Por Arthur C. Clarke

—No sé por qué grabo esto —dijo George Takeo Pickett, lentamente, hablando ante el micrófono—. No existe la menor probabilidad de que alguien lo escuche. Dicen que el cometa nos volverá a llevar a la Tierra dentro de dos millones de años, o sea, cuando dé la próxima vuelta al Sol. Me pregunto si entonces aún existirá la humanidad y si el cometa constituirá una vista tan magnífica para nuestros presuntos descendientes como lo ha sido para nosotros. Tal vez envíen una expedición, como hicimos nosotros, para ver qué descubren. Y nos encontrarán a nosotros…

»Pues la nave estará en perfectas condiciones, incluso al cabo de tantos milenios. Habrá combustible en los tanques, tal vez aire, ya que la comida se acabará primero, y moriremos de hambre antes que asfixiados. Supongo que no aguardaremos tanto; será más rápido abrir la escotilla y acabar de una vez.

»De niño, leí una obra sobre una expedición polar llamada Un invierno entre los hielos, del ingenioso Julio Verne. Bien, es lo que ahora nos ocurre a nosotros. Hay hielo a nuestro alrededor, flotando en poderosos icebergs. La Challenger está en medio de ellos, orbitando tan lentamente que ha de pasar algún tiempo antes de comprender que se mueven. Pero ninguna expedición a los polos de la Tierra se enfrentó con nuestro invierno. Durante la mayoría de estos millones de años, la temperatura será de doscientos setenta grados bajo cero. Estaremos tan alejados del Sol que nos enviará el mismo calor que las estrellas. ¿Y quién ha intentado nunca calentarse las manos con el calor de Sirio en una noche invernal?

Esta imagen absurda, asaltando de pronto su cerebro, le quebrantó por completo. No podía hablar de recuerdos de luz lunar sobre campos nevados, de campanas de Navidad sonando a través de una Tierra que estaba ya a ochenta millones de kilómetros de distancia. De repente, se echó a llorar como un chiquillo, destrozado su propio dominio ante el recuerdo de todas las bellezas familiares de la Tierra que había perdido para siempre.

Todo había empezado bien, en medio de un gran alarde de excitación y aventura.

Recordaba (¿hacía sólo seis meses?) la primera vez que salió a contemplar el cometa, poco después de que Jimmy Randall, de dieciocho años, lo descubriese con su telescopio de construcción casera y enviara su famoso telegrama al observatorio de Monte Stromlo. En aquellos días, sólo era una débil mota de niebla moviéndose lentamente por la constelación de Eridano, al sur del Ecuador. Estaba mucho más allá de Marte, trasladándose hacia el Sol por su órbita inmensamente elíptica. Cuando había brillado por última vez en el cielo de la Tierra, no había aún ningún hombre, y tal vez tampoco los habría cuando volviera. La raza humana veía el cometa Randall por primera y quizá por última vez.

Al acercarse al Sol, fue creciendo, adornándose con plumas y surtidores, el menor de los cuales era tan grande como cien Tierras. Como un enorme penacho arrastrándose en medio de alguna brisa cósmica, la cola del cometa tenía ya una longitud de sesenta millones de kilómetros cuando pasó por la órbita de Marte. Fue entonces cuando los astrónomos comprendieron que podía tratarse de la visión más espectacular que había aparecido en el firmamento; la exhibición del cometa Halley, en 1986, no sería nada en comparación. Y fue entonces cuando los administradores de la Década Internacional de Astrofísica decidieron enviar la nave de investigación Challenger hacia el cometa, si podía terminarse a tiempo, ya que se trataba de una oportunidad que no volvería a ocurrir seguramente en mil años.

Durante interminables semanas, en las horas que preceden al amanecer, el cometa cruzaba el cielo como una segunda, pero más brillante, Vía Láctea. Al aproximarse al Sol, y volver a experimentar los fuegos desconocidos desde que los mamuts recorrían la Tierra, se tornó más activo. Chorros de gas luminoso surgieron de su núcleo, formando grandes abanicos que giraban lentamente como faros a través de las estrellas. La cola, de ciento cincuenta millones de kilómetros de longitud, se dividió en franjas intrincadas y en chorros que cambiaban completamente de forma en una sola noche. Siempre señalaban al sur, como enviados allí por un gran vendaval que soplase hacia el exterior el calor del sistema solar.

Cuando le asignaron la Challenger, Georges Pickett apenas creyó en su suerte. A ningún periodista le había ocurrido algo parecido desde William Laurence y la bomba atómica. El hecho de poseer un diploma en ciencia, no estar casado, gozar de buena salud, pesar menos de setenta kilos y no tener el apéndice, ayudó indudablemente. Pero debía de haber otros en su mismo caso; bien, su envidia no tardaría en convertirse en alivio.

Como la reducida dotación de la Challenger no permitía incluir a un simple periodista, Pickett tuvo que doblar sus horas de trabajo como oficial administrativo. Esto significó, en la práctica, tener que redactar el diario de a bordo, actuar como secretario del comandante, llevar el control de lo almacenado y nivelar las cuentas. Era una suerte, pensaba, que en el mundo ingrávido del espacio sólo se necesitasen tres horas de sueño cada veinticuatro.

Mantener separadas sus obligaciones requería mucho tacto. Cuando no estaba escribiendo en su despachito, o comprobando los miles de artículos apilados en los almacenes, tenía que atender a su grabadora. Había tenido buen cuidado, alguna que otra vez, de entrevistar a cada uno de los veinte científicos e ingenieros que formaban la tripulación de la nave. No habían sido enviadas todas las grabaciones a la Tierra, ya que algunas eran demasiado técnicas y otras al contrario. Pero, al menos, no había mostrado favoritismos y, por lo que sabía, no había herido los sentimientos de nadie. Claro que esto ya no importaba.

Ignoraba qué pensaba el doctor Martens; el astrónomo había sido uno de los sujetos más difíciles, aunque uno de los que le habían dado más información. Con un impulso súbito, Pickett localizó las primeras cintas de Martens, insertándolas en el magnetófono.

Sabía que trataba de escapar a la situación presente volviendo al pasado, pero el único efecto de aquel conocimiento personal era la esperanza de que el experimento tuviese éxito.

Todavía recordaba claramente aquella primera entrevista, ya que el micrófono ingrávido, balanceándose suavemente bajo la corriente de aire de los ventiladores, casi le había hipnotizado, tornándole incoherente. Pero nadie lo había observado, pues su voz continuó normal, con suavidad profesional.
Estaban a la sazón a treinta millones de kilómetros detrás del cometa, aunque acercándosele rápidamente, cuando atrapó a Martens en el observatorio y le disparó la primera pregunta:

—Doctor Martens, ¿de qué está compuesto el cometa Randall?

—De una mezcla —fue la respuesta del astrónomo—, y cambia constantemente a medida que nos apartamos del Sol. Pero la cola se compone principalmente de amoníaco, metano, anhídrido carbónico, vapor de agua, cianógeno…

—¿Cianógeno? ¿No es un gas venenoso? ¿Qué ocurriría si la Tierra quedase envuelta en esa cola?

—Nada. Aunque parezca tan espectacular, de acuerdo con nuestras normas, la cola de un cometa es casi un vacío absoluto. Para volumen tan grande como la Tierra, contiene tanto gas como una caja de cerillas llena de aire.

—¡Y sin embargo, esta insignificante cantidad de materia ofrece esa visión majestuosa!

—Lo mismo hace el gas en un letrero eléctrico, por el mismo motivo. La cola de un cometa brilla porque el sol la bombardea con partículas cargadas eléctricamente. Es un anuncio luminoso cósmico; algún día, me temo, los agentes de publicidad se darán cuenta de esto, y hallarán el modo de redactar anuncios a través del sistema solar.

—Una idea deprimente, aunque supongo que alguien afirmará que es un triunfo de la ciencia aplicada. Pero dejemos la cola. ¿Cuánto tardaremos en llegar al núcleo del cometa?

—Puesto que una caza siempre toma tiempo, pasarán otras dos semanas antes de penetrar en el núcleo. Iremos adentrándonos más y más en la cola, cruzando a través del cometa cuando lleguemos a él. Pero aunque el núcleo se halla a treinta millones de kilómetros al frente, ya hemos aprendido muchas cosas. Por ejemplo, que es extremadamente pequeño, menos de ochenta kilómetros de diámetro. Y ni siquiera es sólido, ya que probablemente está formado por millares de cuerpos más pequeños, todos dando vueltas en una nube.

—¿Podremos penetrar en el núcleo? —Lo sabremos cuando lleguemos. Tal vez nos limitaremos a estudiarlo con nuestros telescopios desde unos miles de kilómetros. Aunque, personalmente, me sentiré defraudado si no entramos en su interior.

Pickett cerró el magnetófono. Sí, Martens había estado en lo cierto. Se habría sentido defraudado, especialmente al no existir, al parecer, el menor peligro. El peligro no residía en el cometa, ya que había venido de dentro.

Habían navegado a través de las diversas y sucesivas cortinas de gas, enormes, pero increíblemente tenues, que el cometa Randall seguía expulsando al alejarse del Sol. Incluso ahora, cuando se acercaban a las regiones más densas del núcleo, se hallaban prácticamente en medio del vacío. La niebla luminosa que se extendía en torno a la Challenger durante tantos millones de kilómetros, apenas disminuía la luz de las estrellas; pero directamente al frente, donde se hallaba el núcleo del cometa, había un brillante trecho de luz resplandeciente, que les atraía como un fuego fatuo.

Las perturbaciones eléctricas tenían lugar a su alrededor con violencia creciente, habiendo cortado casi por entero sus comunicaciones con la Tierra. El principal transmisor de radio de la nave podía enviar una leve señal, y en los últimos días se habían visto obligados a enviar unos mensajes de «estamos bien» en morse. Cuando se apartasen del cometa, de vuelta a la Tierra, quedarían restablecidas las comunicaciones; pero ahora estaban casi tan aislados como los exploradores en la época anterior a la radio. Era un inconveniente, pero nada más. Pickett casi agradecía este corte de comunicaciones, ya que le concedía más tiempo para dedicarse a sus tareas administrativas. Aunque la nave viajaba ya por el corazón del cometa, en un rumbo que ningún comandante hubiera soñado antes del siglo XX, alguien tenía que comprobar las provisiones y demás artículos.

Lenta y cautelosamente, con la sonda radar captando toda la esfera de espacio que la rodeaba, la Challenger penetró en el núcleo del cometa. Y se había posado… en medio del hielo.

En los años 40, Whipple, de Harvard, ya adivinó la verdad, aunque era difícil de aceptar incluso teniéndola ante los ojos. El núcleo relativamente pequeño del cometa era un conjunto de icebergs a la deriva, que giraban entre sí, al moverse a lo largo de su órbita.

Pero al revés de los icebergs que flotan en los mares polares, éstos no eran de blancura deslumbrante, ni compuestos de agua. Eran de color gris sucio y muy porosos, como nieve pisoteada. Y estaban socavados por bolsas de metano y amoníaco helado, que de cuando en cuando se desprendían en gigantescos surtidores de gas, al absorber el calor del Sol.

Era una visión maravillosa, pero al principio Pickett tuvo poco tiempo para admirarla. Trabajaba en exceso.

Estaba dando la vuelta de rutina por los depósitos de la nave, cuando se enfrentó con la catástrofe… aunque tardó algún tiempo en darse cuenta, puesto que la situación de las provisiones había sido ampliamente satisfactoria, y poseían grandes reservas hasta volver a la Tierra. Las había comprobado personalmente y sólo tenía que confirmar los balances grabados en la sección de la memoria electrónica de la nave, donde se almacenaba toda la contabilidad.

Cuando aparecieron en la pantalla las primeras cifras absurdas, Pickett supuso que había presionado una palanca errónea. Borró los totales y volvió a alimentar la computadora con la información obtenida. 60 cajas de carne presionada para empezar: 17 consumidas; quedaban: 99.999.943.

Probó innumerables veces sin resultado. Luego, sintiéndose enojado aunque no alarmado, fue en busca del doctor Martens.

Halló al astrónomo en la «cámara de tortura», el diminuto gimnasio apretado entre los almacenes técnicos y la caja del principal tanque de combustible. Todos los miembros de la tripulación tenían que ejercitarse allí una hora diaria, de lo contrario sus músculos se distenderían a causa del ambiente falto de gravedad. Martens estaba luchando con una serie de muelles poderosos, con expresión determinada en su rostro. Pero la expresión se tornó más determinada cuando Pikett le explicó lo ocurrido.

Unas cuantas pruebas con la principal computadora les comunicó lo peor.

—La computadora se ha vuelto loca —confesó Martens—. Ni siquiera suma o resta.

—¡Pero seguramente podremos repararla! Martens meneó la cabeza. Había perdido su confianza habitual: parecía, según pensó Pikett, un muñeco de goma hinchado al empezar a perder gas.

—Ni los fabricantes podrían hacerlo. Es una masa sólida de microcircuitos, tan apretados como los del cerebro humano. Todavía funcionan las unidades de memoria, pero la sección calculadora se ha inutilizado. Sólo enreda las cifras vertidas en ella.

—Y esto ¿dónde nos deja? —preguntó el periodista.

—Significa que todos estamos muertos —respondió llanamente Martens—. Sin la computadora, estamos listos. Es imposible calcular una órbita de regreso a la Tierra. Se necesitaría todo un ejército de matemáticos trabajando varias semanas para resolverlo en un papel.

—¡Esto es ridículo! La nave está en perfectas condiciones, tenemos abundancia de comida y combustible… y usted dice que vamos a morir sólo por no poder realizar unas sumas.

—¡Una sumas! —repitió el astrónomo con sarcasmo—. Un cambio navegacional tan grande como es preciso para alejarnos del cometa y entrar en una órbita terrestre, necesita unos cien mil cálculos por separado. Incluso la computadora necesita varios minutos para llevarlos a cabo.

Pickett no era matemático, pero sabía lo suficiente de astronáutica para comprender la situación. Una nave viajando a través del espacio se halla bajo la influencia de muchos cuerpos celestes. La principal fuerza controladora es la de la gravedad del Sol, que mantiene a todos los planetas firmemente sujetos a sus respectivas órbitas.

Pero los planetas también se atraen, aunque en forma mucho menor, entre sí. Calcular estas atracciones mutuas (por encima de todo, aprovecharse de ellas para alcanzar en el instante preciso una meta situada a millones de kilómetros de distancia) era un problema fantásticamente complejo. Comprendía la desesperación de Martens; ningún hombre puede trabajar sin los instrumentos de su profesión, y ninguna profesión necesitaba unos instrumentos más complicados que la suya.

Incluso después de anunciarlo al comandante y de la primera conferencia de emergencia cuando toda la tripulación se reunió para discutir la situación, tardaron varias horas en asimilar los hechos. El final aún estaba a unos meses de distancia, y la mente humana no podía captarlo; pero estaban sentenciados a muerte, si bien no corría prisa la ejecución. Y el panorama seguía siendo soberbio…

Más allá de las brumas resplandecientes que les envolvían, y que sería su monumento celestial al final de los tiempos, podía divisar el gran faro de Júpiter, el más brillante de todos los cuerpos celestes. Algunos aún vivirían, si los otros estaban dispuestos a sacrificarse, cuando la nave pasara junto al más poderoso de los hijos del Sol. ¿Valía la pena vivir unas semanas más, se preguntó Pickett, para ver con tus propios ojos la visión que Galileo tuvo por primera vez con su tosco telescopio, varios siglos antes: los satélites de Júpiter, yendo y viniendo como cuentas en una sarta invisible?

Cuentas en una sarta. Con esta idea, un recuerdo largamente olvidado de su niñez surgió de su subconsciente. Debía de estar allí desde varios días atrás, esforzándose por salir a la luz. Y ahora al fin había llegado a su cerebro.

—¡No! —gritó—. ¡Es ridículo! ¡Se reiría de mí! ¿Y qué?, le dijo la otra mitad de su mente. No tienes nada que perder; si no para otra cosa, servirá para que todos trabajen mientras se consumen las provisiones y el combustible. Incluso la más mínima esperanza era mejor que nada en absoluto…

Dejó de jugar con el magnetófono; había superado el sentimiento de autoconmiseración. Soltando la cinta elástica que le ataba a la silla, se marchó a los almacenes técnicos en busca del material que necesitaba.

—Esta no es mi idea de una broma —gruñó el doctor Martens, contemplando con desprecio la tenue estructura de alambre y madera que Pickett sostenía en la mano.

—Supuse que diría eso —replicó Pickett, conservando la calma—. Pero, por favor, escuche un instante. Mi abuela era japonesa y siendo yo niño me contó una historia que olvidé por completo hasta esta semana pasada. Creo que puede salvarnos.

»Poco después de la segunda guerra mundial, hubo un concurso entre un americano con una computadora eléctrica y un japonés que usaba un ábaco como éste. Y ganó el ábaco.

—Entonces, debía tratarse de una computadora deficiente o de un ingeniero muy malo.

—Emplearon la mejor computadora del ejército de Estados Unidos. Pero no discutamos. Permítame una prueba: diga un par de cantidades de tres cifras para multiplicarlas.

—Pues… 856 por 437.

Los dedos de Pickett bailotearon sobre las cuentas, deslizándolas arriba y abajo de los alambres con increíble velocidad. Había doce alambres en conjunto, de modo que el ábaco podía funcionar con cantidades de 999.999.999.999, o ser dividido en sectores separados donde podían llevarse a cabo simultáneamente cálculos independientes.

—374.072 —dijo Pickett, después de un intervalo increíblemente corto de tiempo—.

Veamos ahora cuánto tiempo tarda usted en hacer la misma operación con un lápiz.

Transcurrió mucho más tiempo antes de que Martens, que como la mayoría de matemáticos estaba muy flojo en aritmética elemental, proclamase «375.072». Una prueba no tardó en confirmar que Martens había tardado al menos tres veces más que Pickett para obtener un resultado equivocado.

El rostro del astrónomo era un estudio de pesar, asombro y curiosidad.

—¿Dónde aprendió ese truco? —quiso saber—. Creí que estos aparatos sólo sumaban y restaban.

—Bueno, la multiplicación no es más que una suma repetida, ¿verdad? Sólo sumé siete veces 856 en la columna de las unidades, tres veces en la de las decenas, y cuatro en las centenas. Usted hace lo mismo al usar el papel y el lápiz. Claro está, existen varios atajos, pero si cree que yo soy rápido, hubiera debido ver a mi tío—abuelo. Trabajaba en un Banco de Yokohama, y cuando sumaba a gran velocidad no se le veían los dedos. Él me enseñó algunos trucos, pero casi los he olvidado todos en los últimos veinte años. Sólo practiqué un par de años, de modo que soy bastante lento. Es igual, espero convencerle de que esto puede servirnos.

—Sí, me ha dejado impresionado. ¿Sabe dividir con igual rapidez?

—Casi, sobre todo si adquiero más pericia.

Martens cogió el ábaco y empezó a pasar las cuentas arriba y abajo. Luego suspiró.

—Ingenioso, aunque no creo que pueda ayudarnos. Aunque fuese diez veces más rápido que el hombre con papel y lápiz, cosa que no es así, la computadora era un millón de veces más veloz.

—Ya pensé en esto —replicó Pickett con impaciencia.

(Martens carecía de coraje, cedía al momento. ¿Cómo se las arreglaban los astrónomos cien años atrás, cuando no había computadoras?)

—Le propongo un plan, y dígame si ve algún fallo…

Cuidadosa y lentamente detalló el plan. Y al escucharle. Martens se fue relajando y profirió la primera carcajada que Pickett había oído a bordo de la nave en muchos días.

—Quiero ver la cara del comandante —rió el astrónomo—, cuando usted le diga que todos volveremos a la guardería, jugando con cuentas de cristal.

Al principio reinó un gran escepticismo, que se desvaneció muy pronto cuando Pickett realizó unas demostraciones. Para los hombres que se habían educado en un mundo electrónico, el hecho de que una simple estructura de alambres y madera pudiera ejecutar un milagro era una revelación. Y también un reto, y como del mismo dependía sus vidas, se apresuraron a aceptarlo.

Tan pronto como los ingenieros construyeron suficientes copias del tosco modelo de Pickett, empezaron las clases. Pickett sólo tardó unos minutos en explicar los principios básicos; lo que requería más tiempo era la práctica, hora tras hora, hasta que los dedos movían automáticamente las cuentas, colocándolas en la debida posición sin necesidad de la conciencia. Hubo algunos miembros de la tripulación que ni al cabo de varias semanas llegaron a adquirir rapidez o seguridad; pero otros pronto vencieron al mismo Pickett.

En sus sueños, soñaban con cuentas y columnas, con cuentas y alambres. Tan pronto como pasaron más allá del estado elemental, quedaron divididos por equipos que compitieron ferozmente entre sí, hasta alcanzar unos índices muy elevados de eficiencia.

Al fin, hubo hombres a bordo que podían multiplicar cantidades de cuatro cifras en quince segundos, durante interminables horas.

Aquella labor era puramente mecánica; requería destreza, pero no inteligencia. La tarea realmente difícil era la de Martens, en la que casi nadie podía ayudarle. Tuvo que olvidar todas las técnicas basadas en maquinarias y estudiar de nuevo cálculo, a fin de que los que debían efectuarse pudieran ser realizados automáticamente por individuos que no tenían la menor noción de las cantidades que manejaban. Les suministraría los datos básicos, y seguirían el programa trazado. Tras unas horas de trabajo paciente y rutinario, la respuesta surgiría del final de la línea de producción matemática… siempre que no se cometieran errores. Y la forma de precaverse contra tal cosa era hacer trabajar a dos equipos independientes, comprobando con regularidad los resultados.

—Lo que hemos logrado —murmuró Pickett, hablando para el magnetófono, cuando al fin tuvo tiempo de pensar en un público para el que no había esperado hablar nunca más—, es construir una computadora formada por seres humanos en lugar de circuitos electrónicos. Es miles de veces más lento, no es posible manejar a la vez muchos dígitos, y resulta muy pesado…, pero da buenos resultados. No es que toda la tarea de regresar a la Tierra, cosa sumamente complicada, vayamos a realizarla ahora, sino sólo la más sencilla de obtener una órbita que nos ponga dentro del radio de alcance terrestre. Una vez hayamos escapado a las interferencias eléctricas que nos rodean, podremos radiar nuestra posición y las grandes computadoras de la Tierra nos dirán qué hemos de hacer.

»Nos estamos alejando ya del cometa y nos salimos del sistema solar. Nuestra nueva órbita encaja con nuestros cálculos hasta el límite esperado. Todavía nos hallamos dentro de la cola del cometa, pero el núcleo se halla a un millón y medio de kilómetros de distancia y no vemos ningún iceberg de amoníaco. Estos corren alocadamente hacia las estrellas entre la noche helada, mientras regresamos a casa…

—Tierra… Tierra… Llamando la Challenger, llamando la Challenger. Contesten tan pronto como nos oigan… Nos gustaría comprobar nuestros cálculos… ¡antes de que se nos despellejen más los dedos!

Arthur C. Clarke
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Arthur Charles Clarke (Minehead, Inglaterra; 16 de diciembre de 1917-Colombo, Sri Lanka; 19 de marzo de 2008), más conocido como Arthur C. Clarke, fue un escritor y científico británico, autor de obras de divulgación científica y de ciencia ficción como 2001: Una odisea del espacio, El centinela o Cita con Rama, así como coguionista de la película 2001: Una odisea del espacio basada en su novela homónima.

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