Un paseo en la Oscuridad

Por: Arthur C. Clarke

Sólo había caminado Robert Armstrong dos millas, por lo que pudo juzgar, cuando su linterna se descompuso. Estuvo inmóvil por un instante, incapaz de creer que tal desgracia pudiera haber caído sobre él. Luego, medio enloquecido por el furor, arrojó el inútil instrumento muy lejos. Aterrizó en algún lugar de la oscuridad, alterando el silencio de ese pequeño mundo. Un eco metálico resonó volviendo de las bajas colinas: luego, todo se tranquilizó de nuevo.

Esta, pensó Armstrong, era la desgracia definitiva. Nada más podía ocurrirle va. Hasta podía reírse amargamente de su suerte, y, resolvió que nunca más se imaginaría que la veleidosa deidad le había favorecido alguna vez. ¿Quién hubiera creído que el único tractor del Campamento IV se descompondría justo cuando él iba a salir para Port Sanderson? Recordó el frenético trabajo de reparación, el alivio cuando arrancó nuevamente… y la debacle final cuando se atascó la ortiga del tractor.

Era inútil quejarse por la tardanza en su salida: él no podía prever estos accidentes, y aún faltaban cuatro buenas horas para que saliese el Canopus. Tenía que alcanzarlo, de cualquier modo; ninguna otra nave llegaría a este mundo hasta dentro de un mes. Además de la urgencia de su trabajo, era imposible pensar en cuatro semanas más sobre este planeta alejado de las rutas usuales.

Sólo había una cosa que hacer. Por suerte, Port Sanderson estaba a poco más de seis millas del campamento… no una GRAN distancia, aun a píe. Había tenido que dejar atrás todo su equipo, pero éste lo podría seguir en la próxima nave, y podía arreglárselas sin él. La ruta era pobre, apenas marcada en la roca con las aplanadoras de cien toneladas del Directorio, pero no había riesgo de perderse.

Aun ahora, no estaba en real peligro, pese a que bien podría ser demasiado tarde para alcanzar la nave. Sería lento avanzar, porque no se atrevía a correr el riesgo de perder el camino en esta región de cañones y túneles enigmáticos que nunca habían sido explorados. Había, por supuesto, una completa oscuridad. Aquí en el borde de la Galaxia, las estrellas eran tan pocas y estaban tan dispersas, que su luz era despreciable. El extraño sol carmesí de este mundo no se levantaría hasta dentro de muchas horas, y pese a que cinco de sus pequeñas lunas brillaban en el cielo, apenas podían ser vistas a simple vista. Ninguna de ellas podía siquiera producir sombra.

Armstrong no era hombre de llorar su suerte por mucho tiempo. Lentamente comenzó a caminar a lo largo de la ruta, sintiendo su textura con sus pies. Era, lo sabía, suavemente recta excepto donde se curvaba alrededor del Paso Carver. Deseó tener un palo o algo para probar el camino que seguía, pero estaba obligado a confiar en su sentido del tacto como única guía.

Al principio fue terriblemente lento, hasta que ganó confianza. Nunca había sabido lo difícil que era caminar en línea recta. Pese a que las débiles estrellas lo orientaban, una y otra vez se encontró dando traspiés entre las rocas vírgenes del borde de la irregular carretera. Viajaba en largos zigzags que le llevaban alternativamente a uno y otro borde de la ruta. Entonces, los dedos de sus pies tropezaban nuevamente con la roca desnuda, y una vez más retornaba a tientas hacia la superficie fuertemente apisonada. En seguida se hizo rutina. Era imposible estimar su velocidad; sólo podía esforzarse y esperar lo mejor. Había cuatro millas por delante…, cuatro millas y otras tantas horas.

Sería suficientemente fácil, salvo que se extraviara. Pero no se atrevía a pensar en eso. Una vez que hubo dominado la técnica, se pudo dar gusto de pensar. No podía pretender que gozaba de experiencia, pero ya había estado antes en peores condiciones. Mientras permaneciera sobre la ruta, estaba completamente a salvo. Había tenido la esperanza de que cuando sus ojos se hubiesen adaptado a la luz de las estrellas podría ver el camino, pero ahora sabía que toda la travesía sería a ciegas. El descubrimiento proporcionó un claro sentido de su alejamiento del corazón de la Galaxia. En una noche tan clara como los cielos de casi todos los planetas, hubieran brillado bajo las estrellas.

Aquí, en este fortín de frontera del Universo, el cielo contenía apenas cien débiles lunas brillantes, tan inútiles como las cinco lunas ridículas sobre las que nadie se había molestado en aterrizar. Un leve cambio en la carretera interrumpió sus pensamientos.

¿Había una curva o se había torcido otra vez hacia la derecha? Se movió muy lentamente a lo largo de la invisible y real definida frontera. Sí, no hacía ningún error: la ruta se inclinaba hacia la izquierda. Trato de recordar su apariencia a la luz del día, pero a había visto una sola vez. ¿Significaba esto que se estaba aproximando al Paso? Así lo esperaba, porque entonces la travesía ya estaría medio completa.

Miró hacia adelante en la oscuridad, pero la arrugada línea del horizonte no le dijo nada. Inmediatamente descubrió que la ruta se enderezaba una vez. Carver debía estar todavía un poco más adelante: había que andar como mínimo cuatro millas. Cuatro millas…, ¡qué ridícula parecía esta distancia!

Cuánto tardaría el Canopus en recorrer cuatro millas? Dudaba que el hombre pudiera medir un intervalo de tiempo tan corto. ¿Y cuántos billones de millas había recorrido él, Robert Armstrong, en toda su vida? Debería alcanzar un total asombroso, ya que en los últimos veinte años apenas si había permanecido más de un mes en el mismo mundo.

Este mismo año había atravesado osado dos veces la Galaxia, y ésa era una notable travesía, aun en estos días de fantástica aceleración.

Tropezó con una piedra suelta y la sacudida le de volvió a la realidad. Aquí era inútil pensar en naves que podrían devorar años-luz. Se estaba enfrentando con la Naturaleza, sin armas excepto su propia fuerza y habilidad.

Era raro que tardase tanto en identificar la causa real de su inquietud. Las últimas cuatro semanas habían sido abrumadoras y el apuro de su partida, unido a la sorpresa y ansiedad causadas por las descomposturas del tractor, había borrado de su mente cualquier otra cosa. Además, siempre se había enorgullecido de su obstinación y falta de imaginación. Hasta ahora se había olvidado de todo lo conectado con su primera velada en la Base, cuando los tripulantes le regalaron los usuales hilos trenzados en honor a los recién llegados.Fue entonces cuando el viejo empleado de la Base contó su paseo nocturno desde Port Sanderson hasta el campamento, y de lo que le había seguido a través del Paso Carver, manteniéndose siempre más allá del límite de su linterna. Armstrong, que había oído esos relatos en una veintena de mundos, en ese entonces no le prestó mucha atención. Se sabía, después de todo, que este planeta estaba deshabitado. Pero la lógica no podía disponer del asunto así tan fácilmente. ¿Y qué, si después de todo, había algo de verdad en el fantástico relato del anciano…?

No era un pensamiento placentero, y Armstrong trató de no pensar en eso con mucho detenimiento. Pero sabía que si lo abandonaba seguiría haciendo presa de su mente. La única manera de vencer los temores imaginarios era hacerles frente audazmente y ahora tendría que hacerlo.

Su argumento más fuerte era la completa esterilidad en este mundo y su extrema desolación, pese a que, en contra de esto, uno podría oponer muchos contraargumentos, como bien lo había hecho el anciano empleado. El Hombre había vivido en este planeta durante veinte años y muchas partes estaban aún sin explorar. Nadie podía negar que los túneles de los desiertos eran algo inquietantes, pero todo el mundo creía que eran cavidades volcánicas. No obstante, por supuesto, la vida se arrastraba con frecuencia dentro de tales lugares. Recordó, con un estremecimiento, los pólipos gigantes que habían atrapado a los primeros exploradores de Vargon III.

Nada era definitivo. Supongamos, para seguir con esos argumentos, que allí se admitiera la existencia de vida. ¿Y con eso qué?

La gran mayoría de las formas de vida del Universo eran completamente indiferentes al Hombre. Algunas, por supuesto, como los seres gaseosos de Alcoran o los errantes reticulados undulatorios de Shandaloon, ni siquiera podían detectarlo, y le atravesaban o le rodeaban como si no existiera.

Otras eran apenas inquisidoras, algunas embarazosamente amistosas. En verdad, había pocas que atacaran sin provocación. De todas maneras, el cuadro que pintara el viejo empleado era horrendo. Allá atrás, en el cómodo y bien iluminado salón de fumar, con las bebidas pasando alrededor, había sido bastante fácil reírse del relato. Pero aquí en la oscuridad, a millas de cualquier establecimiento humano, era muy diferente.

Fue casi un alivio cuando tropezó de nuevo fuera de la ruta y tuvo que palpar con sus manos hasta que la encontró una vez más. Parecía un terreno muy áspero y la ruta era escasamente distinguible de las rocas de alrededor. En pocos minutos, sin embargo, estuvo nuevamente a salvo en su camino.Era desagradable ver con qué rapidez sus pensamientos volvían al mismo inquietante tema. Claramente le estaba preocupando más de lo que se molestaba en admitir.

Le consoló este hecho: había sido bastante obvio que nadie en la Base había creído la historia del anciano. Las preguntas y las burlas se lo probaron. En ese momento se rió tan fuerte como el que más. Después de todo, ¿cuál era la evidencia? Una silueta opaca, apenas vista en la oscuridad, que muy bien podría haber sido una roca de extraña formación. Y el curioso ruido rítmico que tanto había impresionado al viejo… de noche cualquiera podría imaginarse tales sonidos si estuviera lo suficientemente excitado. Si hubiera sido hostil, ¿por qué la criatura no se acercó más? «Porque tenía miedo de mi luz», dijo el viejo. Bueno, era bastante plausible: explicaría por qué no se había visto nada a la luz del sol. Tal criatura debía vivir bajo tierra, subiendo sólo de noche… ¡maldición!, ¡por qué se estaba tomando tan seriamente los delirios de ese viejo idiota! Armstrong tomó una vez más el control de sus pensamientos. Si seguía de esta forma, se dijo a sí mismo enfadado, pronto estaría viendo y oyendo una completa colección de monstruos.

Había un factor, por supuesto, que echaba inmediatamente por tierra todo el ridículo relato. Era realmente muy simple; se lamentó por no haberlo pensado antes. ¿De qué viviría una criatura como ésa? No había ni una pizca de vegetación en todo el planeta. Se rió al pensar que el duende podía ser arrojado tan fácilmente… y en el mismo instante se sintió molesto consigo mismo por no reírse en voz alta. Si estaba tan seguro de su razonamiento, ¿por qué no silbar, o cantar, o hacer algo para levantar el espíritu? Se hizo la pregunta a sí mismo con claridad, como una prueba a su hombría. Medio avergonzado, tuvo que admitir que aún estaba asustado…, asustado porque «podría haber algo de eso, después de todo». Pero al menos su análisis le había hecho algún bien.

Habría sido mejor si hubiera dejado todo así, aceptando a medias su argumento. Pero una parte de su mente estaba aún ocupada en destruir su cuidadoso razonamiento. Lo consiguió con tal éxito, que cuando recordó los seres plantas de Xantil Mayor, la impresión fue tan desagradable que se detuvo como muerto.

En realidad, los seres-plantas de Xantil no eran de ninguna manera horribles. Eran, de hecho, criaturas extremadamente bellas. Pero lo que las hacía ahora aparecer tan deprimentes era el conocimiento de que podían vivir sin comida durante períodos indefinidos. Toda la energía que necesitaban para sus extrañas vidas la extraían de la radiación cósmica… y aquí era casi tan intensa como en cualquier lugar del Universo.

Apenas hubo pensado un ejemplo cuando otros se apiñaron en su mente y recordó la forma de vida de Trantor Beta, que era la única conocida capaz de utilizar la energía atómica directamente. Aquélla también había vivido en un mundo extremadamente desierto, muy parecido a éste…

La mente de Armstrong se estaba partiendo rápidamente en dos porciones diferentes, cada una tratando de convencer a la otra sin lograrlo por completo. No se dio cuenta de lo desmoralizado que estaba hasta que se encontró conteniendo la respiración por miedo a que ésta le ocultara cualquier sonido proveniente de la oscuridad circundante. Enfadado, limpió su mente de la basura que se había estado acumulando allí y volvió una vez más al problema inmediato.

No había duda de que la carretera se elevaba lentamente, y la silueta del horizonte aparecía mucho más alta. La carretera comenzó a girar y de repente percibió grandes rocas a derecha e izquierda. Pronto sólo se pudo ver una franja del cielo, y la oscuridad se tornó, si era posible, aún más intensa.

De alguna manera, se sentía más seguro con las paredes rocosas rodeándole: ello implicaba que estaba protegido excepto en dos direcciones. Además, la ruta había sido nivelada con más cuidado y era más fácil mantenerse en ella. Pero lo mejor de todo es que ahora sabía que la travesía estaba a medio completar.

Dentro de media milla, estaría otra vez a campo raso, fuera de la protección de estas rocas acogedoras. El pensamiento le pareció ahora doblemente horrible y entonces comenzó a sentir una sensación de desnudez.

Podría ser atacado desde cualquier dirección, y estaría extremadamente indefenso…

Hasta ahora, había conservado cierto autocontrol. Con mucha resolución había mantenido apartada su mente del único hecho que le daba un poco de color al relato del viejo… la única evidencia que había detenido las burlas allá en el repleto salón del campamento, y que produjo un repentino silencio en toda la compañía. Ahora, mientras se debilitaba la voluntad de Armstrong, recordó nuevamente las palabras que habían producido un escalofrío aun en el cálido confort del edificio de la Base.

El pequeño empleado había insistido mucho sobre este punto. Nunca había oído ningún sonido de persecución proveniente de la opaca forma que percibió más que observó, en el límite de su luz. No había ningún golpeteo de garras o cascos sobre la roca, ni siquiera el sonido de piedras desplazadas. Era como si, así lo había declarado el anciano con su solemne modo de hablar, «como si la cosa que me seguía pudiera ver perfectamente en la oscuridad, y tuviera muchas patas o almohadillas y pudiera moverse suave y fácilmente sobre la roca…, como una oruga gigante o como una de las alfombras vivientes de Kralkor II».

A pesar de que no había habido ningún ruido de persecución, el viejo captó varias veces un único sonido. Era tan fuera de lo común que su misma rareza le hacía doblemente terrible. Era un débil pero persistente sonido acompasado.

El viejo fue capaz de describirlo muy vivamente… demasiado vivamente para el gusto de Armstrong.

—¿Escucharon alguna vez a un gran insecto cascando su presa con los dientes? —dijo—. Bueno, era igual que eso. Me imagino que un cangrejo hace exactamente el mismo ruido con sus pinzas al entrechocarlas. Era un sonido…, ¿cuál es la palabra?… Quitinoso. Al llegar a este punto, Armstrong recordó haberse reído bien fuerte. (Era extraño, cómo ahora todo volvía hacia él.) Pero nadie más se había reído, pese a que antes habían sido rápidos en hacerlo. Sintiendo el cambio de tono, se serenó inmediatamente y le pidió al anciano que continuara con su cuento. ¡Cómo deseaba ahora no haberlo hecho!

Fue rápidamente satisfecho. Al día siguiente, una partida de escépticos técnicos había ido a la tierra de nadie más allá del Paso Carver. No eran lo suficientemente escépticos como para ir sin armas, pero no tuvieron oportunidad de usarlas, porque no encontraron huellas de ningún ser viviente. Estaban los inevitables sismos y túneles, brillantes agujeros en los que la luz de las linternas rebotaba indefinidamente hasta que se perdía en la distancia…, pero el planeta estaba acribillado de estos agujeros.

Pese a que la expedición no encontró señales de nada, descubrió una cosa que no le gustó nada. Allá afuera, en la desierta e inexplorada región más allá del aso se habían topado con un túnel aún más ancho que el resto. Cerca de la boca del túnel había una roca maciza, medio incrustada en la tierra. Y los costados de la roca estaban desgastados «como si se hubieran pasado como una enorme piedra de moler».

No menos de cinco de los presentes había visto esta inquietante roca. Ninguno de ellos pudo explicarla satisfactoriamente como una formación natural, pero todavía se negaban a aceptar la historia del anciano. Armstrong no había preguntado si la habían examinan alguna vez. Se había producido un incómodo silencio Entonces el gran Andrew Hargraves dijo: «¡Demonios, quién caminaría de noche hacia el Paso por pura diversión!», y lo dejó ahí. En realidad, no había otro registro de nadie que hubiera caminado de noche desde Port Sanderson hasta el campamento, o ni siguiera de día. Durante las horas de luz, ningún ser humano podía vivir a cielo abierto sin protección bajo los rayos del sol enormey pálido que parecía llenar la mitad del firmamento. Y ninguno caminaría seis millas, vistiendo una armadura contra la radiación, si cera posible conseguir el tractor.

Armstrong sintió que estaba abandonando el Paso las rocas desaparecían a ambos lados, y la ruta ya no era tan firme y bien apisonada como antes. Estaba sabiendo una vez más al campo raso, y en un no muy lejano lugar de la oscuridad estaba el enigmático pilar que podría haber sido utilizado para afilar monstruosos colmillos o garras. No era un pensamiento muy alentador, pero no se lo podía quitar de la cabeza.

Sintiéndose ahora claramente preocupado, Armstrong hizo un gran esfuerzo por imponerse. Trataría de ser otra vez racional; pensaría en su trabajo, en la tarea que había realizado en el campamento…, en cualquier cosa menos en este lugar infernal. Por un rato, tuvo bastante éxito. Pero pasado un tiempo, con una persistencia enloquecedora, todo el cúmulo de sus pensamientos volvió al mismo punto. No podía apartar de su mente la imagen de esa roca inexplicable y sus aterradoras posibilidades. Una y otra vez se encontró preguntándose cuán lejos estaba, si ya la había pasado y si estaba a su derecha o a su izquierda…

El terreno era otra vez bastante plano, y la carretera seguía tan recta como una flecha. Había un resplandor de consuelo: Port Sanderson no podía estar a mucho más de dos millas.

Armstrong no tenía idea de cuánto tiempo había estado en la carretera. Desgraciadamente, su reloj non era luminoso y sólo podía conjeturar el paso del tiempo.

Con suerte, el Canopus no partiría como mínimo hasta después de dos horas. Pero no podía estar seguro y ahora otro temor comenzó a invadirle…, el terror de llegar a ver una vasta constelación de luces elevándose suavemente hacia el firmamento y saber que toda su agonía mental había sido en vano.

Ya no zigzagueaba tanto y parecía ser capaz de anticipar el borde de la carretera antes de tropezar fuera de ella. Era probable, y se animó al pensarlo, que estuviera caminando casi tan rápido como si tuviera una luz. Si todo iba bien, se aproximaría a Port Sanderson en treinta minutos…, un espacio temporal ridículamente pequeño. Cómo se reiría de sus temores cuando se paseara en su camarote reservado en el Canopus y sintiera aquel peculiar temblor cuando la fantástica aceleración arrojara la gran nave bien lejos de este sistema, de nuevo a las apiñadas nubes estelares cerca del centro de la Galaxia…, de vuelta a la Tierra misma, a la que no veía desde hacía tantos años. Un día, se dijo, realmente debería visitar la Tierra otra vez. Toda su vida se estuvo haciendo esta promesa, pero siempre hubo la misma respuesta…: falta de tiempo. ¡Era extraño, o, que un planeta tan pequeño haya jugado una parte tan enorme en el desarrollo del Universo, que incluso haya llegado a dominar mundos mucho más sabios e inteligentes que él mismo!

Los pensamientos de Armstrong eran de nuevo inofensivos y se sintió más tranquilo. El saber que se aproximaba a Port Sanderson era inmensamente reconfortante y deliberadamente mantuvo su mente ocupada con asuntos familiares, sin importancia. El Paso Carver a estaba bien atrás, y con él esa cosa que ya no trataba de recordar. Un día, si alguna vez volvía a este mundo, visitaría el Paso a la luz solar, y se reiría de sus terrores. Dentro de veinte minutos se unirían a las pesadillas de su infancia.

Fue casi un shock, aunque de los más placenteros que había conocido, cuando vio aparecer sobre el horizonte las luces de Port Sanderson. La curvatura de este pequeño mundo era muy engañosa: no parecía correcto que un planeta con un campo gravitatorio casi tan grande como el de la Tierra tuviera el horizonte al alcance de la mano. Un día, alguien tendría que descubrir qué había en el corazón de este mundo para darle una densidad tan grande. Quizá los numerosos túneles podrían ayudar…, fue un desafortunado giro de pensamiento, pero la cercanía de su meta ya le había despojado del terror. Además, la idea de que podría estar realmente en peligro parecía conferir a su aventura cierto gusto picante y un elevado interés. Ya nada le podría suceder, con diez minutos que le quedaban de andar y las luces de Port Sanderson a la vista.

Pocos minutos más tarde, sus sentimientos cambiaron rápidamente cuando llegó a una repentina curva de la ruta. Se había olvidado de la grieta que causaba ese rodeo y que añadía una media hora más a su travesía. Bueno, ¿y con eso qué?, pensó tercamente. Una media milla extra no haría ahora ninguna diferencia… otros diez minutos, como máximo.

Se sintió engañado cuando se desvanecieron las luces de la ciudad. Armstrong no se había acordado de la colina que bordeaba la ruta; quizá fuera sólo un monte bajo, apenas observable de día. Pero al ocultar las luces de Port Sanderson le había despojado de su primitivo talismán, dejándole a merced de sus temores. Irracionalmente, se lo dijo su inteligencia, comenzó a pensar qué horrible sería si ahora sucediese algo, estando tan cerca del fin del viaje. Por un momento entretuvo al peor de sus temores con promesas, deseando desesperadamente que reaparecieran las luces de la ciudad. Pero mientras los minutos pasaban lentamente, se dio cuenta de que el monte debía ser más grande de lo que se había imaginado. Trató de solazarse con la idea de que cuando la viera de nuevo, la ciudad estaría muy cerca, pero de alguna manera, ahora la lógica parecía haberle fallado. Porque de golpe se encontró condescendiendo a hacer algo que antes no hubiera hecho, ni aun en el desierto cerca del Paso.Se detuvo, se volvió lentamente, y escuchó conteniendo la respiración hasta que casi estallaron sus pulmones.

El silencio era pavoroso, considerando que debía estar muy cerca de Port Sanderson. Con certeza, no había ningún sonido detrás de él. Por supuesto que no tendría que haber, se dijo enfadado. Pero sentía un inmenso alivio. La idea de ese débil y persistente sonido acompasado le había estado obsesionando durante la última hora.

Tan familiar y amistoso fue el sonido que al fin le llegó que el desconcierto casi le hizo reír. Esparciéndose a través del aire tranquilo, proveniente de una fuente que claramente no distaba más de una milla, llegaba el sonido de un tractor-de-campo-de-aterrizaje, quizá una de las máquinas que cargaban al mismo Canopus. En cosa de segundos, pensó Armstrong, rodearía esta elevación y estaría a pocos cientos de yardas de Port Sanderson. El viaje estaba casi terminado. En pocos instantes, esta diabólica llanura no sería más que una pesadilla desdibujada.

Pareció terriblemente injusto: tan poco tiempo, una fracción tan pequeña de vida humana, era todo lo que ahora necesitaba. Pero los dioses siempre fueron injustos con el Hombre y ahora estaban gozando de su pequeña broma. Porque no podía haber ningún error con respecto al repiqueteo de garras monstruosas en la oscuridad, «delante de él».

El sueño

Por: O. Henry

La psicología vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro mayor inmaterial en sus andanzas por la región del sueño, “gemelo de la muerte”. Este relato no quiere ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray. Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que parecen abarcar meses o años, ocurren en minutos o instantes.

Murray aguardaba en su celda de condenado a muerte. Un foco eléctrico en el cielo raso del comedor iluminaba su mesa. En una hoja de papel blanco una hormiga corría de un lado a otro y Murray le bloqueaba el camino con un sobre. La electrocutación tendría lugar a las nueve de la noche. Murray sonrió ante la agitación del más sabio de los insectos.

En el pabellón había siete condenados a muerte. Desde que estaba ahí, tres habían sido conducidos: uno, enloquecido y peleando como un lobo en una trampa; otro, no menos loco, ofrendando al cielo una hipócrita devoción; el tercero, un cobarde, se desmayó y tuvieron que amarrarlo a una tabla. Se preguntó cómo responderían por él su corazón, sus piernas y su cara; porque ésta era su noche. Pensó que ya casi serían las nueve.

Del otro lado del corredor, en la celda de enfrente, estaba encerrado Carpani, el siciliano que había matado a su novia y a los dos agentes que fueron a arrestarlo. Muchas veces, de celda a celda, habían jugado a las damas, gritando cada uno la jugada a su contrincante invisible.

La gran voz retumbante, de indestructible calidad musical, llamó:

-Y, señor Murray, ¿cómo se siente? ¿Bien?

-Muy bien, Carpani -dijo Murray serenamente, dejando que la hormiga se posara en el sobre y depositándola con suavidad en el piso de piedra.

-Así me gusta, señor Murray. Hombres como nosotros tenemos que saber morir como hombres. La semana que viene es mi turno. Así me gusta. Recuerde, señor Murray, yo gané el último partido de damas. Quizás volvamos a jugar otra vez.

La estoica broma de Carpani, seguida por una carcajada ensordecedora, más bien alentó a Murray; es verdad que a Carpani le quedaba todavía una semana de vida.

Los encarcelados oyeron el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta en el extremo del corredor. Tres hombres avanzaron hasta la celda de Murray y la abrieron. Dos eran guardias; el otro era Frank -no, eso era antes- ahora se llamaba el reverendo Francisco Winston, amigo y vecino de sus años de miseria.

-Logré que me dejaran reemplazar al capellán de la cárcel -dijo, al estrechar la mano de Murray.

En la mano izquierda tenía una pequeña biblia entreabierta.

Murray sonrió levemente y arregló unos libros y una lapicera en la mesa. Hubiera querido hablar, pero no sabía qué decir. Los presos llamaban la Calle del Limbo a este pabellón de veintitrés metros de longitud y nueve de ancho. El guardia habitual de la Calle del Limbo, un hombre inmenso, rudo y bondadoso, sacó del bolsillo un porrón de whisky, y se lo ofreció a Murray diciendo:

-Es costumbre, usted sabe. Todos lo toman para darse ánimo. No hay peligro de que se envicien.

Murray bebió profundamente.

-Así me gusta -dijo el guardia-. Un buen calmante y todo saldrá bien.

Salieron al corredor y los siete condenados lo supieron. La Calle del Limbo es un mundo fuera del mundo y si le falta alguno de los sentidos, lo reemplaza con otro. Todos los condenados sabían que eran casi las nueve, y que Murray iría a su silla a las nueve. Hay también, en las muchas calles del Limbo, una jerarquía del crimen. El hombre que mata abiertamente, en la pasión de la pelea, menosprecia a la rata humana, a la araña y a la serpiente. Por eso sólo tres saludaron abiertamente a Murray cuando se alejó por el corredor, entre los guardias: Carpani y Marvin, que al intentar una evasión habían matado a un guardia, y Bassett, el ladrón que tuvo que matar porque un inspector, en un tren, no quiso levantar las manos. Los otros cuatro guardaban humilde silencio.

Murray se maravillaba de su propia serenidad y casi indiferencia. En el cuarto de las ejecuciones había unos veinte hombres, entre empleados de la cárcel, periodistas y curiosos que…

[Aquí, en medio de una frase, “El sueño” quedó interrumpido por la muerte del autor O. Henry. Se conoce, sin embargo, el final: Murray, acusado y convicto del asesinato de su esposa, enfrentaba su destino con inexplicable serenidad. Lo conducen a la silla eléctrica, lo atan. De pronto, la cámara, los espectadores, los preparativos de la ejecución, le parecen irreales. Piensa que es víctima de un error espantoso. ¿Por qué lo han sujetado a esa silla? ¿Qué ha hecho? ¿Qué crimen ha cometido? Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo. Comprende que el asesinato, el proceso, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, son parte de un sueño. Aún trémulo, besa en la frente a su mujer. En ese momento, lo electrocutan. La ejecución interrumpe el sueño de Murray.]

Dentro del cometa

Por Arthur C. Clarke

—No sé por qué grabo esto —dijo George Takeo Pickett, lentamente, hablando ante el micrófono—. No existe la menor probabilidad de que alguien lo escuche. Dicen que el cometa nos volverá a llevar a la Tierra dentro de dos millones de años, o sea, cuando dé la próxima vuelta al Sol. Me pregunto si entonces aún existirá la humanidad y si el cometa constituirá una vista tan magnífica para nuestros presuntos descendientes como lo ha sido para nosotros. Tal vez envíen una expedición, como hicimos nosotros, para ver qué descubren. Y nos encontrarán a nosotros…

»Pues la nave estará en perfectas condiciones, incluso al cabo de tantos milenios. Habrá combustible en los tanques, tal vez aire, ya que la comida se acabará primero, y moriremos de hambre antes que asfixiados. Supongo que no aguardaremos tanto; será más rápido abrir la escotilla y acabar de una vez.

»De niño, leí una obra sobre una expedición polar llamada Un invierno entre los hielos, del ingenioso Julio Verne. Bien, es lo que ahora nos ocurre a nosotros. Hay hielo a nuestro alrededor, flotando en poderosos icebergs. La Challenger está en medio de ellos, orbitando tan lentamente que ha de pasar algún tiempo antes de comprender que se mueven. Pero ninguna expedición a los polos de la Tierra se enfrentó con nuestro invierno. Durante la mayoría de estos millones de años, la temperatura será de doscientos setenta grados bajo cero. Estaremos tan alejados del Sol que nos enviará el mismo calor que las estrellas. ¿Y quién ha intentado nunca calentarse las manos con el calor de Sirio en una noche invernal?

Esta imagen absurda, asaltando de pronto su cerebro, le quebrantó por completo. No podía hablar de recuerdos de luz lunar sobre campos nevados, de campanas de Navidad sonando a través de una Tierra que estaba ya a ochenta millones de kilómetros de distancia. De repente, se echó a llorar como un chiquillo, destrozado su propio dominio ante el recuerdo de todas las bellezas familiares de la Tierra que había perdido para siempre.

Todo había empezado bien, en medio de un gran alarde de excitación y aventura.

Recordaba (¿hacía sólo seis meses?) la primera vez que salió a contemplar el cometa, poco después de que Jimmy Randall, de dieciocho años, lo descubriese con su telescopio de construcción casera y enviara su famoso telegrama al observatorio de Monte Stromlo. En aquellos días, sólo era una débil mota de niebla moviéndose lentamente por la constelación de Eridano, al sur del Ecuador. Estaba mucho más allá de Marte, trasladándose hacia el Sol por su órbita inmensamente elíptica. Cuando había brillado por última vez en el cielo de la Tierra, no había aún ningún hombre, y tal vez tampoco los habría cuando volviera. La raza humana veía el cometa Randall por primera y quizá por última vez.

Al acercarse al Sol, fue creciendo, adornándose con plumas y surtidores, el menor de los cuales era tan grande como cien Tierras. Como un enorme penacho arrastrándose en medio de alguna brisa cósmica, la cola del cometa tenía ya una longitud de sesenta millones de kilómetros cuando pasó por la órbita de Marte. Fue entonces cuando los astrónomos comprendieron que podía tratarse de la visión más espectacular que había aparecido en el firmamento; la exhibición del cometa Halley, en 1986, no sería nada en comparación. Y fue entonces cuando los administradores de la Década Internacional de Astrofísica decidieron enviar la nave de investigación Challenger hacia el cometa, si podía terminarse a tiempo, ya que se trataba de una oportunidad que no volvería a ocurrir seguramente en mil años.

Durante interminables semanas, en las horas que preceden al amanecer, el cometa cruzaba el cielo como una segunda, pero más brillante, Vía Láctea. Al aproximarse al Sol, y volver a experimentar los fuegos desconocidos desde que los mamuts recorrían la Tierra, se tornó más activo. Chorros de gas luminoso surgieron de su núcleo, formando grandes abanicos que giraban lentamente como faros a través de las estrellas. La cola, de ciento cincuenta millones de kilómetros de longitud, se dividió en franjas intrincadas y en chorros que cambiaban completamente de forma en una sola noche. Siempre señalaban al sur, como enviados allí por un gran vendaval que soplase hacia el exterior el calor del sistema solar.

Cuando le asignaron la Challenger, Georges Pickett apenas creyó en su suerte. A ningún periodista le había ocurrido algo parecido desde William Laurence y la bomba atómica. El hecho de poseer un diploma en ciencia, no estar casado, gozar de buena salud, pesar menos de setenta kilos y no tener el apéndice, ayudó indudablemente. Pero debía de haber otros en su mismo caso; bien, su envidia no tardaría en convertirse en alivio.

Como la reducida dotación de la Challenger no permitía incluir a un simple periodista, Pickett tuvo que doblar sus horas de trabajo como oficial administrativo. Esto significó, en la práctica, tener que redactar el diario de a bordo, actuar como secretario del comandante, llevar el control de lo almacenado y nivelar las cuentas. Era una suerte, pensaba, que en el mundo ingrávido del espacio sólo se necesitasen tres horas de sueño cada veinticuatro.

Mantener separadas sus obligaciones requería mucho tacto. Cuando no estaba escribiendo en su despachito, o comprobando los miles de artículos apilados en los almacenes, tenía que atender a su grabadora. Había tenido buen cuidado, alguna que otra vez, de entrevistar a cada uno de los veinte científicos e ingenieros que formaban la tripulación de la nave. No habían sido enviadas todas las grabaciones a la Tierra, ya que algunas eran demasiado técnicas y otras al contrario. Pero, al menos, no había mostrado favoritismos y, por lo que sabía, no había herido los sentimientos de nadie. Claro que esto ya no importaba.

Ignoraba qué pensaba el doctor Martens; el astrónomo había sido uno de los sujetos más difíciles, aunque uno de los que le habían dado más información. Con un impulso súbito, Pickett localizó las primeras cintas de Martens, insertándolas en el magnetófono.

Sabía que trataba de escapar a la situación presente volviendo al pasado, pero el único efecto de aquel conocimiento personal era la esperanza de que el experimento tuviese éxito.

Todavía recordaba claramente aquella primera entrevista, ya que el micrófono ingrávido, balanceándose suavemente bajo la corriente de aire de los ventiladores, casi le había hipnotizado, tornándole incoherente. Pero nadie lo había observado, pues su voz continuó normal, con suavidad profesional.
Estaban a la sazón a treinta millones de kilómetros detrás del cometa, aunque acercándosele rápidamente, cuando atrapó a Martens en el observatorio y le disparó la primera pregunta:

—Doctor Martens, ¿de qué está compuesto el cometa Randall?

—De una mezcla —fue la respuesta del astrónomo—, y cambia constantemente a medida que nos apartamos del Sol. Pero la cola se compone principalmente de amoníaco, metano, anhídrido carbónico, vapor de agua, cianógeno…

—¿Cianógeno? ¿No es un gas venenoso? ¿Qué ocurriría si la Tierra quedase envuelta en esa cola?

—Nada. Aunque parezca tan espectacular, de acuerdo con nuestras normas, la cola de un cometa es casi un vacío absoluto. Para volumen tan grande como la Tierra, contiene tanto gas como una caja de cerillas llena de aire.

—¡Y sin embargo, esta insignificante cantidad de materia ofrece esa visión majestuosa!

—Lo mismo hace el gas en un letrero eléctrico, por el mismo motivo. La cola de un cometa brilla porque el sol la bombardea con partículas cargadas eléctricamente. Es un anuncio luminoso cósmico; algún día, me temo, los agentes de publicidad se darán cuenta de esto, y hallarán el modo de redactar anuncios a través del sistema solar.

—Una idea deprimente, aunque supongo que alguien afirmará que es un triunfo de la ciencia aplicada. Pero dejemos la cola. ¿Cuánto tardaremos en llegar al núcleo del cometa?

—Puesto que una caza siempre toma tiempo, pasarán otras dos semanas antes de penetrar en el núcleo. Iremos adentrándonos más y más en la cola, cruzando a través del cometa cuando lleguemos a él. Pero aunque el núcleo se halla a treinta millones de kilómetros al frente, ya hemos aprendido muchas cosas. Por ejemplo, que es extremadamente pequeño, menos de ochenta kilómetros de diámetro. Y ni siquiera es sólido, ya que probablemente está formado por millares de cuerpos más pequeños, todos dando vueltas en una nube.

—¿Podremos penetrar en el núcleo? —Lo sabremos cuando lleguemos. Tal vez nos limitaremos a estudiarlo con nuestros telescopios desde unos miles de kilómetros. Aunque, personalmente, me sentiré defraudado si no entramos en su interior.

Pickett cerró el magnetófono. Sí, Martens había estado en lo cierto. Se habría sentido defraudado, especialmente al no existir, al parecer, el menor peligro. El peligro no residía en el cometa, ya que había venido de dentro.

Habían navegado a través de las diversas y sucesivas cortinas de gas, enormes, pero increíblemente tenues, que el cometa Randall seguía expulsando al alejarse del Sol. Incluso ahora, cuando se acercaban a las regiones más densas del núcleo, se hallaban prácticamente en medio del vacío. La niebla luminosa que se extendía en torno a la Challenger durante tantos millones de kilómetros, apenas disminuía la luz de las estrellas; pero directamente al frente, donde se hallaba el núcleo del cometa, había un brillante trecho de luz resplandeciente, que les atraía como un fuego fatuo.

Las perturbaciones eléctricas tenían lugar a su alrededor con violencia creciente, habiendo cortado casi por entero sus comunicaciones con la Tierra. El principal transmisor de radio de la nave podía enviar una leve señal, y en los últimos días se habían visto obligados a enviar unos mensajes de «estamos bien» en morse. Cuando se apartasen del cometa, de vuelta a la Tierra, quedarían restablecidas las comunicaciones; pero ahora estaban casi tan aislados como los exploradores en la época anterior a la radio. Era un inconveniente, pero nada más. Pickett casi agradecía este corte de comunicaciones, ya que le concedía más tiempo para dedicarse a sus tareas administrativas. Aunque la nave viajaba ya por el corazón del cometa, en un rumbo que ningún comandante hubiera soñado antes del siglo XX, alguien tenía que comprobar las provisiones y demás artículos.

Lenta y cautelosamente, con la sonda radar captando toda la esfera de espacio que la rodeaba, la Challenger penetró en el núcleo del cometa. Y se había posado… en medio del hielo.

En los años 40, Whipple, de Harvard, ya adivinó la verdad, aunque era difícil de aceptar incluso teniéndola ante los ojos. El núcleo relativamente pequeño del cometa era un conjunto de icebergs a la deriva, que giraban entre sí, al moverse a lo largo de su órbita.

Pero al revés de los icebergs que flotan en los mares polares, éstos no eran de blancura deslumbrante, ni compuestos de agua. Eran de color gris sucio y muy porosos, como nieve pisoteada. Y estaban socavados por bolsas de metano y amoníaco helado, que de cuando en cuando se desprendían en gigantescos surtidores de gas, al absorber el calor del Sol.

Era una visión maravillosa, pero al principio Pickett tuvo poco tiempo para admirarla. Trabajaba en exceso.

Estaba dando la vuelta de rutina por los depósitos de la nave, cuando se enfrentó con la catástrofe… aunque tardó algún tiempo en darse cuenta, puesto que la situación de las provisiones había sido ampliamente satisfactoria, y poseían grandes reservas hasta volver a la Tierra. Las había comprobado personalmente y sólo tenía que confirmar los balances grabados en la sección de la memoria electrónica de la nave, donde se almacenaba toda la contabilidad.

Cuando aparecieron en la pantalla las primeras cifras absurdas, Pickett supuso que había presionado una palanca errónea. Borró los totales y volvió a alimentar la computadora con la información obtenida. 60 cajas de carne presionada para empezar: 17 consumidas; quedaban: 99.999.943.

Probó innumerables veces sin resultado. Luego, sintiéndose enojado aunque no alarmado, fue en busca del doctor Martens.

Halló al astrónomo en la «cámara de tortura», el diminuto gimnasio apretado entre los almacenes técnicos y la caja del principal tanque de combustible. Todos los miembros de la tripulación tenían que ejercitarse allí una hora diaria, de lo contrario sus músculos se distenderían a causa del ambiente falto de gravedad. Martens estaba luchando con una serie de muelles poderosos, con expresión determinada en su rostro. Pero la expresión se tornó más determinada cuando Pikett le explicó lo ocurrido.

Unas cuantas pruebas con la principal computadora les comunicó lo peor.

—La computadora se ha vuelto loca —confesó Martens—. Ni siquiera suma o resta.

—¡Pero seguramente podremos repararla! Martens meneó la cabeza. Había perdido su confianza habitual: parecía, según pensó Pikett, un muñeco de goma hinchado al empezar a perder gas.

—Ni los fabricantes podrían hacerlo. Es una masa sólida de microcircuitos, tan apretados como los del cerebro humano. Todavía funcionan las unidades de memoria, pero la sección calculadora se ha inutilizado. Sólo enreda las cifras vertidas en ella.

—Y esto ¿dónde nos deja? —preguntó el periodista.

—Significa que todos estamos muertos —respondió llanamente Martens—. Sin la computadora, estamos listos. Es imposible calcular una órbita de regreso a la Tierra. Se necesitaría todo un ejército de matemáticos trabajando varias semanas para resolverlo en un papel.

—¡Esto es ridículo! La nave está en perfectas condiciones, tenemos abundancia de comida y combustible… y usted dice que vamos a morir sólo por no poder realizar unas sumas.

—¡Una sumas! —repitió el astrónomo con sarcasmo—. Un cambio navegacional tan grande como es preciso para alejarnos del cometa y entrar en una órbita terrestre, necesita unos cien mil cálculos por separado. Incluso la computadora necesita varios minutos para llevarlos a cabo.

Pickett no era matemático, pero sabía lo suficiente de astronáutica para comprender la situación. Una nave viajando a través del espacio se halla bajo la influencia de muchos cuerpos celestes. La principal fuerza controladora es la de la gravedad del Sol, que mantiene a todos los planetas firmemente sujetos a sus respectivas órbitas.

Pero los planetas también se atraen, aunque en forma mucho menor, entre sí. Calcular estas atracciones mutuas (por encima de todo, aprovecharse de ellas para alcanzar en el instante preciso una meta situada a millones de kilómetros de distancia) era un problema fantásticamente complejo. Comprendía la desesperación de Martens; ningún hombre puede trabajar sin los instrumentos de su profesión, y ninguna profesión necesitaba unos instrumentos más complicados que la suya.

Incluso después de anunciarlo al comandante y de la primera conferencia de emergencia cuando toda la tripulación se reunió para discutir la situación, tardaron varias horas en asimilar los hechos. El final aún estaba a unos meses de distancia, y la mente humana no podía captarlo; pero estaban sentenciados a muerte, si bien no corría prisa la ejecución. Y el panorama seguía siendo soberbio…

Más allá de las brumas resplandecientes que les envolvían, y que sería su monumento celestial al final de los tiempos, podía divisar el gran faro de Júpiter, el más brillante de todos los cuerpos celestes. Algunos aún vivirían, si los otros estaban dispuestos a sacrificarse, cuando la nave pasara junto al más poderoso de los hijos del Sol. ¿Valía la pena vivir unas semanas más, se preguntó Pickett, para ver con tus propios ojos la visión que Galileo tuvo por primera vez con su tosco telescopio, varios siglos antes: los satélites de Júpiter, yendo y viniendo como cuentas en una sarta invisible?

Cuentas en una sarta. Con esta idea, un recuerdo largamente olvidado de su niñez surgió de su subconsciente. Debía de estar allí desde varios días atrás, esforzándose por salir a la luz. Y ahora al fin había llegado a su cerebro.

—¡No! —gritó—. ¡Es ridículo! ¡Se reiría de mí! ¿Y qué?, le dijo la otra mitad de su mente. No tienes nada que perder; si no para otra cosa, servirá para que todos trabajen mientras se consumen las provisiones y el combustible. Incluso la más mínima esperanza era mejor que nada en absoluto…

Dejó de jugar con el magnetófono; había superado el sentimiento de autoconmiseración. Soltando la cinta elástica que le ataba a la silla, se marchó a los almacenes técnicos en busca del material que necesitaba.

—Esta no es mi idea de una broma —gruñó el doctor Martens, contemplando con desprecio la tenue estructura de alambre y madera que Pickett sostenía en la mano.

—Supuse que diría eso —replicó Pickett, conservando la calma—. Pero, por favor, escuche un instante. Mi abuela era japonesa y siendo yo niño me contó una historia que olvidé por completo hasta esta semana pasada. Creo que puede salvarnos.

»Poco después de la segunda guerra mundial, hubo un concurso entre un americano con una computadora eléctrica y un japonés que usaba un ábaco como éste. Y ganó el ábaco.

—Entonces, debía tratarse de una computadora deficiente o de un ingeniero muy malo.

—Emplearon la mejor computadora del ejército de Estados Unidos. Pero no discutamos. Permítame una prueba: diga un par de cantidades de tres cifras para multiplicarlas.

—Pues… 856 por 437.

Los dedos de Pickett bailotearon sobre las cuentas, deslizándolas arriba y abajo de los alambres con increíble velocidad. Había doce alambres en conjunto, de modo que el ábaco podía funcionar con cantidades de 999.999.999.999, o ser dividido en sectores separados donde podían llevarse a cabo simultáneamente cálculos independientes.

—374.072 —dijo Pickett, después de un intervalo increíblemente corto de tiempo—.

Veamos ahora cuánto tiempo tarda usted en hacer la misma operación con un lápiz.

Transcurrió mucho más tiempo antes de que Martens, que como la mayoría de matemáticos estaba muy flojo en aritmética elemental, proclamase «375.072». Una prueba no tardó en confirmar que Martens había tardado al menos tres veces más que Pickett para obtener un resultado equivocado.

El rostro del astrónomo era un estudio de pesar, asombro y curiosidad.

—¿Dónde aprendió ese truco? —quiso saber—. Creí que estos aparatos sólo sumaban y restaban.

—Bueno, la multiplicación no es más que una suma repetida, ¿verdad? Sólo sumé siete veces 856 en la columna de las unidades, tres veces en la de las decenas, y cuatro en las centenas. Usted hace lo mismo al usar el papel y el lápiz. Claro está, existen varios atajos, pero si cree que yo soy rápido, hubiera debido ver a mi tío—abuelo. Trabajaba en un Banco de Yokohama, y cuando sumaba a gran velocidad no se le veían los dedos. Él me enseñó algunos trucos, pero casi los he olvidado todos en los últimos veinte años. Sólo practiqué un par de años, de modo que soy bastante lento. Es igual, espero convencerle de que esto puede servirnos.

—Sí, me ha dejado impresionado. ¿Sabe dividir con igual rapidez?

—Casi, sobre todo si adquiero más pericia.

Martens cogió el ábaco y empezó a pasar las cuentas arriba y abajo. Luego suspiró.

—Ingenioso, aunque no creo que pueda ayudarnos. Aunque fuese diez veces más rápido que el hombre con papel y lápiz, cosa que no es así, la computadora era un millón de veces más veloz.

—Ya pensé en esto —replicó Pickett con impaciencia.

(Martens carecía de coraje, cedía al momento. ¿Cómo se las arreglaban los astrónomos cien años atrás, cuando no había computadoras?)

—Le propongo un plan, y dígame si ve algún fallo…

Cuidadosa y lentamente detalló el plan. Y al escucharle. Martens se fue relajando y profirió la primera carcajada que Pickett había oído a bordo de la nave en muchos días.

—Quiero ver la cara del comandante —rió el astrónomo—, cuando usted le diga que todos volveremos a la guardería, jugando con cuentas de cristal.

Al principio reinó un gran escepticismo, que se desvaneció muy pronto cuando Pickett realizó unas demostraciones. Para los hombres que se habían educado en un mundo electrónico, el hecho de que una simple estructura de alambres y madera pudiera ejecutar un milagro era una revelación. Y también un reto, y como del mismo dependía sus vidas, se apresuraron a aceptarlo.

Tan pronto como los ingenieros construyeron suficientes copias del tosco modelo de Pickett, empezaron las clases. Pickett sólo tardó unos minutos en explicar los principios básicos; lo que requería más tiempo era la práctica, hora tras hora, hasta que los dedos movían automáticamente las cuentas, colocándolas en la debida posición sin necesidad de la conciencia. Hubo algunos miembros de la tripulación que ni al cabo de varias semanas llegaron a adquirir rapidez o seguridad; pero otros pronto vencieron al mismo Pickett.

En sus sueños, soñaban con cuentas y columnas, con cuentas y alambres. Tan pronto como pasaron más allá del estado elemental, quedaron divididos por equipos que compitieron ferozmente entre sí, hasta alcanzar unos índices muy elevados de eficiencia.

Al fin, hubo hombres a bordo que podían multiplicar cantidades de cuatro cifras en quince segundos, durante interminables horas.

Aquella labor era puramente mecánica; requería destreza, pero no inteligencia. La tarea realmente difícil era la de Martens, en la que casi nadie podía ayudarle. Tuvo que olvidar todas las técnicas basadas en maquinarias y estudiar de nuevo cálculo, a fin de que los que debían efectuarse pudieran ser realizados automáticamente por individuos que no tenían la menor noción de las cantidades que manejaban. Les suministraría los datos básicos, y seguirían el programa trazado. Tras unas horas de trabajo paciente y rutinario, la respuesta surgiría del final de la línea de producción matemática… siempre que no se cometieran errores. Y la forma de precaverse contra tal cosa era hacer trabajar a dos equipos independientes, comprobando con regularidad los resultados.

—Lo que hemos logrado —murmuró Pickett, hablando para el magnetófono, cuando al fin tuvo tiempo de pensar en un público para el que no había esperado hablar nunca más—, es construir una computadora formada por seres humanos en lugar de circuitos electrónicos. Es miles de veces más lento, no es posible manejar a la vez muchos dígitos, y resulta muy pesado…, pero da buenos resultados. No es que toda la tarea de regresar a la Tierra, cosa sumamente complicada, vayamos a realizarla ahora, sino sólo la más sencilla de obtener una órbita que nos ponga dentro del radio de alcance terrestre. Una vez hayamos escapado a las interferencias eléctricas que nos rodean, podremos radiar nuestra posición y las grandes computadoras de la Tierra nos dirán qué hemos de hacer.

»Nos estamos alejando ya del cometa y nos salimos del sistema solar. Nuestra nueva órbita encaja con nuestros cálculos hasta el límite esperado. Todavía nos hallamos dentro de la cola del cometa, pero el núcleo se halla a un millón y medio de kilómetros de distancia y no vemos ningún iceberg de amoníaco. Estos corren alocadamente hacia las estrellas entre la noche helada, mientras regresamos a casa…

—Tierra… Tierra… Llamando la Challenger, llamando la Challenger. Contesten tan pronto como nos oigan… Nos gustaría comprobar nuestros cálculos… ¡antes de que se nos despellejen más los dedos!

El Ratón

Por: Saki

Teodoro Voler había sido criado, desde la infancia hasta los confines de la madurez, por una madre afectuosa cuya mayor preocupación era mantenerlo a raya de lo que solía llamar “realidades ordinarias de la vida”. Cuando la dama pasó a mejor vida, Teodoro quedó solo en un mundo mucho más real, y en buena medida más ordinario que lo necesario.

Para un hombre de su temperamento y educación, hasta un simple viaje en tren estaba lleno de pequeñas molestias y discordias, y cuando subió a un compartimento de segunda clase una mañana de septiembre, experimentó sentimientos perturbadores y una descompostura mental general. Se había hospedado en un iglesia de campo, cuyos habitantes no habían sido, por cierto, brutales ni bacanales, pero la supervisión que ejercían sobre el personal doméstico era de una laxitud que llama al desastre. El carruaje que debía llevarlo a la estación jamás fue aprontado, y cuando el momento de partir se acercó, el paje que debía aparecer con dicho artículo no estaba en ninguna parte. Ante tal emergencia, y para su mudo disgusto, Teodoro se vio forzado a colaborar con la hija del cura en la tarea de enjaezar un poni, para lo que fue necesario andar a tientas en un cobertizo mal iluminado al que llamaban establo, y que realmente olía a tal (excepto en algunos sectores, donde tenía aroma a ratones).

Sin llegar a temerles, Teodoro clasificaba a los ratones dentro de los incidentes más ordinarios de la vida, y creía que la Providencia, con un pequeño ejercicio de coraje moral, debería haber reconocido que no eran indispensables y retirarlos de circulación hace mucho tiempo ya. Al echar a andar el tren, la imaginación de Teodoro lo acusaba de despedir un ligero aroma a establo, y posiblemente mostrar una o dos horrendas pajillas en su atuendo siempre cepillado.

Afortunadamente, su única compañera de compartimento, una dama de aproximadamente su misma edad, parecía más bien inclinada al descanso que al escrutinio. El tren no se detendría hasta alcanzar la terminal, casi una hora más tarde, y el vagón era de aquellos antiguos, sin comunicación por medio de corredores, por lo que ningún otro compañero de viaje iba a entrometerse en la semiprivacidad de Teodoro.

Sin embargo, cuando el tren no había alcanzado aún su velocidad normal, Teodoro se percató de pronto de que no estaba solo con la soñolienta mujer: ¡Ni siquiera estaba solo en la comodidad de sus propios atuendos! Un movimiento tibio de algo que se arrastraba sobre su piel delató la molesta presencia, invisible pero conmovedora, de unratón que evidentemente había ganado su actual refugio durante el episodio de preparación del poni. Furtivos pataleos y movimientos violentos con su pierna, sumados a numerosos pellizcos y golpes con la mano, no lograron desalojar al intruso, cuyo lema, para colmo, parecía ser “¡hasta la cima, siempre!”. El legítimo dueño de los pantalones se reclinó contra los cojines y se empeñó en desarrollar algún medio de poner fin a la posesión compartida. Era imposible continuar por espacio de una hora en el papel de casa de juguetes para ratones errantes (ya su imaginación había, por lo menos, duplicado el número de los invasores). Por otra parte, nada menos drástico que un desnudo parcial ayudaría a deshacerse de su atormentador, y desvestirse en presencia de una dama, aunque fuera por un propósito tan loable, era una idea que le hacía poner las orejas coloradas de vergüenza. Nunca había sido capaz siquiera de exponerse sin zapatos en presencia del sexo débil.

Sin embargo, la dama en este caso estaba, sin lugar a dudas, profundamente dormida.

El ratón, por su parte, parecía tratar de alcanzar la cima de su montaña en pocos minutos. Si hay algo de cierto en la teoría de la transmigración, este ratón en particular había sido miembro del club de alpinistas en otra vida. Por momentos, ante su ansiedad, perdía pie y se despeñaba algunos centímetros y entonces, presa del miedo, o probablemente del mal humor, lo mordía. Teodoro se encontraba ante la más audaz empresa de su vida. Adquiriendo el matiz de una remolacha, y manteniendo una desesperada vigilia a su soñolienta compañera, fijó silenciosamente los extremos de su manta de viaje a las rejillas a ambos lados del vagón, para que una sustancial cortina colgara a través del compartimento, dividiéndolo en dos. En el angosto vestidor improvisado, procedió con prisa a quitar (parcialmente para él, y totalmente para el ratón) el revestimiento de tweed y semilana. Cuando el desenmarañado animal brincó hacia el piso, la manta zafó de sus ataduras y también se precipitó con un pequeño estruendo, y casi simultáneamente la desvelada mujer abrió los ojos. Con un movimiento casi tan rápido como el del ratón, Teodoro se arrojó sobre la manta, y estiró su superficie a la altura del mentón, cubriéndose todo el cuerpo, mientras se desplomaba en la esquina más lejana del vagón. La sangre fluyó y latió en las venas de su cuello y su frente, mientras esperaba paralizado que la dama hiciera sonar la campana de alarma.

Ella, sin embargo, se contentó con una silenciosa mirada en dirección a su compañero.

Teodoro se preguntaba cuánto habría visto la mujer, y en todo caso qué diablos pensaría de su actual postura.

-Creo que he cogido un resfriado -arriesgó, desesperado.-Es una pena -replicó ella-. Justo iba a pedirle que abriera esta ventana.

-Creo que es la malaria -añadió, con los dientes castañeteando, tanto por miedo como por deseo de apoyar su teoría.

-Tengo un poco de brandi en mi bolso. Si usted amablemente me lo puede alcanzar -propuso la compañera.

-¡¡¡Ni soñ… Es decir: nunca tomo nada para el resfrío -aseguró él, honestamente.

-Supongo que se lo pescó en el trópico…

Teodoro, cuyo conocimiento del trópico se limitaba al regalo anual de una caja de té por parte de un tío que vivía en Ceilán, sintió que hasta la excusa de la malaria se le escurría. ¿Sería posible revelarle la verdad en pequeñas instancias?

-¿Le teme usted a los ratones? -se aventuró, con el rostro que adquiría, si acaso fuera posible, un semblante de color aún más escarlata.

-No. A menos que sean grandes cantidades, como los que devoraron al obispo Hatto. ¿Por qué pregunta?

-Hace un instante había uno que intentaba trepar dentro de mis pantalones -susurró Teodoro, con una voz que no parecía suya-. Fue una situación por demás incómoda.

-Debió serlo, si es que usted usa pantalones ajustados -observó ella-. Pero los ratones tienen ideas extrañas sobre la comodidad.

-Tuve que librarme de él mientras usted dormía -continuó Teodoro, tragando saliva-.

Fue justamente intentando quitármelo de encima que quedé… en este estado…

-No sabía que quitarse un pequeño ratón de encima causara un resfriado -exclamó ella, con una frialdad que Teodoro juzgó abominable.

Evidentemente, la mujer había detectado su situación y disfrutaba con su confusión.

Toda la sangre de su cuerpo parecía haberse concentrado en el rostro, y una agonía de humillación, peor que una miríada de ratones, subía y bajaba sobre su alma. Luego, al comenzar a reflexionar, el pánico reemplazó a la humillación. Con cada minuto que pasaba, el tren se acercaba a la atestada y bulliciosa terminal, donde docenas de ojos curiosos reemplazarían al único par paralizante que lo contemplaba desde el otro rincón del vagón. Había una remota y desesperada oportunidad, que los siguientes minutos decidirían. Su compañera de viaje podía reasumir su bendito sueño. Pero al extinguirse los minutos, esa oportunidad se evaporó. La furtiva mirada que Teodoro le prodigaba de cuando en cuando, revelaba solo un desvelo continuo.

-Creo que nos acercamos a la estación -observó ella.Teodoro ya había notado, con terror in crescendo, los recurrentes grupejos de casuchas que proclamaban el final del viaje. Las palabras de la dama actuaron como señal. Cual animal acechado que escapa desesperado en busca de un refugio momentáneo, Teodoro se envolvió con la manta y luchó frenéticamente contra sus arrugados atavíos. Era consciente de las numerosas estaciones suburbanas que pasaban raudamente por la ventanilla, de una sensación de asfixia en su garganta y su corazón, y de un silencio sepulcral en aquel rincón al que no se atrevía a dirigir la mirada. Después, al hundirse nuevamente en su asiento, vestido ya, y a punto de enloquecer, el tren comenzó a detenerse lentamente.

Al fin, la mujer habló:

-¿Sería usted tan amable -dijo-, de buscar un paje que me ayude a subir a un taxi? Siento mucho molestarlo si no se siente bien, pero las estaciones de trenes son realmente un dolor de cabeza para una mujer ciega como yo.

Dentro del vacío

Por Rogelio Abac

Los motores de antimateria que impulsan la nave en su silencioso viaje de seis meses entre Marte y la Tierra, casi no requerían mantenimiento. Las computadoras internas realizaban los complejos cálculos para mantener la ruta. Mientras, el único tripulante del carguero pasaba el interminable contar del tiempo con todo tipo de entretenimientos, películas, series, libros, sala de ejercicio y la rutina de verificar el óptimo funcionamiento de los equipos. Todo era automático. Sin embargo, por ley se debía tener al menos un tripulante humano, según decían, por cuestiones de seguridad. Aunque ya no se tenía ni recuerdo del último accidente.

Este viaje en particular iba tan bien que llevaba casi tres días adelantado.

En aquel carruaje que viaja por la inmensidad del cosmos, el tiempo parecía alargarse. Los minutos eran eternos. Por las ventanas, solo la estática imagen de infinidad de estrellas.

De vez en cuando, el ocasional bip del sistema de posicionamiento rompía el silencio. Pocas personas tienen la fuerza de voluntad, el valor o la necesidad de hacer el largo y solitario viaje. Él no era ninguna excepción. Su mujer terminó por dejarlo. Al regresar a casa, vio el rostro de ella lleno de lágrimas. Tristeza y furia. No había estado allí, nunca lo estaba. Esa mirada de reproche no la olvidaría jamás.

Ahora los años pasan entre los interminables y oscuros callejones del carguero, como las almas que deambulan en los viejos castillos y en las casas embrujadas de los cuentos que solía leer de niño y que, en su triste ilusión, había llegado a creer que se los leería a su hija.

Ya nada de eso importaba.

Fue a medio viaje, no sabía en que día exactamente, cuando escuchando una de sus canciones favoritas, le sobresaltó la alarma del sistema de detección de objetos extraños (SDOE), que estaba programado para detectar cualquier anomalía no prevista en el viaje. Regularmente eran otras naves en ruta, ya que prácticamente todo estaba contemplado por la inteligencia artificial. Más el error humano jamás ha sido controlado. Lo que le hace gracia al recordar las normas de seguridad y la obligación de que exista al menos un tripulante. Alguien a quien culpar.

La alerta zumbó junto con una luz roja, en el panel izquierdo de su puesto de mando. Al presionar en la pantalla principal, la señal SDOE desplegó un mapa tridimensional del área aledaña a la nave. En este se localizaban las posiciones de los asteroides más cercanos y el objeto que se encontraba a unas quinientas millas de distancia, fuera de su ruta.

Lo aburrido y monótono del viaje, lo convencieron de investigar, solo se apartaría un par de horas, se dijo. Tenía tiempo de sobra para una breve exploración. Por lo que apagó los motores principales, y se quedó con los secundarios que servían para realizar maniobras específicas en los puertos.

Poco a poco se dirigió al objeto. Efectivamente, era una nave abandonada, un enorme cilindro de metal, un poco menor que la suya. Flotaba sin dirección fija, tarde o temprano se estrellaría contra un asteroide o quedará atrapada en alguna órbita, pensó. Aunque no era muy común, o al menos a él nunca le había pasado, sí se daban casos de encontrar este tipo de naves fantasma a la deriva.

Al irse acercando, la computadora reconoció el nombre y serie. Tras unos instantes en la pantalla principal fue apareciendo:

GTDK-00233423 – THÁNATOS. Nave de exploración. Modelo DEIMOS…

…

Último registro: y.2293 ruta TIERRA-MARTE 33SR. Retorno.

…

Cargamento: -desconocido-

…

Tripulación:

Capitán: Malcom, Joxs.

Oficial: Tian, Claris.

…

La nave tenía doce tripulantes para su mantenimiento, era muy antigua. Sonrió pensando que ahora solo una pequeña computadora se encarga de todas las labores de esos tripulantes.

Tal vez, llevaba una carga muy valiosa. Aunque lo dudaba, de haber sido el caso no hubieran dejado que se perdiese. Probablemente, era un recolector de muestras para determinar qué minerales se podían explotar de algún asteroide.

Ya cerca, se activó el proceso automático de acoplamiento. Al ser un viejo modelo no pudo crearse un puente directo, únicamente se fijaron de tal manera que ambas naves no se apartaran. Este pequeño inconveniente lo obligó a salir con su traje espacial y entrar a través de la escotilla de abordaje. Dado que no se marcaban señales de vida. Pensó que si no podía abrir con la manivela externa, rompería la puerta con un láser. Pero no fue necesario, resultó muy sencillo abrirla, no tenía ningún desperfecto. Sin embargo, dentro de la nave no había oxígeno. Le pareció un sitio lúgubre. Solo los focos que llevaba en el casco eran la única fuente de luz.

Al entrar, recorrió el pasillo que comunicaba el área de abordaje a un amplio espacio, con sillones blancos en semicírculo frente a una pantalla. Una sala de espera –pensó–. Aquella nave era muy distinta a la suya, esta albergaba a más personas.

Le sobresaltó al encontrar el primer cadáver. Era la momia de una mujer, suspendida en medio de la sala, sobre los sillones. Hace mucho que el sistema de gravedad artificial había dejado de funcionar. El espectro deambulaba en silencio. Al no existir corrientes de aire le daba la sensación de estar plácidamente dormida, a pesar de las décadas que debía estar allí.

Se dirigió a otra puerta, que se abrió sin dificultad. En el monitor de su casco, se mostraba un modelo tridimensional del interior de la nave que iba revisando constantemente para no perderse, en los intricados pasillos interiores y las enormes bodegas vacías. La soledad a su alrededor lo ponía nervioso.

Otro cuerpo más en una habitación sobre una mesa. Qué podría haber pasado. No lo sabía, pero era posible que un accidente los dejara incomunicados y a la deriva hasta que se quedaron sin oxígeno. Ahora es casi imposible que algo así ocurra, miles de sistemas y dispositivos van ubicando a los cargueros en toda la ruta. Pero en los viejos tiempos no era tan sencillo, por lo que ya no pudieron ir, ni a Marte ni a la Tierra. Y fueron muriendo uno por uno.

Fue contando cadáveres hasta llegar a los once, unos con sus trajes, tratando de sobrevivir hasta el último momento, otros simplemente acostados en sus camarotes, resignados al inevitable final.

Una angustia le invadió el corazón mientras se acercaba, pensó en las familias que quedaron esperando.

Un cementerio ambulante, ese era el destino de los que hacían el interminable viaje entre la Tierra y Marte, pensó con desagrado que también será el suyo. Solo su respirar le recordaba que no era uno de esos cuerpos, o quizá sí lo era y nadie se lo había dicho.

Faltaba un tripulante, estaría en la sala de control. Así que la buscó dentro de aquel laberinto.

Tuvo un poco de dificultad para abrir la última puerta. Allí estaba. Sentado en su puesto de mando.

Al ver al capitán un fuerte dolor en el pecho hizo que retrocediera. No lo soportó más, un nudo en la garganta ahogó sus gritos. Cayó contemplando la imagen que se presentaba ante él. Las lágrimas contenidas por años brotaron. Trataba de ordenar sus pensamientos, más no podía. Lo que vio, le trajo el recuerdo de su esposa y del día que regresó después de casi dos años de ausencia. De sus gritos, de sus reproches. A su ida, una mujer embarazada, la felicidad y la esperanza de vida y a su vuelta, un corazón destrozado y una pequeña tumba.

Joxs abrazaba una muñeca.

Entonces se vio a sí mismo en ese sillón, se dio cuenta de que los años lo habían convertido en uno de esos cadáveres que respiran y vagan sin rumbo. Por mucho tiempo estuvo contemplando su propio futuro. Hasta que el bip de alarma del traje le indicaba que solo tenía el tiempo suficiente para volver a la nave.

Diez minutos después, se desconectaban los potentes magnetos que mantenían estable el imperfecto acoplamiento.

En la cabina de mando, volteó a ver por última vez al THÁNATOS perderse en la oscuridad.

Con un zumbido se encendió el motor que lo llevaría de nuevo rumbo a la Tierra. Que para él, solo era otro lugar a la deriva.

Su mente oscilaba entre la vida y la muerte. Una vida vacía como el mismo mar de estrellas o una muerte sin propósito, en la más absoluta soledad.

Mientras el lento viaje prosigue, no puede apartar de su mente la imagen de aquellos ojos de plástico. La mirada de aquel juguete, que al igual que él, tampoco encontró su camino a casa.

Fin.

¿Qué es esa cosa que se llama amor?

Por: Isaac Asimov

—Pero son dos especies —dijo el capitán Garm, estudiando las criaturas que le habían llevado desde el planeta.

Hinchó sus órganos ópticos y los enfocó en resolución máxima. Hizo relampaguear la franja cromática.

Botax se alegraba de seguir nuevamente los cambios cromáticos después de pasarse meses en una célula espía en el planeta, tratando de interpretar las ondas sonoras moduladas emitidas por los nativos.

Comunicarse por relampagueos era casi como estar en casa, en el lejano brazo Perseo de la galaxia.

—No son dos especies —le corrigió—, sino dos formas de una especie.

—Pamplinas, son muy diferentes. Vagamente perseicas, gracias a la Entidad, y no tan repulsivas como otras formas de vida exteriores.

Contornos razonables, extremidades reconocibles. Pero sin franja cromática. ¿Pueden hablar?

—Sí, capitán Garm. —Botax se permitió un intervalo prismático discretamente reprobatorio—. Los detalles constan en mi informe. Estas criaturas forman ondas sonoras mediante la garganta y la boca, una especie de tos complicada.

—Yo mismo he aprendido a hacerlo —añadió con sereno orgullo—. Es muy difícil.

—Revuelve el estómago, Bien, eso explica sus ojos planos y no extensibles.

—Como no hablan cromáticamente, los ojos son casi inservibles. Ahora bien, ¿por qué insistes en que son una sola especie? El de la izquierda es más pequeño, sus zarcillos, o lo que sean, son más largos y las proporciones parecen ser diferentes. Tiene bultos y el otro no. ¿Están vivos?

—Vivos, pero inconscientes, capitán. Los han sometido a tratamiento psíquico para impedir que se atemoricen, con el fin de facilitar nuestros estudios.

—¿Pero vale la pena estudiarlos? Vamos retrasados y nos quedan por lo menos cinco mundos de mayor relevancia para investigar y explorar.

Mantener una unidad de estasis temporal es costoso, así que me gustaría devolverlos y continuar…

Pero el cuerpo húmedo y esmirriado de Botax vibraba de ansiedad. Sacó la lengua tubular y la curvó sobre la nariz chata, volviendo los ojos hacia dentro. Extendió la mano de tres dedos en un gesto de negación, mientras su lenguaje pasaba casi totalmente al rojo profundo.

—La Entidad nos guarde, capitán, pues ningún mundo posee mayor relevancia que éste para nosotros. Tal vez nos estemos enfrentando a una crisis suprema. Estas criaturas pueden ser las formas de vida más peligrosas de toda la galaxia, capitán, precisamente porque existen dos formas.

—No te entiendo.

—Capitán, he estado trabajando en el estudio de este planeta y me ha resultado de lo más difícil, pues es único. Es tan único que apenas comprendo ciertas facetas. Por ejemplo, casi toda la vida del planeta consiste en especies que tienen dos formas. No hay palabras para describirlas, ni siquiera conceptos. Sólo puedo referirme a ellas como forma primera y forma segunda. Si me permites emplear sus sonidos, la pequeña se llama «hembra» o «mujer» y la grande, «macho» o «varón»; de modo que las criaturas mismas son conscientes de esa diferencia.

Garm hizo una mueca de disgusto.

—Qué desagradable medio de comunicación.

—Además, para producir vástagos ambas formas deben cooperar.

El capitán, que se había inclinado para examinar a los especímenes, con una expresión que combinaba el interés con la repulsión, se enderezó de inmediato.

—¿Cooperar? ¿Qué tonterías dices? No hay atributo de la vida más fundamental que el hecho de que cada criatura viviente produzca sus vástagos en íntima comunicación consigo misma. ¿Qué otra cosa hace que valga la pena vivir la vida?

—Una de las formas produce el vástago, pero la otra debe cooperar.

—¿Cómo?

—Me resultó difícil determinarlo. Es algo muy privado y en mi búsqueda por la literatura disponible no encontré una descripción exacta y explícita.

Pero he podido realizar deducciones razonables. Garm meneó la cabeza.

—Es realmente ridículo. La floración es el acto más sagrado y más privado de todos. En decenas de miles de mundos es igual. Como dijo Levuline, el gran fotobardo: «En tiempo de floración, en tiempo de floración, en el dulce y delicioso tiempo de floración, cuando…»

—Capitán, no lo entiendes. La cooperación entre ambas formas produce (no sé exactamente cómo) una mezcla y una recombinación de genes. Es un recurso por el cual cada generación crea nuevas combinaciones de características. Las variaciones se multiplican y los genes mutantes se expresan casi de inmediato, mientras que con el sistema de floración deben transcurrir milenios.

—¿Me estás diciendo que los genes de un individuo se pueden combinar con los de otro? ¿Sabes lo ridículo que es eso, a la luz de todos los principios de la fisiología celular?

—¡Pero tiene que ser así! —se defendió Botax, nervioso, bajo la mirada atónita del otro—. La evolución se acelera. Este planeta es una turbamulta de especies. Se supone que hay un millón y cuarto de especies de criaturas.

—Lo más probable es que se trate de una docena y cuarto. No aceptes sin reservas lo que lees en la literatura nativa.

—Yo mismo he visto docenas de especies en una pequeña zona.

Créeme, capitán, en poco tiempo estas criaturas se mutarán en inteligencias tan poderosas como para superarnos y gobernar la galaxia.

—Demuestra que existe esa cooperación de que hablas, investigador, y tendré en cuenta tus argumentaciones. De lo contrario, desecharé tus fantasías, por ridículas, y continuaremos el viaje.

—Puedo demostrarlo. —Los relampagueos cromáticos de Botax cobraron un intenso tono verde amarillento—. Las criaturas de este mundo son únicas también en otro sentido. Prevén adelantos que no han realizado, quizá como consecuencia de su creencia en el cambio acelerado, del cual, a fin de cuentas, son testigos constantemente. En consecuencia, se permiten un tipo de literatura que habla del viaje espacial, aunque ellos no lo han desarrollado. He traducido el término con que designan esa literatura como «ciencia ficción». Me he consagrado a leer casi exclusivamente ciencia ficción, pues pensé que allí, en sus sueños y fantasías, se revelarían tal cual son y revelarían el peligro que constituyen para nosotros. Y de la ciencia ficción deduje el método de la cooperación entre las dos formas.

—¿Cómo lo hiciste?

—En ese mundo hay una revista que a veces publica ciencia ficción, aunque está dedicada casi totalmente a los diversos aspectos de la cooperación. No habla con toda claridad, lo cual es un fastidio, pero persiste en insinuar. La traducción más aproximada a nuestros relampagueos es «chico juguetón». Deduzco que la criatura que la dirige sólo está interesada en la cooperación entre las formas y la investiga por doquier con una intensidad sistemática y científica que despertó mi admiración. He hallado ejemplos de cooperación descritos en la ciencia ficción, así que dejé que el material de la revista me guiara. En sus historias ilustradas aprendí cómo se realiza. Te ruego, capitán, que, cuando la cooperación esté cumplida y se produzca el vástago ante tus ojos, ordenes que no quede en pie un solo átomo de este mundo.

—Bien —dijo el capitán Garm, con fastidio—, despiértalos y haz pronto lo que tengas que hacer.

Marge Skidmore recobró repentinamente la conciencia. Recordaba claramente la estación elevada, a la hora del crepúsculo. Estaba casi desierta. Había un hombre cerca y otro en el extremo del andén. El tren que se aproximaba era apenas un estruendo a lo lejos.

Y entonces había sufrido el relampagueo, esa sensación de volverse del revés, la visión borrosa de una criatura esmirriada que goteaba mucosidad, un ascenso y…

—Cielos— dijo, estremeciéndose—. Aún está ahí. Y, también hay otra.

Sintió náuseas, pero no miedo. Estaba orgullosa de sí misma por no tener miedo. El hombre que había a su lado, también tranquilo, como ella, seguía llevando un sombrero maltrecho y era el que se encontraba junto a ella en el andén.

—¿También te apresaron? —le preguntó Marge—. ¿A quién más?

Charlie Grimwold, sintiéndose fofo y barrigón, intentó levantar el brazo, para quitarse el sombrero y alisarse el cabello ralo, y se topó con una resistencia gomosa, pero endurecida. Bajó la mano y miró con aturdimiento a aquella mujer de rostro delgado. Ella aparentaba unos treinta y cinco años, tenía bonito cabello y un vestido que le sentaba bien; pero Charlie lo que deseaba era encontrarse en otra parte, y estar acompañado no le suponía ningún consuelo, aunque se tratase de compañía femenina.

—No lo sé —respondió—. Yo estaba en el andén de la estación.

—Yo también.

—Y luego vi un relampagueo. No oí nada. Y aquí estoy. Deben de ser hombrecillos de Marte, de Venus o de uno de esos lugares. Marge movió la cabeza afirmativamente.

—Eso me imaginé. Algún platillo volante, ¿no? ¿Estás asustado?

—No. Eso es raro. Creo que debo de estar chalado para no asustarme.

—Sí, es raro. Yo tampoco estoy asustada. Oh, Dios, ahí viene uno. Si me toca, gritaré. Observa esas manos ondulantes. Y esa piel arrugada y viscosa. Me da náuseas.

Botax se aproximó con cuidado y habló con una voz áspera y chirriante a un mismo tiempo, procurando imitar el timbre de los nativos:

—¡Criaturas! No os haremos daño. Pero debemos pediros que nos hagáis el favor de cooperar.—¡Esa cosa habla! —exclamó Charlie—. ¿Qué quieres decir con cooperar?

—Ambos. Entre vosotros —dijo Botax.

—Vaya. —Charlie miró a Marge—. ¿Entiendes de qué habla?

—No tengo la menor idea —respondió ella, con altanería.

—Quiero decir…

Y Botax pronunció la palabra que una vez oyó como sinónimo del proceso.

Marge enrojeció.

—¡Qué! —exclamó con el alarido más resonante que pudo lanzar. Botax y el capitán Garm se pusieron las manos sobre la cintura para cubrirse las franjas auditivas, que temblaron dolorosamente con los decibelios—.

¡Habráse visto! —continuó ella, atropelladamente y sin mayor coherencia—. ¡Soy una mujer casada! Si mi Ed estuviera aquí, ya os metería en cintura. Y tú, tío listo —añadió, girándose hacia Charlie a pesar de la resistencia gomosa—, quienquiera que seas, si crees…

—Oye, oye —protestó Charlie—, que no ha sido idea mía. Quiero decir, claro está, que no es que vaya a despreciar a una dama, por supuesto, pero Yo también estoy casado. Tengo tres hijos. Escucha…

—¿Qué pasa, investigador Botax? —preguntó el capitán Garm—. Estos sonidos cacofónicos son espantosos.

—Bueno… —Botax lanzó un rojo relampagueo de embarazo—. Es un ritual complicado. Al principio deben mostrarse reticentes. Eso realza el resultado posterior. Después de esa etapa inicial tienen que quitarse la piel.

—¿Hay que despellejarlos?

—No exactamente. Estas pieles son artificiales y se pueden quitar sin dolor. Así es como tienen que hacerlo; sobre todo, la forma más pequeña.

—De acuerdo. Diles que se quiten la piel. Botax, esto no me resulta agradable.

—No creo que convenga decirle a la forma más pequeña que se quite la piel. Creo que será mejor seguir atentamente el ritual. Aquí tengo fragmentos de esos cuentos de viajes espaciales que tanto elogiaba el director de la revista Chico juguetón. En ellos se quitan las pieles por la fuerza. He aquí una descripción de un accidente, por ejemplo, «que causó estragos en el vestido de la muchacha, casi arrancándoselo del esbelto cuerpo. Por un segundo, él sintió la tibia firmeza de esos senos casi desnudos contra la mejilla…» Así continúa. Rasgar la ropa y quitarla a la fuerza actúan como estímulo.

—¿Senos? —se extrañó el capitán—. No reconozco ese relampagueo.—Lo inventé para traducir el significado. Alude a los bultos de la región dorsal superior de la forma más pequeña.

—Entiendo. Bien, dile a la más grande que rasgue las pieles de la más pequeña. Qué cosa tan horrenda. Botax se volvió hacia Charlie.

—Por favor, arranca casi por completo el vestido de la muchacha del cuerpo esbelto. Te liberaré para que puedas hacerlo. Marge abrió los ojos de par en par y se volvió hacia Charlie hecha una furia.

—No te atrevas a hacerlo. No oses tocarme, maniático sexual.

—¿Yo? —gimió Charlie—. No es idea mía. ¿Crees que me dedico a rasgar vestidos? Escucha —le dijo a Botax—, tengo esposa y tres hijos. Si ella descubre que ando rasgando vestidos, me molerá a golpes. ¿Sabes lo que hace mi esposa cuando miro a otra mujer? Escucha…

—¿Aún se muestra reticente? —se impacientó el capitán.

—Eso parece —contestó Botax—. El entorno extraño puede prolongar esta etapa de la cooperación. Como sé que es desagradable para ti, yo mismo realizaré esta etapa del ritual. En los cuentos de viajes espaciales, a menudo se escribe que una especie de otro mundo realiza esa tarea. Por ejemplo, aquí. —Hojeó las notas hasta hallar la que buscaba—. Aquí describen a una horrenda especie de otro mundo. Las criaturas de este planeta tienen ideas absurdas, ya me entiendes. Nunca se les ocurre imaginar individuos guapos como nosotros, con una bonita cobertura mucosa.

—¡Continúa! ¡Continúa! ¡No gastes todo el día! —le metió prisa el capitán.

—Sí, capitán. Aquí dice que el extraterrestre «se acercó a donde estaba la muchacha. Gritando histéricamente, fue apresada en el abrazo del monstruo. Las garras le desgarraron ciegamente el cuerpo, haciéndole jirones la falda». Como ves, la criatura nativa grita al ser estimulada cuando le quitan las pieles.

—Pues, adelante, Botax, quítasela. Pero, por favor, no permitas que grite. Me tiembla todo el cuerpo con esas ondas sonoras..

—Si no te importa… —se dirigió Botax a Marge, cortésmente. Movió uno de sus dedos espátula para agarrar el cuello del vestido. Marge se retorció desesperadamente.

—No me toques. ¡No me toques! Me mancharás con esa viscosidad.

Escucha, este vestido me costó veinticuatro dólares con noventa y cinco en Ohrbach’s. ¡Apártate, monstruo! ¡Mira qué ojos tiene! —Jadeaba desesperadamente por los esfuerzos que hacía para esquivar la mano del extraterrestre—. Un viscoso monstruo de ojos saltones, eso es él. Escucha, yo misma me lo quitaré. Pero no lo toques con tu viscosidad, por amor de Dios. —Tanteó el cierre de la cremallera y se volvió irritada hacia Charlie—.

¡No se te ocurra mirar! —Charlie cerró los ojos y se encogió de hombros con resignación. Ella se quitó el vestido—. ¿Qué? ¿Estás satisfecho?

El capitán Garm agitó los dedos, descontento.

—¿Ésos son los senos? ¿Por qué la otra criatura mira hacia otro lado?

—Reticencia, reticencia —contestó Botax—. Además, los senos todavía están tapados. Hay que quitar más pieles. Cuando están desnudos constituyen un estímulo muy fuerte. Continuamente los describen con expresiones como globos de marfil, esferas blancas o alguna otra de ese tipo. Aquí tengo dibujos, que son imágenes visuales, tomados de las cubiertas de las revistas de cuentos espaciales. Sí los miras, verás que en, todos ellos hay una criatura con un seno más o menos expuesto. El capitán miró reflexivamente la ilustración y luego a Marge.

—¿Qué es el marfil?

—Es otro relampagueo inventado por mí. Representa el material del colmillo de una de las grandes criaturas subinteligentes del planeta.

—Ah —dijo el capitán Garm, con un verde destello de satisfacción—. Eso lo explica. Esta pequeña criatura pertenece a una secta guerrera y ésos son colmillos para destrozar al enemigo.

—No, no. Son muy blandos, según tengo entendido.

Botax extendió su mano pequeña y parda hacia los objetos aludidos y Marge retrocedió con un alarido.

—¿Y qué otro propósito cumplen?

—Creo —respondió Botax, con bastante inseguridad— que se usan para alimentar a los vástagos.

—¿Los vástagos se los comen? —preguntó el capitán, con manifiesta turbación.

—No exactamente. Los objetos producen un fluido y el vástago lo consume.

—¿Consume un fluido de un cuerpo viviente? ¡Puf! El capitán se cubrió la cabeza con los tres brazos, utilizando para ello el supernumerario central, que salió de la vaina tan rápidamente que casi derribó a Botax.

—Un viscoso monstruo de ojos saltones con tres brazos —comentó Marge.

—Sí —asintió Charlie.—Oye, tú, cuidado con esos ojos. No mires lo que no debes.

—Escucha, estoy tratando de no mirar. Botax se acercó de nuevo.

—Señora, ¿te quitarías el resto?

Marge intentó levantarse contra el campo de sujeción.

—¡Jamás!

—Lo haré yo, si lo prefieres.

—¡No me toques! Por amor de Dios, no me toques. Mira la viscosidad que tienes encima. De acuerdo, me lo quitaré.

Y se lo quitó, jadeando entrecortadamente y mirando con ojos severos a Charlie.

—No pasa nada —se quejó el capitán, profundamente insatisfecho—. Y este espécimen parece imperfecto. Botax se sintió atacado.

—Te he traído dos especimenes perfectos. ¿Qué hay de malo con esta criatura?

—Sus senos no consisten en globos ni en esferas. Sé lo que son los globos y las esferas y así los representan en estas figuras que me has mostrado. Son globos grandes. Esta criatura, en cambio, sólo tiene colgajos de tejido seco. Y están descoloridos.

—Tonterías —se enfadó Botax—. Debes conceder margen a las variaciones naturales. Se lo preguntaré a la criatura misma. —Se volvió hacía Marge—. Señora, ¿tus senos son imperfectos?

Marge se quedó un rato mirándolo boquiabierta y con los ojos de par en par.

—¡Qué descaro! —exclamó al fin—. No seré Gina Lollobrigida ni Anita Ekberg, pero no tengo nada de imperfecta, gracias. Oh, cielos, si mí Ed estuviera aquí. —Se volvió hacia Charlie—. Oye, tú, dile a esa cosa viscosa de ojos saltones que mi físico no tiene nada de anormal.

—Oye —murmuró Charlie—, no estoy mirando, ¿recuerdas?

—¡Oh, claro, no estás mirando! Has espiado bastante, así que bien podrías abrir esos ojos legañosos y defender a una dama, si es que eres un caballero, que no creo.

—Está bien. —La miró de soslayo, y ella aprovechó la oportunidad para tomar aire y echar los hombros atrás—. No me gusta entrometerme en cuestiones tan delicadas, pero creo que estás bastante bien…

—¿Crees? ¿Eres ciego, o qué? Fui candidata a Miss Brooklyn, por si no lo sabías, y perdí por la cintura, no por…

—Vale, vale. Están bien. De veras. —Afirmó con la cabeza vigorosamente en la dirección de Botax—. Están bien. No soy un gran experto, pero a mí me parecen bien. Marge se relajó.

Botax sintió alivio. Se volvió hacia Garm.

—La forma más grande expresa interés, capitán. El estímulo está funcionando. Ahora, pasemos al punto final.

—¿Y en qué consiste?

—No hay relampagueo para traducirlo, capitán. Esencialmente, consiste en poner el aparato parlante y alimentario de uno contra el aparato equivalente del otro. He inventado un relampagueo para describirlo: beso.

—Esto es cada vez más asqueroso —gruñó el capitán.

—Es el clímax. En todos los cuentos, una vez que se quitan las pieles por la fuerza, se aferran con las extremidades y se consagran alocadamente a besos ardientes, por traducir con la mayor fidelidad posible la frase que se usa con más frecuencia. He aquí un ejemplo escogido al azar: «Abrazó a la muchacha y le estampó la ávida boca en los labios.»

—Tal vez una criatura devoraba a la otra —sugirió el capitán.

—En absoluto —replicó Botax, impaciente—. Son besos ardientes.

—¿Ardientes? ¿Se produce combustión?

—No creo que sea literalmente así. Me imagino que es un modo de expresar que asciende la temperatura. A mayor temperatura, supongo yo, mayor éxito en la producción del vástago. Ahora que la forma grande está adecuadamente estimulada, sólo tiene que estampar la boca en los labios de ella para producir un vástago. Este no se producirá sin ese paso. Es la cooperación de que te he hablado.

—¿Eso es todo? ¿Sólo este…?

El capitán movió las manos para unirlas, pero no soportaba expresar ese pensamiento con relampagueos.

—Eso es todo —asintió Botax—. En ninguno de los cuentos, ni siquiera en Chico juguetón, hallé una descripción de más actividades físicas relacionadas con la producción de vástagos. A veces, después del beso escriben una línea de símbolos semejantes a estrellitas, pero supongo que eso sólo significa más besos; un beso por cada estrella, cuando desean producir una multitud de vástagos.

—Sólo uno, por favor, y rápido.

—Por supuesto, capitán.

Botax dijo con solemne nitidez:

—Señor, ¿besarías a la dama?

—Escucha —objetó él—, no puedo moverme.—Te liberaré, desde luego.

—Tal vez a la dama no le agrade. Marge lo fulminó con la mirada.

—Puedes apostar tus botas a que no me agradará. Mantente alejado de mí.

—Eso quisiera, pero ¿qué harán si no te beso? No quiero que se enfaden. Podemos… bien… darnos un pequeño besito.

Ella titubeó, comprendiendo que esa actitud cautelosa estaba justificada.

—De acuerdo, pero sin cosas raras. No tengo por costumbre estar como vine al mundo enfrente de cualquier fulano, ¿entiendes?

—Lo entiendo. Yo no he tenido nada que ver. Tienes que admitirlo.

—Monstruos viscosos —refunfuñó Marge—. Deben de creerse dioses o algo parecido, por el modo en que dan órdenes a la gente. Dioses viscosos. Eso es lo que son.

Charlie se le acercó.

—Sí te parece bien… Movió la mano como para ladearse el sombrero. Luego, apoyó las manos en los hombros desnudos y se inclinó, frunciendo la boca. Marge se tensó y le aparecieron arrugas en el cuello. Los labios se encontraron. El capitán Garm relampagueó con fastidio.

—No percibo ascenso en la temperatura.

Había levantado su zarcillo de detección térmica por encima de la cabeza, haciéndolo vibrar.

—Yo tampoco —concedió Botax, desorientado—, pero lo están haciendo tal como lo describen los cuentos de viajes espaciales. Creo que sus extremidades deberían estar más extendidas. Ah, así. Está funcionando.

Casi distraídamente, Charlie había rodeado con el brazo el suave y desnudo torso de Marge. Por un instante Marge pareció apoyarse en él, pero de pronto se contorsionó en el campo de sujeción, que aún la aferraba con bastante firmeza.

—Suéltame —masculló sofocada contra la presión de los labios de Charlie.

Le atizó un mordisco y Charlie se apartó dando un grito, se tocó el labio inferior y se miró los dedos para ver si había sangre.

—¿Qué te pasa? —preguntó en tono lastimero.

—Convinimos en que sólo un beso ¿Qué te proponías? ¿Te crees un seductor? ¿Qué es esto? ¿El seductor y los dioses viscosos? El capitán emitió rápidos relampagueos azules y amarillos.—¿Ya está? ¿Cuánto tenemos que esperar ahora?

—Creo que debe ocurrir de inmediato. En todo el universo, cuando alguien tiene que florecer, florece y ya está. No hay espera.

—¿Sí? Después de pensar en esas obscenas costumbres que has descrito, creo que nunca floreceré de nuevo. Por favor, termina con esto.

—Sólo un momento, capitán.

Pero los momentos pasaron y los relampagueos del capitán cobraron un huraño color naranja, mientras que los de Botax perdieron brillo.

Al fin Botax preguntó con voz vacilante:

—Perdón, señora, pero ¿cuándo florecerás?

—¿Cuándo qué?

—¿Cuándo tendrás vástagos?

—Ya tengo un hijo.

—Me refiero a tener vástagos ahora.

—No lo creo. Aún no estoy preparada para tener más hijos.

—¿Qué? ¿Qué? —preguntaba el capitán—. ¿Qué está diciendo?

—Parece ser —le tradujo Botax—, que no piensa tener vástagos por el momento.

La franja cromática del capitán parpadeó, con intenso brillo.

—¿Sabes qué creo, investigador? Creo que tienes una mente degenerada y perversa. No ocurre nada con estas criaturas. No hay cooperación entre ellas ni tienen vástagos. Creo que son dos especies y que estás haciéndote el listo conmigo.

—Pero, capitán… —protestó Botax.

—¡Qué capitán ni qué cuernos! Ya es suficiente. Me has contrariado, me has revuelto el estómago, me has causado náuseas y repulsión, ante la sola idea de la floración, y me has hecho perder el tiempo. Sólo estás buscando fama y gloria personal y me ocuparé de que no las obtengas. Líbrate de estas criaturas. Devuélvele a ésta sus pieles y déjalas donde las encontraste. Debería descontarte del sueldo todo lo que hemos gastado en la estasis temporal.

—Pero, capitán…

—Que las devuelvas, he dicho. Devuélvelas al mismo lugar y al mismo instante del tiempo. Quiero que este planeta quede intacto y me ocuparé de que así sea. —Echó a Botax otra mirada furibunda—. Una especie, dos formas, senos, besos, cooperación. ¡Bah! Eres un necio, investigador, y también un mentecato y, ante todo, una criatura muy enferma.

No había réplica posible. Temblándole los miembros, Botax se dispuso a devolver las criaturas. Estaban en la estación elevada mirando a su alrededor de mal humor. Los rodeaba el crepúsculo, y el tren que se aproximaba era apenas un estruendo a lo lejos.

—Oye —habló Marge con un hilo de voz—, ¿sucedió de veras? Charlie movió la cabeza afirmativamente.

—Yo lo recuerdo.

—No podemos contarlo.

—Claro que no. Dirían que estamos chalados.

—Vale. Bien.

Marge se alejó unos pasos. Charlie se disculpó:

—Oye, lamento que te sintieras molesta. No fue culpa mía.

—Está bien. Lo sé.

Se puso a mirar el andén de madera. El sonido del tren se hizo más fuerte.

—En realidad, no estabas nada mal. De hecho, tenías muy buen aspecto, pero me avergonzaba decirlo.

Ella sonrió.

—Está bien.

—¿No quieres tomar una taza de café para tranquilizarte? Mi esposa no me espera temprano.

—¿No? Vale. Ed no está en casa este fin de semana, así que sólo me espera un piso vacío. El niño está en casa de mi madre.

—Vamos, pues. En cierto modo nos han presentado.

—Vaya que sí —dijo ella, y se echó a reír.

El tren entró en la estación, pero ellos se marcharon, bajando a la calle por la angosta escalera.

Se tomaron un par de cócteles, y luego Charlie no pudo consentir que ella regresara a casa sola en la oscuridad, así que la acompañó hasta la puerta.

Naturalmente, Marge no tuvo otro remedio que invitarlo a pasar un momento.

Entre tanto, en la nave espacial, el abatido Botax hacía un último esfuerzo por demostrar que tenía razón. Mientras Garm preparaba la nave para la partida, Botax lo que preparó fue la videopantalla de rayos para echar un último vistazo a sus especímenes. Localizó a Charlie y a Marge en el piso de ésta. Se le endureció el zarcillo y comenzó a relampaguear en un deslumbrante arco iris de colores.

—¡Capitán Garm! ¡Capitán! ¡Mira lo que hacen ahora!Pero en ese instante la nave abandonó la estasis temporal.

La Sirenita

Por: Hans Christian Andersen

En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.

La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.

-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!

-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.

La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.

Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.

-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!

Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.

-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.

Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!”, pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”

A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.

La fiesta seguía a bordo, pero eholding a staffl mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.

-¡Cuidado! ¡El mar…! -en vano la Sirenita gritó y gritó.

Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.

El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.

Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.

-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito…! ¡Ha sido la tormenta…! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda…

La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.

-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.

La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.

Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!

Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.

Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.

-¡…por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.

-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!

¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.

-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.

Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.

-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?

Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.

-Te llevaré al castillo y te curaré.

Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.

Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.

Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.

La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.

Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:

-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.

Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.

Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:

-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!

-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?

-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.

La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:

-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.

-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.

Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.

Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.

Fin

Dagón

Por: H. P. Lovecraft

Escribo esto bajo una considerable tensión mental, ya que al caer la noche mi existencia tocará a su fin. Sin un céntimo, y agotada la provisión de droga que es lo único que me hace soportable la vida, no podré aguantar mucho más esta tortura y me arrojaré por la ventana de esta buhardilla a la mísera calle de abajo. Que mi adicción a la morfina no les lleve a considerarme un débil o un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas apresuradamente garabateadas, podrán comprender, aunque no completamente, por qué debo olvidar o morir.

Fue en una de las zonas más abiertas y desoladas del gran Pacífico donde el buque del que yo era sobrecargo fue alcanzado por el cazador de barcos alemán. Entonces la gran guerra se hallaba en sus comienzos y las fuerzas oceánicas del Huno aún no habían llegado a su posterior decadencia; así que nuestra nave fue presa según las convenciones, y su tripulación tratada con el respeto y consideración debida a prisioneros de guerra. De hecho, la disciplina de nuestros captores era tan relajada que cinco días más tarde logré huir en un botecillo con agua y provisiones para bastante tiempo.

Cuando finalmente me encontré con las amarras cortadas y libre, tenía muy poca idea de mi posición. No siendo navegante avezado, tan sólo podía suponer vagamente, por el sol y las estrellas, que me encontraba al sur del ecuador. Desconocía mi longitud, y no había a la vista ni islas ni costas. El tiempo permanecía bueno y durante un número indeterminado de días navegué sin rumbo bajo el sol abrasador, esperando el paso de un barco o la arribada a las playas de alguna tierra habitable. Pero ni barcos ni tierra hacían su aparición, y yo comencé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella oscilante inmensidad de azul ilimitado.

El cambio tuvo lugar mientras dormía. Jamás conocí los detalles, ya que mi sueño, aunque problemático y repleto de visiones, fue ininterrumpido. Cuando desperté, lo hice para encontrarme medio hundido en una cenagosa extensión de infernal fango negro que me rodeaba en monótonas ondulaciones hasta tan lejos como llegaba la vista, y en el que mi bote se encontraba embarrancado a cierta distancia.

Aunque podría suponerse que mi primera sensación ante esa prodigiosa e inesperada transformación del paisaje fuese la del asombro, en realidad me encontraba más espantado que perplejo; ya que había en la atmósfera y en el suelo putrefacto una cualidad siniestra que me helaba hasta la médula. La zona era un pudridero de cadáveres de peces descompuestos, así como de otras cosas menos descriptibles que pude ver insinuándose entre el asqueroso légamo de aquella interminable llanura. Quizás no debiera intentar el transcribir con simples palabras la indecible abominación que parecía asentarse en el absoluto silencio y la estérilinmensidad. No había nada al alcance del oído, ni de la vista, excepto una inmensidad de negro limo; y, sin embargo, la absoluta quietud y la monotonía del paisaje me agobiaban con un terror nauseabundo.

El sol llameaba en un cielo que me pareció casi negro en su cruel ausencia de nubes, como reflejando las ciénagas de tinta que había bajo mis pies. Mientras me arrastraba hacia el bote atorado, comprendí que tan sólo había una teoría que pudiera explicar mi situación. Debido a algún cataclismo volcánico sin precedentes, parte del lecho marino debía haber emergido, revelando áreas que parecían haberse mantenido ocultas durante millones de años en las insondables profundidades oceánicas. Tan grande era la extensión de esa nueva tierra alzada bajo mis pies que, por más que aguzase el oído, no se captaba el menor rumor de oleaje. Tampoco había allí ninguna ave marina que se alimentase de los seres muertos.

Durante algunas horas permanecí pensando o cavilando en el bote, que yacía de costado y prestaba una ligera sombra según el sol corría el cielo. Al avanzar el día, el suelo fue perdiendo algo de fluidez, pareciendo en poco tiempo lo bastante seco como para permitir viajar a su través. Esa noche dormí, aunque poco, y al día siguiente preparé un paquete con comida y agua, necesario para una marcha en busca del mar desaparecido, así como de un posible rescate.

A la tercera mañana descubrí que el suelo se encontraba lo bastante seco como para caminar con facilidad. La peste a pescado era exasperante, pero me hallaba demasiado absorto en asuntos de más importancia como para preocuparme por eso, y, resuelto, me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día avancé siempre hacia el oeste, guiado por un lejano montículo que descollaba sobre las demás elevaciones de aquel desierto ondulado. Acampé aquella noche, y al día siguiente aún estaba en camino hacia el montículo, aunque parecía apenas más próximo que cuando le había avistado por primera vez. El cuarto atardecer alcancé el pie del promontorio, que resultó ser mucho más alto de lo que parecía a distancia; un valle interpuesto hacía aún más pronunciado su relieve sobre la superficie. Demasiado cansado para ascenderlo, me dormí a la sombra de la colina. No sé por qué mis sueños resultaron tan estrafalarios esa noche; pero antes de que la menguante luna, fantásticamente gibosa, se hubiese elevado mucho sobre la llanura oriental, me encontraba despierto, bañado en sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones habidas resultaban demasiado como para atreverse a arrostrarlas de nuevo. Y al resplandor de la luna comprendí cuán necio había sido al viajar de día. Sin el brillo del sol abrasador, mi viaje hubiera resultado menos fatigoso; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que había descartada al ocaso. Recogiendo mi hatillo, empecé a subir hacia la cumbre de la elevación.

Ya he comentado que la interminable monotonía de la ondulante llanura era fuente de vago horror para mí, pero creo que mi espanto se vio acrecentado cuando alcancé la cima del montículo y miré al otro lado de un inconmensurable barranco o cañón cuyas negras profundidades la luna, aún no lo bastante alta, no llegaba a iluminar. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.

Al ascender más la luna, comencé a distinguir que las cuestas del valle no resultaban tan perpendiculares como había supuesto. Salientes y afloramientos de piedra proporcionaban apoyos fáciles y seguros para el descenso, además de que a partir de unos pocos cientos de metros la pendiente se hacía más gradual. Acuciado por un impulso que me resulta difícil de analizar por completo, descendí dificultosamente las rocas y alcancé la más suave ladera de abajo, ojeando aquellas profundidades estigias que la luz aún no había penetrado. Sobre todo, mi atención se vio prendida por un objeto grande y singular de la ladera opuesta, que se alzaba a pico un ciento de metros más adelante; un objeto que relucía blanquecino a los recién llegados rayos de la luna en ascenso. Era tan sólo una gigantesca pieza de roca, como pronto pude cerciorarme; pero yo había tenido una clara idea de que su contorno y ubicación no eran completamente obra de la naturaleza. Un examen más detenido me colmó de indescriptibles sensaciones; ya que a pesar de su enorme tamaño y de que se encontraba situado en un abismo abierto en el fondo de los mares desde la juventud de la tierra, vi más allá de cualquier duda razonable que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya inmensa mole había conocido el trabajo y quizás la adoración de criaturas vivas y racionales.

Aturdido y espantado, aunque no sin cierto escalofrío de placer propio de un científico o arqueólogo, examiné los alrededores con mayor detenimiento. La luna, ahora próxima al cenit, brillaba de forma extraña y vívida sobre los colosales peldaños que circundaban el abismo, revelando el hecho de que un regato de agua fluía al fondo, perdiéndose de vista en ambos sentidos y casi llegando a lamer mis pies cuando fui a detenerme al pie de la ladera. Al otro lado del barranco, las pequeñas olas golpeteaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie puede ver entonces cinceladas inscripciones y toscos relieves. La escritura estaba formada por un sistema de jeroglíficos desconocidos para mí, distinto a cuanto hubiera visto en los libros; consistía en su mayor parte en símbolos acuáticos convencionales, tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y cosas así. Algunos caracteres, obviamente, representaban seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición yo había observado en la llanura surgida del océano.

De entre todo, no obstante, fueron los relieves pictóricos los que más me subyugaron. Visibles con claridad al otro lado del agua interpuesta, gracias a su enorme tamaño, formaban un cúmulo de bajorrelieves cuyos motivos hubieran podido despertar la envidia de un Doré. Creo que podría suponerse que aquellos seres representaban hombres… o al menos, cierta clase de hombres; aunque se mostraba a las criaturas retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo pleitesía en algún santuario monolítico, al parecer también sumergido. No osaré entrar en detalles acerca de sus formas y rostros, ya que el siempre recuerdo me provoca vértigos. Grotescos más allá de la imaginación de un Poe o un Bulwer, resultaban en líneas generales condenadamente humanos a pesar de sus manos y pies palmeados, labios espantosamente gruesos y fofos, vidriosos ojos saltones, así como otros rasgos aún menos agradables de recordar. Cosa bastante curiosa, parecían cincelados sin guardar proporción con su escenario oceánico, ya que una de las criaturas era representada en el acto de matar a una ballena retratada como apenas un poco más grande. Reparé, como digo, en su deformidad y extraña estatura, pero enseguida decidí que se trataba sencillamente de los imaginarios dioses de alguna primitiva tribu de pescadores o marineros; una tribu cuyo último descendiente había muerto antes de que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o el del Neanderthal. Espantado por este inesperado vistazo a un pasado más allá de la imaginación del más aventurado de los antropólogos, estuve meditando mientras la luna vertía extraños reflejos en el silencioso canal que había ante mí.

Entonces, bruscamente, lo vi. Con tan sólo un ligero chapoteo indicando su llegada a la superficie, el ser apareció sobre las oscuras aguas. Inmenso, semejante a un Polifemo, espantoso, se lanzó como un tremendo monstruo de pesadilla hacia el monolito, al que rodeó con sus gigantescos brazos escamosos al tiempo que abatía su monstruosa cabeza para prorrumpir en algunos sonidos pausados. Creo que enloquecí entonces.

De mi frenético remonte de la ladera y el risco, así como de mi delirante regreso al bote embarrancado, poco es lo que recuerdo. Creo que canté durante largo trecho, y que reía de forma extraña cuando ya no fui capaz de seguir cantando. Guardo confusos recuerdos de una gran tormenta desencadenada algún tiempo después de llegar al bote; y de alguna manera sé que oí retumbar de truenos, así como otros sonidos que la naturaleza profiere tan sólo en sus más desbocados momentos.

Cuando volví de entre las sombras me hallaba en un hospital de San Francisco, llevado allí por el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en mitad del océano. Había hablado mucho durante mi delirio, pero descubrí que habían prestado escasa atención a mis palabras. Mis salvadores nada sabían de tierras afloradas en el Pacífico, y no vi la necesidad de insistir sobre cosas que sabía no creerían. En cierta ocasión acudí a un famoso etnólogo y lo entretuve con curiosas preguntas acerca de la vieja leyenda filistea de Dagón, el dios-pez; pero advirtiendo enseguida que era irremisiblemente convencional, desistí de mi interrogatorio.

Es durante la noche, sobre todo, cuando la luna es gibosa y menguante, cuando veo al ser. Probé la morfina, pero la droga ha resultado ser tan sólo una solución pasajera y me ha atrapado entre sus garras como esclavo sin esperanza de remisión. Así que voy a acabar con todo, habiendo escrito una relación completa para el conocimiento o la engreída diversión de mis semejantes. A menudo me pregunto si no habrá sido todo una fantasía… un simple monstruo de la fiebre sufrida mientras yacía preso de la insolación y enloquecido en el bote descubierto, tras mi huida del buque de guerra alemán. Eso me digo, pero siempre me viene una espantosa y vívida imagen a modo de respuesta. No puedo pensar en el profundo mar sin estremecerme ante los indescriptibles seres que puede que en este mismo instante estén reptando y removiéndose en sus fondos cenagosos, adorando arcaicos ídolos de piedra y tallando sus propias y detestables imágenes en obeliscos submarinos de rezumante granito.

Sueño con el día en que puedan emerger entre el oleaje y sumergir entre sus garras a los restos de una humanidad débil y agotada por la guerra… el día en que la tierra se hunda y el oscuro lecho marino se alce entre el universal pandemónium. El fin está próximo. Escucho un ruido en la puerta, como si un cuerpo inmenso y resbaladizo se debatiera contra ella. No dará conmigo. Dios, ¡esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!

La Última Pregunta

Por: Isaac Asimov

La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:

Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso -kilómetros y kilómetros de rostro- de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmisores que desde hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.

Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante sólo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.

Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia había una cantidad limitada de ambos.

Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a las preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.

La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación -de un kilómetro y medio de diámetro- que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.

Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.

Se habían llevado una botella, y su única preocupación en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.

– Es asombroso, cuando uno lo piensa -dijo Adell. En su rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior. – Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.

Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que llevar el hielo y los vasos.

– No para siempre -dijo.

– Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.

– Entonces no es para siempre.

– Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?

Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse de que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.

– Veinte mil millones de años no es ‘para siempre’.

– Bien, pero superará nuestra época ¿verdad?

– También la superarán el carbón y el uranio.

– De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.

– No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé.

– Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros -dijo Adell, malhumorado-. Se portó muy bien.

– ¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años, pero ¿y luego? -Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro. – Y no me digas que nos conectaremos con otro Sol.

Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios sólo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron. De pronto Lupov abrió los ojos.

– Piensas que nos conectaremos con otro Sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?

– No estoy pensando nada.

– Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ése es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.

– Entiendo -dijo Adell-, no grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán muerto también.

– Por supuesto -murmuró Lupov-. Todo comenzó con la explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan.

Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, los gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.

– Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía -dijo Adell, tocado en su amor propio.

– ¡Qué vas a saber!

– Sé tanto como tú.

– Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.

– Muy bien. ¿Quién dice que no?

– Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la energía que necesitábamos, para siempre. Dijiste ‘para siempre’.

Esta vez le tocó a Adell oponerse.

– Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.

– Nunca.

– ¿Por qué no? Algún día.

– Nunca.

– Pregúntale a Multivac.

– Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco dólares a que no es posible.

Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo y lo suficientemente sobrio como para traducir los símbolos y operaciones necesarias para formular la pregunta que, en palabras, podría haber correspondido a esto: ¿Podrá la humanidad algún día, sin el gasto neto de energía, devolver al Sol toda su juventud aún después que haya muerto de viejo?

O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como ésta: ¿Cómo puede disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del universo?

Multivac enmudeció. Los lentos resplandores oscuros cesaron, los clicks distantes de los transmisores terminaron.

Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya no podían contener más el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró vida repentinamente. Aparecieron cinco palabras impresas: DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.

– No hay apuesta -murmuró Lupov. Salieron apresuradamente.

A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la boca pastosa, habían olvidado el incidente.

Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la imagen estrellada en el visiplato mientras completaban el pasaje por el hiperespacio en un lapso fuera de las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme de polvo de estrellas dio paso al predominio de un único disco de mármol, brillante, centrado.

– Es X-23 – dijo Jerrodd con confianza. Sus manos delgadas se entrelazaron con fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron blancos.

Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían experimentado el pasaje por el hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron locamente alrededor de la madre, gritando:

– Hemos llegado a X-23… hemos llegado a X-23… hemos llegado a X-23… hemos llegado…

– Tranquilas, niñas -dijo rápidamente Jerrodine-. ¿Estás seguro, Jerrodd?

– ¿De qué hay que estar seguro? -preguntó Jerrodd, echando una mirada al tubo de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitación y desaparecía a través de la pared en cada extremo. Tenía la misma longitud que la nave.

Jerrodd sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal excepto que se llamaba Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que aunque uno no se las hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir la nave hacia un destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de las diversas estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones para los saltos hiperespaciales.

Jerrodd y su familia no tenían otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los cómodos sectores residenciales de la nave. Cierta vez alguien le había dicho a Jerrodd, que el ‘ac’ al final de ‘Microvac’ quería decir ‘computadora análoga’ en inglés antiguo, pero estaba a punto de olvidar incluso eso.

Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró el visiplato.

– No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la Tierra.

– ¿Por qué, caramba? -preguntó Jerrodd-. No teníamos nada allí. En X-23 tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un millón de personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que buscar nuevos mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado. -Luego agregó, después de una pausa reflexiva: – Te aseguro que es una suerte que las computadoras hayan desarrollado viajes interestelares, considerando el ritmo al que aumenta la raza.

– Lo sé, lo sé -respondió Jerrodine con tristeza.

Jerrodette I dijo de inmediato:

– Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.

– Eso creo yo también -repuso Jerrodd, desordenándole el pelo.

Era realmente una sensación muy agradable tener una Microvac propia y Jerrodd estaba contento de ser parte de su generación y no de otra. En la juventud de su padre las únicas computadoras eran unas enormes máquinas que ocupaban un espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Sólo había una por planeta. Se llamaban ACs Planetarias. Durante mil años habían crecido constantemente en tamaño y luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo válvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía colocarse en una nave espacial y ocupar sólo la mitad del espacio disponible.

Jerrodd se sentía eufórico siempre que pensaba que su propia Microvac personal era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera vez había domado al Sol, y casi tan complicada como una AC Planetaria de la Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el problema del viaje hiperespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas. – Tantas estrellas, tantos planetas -suspiró Jerrodine, inmersa en sus propios pensamientos-. Supongo que las familias seguirán emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos nosotros ahora.

– No siempre -respondió Jerrodd, con una sonrisa-. Todo esto terminará algún día, pero no antes de que pasen billones de años. Muchos billones. Hasta las estrellas se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la entropía.

– ¿Qué es la entropía, papá? -preguntó Jerrodette II con voz aguda.

– Entropía, querida, es sólo una palabra que significa la cantidad de desgaste del universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo tu pequeño robot walkie- talkie, ¿recuerdas?

– ¿No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi robot?

– Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez que se extinguen, ya no hay más unidades de energía.

Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.

– No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se extingan.

– Mira lo que has hecho -susurró Jerrodine, exasperada. – ¿Cómo podía saber que iba a asustarla? -respondió Jerrodd también en un susurro.

– Pregúntale a la Microvac -gimió Jerrodette I-. Pregúntale cómo volver a encender las estrellas.

– Vamos -dijo Jerrodine-. Con eso se tranquilizarán. -(Jerrodette II ya se estaba echando a llorar, también).

Jerrodd se encogió de hombros.

– Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo dirá.

Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:

– Imprimir la respuesta.

Jerrodd retiró la delgada cinta de celufilm y dijo alegremente: – Miren, la Microvac dice que se ocupará de todo cuando llegue el momento, y que no se preocupen. Jerrodine dijo:

– Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en nuestro nuevo hogar. Jerrodd leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes de destruirlo: DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.

Se encogió de hombros y miró el visiplato. El X-23 estaba cerca.

VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa tridimensional en pequeña escala de la Galaxia y dijo:

– ¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestión? MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.

– Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco años con el actual ritmo de expansión.

Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos eran altos y de formas perfectas.

– Sin embargo, dijo VJ-23X- me resisto a presentar un informe pesimista al Consejo Galáctico.

– Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe. Tenemos que inquietarlos un poco. No hay otro remedio.

VJ-23X suspiró.

– El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles.

– Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos infinito. ¡Piénsalo! Hace veinte mil años, la humanidad resolvió por primera vez el problema de utilizar energía estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes interestelares. A la humanidad le llevó un millón de años llenar un pequeño mundo y luego sólo quince mil años llenar el resto de la Galaxia. Ahora la población se duplica cada diez años…

VJ-23X lo interrumpió.

– Eso debemos agradecérselo a la inmortalidad.

– Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla. Admito que esta inmortalidad tiene su lado complicado. La galáctica AC nos ha solucionado muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y la muerte, anuló todas las otras cuestiones.

– Sin embargo no creo que desees abandonar la vida.

– En absoluto -saltó MQ-17J, y luego se suavizó de inmediato-. No todavía. No soy tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?

– Doscientos veintitrés. ¿Y tú?

– Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que decía. La población se duplica cada diez años. Una vez que se llene esta galaxia, habremos llenado otra en diez años. Diez años más y habremos llenado dos más. Otra década, cuatro más. En cien años, habremos llenado mil galaxias; en mil años, un millón de galaxias. En diez mil años, todo el universo conocido. Y entonces, ¿qué?

VJ-23X dijo:

– Como problema paralelo, está el del transporte. Me pregunto cuántas unidades de energía solar se necesitarán para trasladar galaxias de individuos de una galaxia a la siguiente.

– Muy buena observación. La humanidad ya consume dos unidades de energía solar por año.

– La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y al cabo, nuestra propia galaxia sola gasta mil unidades de energía solar por año, y nosotros solamente usamos dos de ellas.

– De acuerdo, pero aún con una eficiencia de un cien por ciento, sólo podemos postergar el final. Nuestras necesidades energéticas crecen en progresión geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos quedaremos sin energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena observación. Muy, muy buena observación.

– Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con gas interestelar.

– ¿O con calor disipado? -preguntó MQ-17J, con tono sarcástico.

– Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos que preguntárselo a la Galáctica AC.

VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su contacto AC del bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.

– No me faltan ganas -dijo-. Es algo que la raza humana tendrá que enfrentar algún día.

Miró sombríamente su pequeño contacto AC. Era un objeto de apenas cinco centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a través del hiperespacio con la gran Galáctica AC que servía a toda la humanidad y, a su vez era parte integral suya.

MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su vida inmortal, llegaría a ver la Galáctica AC. Era un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de energía que contenía la materia dentro de la cual las oleadas de los planos medios ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas válvulas moleculares. Sin embargo, a pesar de esos funcionamientos subetéreos, se sabía que la Galáctica AC tenía mil diez metros de ancho.

Repentinamente, MQ-17J preguntó a su contacto AC:

– ¿Es posible revertir la entropía?

VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:

– Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que preguntar eso.

– ¿Por qué no?

– Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No puedes volver a convertir el humo y las cenizas en un árbol.

– ¿Hay árboles en tu mundo? -preguntó MQ-17J. El sonido de la Galáctica AC los sobresaltó y les hizo guardar silencio. Se oyó su voz fina y hermosa en el contacto AC en el escritorio. Dijo: DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.

VJ-23X dijo:

– ¡Ves!

Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenían que hacer para el Consejo Galáctico.

La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve interés en los incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había visto eso antes.

¿Alguna vez las vería todas? Tantas estrellas, cada una con su carga de humanidad… una carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera esencia del hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.

¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a una actividad material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos nacían para unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero, ¿qué importaba? Había poco lugar en el universo para nuevos individuos.

Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los sutiles manojos de otra mente.

– Soy Zee Prime. ¿Y tú?

– Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?

– Sólo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?

– Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?

– Porque todas las galaxias son iguales.

– No todas. En una galaxia en particular debe de haberse originado la raza humana. Eso la hace diferente.

Zee Prime dijo:

– ¿En cuál?

– No sabría decirte. La Universal AC debe estar enterada.

– ¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo.

Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso, sobre un fondo mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que vagaban libremente por el espacio. Y sin embargo una de ellas era única entre todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado vago y distante, un período en que había sido la única galaxia poblada por el hombre.

Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y gritó:

– ¡Universal AC! ¿En qué galaxia se originó el hombre?

La Universal AC oyó, porque en todos los mundos tenía listos sus receptores, y cada receptor conducía por el hiperespacio a algún punto desconocido donde la Universal AC se mantenía independiente.

Zee Prime sólo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a distancia sensible de la Universal AC, y sólo informó sobre un globo brillante, de sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.

– ¿Pero cómo puede ser eso toda la Universal AC? -había preguntado Zee Prime.

La mayor parte -fue la respuesta- está en el hiperespacio. No puedo imaginarme en qué forma está allí.

Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había pasado el día- y eso Zee Prime lo sabía- en que algún hombre tuvo parte en construir la Universal AC. Cada Universal AC diseñaba y construía a su sucesora. Cada una, durante su existencia de un millón de años o más, acumulaba la información necesaria como para construir una sucesora mejor, más intrincada, más capaz en la cual dejar sumergido y almacenado su propio acopio de información e individualidad.

La Universal AC interrumpió los pensamientos erráticos de Zee Prime, no con palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en estrellas.

Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro.

ÉSTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE.

Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopló de desilusión.

Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo de pronto:

– ¿Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre?

La Universal AC respondió:

LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA ENANA BLANCA.

– ¿Los hombres que la habitaban murieron? -preguntó Zee Prime, sobresaltado y sin pensar.

La Universal AC respondió:

COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS CUERPOS FÍSICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO.

– Sí, por supuesto -dijo Zee Prime, pero aún así lo invadió una sensación de pérdida. Su mente dejó de centrarse en la Galaxia original del hombre, y le permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos. No quería volver a verla.

Dee Sub Wun dijo:

– ¿Qué sucede?

– Las estrellas están muriendo. La estrella original ha muerto.

– Todas deben morir. ¿Por qué no?

– Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente morirán, y tú y yo con ellos.

– Llevará billones de años.

– No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de años. ¡Universal AC! ¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?

Dee Sub Wun dijo, divertido:

– Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de la entropía.

Y la Universal AC respondió:

TODAVÍA NO HAY INSUFICIENTES DATOS PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.

Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejó de pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una galaxia a un trillón de años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba.

Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno interestelar con el cual construir una pequeña estrella propia. Si las estrellas debían morir alguna vez, al menos podrían construirse algunas.

El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado por un trillón de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando, tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente entre sí, sin distinción.

El Hombre dijo:

– El universo está muriendo.

El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más oscuras. Las estrellas gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato, habían vuelto a lo más oscuro de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas, que finalmente se desvanecían.

Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había entre ellas, algunas por procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y también se estaban apagando.

Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas, y de las poderosas fuerzas así liberadas se construirían nuevas estrellas, pero una sola estrella por cada mil estrellas enanas blancas destruidas, y también éstas llegarían a su fin.

El Hombre dijo:

– Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la Cósmica AC, la energía que todavía queda en todo el universo, puede durar billones de años. Pero aún así eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la administre, por más que se la racione, la energía gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropía aumenta continuamente.

El Hombre dijo:

– ¿Es posible no revertir la entropía? Preguntémosle a la Cósmica AC.

La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de algo que no era materia ni energía. La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza ya no tenía sentido comprensible para el Hombre.

– Cósmica AC -dijo el Hombre- ¿cómo puede revertirse la entropía?

La Cósmica AC dijo:

LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.

El Hombre ordenó: – Recoge datos adicionales.

La Cósmica AC dijo:

LO HARÉ. HACE CIENTOS DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES.

– ¿Llegará el momento -preguntó el Hombre- en que los datos sean suficientes o el problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles?

La Cósmica AC respondió:

NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS CONCEBIBLES.

El Hombre preguntó:

– ¿Cuándo tendrás suficientes datos como para responder a la pregunta?

La Cósmica AC respondió:

LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.

– ¿Seguirás trabajando en eso? -preguntó el Hombre.

La Cósmica AC respondió:

– SÍ. El Hombre dijo:

– Esperaremos.

Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en polvo, y el espacio se volvió negro después de tres trillones de años de desgaste.

Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo físico perdió su identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia.

La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusión, contemplando un espacio que sólo incluía la borra de la última estrella oscura y nada aparte de esa materia increíblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se gastaba, asintóticamente, hasta llegar al cero absoluto.

El Hombre dijo:

– AC, ¿es éste el final? ¿Este caos no puede ser revertido al universo una vez más? ¿Esto no puede hacerse?

AC respondió:

LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.

La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en el hiperespacio.

La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho menos de lo que para un hombre el Hombre.

Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta que esa última pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su conciencia.

Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No quedaba nada para recoger.

Pero toda la información reunida todavía tenía que ser completamente correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.

Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.

Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la entropía.

Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar una respuesta a la última pregunta. No había materia. La respuesta -por demostración- se ocuparía de eso también.

Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor forma de hacerlo. Cuidadosamente, AC organizó el programa.

La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había sido un universo y pensó en lo que en ese momento era el caos.

Paso a paso, había que hacerlo.

Y AC dijo:

¡HÁGASE LA LUZ!

Y la luz se hizo…

Sredni Vashtar

Por: Saki

Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.

La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.

En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión.

La Mujer se entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión de la Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria.

En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado.

La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad.

Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora.

-No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior.

Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media.

-Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado.

-A veces -dijo Conradín.

Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.

-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.

No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba.

Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín:

-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.

La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa.

-¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos de la India. Haré que se los lleven a todos.

Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujer terminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada.

Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado:

Sredni Vashtar avanzó:

Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos.

Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte.

Sredni Vashtar el hermoso.

De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana.

La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.

-Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora?

-Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín.

Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada.

-¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona.

Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.