, no dejará siempre de hacer meditar. Cierto es que cuando Atila pasa, los pueblos tiemblan como pobres rebaños de corderos. Viene a veces Harún-al-Raschid, a veces Luis XI. Repúblicas hay muchas, desde la de Platón hasta la de Boulanger, y desde la de Venecia hasta la de Haití… El pueblo tiene mucho de niño y de mujer. Un día amará la monarquía por la corona de oro; otro día adorará la república por el gorro colorado.

Declaración

Los hombres se abren el vientre y se destrozan el cerebro a bayonetazos y balazos; hoy colocan en una silla superior a alguien que dirija los asuntos comunes. A poco se le hace descender y se coloca a otro, por el mismo procedimiento. O se realizan ceremonias de engaños y simulacros de democracias, y se lleva en triunfo al elegido a son de tambores y clarines pacíficos. En verdad te digo que la humanidad no sabe lo que hace. Advierte en la naturaleza el orden y la justicia de la eterna y divina inteligencia. No así en las obras de los humanos, donde la razón que les ilumina parece que les hiciese caer cada día en un abismo nuevo. Por eso debo decirte que no está en la forma de gobierno la felicidad de un país, antes bien en la elección de aquellos que dirijan sus destinos, sean jefes republicanos o majestades de derecho divino.

Más habló el judío viejo, con palabras que ya parecían de Salomón, ya de Pero Grullo. Y tal fue su elocuencia en los asuntos políticos del mundo, que el poeta repitió punto por punto sus largas oraciones delante los ciudadanos congregados que aguardaban su respuesta.

No bien había acabado de hablar alzóse en torno suyo una tempestad de protestas y de gritos. Un ciudadano rojo que había leído libros de los clásicos griegos púsole sobre la frente una corona de rosas, después de lo cual aquellas gentes tan discretas que consultaban sus asuntos públicos con un maestro de poesía le echaron del lugar, con grande algazara, entre la sonrisa de las flores, el escándalo de los pájaros, y el asombro de las teorías resplandecientes que recorren el azul de los astros.

Un amante tacaño

Por: O’Henry

En el Gran Almacén había tres mil chicas. Masie era una de ellas. Tenía dieciocho años y era vendedora en la sección de guantes de caballero. Allí fue donde aprendió a distinguir dos variedades de seres humanos: la de los caballeros que se compran los guantes en almacenes, y la de las mujeres que les compran guantes a caballeros desafortunados. Además de tan vasto conocimiento acerca de la especie humana, Masie había adquirido información por otras vías. Había prestado oídos a la sabiduría promulgada por las 2.999 chicas restantes, y la había almacenado en un cerebro que era tan cauto y reservado como el de un gato maltés.

Es posible que la Naturaleza, previendo que iban a faltarle sabios consejeros, hubiese mezclado el ingrediente salvador de la perspicacia junto con su belleza, tal como ha dotado al zorro plateado de una piel de inapreciable valor al tiempo que le ha dado una astucia superior a la de los otros animales. Porque Masie era muy guapa. Tenía el pelo de un rubio intenso, y poseía la serena elegancia de la dama que hace pasteles de mantequilla en un escaparate. Permanecía de pie detrás del mostrador en el Gran Almacén; y cuando uno cerraba la mano sobre la cinta métrica para saber su talla de guantes recordaba a Hebe, y al mirarla de nuevo uno se preguntaba cómo habría logrado apoderarse de los ojos de Minerva.

Cuando el jefe de planta no estaba mirando, Masie mascaba tutti–frutti; cuando miraba, levantaba la vista como quien está contemplando las nubes y sonreía melancólicamente.

Esa es la sonrisa de la dependienta, y yo incito al lector a rehuirla a menos que se encuentre bien fortalecido por callosidades en el corazón, caramelos y una simpatía especial hacia las cabriolas de Cupido. Aquella sonrisa pertenecía a las horas de recreo de Masie y no al almacén, pero el jefe de planta se merece la suya. Es el Shylock de los almacenes. Cuando aparece olisqueándolo todo, el puente de su nariz es un pontazgo. Los ojos se le vuelven viscosos cuando mira a una chica guapa. Claro que no todos los jefes de planta son así. Hace apenas unos días apareció en el periódico la noticia de que había uno que pasaba de los ochenta años. Un día, Irving Carter, pintor, millonario, viajero, poeta y automovilista, entró casualmente en el Gran Almacén. Tenemos hacia él la obligación de añadir que aquella visita no fue voluntaria. El deber filial lo agarró por el cuello y le arrastró hacia dentro, mientras su madre mariposeaba entre las estatuillas de bronce y terracota.

Carter se dirigió a grandes zancadas hacia el mostrador de los guantes con objeto de matar unos minutos en aquella sección. Su necesidad de guantes era genuina; se había olvidado sacar un par a la calle. Pero su acción no necesita ser disculpada, porque nunca había oído hablar de los flirteos de mostrador de guantes. Mientras se acercaba a su destino, tuvo un momento de duda, súbitamente consciente de aquella faceta desconocida de la profesión menos respetable de Cupido.

Tres o cuatro tipos chabacanos, vestidos con estridencia, se apoyaban en los mostradores, luchando con aquellos cubremanos que les servían de intermediarios, mientras las chicas, entre risitas nerviosas, arrancaban vivaces acordes para sus contrincantes en la tirante cuerda de la coquetería. Carter había retrocedido, pero ya había llegado demasiado lejos. Masie le miraba de frente detrás de su mostrador, con una mirada interrogante en los ojos, tan fría, hermosa y cálidamente azul como el destello del sol de verano sobre un iceberg a la deriva por los mares del Sur.

Y entonces Irving Carter, pintor, millonario y todo lo demás, sintió que un cálido rubor le subía a su rostro de aristocrática palidez. Pero no era por timidez. Aquel rubor tenía un origen intelectual. Supo en un instante que se encontraba formando parte de las filas de jóvenes hechos en serie que pretendían a las chicas que les atendían entre risitas tras los otros mostradores. El mismo se apoyó en la madera de roble de aquel punto de cita elegido por un Cupido cockney, con el corazón anhelando los favores de una dependienta de guantes. No era más que Bill o Jack o Mickey. Y de repente sintió hacia ellos una súbita tolerancia y un regocijante y valiente desprecio por las convenciones de las que se había alimentado, así como una irrevocable determinación de poseer a aquella criatura perfecta.

Cuando los guantes estuvieron pagados y envueltos, Carter se demoró unos instantes. Los hoyuelos se hicieron más profundos en la boca de damasco de Masie. Todos los caballeros que compraban guantes remoloneaban de igual forma. Dobló un brazo, que parecía el de Psique a través de la manga de su blusa, y apoyó un codo en el borde de la vitrina.

Carter no se había encontrado nunca hasta entonces en una situación de la que no hubiese sido dueño absoluto. Pero ahora su torpeza, allí de pie, era mucho mayor que la de Bill o Jack o Mickey. No tenía posibilidad alguna de conocer a aquella muchacha en sociedad. Su mente luchó por recordar la naturaleza y costumbres de las dependientas según sus lecturas o lo que había oído contar. En cierta forma se había hecho la idea de que a veces no se mostraban muy estrictas en su exigencia de formalidad respecto a los habituales métodos de presentación. El corazón le latió con fuerza al pensar en proponerle una cita informal a aquel ser adorable y virginal. Pero el tumulto de su corazón le dio coraje.

Después de unos cuantos comentarios amables y bien recibidos sobre temas generales, dejó caer su tarjeta sobre el mostrador junto a la mano de la muchacha.

—Hará el favor de disculparme —dijo— si me muestro demasiado atrevido, pero espero sinceramente que me conceda usted el placer de volver a verla. Aquí tiene mi nombre, y le aseguro que es con todo mi respeto como le pido el favor de convertirme en uno de sus ami… de sus conocidos. ¿Puedo esperar ese privilegio?

Masie conocía a los hombres, sobre todo a los que compran guantes. Le miró sin vacilación y con franqueza, y con una sonrisa en los ojos le dijo:

—Claro que sí. Creo que es usted perfectamente correcto. Sin embargo, no acostumbro salir con caballeros desconocidos. No me parece que sea muy decente para una dama. ¿Cuándo querría volver a verme?

—Lo antes posible —respondió Carter—. Si me permitiese ir a buscarla a su casa, yo… Masie se rió musicalmente.

—¡No, por Dios! —exclamó—. ¡Si viera usted nuestro piso! Vivimos cinco en tres habitaciones. ¡Me gustaría ver la cara que pondría mamá si se me ocurriese llevar allí a un caballero!

—Entonces, en cualquier lugar —dijo el enamorado Carter— que a usted le parezca apropiado.

—Mire —sugirió Masie, con súbita inspiración en su rostro atractivo como un melocotón—, creo que la noche del jueves me vendrá bien. ¿Qué le parece si nos vemos en la esquina de la Octava Avenida con la calle Cuarenta y Ocho a las siete y media? Vivo cerca de esa esquina. Pero tengo que volver a las once a casa. Mamá nunca me deja llegar después de esa hora.

Carter le prometió agradecido acudir a la cita y luego volvió apresuradamente junto a su madre, que le estaba buscando para que le diese el visto bueno a su compra de una Diana de bronce.

Una dependienta, de ojos pequeños y nariz obtusa, corrió junto a Masie, con una sonrisa de amistosa malicia.

—¿Has tenido éxito con sus nudillos, Masie? —preguntó con familiaridad.

—El caballero me ha pedido permiso para verme —contestó Masie, dándose importancia, mientras deslizaba la tarjeta de Carter en el escote.

—¡Permiso para verte! —repitió la de los ojillos, con una risa disimulada—. ¿Y dijo algo acerca de una cena en el Waldorf y un paseo en su coche después?

—¡Cállate ya! —repuso Masie con cansancio—. Ni que te hubieras pasado la vida entre cosas elegantes. Se te ha hinchado la cabeza desde que aquel aguador te llevó a un figón chino. No, no mencionó el Waldorf en ningún momento, pero en su tarjeta hay una dirección de la Quinta Avenida, y si me invita a cenar puedes apostar lo que quieras a que el camarero que nos atienda no llevará coleta.

Mientras Carter se alejaba del Gran Almacén en compañía de su madre conduciendo su bólido eléctrico, se mordía el labio con un sórdido dolor en el corazón. Sabía que el amor había llegado a él por vez primera en sus veintinueve años de vida. Y que el objeto de sus desvelos hubiese aceptado tan rápidamente una cita con él en una esquina de la calle, aun cuando se tratara de un paso hacia sus deseos, le torturaba con recelos.

Carter no conocía a las dependientas. No sabía que su casa es casi siempre una habitación diminuta casi inhabitable, o bien un domicilio lleno hasta rebosar de parientes y amigos. Las esquinas son su recibidor, el parque su salón, la avenida su paseo por el jardín y, sin embargo, la mayor parte de ellas son tan inviolables dueñas de sí mismas como lo es mi esposa encerrada en su cámara llena de tapices.

Una tarde, al anochecer, dos semanas después de su primer encuentro, Carter y Masie caminaban del brazo hacia un pequeño parque débilmente iluminado. Encontraron un banco, bajo la sombra de un árbol y bastante apartado, y se sentaron allí.

Por primera vez el brazo de él la rodeó suavemente. La cabeza de dorado bronce de Masie se deslizó para apoyarse sobre su hombro.

—¡Qué bien…! —suspiró Masie agradecida—. ¿Cómo no se te ha ocurrido esto antes?

—Masie —dijo Carter con serenidad—, creo que sabes que te quiero. Te pido con toda sinceridad que te cases conmigo. Ya me conoces bien a estas alturas para no dudar de mí. No me importa nuestra diferencia de nivel social.

—¿Qué diferencia? —preguntó Masie con curiosidad.

——Bueno, ninguna en realidad —dijo rápidamente Carter—, excepto la que hay en la mente de los tontos. Puedo ofrecerte una vida llena de lujos. Mi posición social está fuera de toda duda, y mis medios económicos son muy holgados.

—Todos dicen eso —replicó Masie—. Es el cebo que ponen todos. Supongo que en realidad trabajas en una tienda de manjares exquisitos o juegas a las carreras. No soy tan ingenua como parezco.

—Puedo suministrarte cuantas pruebas quieras —ofreció Carter amablemente—. Y te quiero, Masie. Me enamoré de ti desde el primer día.

—A todos les pasa igual —dijo Masie con una risa divertida—, según dicen. Si encontrase un hombre que se prendase de mí al tercer día creo que me pegaría a él como una lapa.

—No digas esas cosas, por favor —suplicó Carter—. Escúchame, amor mío. Desde la primera vez que te miré a los ojos, has sido para mí la única mujer del mundo.

—¡Venga, no me tomes el pelo! —sonrió Masie—. ¿A cuántas chicas más les has dicho lo mismo?

Pero Carter insistió. Y a la larga acabó por llegar a la frágil y emocionada alma de la dependienta, que se escondía en algún lugar profundo de su adorable regazo. Sus palabras penetraron el corazón cuya enorme ligereza era su armadura más segura. Ella lo miró con ojos penetrantes y un cálido rubor apareció en sus frescas mejillas. Temblando, temerosa, cerró sus alas de mariposa nocturna, y parecía dispuesta a posarse sobre la flor del amor. Un débil y trémulo resplandor de vida y sus posibilidades al otro lado de su mostrador de guantes amaneció sobre ella.

Carter notó el cambio y aprovechó la ocasión.

—Cásate conmigo, Masie —susurró suavemente— y nos marcharemos de esta horrible ciudad a otras más hermosas. Olvidaremos el trabajo y los negocios, y la vida será una vacación eterna. Sé dónde quiero llevarte, he estado allí muchas veces. Piensa en una costa en la que el verano es eterno, donde las olas se rizan sin cesar sobre la preciosa playa y la gente es feliz y libre como los niños. Zarparemos hacia esas costas y nos quedaremos allí todo el tiempo que tú quieras. En una de esas ciudades remotas hay palacios grandiosos y magníficos, y torres llenas de hermosos cuadros y estatuas.

Las calles de esa ciudad son de agua, y se viaja por ellas en…

—Sí, ya lo sé —le interrumpió Masie, irguiéndose de repente—. En góndolas.

—Si., eso —sonrió Carter.

—Ya me parecía a mí —dijo Masie.

—Y luego —prosiguió Carter— viajaremos por todas partes y veremos todo cuanto queramos de este mundo. Después de las ciudades de Europa visitaremos la India y las ciudades antiguas de allí, y montaremos en elefante y veremos maravillosos templos hindúes y brahmánicos, y los jardines japoneses, y las caravanas de camellos, y las carreras de carros de Persia, y todas las curiosas panorámicas de los países extranjeros. ¿No crees que te gustará, Masie?

Masie se puso en pie.

—Me parece que será mejor que nos vayamos a casa —dijo con frialdad—. Se está haciendo tarde.

Carter la complació. Había llegado a conocer su volubilidad, sus cambios de humor, sus asperezas, y sabía que era inútil intentar combatirlos. Pero sintió una cierta felicidad triunfante. Había logrado atrapar por unos instantes, aunque pendida de un hilo de seda, el alma de su salvaje Psique, y la esperanza se había fortalecido en su interior. Por un momento, ella había plegado sus alas y su mano fresca se había posado sobre la suya.

Al día siguiente, en el Gran Almacén, la compañera de Masie, Lulú, la acorraló en una esquina del mostrador.

—¿Cómo van las cosas entre tú y tu elegante amigo? —preguntó.

—¿Ese? —dijo Masie tocándose los rizos laterales—. Ya no tiene nada que hacer. A ver, Lulú, ¿qué crees tú que quería ese tipo que hiciera yo?

—¿Que te metieras en la farándula? —aventuró Lulú sin aliento.

—Qué va; ese individuo es demasiado tacaño para eso. ¡Pretendía que me casara con él y que bajásemos a Coney Island para el viaje de novios!

Isaac Asimov

Isaac Asimov (2 de enero de 1920 – 6 de abril de 1992) fue un prolífico escritor y bioquímico estadounidense, reconocido principalmente por su destacada contribución al género de la ciencia ficción. Nació en Petrovichi, Rusia, pero su familia emigró a Estados Unidos cuando él era un niño, estableciéndose en Nueva York.

Asimov mostró su amor por la lectura desde temprana edad y desarrolló un interés profundo por la ciencia y la literatura. Estudió bioquímica en la Universidad de Columbia, donde obtuvo su doctorado en 1948. Durante su carrera académica, escribió y publicó numerosos artículos científicos, destacando por su trabajo en la divulgación científica.

Sin embargo, su pasión por la escritura de ciencia ficción nunca lo abandonó. En la década de 1940, comenzó a escribir cuentos y novelas en el género, y se convirtió en uno de los autores más influyentes del campo. Es conocido por su capacidad para combinar conceptos científicos complejos con narrativas atractivas y personajes bien desarrollados.

Entre sus obras más famosas se encuentran la serie de la «Fundación», una saga épica que explora el futuro lejano y la predicción matemática del colapso de la civilización galáctica y los esfuerzos para preservar el conocimiento. Otra de sus creaciones más conocidas es la serie «Robot», donde presenta las Tres Leyes de la Robótica, fundamentales en la literatura de ciencia ficción.

A lo largo de su vida, Asimov escribió más de 500 libros, que abarcan diversos géneros como la ciencia ficción, la divulgación científica, la historia, la religión y la literatura clásica.

Isaac Asimov dejó un legado perdurable en el mundo de la literatura y la ciencia. Sus obras continúan inspirando a escritores y científicos, y su impacto en la cultura popular sigue siendo relevante hasta la actualidad. Falleció en Nueva York a la edad de 72 años, pero su legado como uno de los grandes maestros de la ciencia ficción perdura en la memoria de sus lectores y en la historia de la literatura.

Aquí una selección de algunos de los 10 mejores libros/cuentos de Isaac Asimov:

1. «Círculo vicioso» («Runaround») – Uno de los primeros cuentos de la serie de Robots de Asimov, donde se presentan las Tres Leyes de la Robótica.

2. «Historia del tiempo presente» («The Dead Past») – Explora la invención de un dispositivo que permite ver eventos del pasado y las implicaciones éticas y sociales que conlleva.

3. «Anochecer» («Nightfall») – Un cuento famoso que explora el colapso de una civilización cada mil años cuando se enfrenta a la luz de múltiples estrellas.

4. «Razón» («Reason») – Un ingenioso relato sobre un robot encargado de mantener una estación espacial y su lucha por comprender el razonamiento humano.

5. «El hombre bicentenario» («The Bicentennial Man») – Narra la historia de un robot que busca alcanzar la condición de humanidad a lo largo de los siglos.

6. «Los propios dioses» («The Gods Themselves») – Una novela corta que explora un extraño fenómeno en la física y las consecuencias para dos mundos paralelos.

7. «Verano ardiendo» («The Last Question») – Un cuento breve y fascinante que aborda la cuestión del fin del universo y el papel de la humanidad en él.

8. «Los límites de la fundación» («The Mule») – Parte de la serie «Fundación», presenta al antagonista conocido como el Mulo, cuyos poderes psicológicos amenazan la galaxia.

9. «Arena» («Marooned off Vesta») – Un relato temprano que presenta un emocionante duelo entre dos hombres utilizando tecnología avanzada en una lucha a muerte.

10. » Jokester» – Un cuento humorístico en el que un superordenador intenta entender el humor humano.

Esta lista es solo una muestra de la riqueza de los cuentos de Isaac Asimov. Cada uno de ellos refleja su genialidad como escritor de ciencia ficción y su habilidad para abordar temas profundos y fascinantes a través de su prosa. Si te interesa la ciencia ficción, estos cuentos son una excelente manera de sumergirte en el mundo imaginativo de Asimov.

Los Gatos de Ulthar

Por: H. P. Lovecraft

Se dice que en Ulthar, que se alza más allá del río Skai, a ningún hombre le está permitido el matar un gato; y eso es algo que puedo muy bien creer cuando contemplo al que se enrosca ronroneando ante el fuego. Ya que el gato es un ser críptico, y está cerca de cosas extrañas que resultan invisibles para el hombre. Es el alma del viejo Egipto, el portador de cuentos sobre las olvidadas ciudades de Meros y Ofir. Es de la estirpe de los señores de la jungla y heredero de los secretos del África antigua y siniestra. La esfinge es su prima, y el gato habla su lenguaje; aunque el primero es más viejo que la segunda y recuerda cuanto ella ha olvidado.

En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa, y disfrutaban tendiendo trampas y dando muerte a los gatos de sus vecinos. Por qué lo hacían no se sabe, excepto que hay quien aborrece los maullidos de los gatos durante la noche, y le enferma que merodeen por patios y jardines durante el crepúsculo. Pero, por lo que fuese, ese anciano y su mujer gozaban atrapando y matando a cualquier gato que se aproximara a su chabola; y a juzgar por algunos de los sonidos que se oían tras la caída de la noche, algunos ciudadanos suponían que el medio de muerte empleado debía ser sumamente peculiar. Pero la gente no discutía tales cosas con el viejo y su esposa; tanto por la expresión que se leía habitualmente en sus rostros marchitos como por el hecho de que su casa fuera tan pequeña y estuviera tan oculta en la oscuridad, bajo corpulentos robles, al fondo de un patio descuidado. Realmente, por mucho que los propietarios de gatos odiaran a esa gente extraña, aún los temían más, y en vez de encararlos como asesinos brutales se limitaban a cuidarse de que sus queridas mascotas, o sus cazadores de ratones pudieran extraviarse por la alejada chabola bajo los oscuros árboles. Cuando a causa de algún descuido inevitable se perdía un gato, y aquellos sonidos se alzaban en la oscuridad, el damnificado podía lamentarse impotente o consolarse dando gracias a la suerte de que no se tratase de uno de sus hijos el perdido, ya que la gente de Ulthar era sencilla y no conocía el origen de los gatos.

Un día, una caravana de extraños vagabundos del sur penetró en las estrechas calles adoquinadas de Ulthar. Oscuros viajeros eran, distintos a las demás gentes errabundas que pasaban por el pueblo un par de veces al año. En la plaza del mercado leían el porvenir a cambio de plata y compraban hermosas baratijas a los comerciantes. Nadie sabría decir cuál era la tierra natal de esos viajeros; pero se les había visto rezar extrañas plegarias y los costados de sus carros estaban decorados con exóticas figuras de cuerpo humano y cabezas de gatos, halcones, carneros y leones. Y el jefe de la caravana lucía un tocado con dos cuernos y un curioso disco entre ambos.

En esa pintoresca caravana figuraba un muchachito sin padre ni madre, con tan sólo un diminuto gatito a su cargo. La plaga no había sido benévola con él, aun cuando le había dejado esa pequeña cosa peluda para consolarse en su pena; y cuando uno es muy joven puede encontrar gran alivio en las vivaces trastadas de un gatito negro. Así que el niño a quien el pueblo oscuro llamaba Menes sonreía más a menudo de lo que lloraba al sentarse jugando con su gracioso minino en los peldaños de un carro exóticamente decorado. La tercera mañana de estancia de los trotamundos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gato; y mientras sollozaba a solas en la plaza del mercado, algunos lugareños le hablaron del anciano y su esposa, así como de los sonidos que se oían durante la noche. Y cuando escuchó tales cosas, el sollozo dejó paso a la reflexión, y finalmente a un ruego. Tendió sus brazos hacia el sol y oró en una lengua que los ciudadanos no podían entender; aunque tampoco se cuidaron demasiado de comprenderla, ya que su atención estaba mayormente vuelta al cielo y a las extrañas formas que iban tomando las nubes. Resultaba muy curioso, porque según el muchachito hubo completado su petición, parecieron formarse sobre las cabezas las sombrías, nebulosas formas de seres exóticos; de híbridas criaturas coronadas con discos flanqueados por cuernos. La naturaleza es pletórica en tales ilusiones, listas para impresionar a los imaginativos.

Esa noche los vagabundos abandonaron Ulthar y nunca volvieron a ser vistos. Y los lugareños se vieron turbados al advertir que en todo el pueblo no podía encontrarse un solo gato. El familiar gato había desaparecido de cada hogar; gatos grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos. El viejo Kranón, el burgomaestre, juraba que el pueblo oscuro se los había llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo tanto a la caravana como al mozuelo. Pero Nith, el enjuto notario, aventuró que el viejo campesino y su mujer resultaban más sospechosos, ya que su aversión a los gatos era de sobra conocida, y cada vez parecía más audaz. No obstante, nadie osó quejarse a la siniestra pareja, aun cuando el pequeño Atal, el hijo del ventero, juró haber visto al crepúsculo a todos los gatos de Ulthar en ese maldito patio bajo los árboles, desfilando lenta y solemnemente en círculo alrededor de la choza, de a dos, como ejecutando algún desconocido rito de las bestias. Las gentes no sabían si prestar atención a alguien tan pequeño; y aunque temían que la maligna pareja hubiera embrujado a los gatos para matarlos, prefirieron no encararse con el viejo campesino hasta que pudieran pillarle fuera de su oscuro y repulsivo patio. Así que todo Ulthar se acostó lleno de rabia impotente; y cuando la gente despertó al alba… ¡mirad! ¡Cada gato había vuelto a su hogar! Grandes y pequeños, negros, grises, listados, amarillos y blancos, ninguno se había perdido. Los gatos aparecían muy gordos y lustrosos, atronando de ronroneos satisfechos. Los ciudadanos hablaban entre sí sobre el asunto, no poco maravillados. De nuevo, el viejo Kranón insistió en que habían sido retenidos por el pueblo oscuro, ya que no hubieran regresado vivos de la choza del viejo y su mujer.

Pero todos estaban de acuerdo en algo: en que la renuncia de los gatos a comer sus raciones de carne o beber sus platillos de leche resultaba sumamente curioso. Y durante dos días completos, los lustrosos, los perezosos gatos de Ulthar no tocaron su comida, limitándose a dormitar junto al fuego o al sol.

Transcurrió una semana completa antes de que los pueblerinos se percataran de que no se encendían luces tras las polvorientas ventanas de la choza bajo los árboles. Entonces el enjuto Nith apostilló con que nadie había visto al viejo o a su mujer desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana más tarde, el burgomaestre decidió sobreponerse a sus miedos y acudir, como a un deber, a la morada extrañamente silenciosa; aunque tomó la precaución de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el picapedrero a modo de testigos. Y cuando hubieron echado abajo la endeble puerta, tan sólo hallaron esto: dos esqueletos humanos, mondos y lirondos, sobre el suelo de tierra, así como gran número de curiosos escarabajos escabulléndose por los rincones en sombras.

Subsecuentemente, hubo muchas discusiones entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largo tiempo con Nith, el enjuto notario; y Kranón y Shang y Thul fueron acosados a preguntas. Incluso Atal, el hijo del ventero, fue interrogado a fondo y recibió una golosina a modo de recompensa. Se habló del viejo campesino y de su esposa, de la caravana de oscuros vagabundos, del pequeño Menes y su gatito negro, de la plegaria de Menes y del cielo durante tal oración, de lo que hicieron los gatos la noche de la partida de la caravana, y de lo que más tarde fue hallado en la choza bajo los árboles oscuros en aquel patio repulsivo.

Y por fin los lugareños aprobaron esa señalada ley que es comentada por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir; a saber, que en Ulthar nadie puede matar a un gato.